MERCADERES DEL ESPACIO (109, 7)
Portada primera edicion

Esta novela, publicada inicialmente con el número 109 de la colección La Conquista del Espacio, completa con la anterior el séptimo volumen de la reedición de Robel y, como ésta, está ambientada en un escenario similar, uno de tantos Mundos Olvidados que tras el colapso del Imperio Galáctico cayeron en la barbarie sumiéndose sus pobladores en oscuras sociedades medievales. En esta ocasión el planeta lleva el nombre de Corinha y está dividido en dos estados rivales, Fharlon y Khuride, regidos respectivamente por dos monarcas, el Gran Zhan Dhormine y la Gran Thaes Tecsa, empeñados en una tenaz lucha secular por obtener la hegemonía sobre el planeta. El Orden Estelar ya ha llegado a Corniha pero, sometido a sus restrictivas normas que proscriben las interferencias en sociedades ajenas, se han limitado a enviar al planeta sendos coordinadores —uno por reino— encargados de velar porque la situación no empeoren de cara al futuro ingreso de Corinha en la comunidad galáctica, al tiempo que intentan conseguir, sin demasiado éxito por cierto, que ambos reyes olviden sus diferencias en aras del bien común.

Lamentablemente, no todos los posibles interesados exhiben los mismos escrúpulos. Los mercaderes del vecino planeta Obarzum, famosos por su audacia y por su escaso respeto a las normas del Orden, obtienen buena parte de sus ingresos del comercio, autorizado o no, con numerosos Mundos Olvidados, y Corinha no es ajeno a sus planes dado que constituye la promesa de un jugoso negocio, ya que ambos gobernantes locales desean, por encima de todo, adquirir armas modernas capaces de permitirles la victoria sobre su enemigo. Puesto que esto supondría una interferencia intolerable en el seno de una sociedad tan atrasada, los pragmáticos jerarcas del Orden Estelar han optado por bloquear el planeta con su flota impidiendo la entrada en él de toda nave no autorizada.

Claro está que los mercaderes de Obarzum se juegan mucho en el envite, dado que no sólo está por medio el jugoso importe de los alijos de armas, sino también la posibilidad de que su planeta apadrine —algo así como un protectorado temporal— durante un siglo al recién rescatado planeta, lo que también les reportaría otro pingüe beneficio. Así pues, rondan a Corinha como las moscas a un pastel, intentando eludir el tenaz bloqueo de las patrullas gubernamentales.

Finalmente su esfuerzo parece tener éxito, y una de sus naves consigue aterrizar en la superficie del planeta depositando sano y salvo a Daniel Cuertes, el emisario que los mercaderes han enviado para negociar con el Gran Zhan —el candidato elegido entre los dos posibles pretendientes— la entrega de las prometidas armas. Todo parece indicar que en esta ocasión la vigilancia del Orden Estelar ha sido burlada, pero en realidad no ocurre así puesto que Vecer Uzblan, coordinador del Orden Estelar en Fharlon, está perfectamente al corriente de los pasos de Cuertes, al que han permitido atravesar el bloqueo siguiendo las instrucciones recibidas del propio Alto Mando terrestre, aunque ni los propios coordinadores —existe uno para cada reino— conocen los motivos de sus superiores terrestres.

El caso es que el mercader es llevado a la corte del Gran Zhan, el cual acepta las condiciones impuestas por su interlocutor al tiempo que le apremia para que éste le entregue las armas lo antes posible, algo que tropieza con una grave dificultad: Cuertes sabe que el alijo se encuentra en el planeta, pero no sabe dónde dado que la nave que lo transportaba se estrelló durante el aterrizaje sin que llegaran a tener noticias de ella. Su intención es buscar la ubicación del cargamento, por supuesto, pero por prudencia ha preferido silenciar esta circunstancia a su impaciente anfitrión intentando ganar tiempo.

Mientras tanto, la situación se complica porque Tecsa, la rival de Dhormine, también está moviendo sus peones. Sabedora de que los mercaderes habían llegado a un pacto con su enemigo, en lugar de hacerlo con ella, urde un plan para desbaratar la peligrosa amenaza que se cierne sobre su reino, enviando a un grupo de soldados de élite a la propia residencia de Dhormine con la orden de secuestrar al valioso visitante. Para ello juega con una importante baza desconocida por su adversario: tiene en su poder al único superviviente de la frustrada expedición que desembarcó en el planeta las codiciadas armas, al cual rescataron moribundo en el límite de la región pantanosa que sirve de frontera natural entre ambos reinos. Lamentablemente el desconocimiento mutuo de sus respectivos idiomas ha hecho imposible todo intento de comunicación, pero la pistola requisada a su forzado huésped proporciona una enorme ventaja a los integrantes del audaz comando.

El secuestro es llevado a cabo con toda limpieza, y Daniel Cuertes cae en manos de la enérgica reina. Ésta le pide que reconsidere el pacto que los mercaderes sellaron con Dhormine ofreciéndole a cambio un pago mucho más generoso, pero éste le comunica que sus superiores son respetuosos con sus compromisos y que nada puede hacer. Tecsa, entonces, acepta su petición de ponerle en contacto con el náufrago, el cual le comunica el lugar —en el interior de las peligrosas ciénagas— en el que él y sus compañeros escondieron el alijo, explicándole que no fueron víctimas tan sólo de las alimañas que pululan por esa peligrosa región, sino que también fueron atacados por unos extraños hombres grises que diezmaron su grupo hasta convertirlo en el único superviviente del mismo. Rápidamente ambos hombres se ponen de acuerdo urdiendo un arriesgado plan: fingirán ceder a las peticiones de la Gran Thaes para, una vez con las armas en su poder, burlar su vigilancia y entregárselas a su enemigo.

Portada de la edicion de Robel

Dhormine, evidentemente, no se ha quedado quieto. Profundamente irritado por el audaz golpe de mano realizado por su adversaria, y temeroso de que las ansiadas armas caigan en poder de ella, prepara a sus ejércitos para una guerra inminente. Las consecuencias de esta nueva guerra pueden resultar muy graves, puesto que según las estrictas leyes por las que se rige el Orden Estelar, en caso de conflicto armado se cerrarían sus dos representaciones en Corinha quedando los nativos abandonados a su propia suerte y, con toda probabilidad, inermes frente a las apetencias de unos mercaderes totalmente carentes de escrúpulos. Así pues, ambos coordinadores se muestran profundamente preocupados por la crisis que se avecina, por lo que deciden adoptar las medidas que creen más convenientes aunque con un pesimismo que muestra bien a las claras sus temores de que la situación pueda evolucionar de forma irreversible en contra de sus intereses.

Al llegar a este punto es necesario insistir en una constante que se repite en todas las novelas de la serie pertenecientes al ciclo del Orden Estelar, puesto que es algo en lo que el propio autor insiste constantemente: Escarmentados por los excesos del extinto Imperio Galáctico, cuya tiranía había provocado rebeliones y secesiones en multitud de planetas sometidos a su soberanía, los gobernantes del nuevo Orden Estelar intentan alejar de sí cualquier atisbo de sospecha de que su magna obra de reconstrucción política pudiera tener lo más mínimo que ver con el comportamiento de sus odiados predecesores. Así pues, en sus contactos con los habitantes de las antiguas satrapías imperiales, procuran actuar con un respeto exquisito de las idiosincrasias locales, actuando conforme a unas estrictas normas cuyo cumplimiento se han autoimpuesto, para conseguir que la incorporación de estos planetas al nuevo estado galáctico tenga lugar de forma voluntaria y deseada, nunca por la fuerza. Claro está que una cosa es la teoría y otra la práctica, de forma que el choque entre esta irreprochable ética política y la realidad de los mundos hundidos cultural y socialmente provocará numerosas situaciones imprevistas que los responsables de turno se verán obligados a resolver siguiendo sus propias iniciativas, nunca violando las leyes a las que están sometidos, por muy incongruentes que pudieran resultar en un momento dado, pero sí interpretándolas, e incluso bordeándolas, según lo exijan las circunstancias de cada momento. Huelga decir que este planteamiento le dará mucho juego a Ángel Torres, permitiéndole recurrir en repetidas ocasiones a marcos aparentemente similares —choque cultural y, en ocasiones, militar- entre los refinados representantes del Orden Estelar y los normalmente despóticos gobernantes locales— sin que al lector le invada en ningún momento una sensación de aburrimiento... lo cual ha de ser considerado como un logro del autor gaditano.

Continúa la narración describiendo la partida de una expedición de Khuride, encabezada por la propia reina, llevando con ellos a los dos mercaderes en condición de guías. La expedición va fuertemente armada en prevención de posibles ataques de los salvajes de las ciénagas, y los acontecimientos pronto comienzan a evolucionar con rapidez. Daniel Cuertes está intimando cada vez más con Tecsa, algo que ve cada vez con mayor recelo el compañero de éste, que sólo a regañadientes ha aceptado colaborar con la reina convencido de que la búsqueda de las armas era un mero engaño para rescatarlas y entregárselas a su legítimo propietario, su enemigo Dhormine. Y como a éste le urge desatar las hostilidades contra la nación enemiga antes de que ésta se apodere de unas armas que sentenciarían su derrota, los cada vez más preocupados coordinadores del Orden Estelar intentar desesperadamente convencer a Cuertes de que no entregue las armas a ningún bando prometiéndole a cambio protección contra las posibles represalias de sus superiores, tras lo cual aprovecharían un resquicio legal —la existencia en el planeta de unos seres no humanos, los hombres grises de las ciénagas— para enviar unas tropas pacificadoras que impidieran la guerra. Pero el protagonista, huelga decirlo, rehúsa el trato.

Por si fuera poco los propios mercaderes, enterados de la situación y temerosos de una posible traición de su enviado, han decidido asimismo tomar cartas en el asunto, siendo su propio líder el que desembarca en Corinha en un intento de deshacer el entuerto. La crisis se acrecienta cada vez más. La expedición de Khuride, tras rechazar un ataque de los misteriosos hombres grises, unos humanoides sumidos en la barbarie pero, pese a todo, inteligentes, consigue llegar a la isla donde estaba escondido el alijo, pero son atacados y capturados por las tropas de su rival que, conocedor de su destino tras haber interrogado a varios prisioneros capturados poco antes, se ha adelantado a ellos tendiéndoles una encerrona en la cual mueren todos los soldados de la reina mientras ésta y Daniel Cuertes son hechos prisioneros. La situación no puede ser más peligrosa para ellos, puesto que el líder de los mercaderes también se encuentra allí y, huelga decirlo, entrega las ansiadas armas a Dhormine al tiempo que desenmascara a Daniel Cuertes; éste no es tal, sino un agente del Orden Estelar, de nombre Marc Moncade, que lo había suplantado para desbaratar el tráfico de armas de los mercaderes con los Mundos Olvidados sometidos a cuarentena. El verdadero Daniel Cuertes, que había sido encerrado por el agente, tras escapar de su prisión había advertido al líder de la superchería, lo cual era la causa de que éste, contraviniendo sus cautelas habituales, hubiera decidido tomar personalmente cartas en el asunto.

Tanto Marc como Tecsa están sentenciados a muerte, pero sus captores pretenden ensañarse con ellos. Dhormine entrega a la reina a su soldadesca para que éstos disfruten con ella, mientras a Marc, tras obligarle a presenciar la terrible violación, planean torturarlo hasta morir a manos del verdadero Cuertes. Por fortuna para ellos, un destacamento de tropas del Orden Estelar irrumpe en la escena en el momento justo para evitar tan siniestros planes, capturando a sus enemigos y liberando a los dos prisioneros.

La escena cambia al epílogo de la novela. Tras recuperarse de los efectos de los gases anestésicos utilizados por sus salvadores, Marc recupera la consciencia en la sede del coordinador de Fharlon, donde éste le comunica la feliz resolución de la crisis. La existencia de unos nativos no humanos —los hombres grises de las ciénagas— en el planeta ha permitido la intervención de las tropas del Orden Estelar en calidad de pacificadoras, al tiempo que se capturaba al alijo de armas y a sus proveedores. Pero ahora es el propio Marc el que sorprende con sus declaraciones a un sorprendido Vecer Uzblan; los gobernantes del Orden Estelar ya conocían la existencia de los hombres grises, pero habían decidido preparar una celada —la organizada por el protagonista— con objeto de coger con las manos en la masa al mismísimo líder de los mercaderes, para poder así contar con una base legal para desmantelar tan odioso negocio. Todo había sido planeado, pues, meticulosamente en busca de este fin incluyendo el desconocimiento del plan por parte de ambos coordinadores como garantía de que éste pudiera ser consumado con éxito. Aunque la fuga no planeada del verdadero Daniel Cuertes había modificado el transcurso de los acontecimientos, ésta había llegado a favorecer incluso los planes del Alto Mando terrestre, aunque sólo unos segundos de retraso hubieran supuesto la muerte, atroz, además, para el protagonista y para su enamorada reina.

El final, huelga decirlo, es el típico de estas novelas; puesto que legalmente los legítimos propietarios del planeta son los atrasados hombres grises —resulta llamativa la postura proindigenista de Ángel Torres, muy actual hoy en día pero no tanto, ni mucho menos, cuando se publicó la novela en septiembre de 1972—, los dos reinos humanos han de desaparecer como tales, sustituidos por una tutela del Orden Estelar... aunque a Tecsa eso no le importa demasiado siempre que tenga a su amado a su lado; y por supuesto, lo tiene.

© José Carlos Canalda,
(2.243 palabras) Créditos