TRAICIÓN EN URLANKA (186, 4)
Portada primera edicion

A. Thorkent (Ángel Torres Quesada) publicó la mayor parte de su obra bolsilibresca en Bruguera. Como esa casa editora no era muy amiga de las series, aunque en última instancia se aviniera a publicar algunas por mero afán de lucro, se vio obligado a recurrir a argucias y triquiñuelas varias para dar forma a su celebérrima saga de El Orden Estelar. Ante las protestas de los responsables de la editorial, que no veían con buenos ojos que Thorkent insistiera en escribir historias protagonizadas por los comandantes Alice Cooper y Adán Villagrán, de la Unidad Exploradora Silente, el novelista optó por presentar otros relatos ambientados en el mismo marco, pero con otros protagonistas. Dicha solución permitió al autor gaditano seguir creando un universo futurista muy singular, pero como quiera que los editores siguieran mostrándose muy suspicaces al respecto, el escritor encontró otra manera de seguir con su saga de space-opera: redactar novelas de ciencia-ficción aparentemente independientes de El Orden, pero que, merced al subterfugio de incluir un comentario o pasaje determinado, acababan por revelarse como piezas integrantes del mismo universo ficticio. TRAICIÓN EN URLANKA es una de esas novelas.

La acción se desarrolla en un planeta habitado por dos especies, los humanos y los ghalores. Ambas razas sostienen una cruenta guerra por el control de ese mundo. Aunque los ghalores parecen llevar las de ganar, los humanos han logrado construir una gran fuerza de ataque que les permitirá enfrentarse a los siniestros humanoides con posibilidades de éxito. Sin embargo, el más destacado jefe guerrero ghalor propone una tegua a los humanos. Unos belicosos alienígenas han llegado a Urlanka, estableciendo una base en el planeta. Al parecer, esos seres pretenden conquistar ese mundo, aniquilando previamente a humanos y ghalores. Éstos últimos, que tienen localizada la base alienígena, requieren la colaboración de los humanos para erradicar esa supuesta amenaza común. En contra de la opinión de Dhal Darkes, coronel de las fuerzas humanas y protagonista de la novela, la propuesta es aceptada. Darkes, aunque no está muy de acuerdo, obedece como buen soldado. Todo parece ir bien al principio. Pero pronto se revela que los ghalores han urdido una elaborada estratagema para exterminar a sus irreconciliables enemigos humanos.

TRAICIÓN EN URLANKA, bolsilibro típico, demuestra una vez más que a Thorkent le quedaba pequeño el formato de las novelas de a duro. Su interesante argumento podría haber dado origen a una novela más extensa y elaborada, dada la profesionalidad de su autor y su costumbre de sorprender al lector en el último momento. En cuanto a su conexión con la saga de El Orden Estelar, puedo adelantar a los lectores que el relato está ambientado durante la época de caos y oscuridad que siguió a la caída del Gran Imperio y que precedería a la creación de El Orden. Por otra parte, en esta novela, que Bruguera publicó en la colección Héroes del espacio en noviembre de 1983, con el número 186, aparecen los ghalores, humanoides a los que no debe confundirse con los gharjoles de EMIGRACIÓN AL TERROR, número 673 de La conquista del espacio, publicada en julio del mismo año. Aunque parecen compartir ciertos aspectos comunes, como el hecho de haber sido empleados por el Gran Imperio como tropas mercenarias, ghalores y gharjoles son dos especies distintas.

Antonio Quintana Carrandi, (547 palabras) Créditos

Esta novela, que completa el cuarto volumen de la reedición de Robel, fue publicada originalmente con el número 186 de Héroes del espacio, la colección hermana de La Conquista del Espacio editada también por Bruguera. En realidad su relación con la serie del Orden Estelar —más concretamente con el ciclo del Imperio— es tan sólo tangencial, por lo que habría de hablarse más bien de un episodio colateral que de un eslabón de la serie propiamente dicho.

El escenario de la narración se sitúa en Urlanka, un planeta donde coexisten dos naciones enemigas —los arganos, humanos, y los humanoides ghaloritas— enzarzadas en una larga y cruenta guerra por el dominio de las regiones templadas —y más habitables— del planeta. Al inicio del relato son los humanos los que llevan la peor parte, amenazados con ser acorralados por sus enemigos en las inhóspitas regiones polares del planeta, razón por la que han realizado un desesperado esfuerzo para armar en secreto una poderosa flota con la que poder inclinar la balanza en beneficio suyo. El protagonista principal es el coronel Dhal Darkes, un carismático militar convertido en el principal puntal de la desesperada resistencia de Arga que, tras varios años de lucha desesperada en el frente, es llamado por sus superiores a un base secreta donde se está preparando una nueva flota. Al llegar allí tras sortear a duras penas los ataques enemigos, se lleva dos sorpresas. La primera, que ha sido ascendido a general a pesar de su reconocida indisciplina, compensada con creces por su bravura. Y la segunda, que los ghaloritas han enviado un emisario a entrevistarse con el jerarca de Arga.

Este emisario no es otro que el almirante Kin-Kismo, el más prestigioso jefe militar de Ghalor, y es portador de una propuesta auténticamente revolucionaria: la paz entre las dos naciones y el reparto a partes iguales del territorio en disputa. El motivo de tan radical giro en la política ghalorita no es otro que la llegada de unos presuntos invasores que, según el almirante, suponen una amenaza para ambas razas. El almirante exhibe pruebas que así lo demuestran, y el alto mando argano acepta la propuesta de atacar simultáneamente con ambas flotas el asentamiento de los intrusos. A su favor cuentan con el factor sorpresa, ya que cuentan con que los invasores no sospecharán una alianza entre tan encarnizados enemigos.

Los arganos cumplen escrupulosamente con su parte del plan y atacan con su recién construida flota al mando del recién nombrado general Dhal Darkes. Pero la batalla no se desarrolla conforme a lo previsto, y el esperado paseo militar se convierte en una catástrofe debido a que los aliados ghaloritas no hacen acto de presencia y las naves arganas son duramente castigadas por las defensas enemigas. Por si fuera poco, tras conquistar a costa de graves pérdidas las posiciones de los invasores, la sospecha de una traición, que rondaba ya por la cabeza del protagonista, se ve dramáticamente confirmada al ser cruelmente bombardeados los supervivientes de la batalla por la intacta flota de sus teóricos aliados.

Herido en el bombardeo, Dhal Darkes recobra el sentido en un campo de batalla sembrado de cadáveres. Entre él y la soldado que ejerce de asistente suyo consiguen hacer prisionera a una muchacha perteneciente al diezmado asentamiento invasor, la cual les da una versión de los hechos completamente distinta de la relatada por los ghaloritas. Según ella los lankeis —así se autodenominan— serían un grupo de pacíficos colonos llegados a Urlanka huyendo de las convulsiones del moribundo imperio, siendo su única pretensión poder convivir pacíficamente con las dos naciones previamente asentadas en su solar. Esto lo habían logrado con los ghaloritas, con los que habían llegado a un acuerdo, pero no con los arganos tal como habían sido falsamente advertidos por éstos; por esta razón habían fortificado su campamento y, avisados del ataque por los ghaloritas, habían podido hacer frente al alevoso ataque de sus hermanos de raza.

Las palabras de la muchacha, única superviviente de la colonia, parecen confirmar las sospechas de Dhal Darkes acerca de la felonía de los ghaloritas, que habrían engañado a los arganos —y también a los lankeis— con objeto de diezmar su nueva flota para poder evitar así su previsible derrota. Una vez destrozadas mutuamente las dos ramas de la humanidad presentes en el planeta, tan sólo les quedaría ya cosechar el fruto de su traición haciéndose los amos indiscutibles de Urlanka.

Gracias a un pequeño vehículo lankei salvado milagrosamente del destrozo, los tres supervivientes, convertidos en forzosos aliados, logran volver sanos y salvos a la base secreta argana. Yshamai, la muchacha lankei, ha acabado haciendo buenas migas con el militar para despecho de la celosa Donkee, su subordinada, cada vez más enamorada de él. La sorda rivalidad entre las dos mujeres acabará teniendo consecuencias importantes, aunque el general todavía no lo sospeche embargada como está su alma ante la magnitud de la catástrofe.

Portada de la edicion de Robel

Una vez en la base Dhal descubre la magnitud de la tragedia: la flota de la que se sintiera orgulloso ha sido aniquilada, sus tripulantes han muerto o han sido hechos prisioneros e incluso el propio jefe de estado de la nación ha caído en poder de sus enemigos, los cuales han dado un ultimátum a los restos del gobierno argano para que se rindan incondicionalmente, so pena de ver ejecutados a todos sus compatriotas cautivos. Pero el general Darkes no se resigna y, tras hacerse con el control de lo que queda de su desgarrado país, concibe un desesperado plan de resistencia al invasor incluyendo una audaz incursión a la fortaleza donde los ghaloritas han encerrado a los prisioneros. Para llevar adelante la lucha contra sus enemigos, en la que no creen ni siquiera la mayor parte de sus propios compatriotas, cuenta con unos aliados inesperados: los lankeis, dado que Yshamai se ha comprometido a entrar en contacto con otra avanzadilla de colonos de su país que se dirigen hacia un planeta cercano a Urlanka; no le cabe duda, afirma, de que sus compatriotas aceptarán de inmediato la propuesta de vengar a sus muertos.

A su favor cuentan también con una ayuda impagable, un crucero en perfecto estado arrebatado poco antes al enemigo, con el cual podrán infiltrarse en sus filas sin despertar sospechas de quienes, obnubilados por su victoria, jamás pensarán en la posibilidad de tan sorprendente golpe de mano. Éste se lleva a cabo de forma exitosa, y pronto los audaces comandos arganos, amparados por el factor sorpresa, conquistan la fortaleza enemiga liberando a sus prisioneros al tiempo que logran capturar al propio rey de Ghalor, que imprudentemente había viajado allí a disfrutar del espectáculo de los enemigos cautivos.

Pese a contar con tan importante rehén, el general Darkes no consigue lo que se proponía, acabar con la guerra; antes bien la situación empeora, ya que el verdadero hombre fuerte del régimen enemigo y promotor del maquiavélico plan, el almirante Kin-Kismo, aprovecha la ocasión para quitarse la careta proclamándose nuevo monarca de Ghalor, al tiempo que amenaza con desatar una guerra de exterminio contra los humanos. Ya ha ocupado la capital de Arga, aunque ésta había sido previamente evacuada por sus habitantes, y planea hacer lo mismo con el resto del territorio argano. Nada parece ser capaz de detenerlo, pero todavía queda una baza, los lankeis.

Una poderosa escuadra sideral aparece súbitamente sobre la ciudad y destroza completamente al ejército y la flota de los perplejos ghaloritas, pereciendo en la masacre el efímero tirano. Las tornas se han vuelto ahora a favor de los humanos, y concluida la batalla las vencedoras astronaves lankei se dirigen a la base secreta argana con objeto de reunirse con sus hermanos de raza. La crisis parece haberse resuelto de forma satisfactoria, pero.

A su retorno triunfal a la base el general Darkes se encuentra con una nueva sorpresa. La fiel Donkee, que había permanecido allí contra su voluntad de acompañarlo, había procedido a espiar a la lankei Yshamai, hacia la cual experimenta una profunda desconfianza acrecentada por los celos. Y no se equivocaba en sus temores. Tampoco los lankeis son de fiar, ni mucho menos, puesto que sus verdaderas intenciones no son otras que las de ocupar el planeta después de haber debilitado previamente a las dos razas que lo habitaban azuzando sus antiguas contiendas.

En realidad los lankeis no son en modo alguno los pacíficos colonos por los que pretendían pasar, sino tropas al servicio de un sátrapa fronterizo del Imperio que, tras independizarse de éste, ha emprendido su propia expansión colonial. Urlanka, que siempre se había mantenido independiente, ha entrado en su punto de mira, pero dado que este planeta se encontraba en guerra desde tiempo atrás, habían urdido un maquiavélico plan para apoderarse de él con el menor esfuerzo posible, aprovechándose de las disensiones internas entre arganos y ghaloritas. El primer asentamiento de falsos colonos había sido simplemente un señuelo para engañar a ambas naciones, fomentando la traición ghalorita para, acto seguido, traicionarlos a su vez. Mientras tanto, la poderosa flota lankei había permanecido oculta durante todo este tiempo en el sistema solar de Urlanka, a la espera de ser llamados para liberar a los arganos.

Los gobernantes de Arga, con el general Darkes a la cabeza, se sienten abrumados por esta segunda traición. Pero el tiempo apremia, y la nueva amenaza se vislumbra todavía más peligrosa que la de sus seculares enemigos. Así pues, urden una añagaza aprovechando que a Yshamai le ciega la euforia; tras evacuar sigilosamente la base secreta, que está excavada en el interior de una montaña, invitan a los lankeis a aterrizar en su interior y, una vez que la totalidad de sus naves se han introducido ingenuamente en la ratonera, vuelan ésta aniquilando totalmente a sus enemigos... para desesperación de la traidora, que es detenida por sus falsos huéspedes. El peligro ha sido conjurado; tan sólo queda, afirma el general Darkes a modo de colofón, convencer a los derrotados ghaloritas de la posibilidad de una coexistencia pacífica entre ambas razas en el vasto Urlanka.

© José Carlos Canalda,
(1.672 palabras) Créditos