CITA EN EL FUTURO (369, 4)
Portada primera edicion

Número 369 de La Conquista del Espacio y primer título del cuarto volumen de la reedición de Robel, CITA EN EL FUTURO está ambientada en el remoto planeta Aita, donde tiene lugar una de tantas guerras coloniales entre el agonizante Imperio Galáctico y los nativos, reacios a someterse al pesado yugo imperial. El cruento conflicto, que ha arrasado gran parte del otrora fértil planeta, se encuentra empantanado pese a que los invasores utilizan como fuerza de choque a tropas del IRE (Infantería Represiva de Élite) unas temibles unidades especiales integradas por hombres manipulados quirúrgicamente para convertirlos en insensibles máquinas de matar. El protagonista, David Landon, es un antiguo opositor al régimen imperial que, como castigo —un castigo peor que la propia muerte—, ha sido transformado en uno de esos robots de carne y hueso que, por un afortunado azar, no ha perdido, a diferencia de sus compañeros, sus facultades mentales conscientes... algo que disimula impelido por su instinto de conservación, aguardando la llegada de una oportunidad para escapar a su cruel destino.

Aunque por fortuna para él ninguno de sus mandos se ha apercibido de su condición de fingido zombie, los científicos responsables de la conversión de personas normales en soldados autistas sí han detectado algunos fallos en el proceso, amén de que desean perfeccionar las técnicas utilizadas permitiendo a los soldados siquiera un mínimo de autoconsciencia que les permita eludir muertes innecesarias. Por tal motivo Cole Harriman, jefe del equipo de programadores de los combatientes IRE, se ha desplazado hasta Aita en busca de Landon y de dos soldados defectuosos más, ambos fallecidos, por lo que decide llevarse a la Tierra al único superviviente con objeto de utilizarlo como cobaya en la investigación de las nuevas técnicas desarrolladas por su departamento.

Por desgracia para él, no ha podido llegar en peor momento. Los rebeldes disponen de un arma secreta —una especie de rayo desintegrador— tremendamente efectiva, con la cual traen en jaque a los militares imperiales. De hecho, ha sido decidida ya la evacuación de planeta y el posterior bloqueo del mismo mediante un campo de fuerza que lo mantendrá aislado del resto del universo durante siglos, castigo habitual del Imperio a todos aquellos mundos levantiscos a los que no le resulta posible someter. La retirada de las tropas, lo más ordenada posible dadas las circunstancias, es ya inminente cuando los rebeldes, de forma sorpresiva, desatan una ofensiva feroz que pone en jaque a las ya debilitadas defensas imperiales, sembrando el caos en sus filas. En mitad de la confusión David Landon, su frustrado mentor Cole Harriman y Alf Kemhes, comandante en jefe del ejército de ocupación, se ven obligados a huir precipitadamente del refugio en el que se encontraba el cuartel general de las tropas imperiales, siendo poco después desintegrados por uno de los enigmáticos rayos emitidos por la imbatible arma secreta de los rebeldes.

Pero no han muerto. En contra de lo que pensaban los imperiales, el rayo desintegrador lo que hace es trasladarlos a otro lugar aparentemente idílico, aunque pronto son apresados por los nativos pese a sus vanos intentos de resistencia. Es entonces cuando el protagonista hace un descubrimiento trascendental: Se encuentran en el mismo planeta Aita, e incluso en el mismo lugar donde fueran desintegrados... pero el entorno es diferente por completo. La conclusión lógica no puede ser otra sino que han sido desplazados en el tiempo, bien al pasado bien al futuro, hasta un momento en el que las secuelas de la guerra son inexistentes, por no haberse iniciado ésta aún o por haberse cicatrizado ya las crueles secuelas de la misma.

Sus captores les tratan bastante bien, sobre todo cuando tanto el protagonista como el antiguo comandante —no así el científico— se muestran dóciles y dispuestos a cooperar. Rose Valley, una bella muchacha hija de uno de los consejeros del planeta de la cual se sentirá inmediatamente prendado el ex-soldado, se convertirá en su guía a la par que en su vínculo con el resto del planeta, a la par que les desvela el misterio de su llegada allí. Efectivamente, y tal como sospecharan, han sido trasladados más de seis siglos en el futuro, al igual que todos los demás soldados imperiales alcanzados por la misteriosa arma secreta de los aitas. En realidad los rebeldes ignoraban la verdadera naturaleza de ésta, creyendo al igual que los imperiales que se trataba de un simple rayo desintegrador; de no ser así no la hubieran usado, puesto que habían legado involuntariamente una pesada y peligrosa herencia a sus descendientes.

Poco después de la desintegración de Landon y sus compañeros se había producido la evacuación del planeta por parte de las tropas imperiales, las cuales lo habían cumplido su amenaza sellándolo con un campo de fuerza que lo había mantenido aislado del resto del universo hasta entonces. Cuando los científicos descubrieron espantados que habían trasladado al futuro a centenares de miles de soldados enemigos, decidieron adoptar las medidas necesarias para neutralizarlos... aunque desconocían el tiempo que éstos tardarían en empezar a aparecer. Finalmente ocurrió transcurridos más de seis siglos, cuando hacía ya mucho que el planeta se había recuperado de las heridas de la guerra e incluso éste había sido prácticamente olvidadas por las nuevas generaciones de aitas.

Nada tenían éstos en contra de los desgraciados soldados imperiales, pero era preciso neutralizarlos dado que sus antiguos enemigos creían seguir combatiendo y se comportaban de manera agresiva. Tras procurar capturarlos con vida, cosa que lamentablemente no ocurría siempre, habían sido recluidos en campos de concentración, donde eran bien tratados a la espera de poder devolverles la consciencia que les había sido arrebatada por los inhumanos cirujanos del Imperio.

Portada de la edicion de Robel

El caso de David Landon y sus compañeros es muy distinto, puesto que los tres se encuentran en pleno dominio de sus facultades mentales; algo insólito, puesto que la totalidad de los soldados capturados hasta entonces son simples zombies sin voluntad propia; de ahí el interés de sus anfitriones por integrarlos en su pacífica sociedad. Sin embargo, y a pesar de que la llegada de los antiguos combatientes ya ha concluido —los protagonistas se vieron trasladados al futuro durante la última batalla de la guerra—, no por ello los problemas han dejado de existir.

En primer lugar, los gobernantes de Aita se muestran sumamente intrigados por el hecho de que, de entre los más de doscientos mil ex-soldados capturados, David y sus dos compañeros sean los únicos no manipulados cerebralmente; teniendo en cuenta que los oficiales de las tropas IRE conservaban asimismo íntegras sus mentes, hubiera sido de esperar la aparición de varios miles de los mismos junto con el resto de la tropa, algo que no ha sucedido en ningún caso.

Asimismo, otro motivo de preocupación es el descubrimiento de que el campo de fuerza que rodea al planeta está comenzando a debilitarse, probablemente como consecuencia del agotamiento del combustible atómico del satélite artificial que lo genera. Aunque su implantación por parte de los imperiales fue motivada por su afán de castigo, lo cierto es que con el paso de los siglos los aitas se han acostumbrado a su plácido aislamiento; y si por un lado les mueve la curiosidad por saber que puede haber ocurrido en el resto del universo durante todos esos siglos, por otro albergan el temor de que la desaparición de esta barrera que les sirve no sólo de aislamiento, sino también de protección, pueda poner de nuevo en peligro su próspera y pacífica sociedad.

Por esta razón, sus gobernantes deciden aprovechar el debilitamiento del campo para visitar el satélite artificial que lo genera, una empresa que se adivina complicada debido a que éste se presume que pueda estar erizado de armas defensivas de todo tipo que impidan su abordaje. Por fortuna los aitas cuentan con una antigua nave imperial —evidentemente las circunstancias de su aislamiento les han impedido disponer de nada parecido a una flota sideral— con la que abrigan la esperanza de poder arribar sin problemas al satélite, pero carecen de pilotos cualificados capaces de tripularla. Así pues, piden ayuda a David Landon, dado que éste contaba con cierta experiencia como piloto con anterioridad a su arresto y posterior conversión en un soldado IRE.

Otro problema añadido es la ambición de Hunter Derbey, el antiguo jefe de las milicias cazadoras de ex-soldados IRE, que aprovechando la incertidumbre del momento y apoyándose en la precipitada creación de unas hasta entonces inexistentes fuerzas armadas, destinadas a repeler a un hipotético enemigo surgido tras la caída definitiva del campo de fuerza, comienza a mostrar veleidades de dictador en contra del sistema de gobierno tradicional del planeta, una especie de presidencia colectiva consensuada. Por si fuera poco pretende a la muchacha, aunque ésta le rechaza, lo que crea un nuevo motivo de fricción entre él y el protagonista.

Los temores de David Landon comienzan a tomar cuerpo. Mientras Derbey aprovecha su reciente nombramiento como consejero para convertir a sus milicias en una especie de guardia pretoriana en vez de disolverlas, al tiempo que comienza a entorpecer los planes del padre de Rose, al que intenta desplazar con argucias, y los del propio Landon, tratando de impedir el proyectado viaje al satélite artificial. Por si fuera poco, un descubrimiento casual del antiguo comandante Kemhes añade todavía más incertidumbre al sombrío panorama: en los campos de concentración de las antiguas tropas IRE, camuflados entre ellas, se encuentran sus desaparecidos oficiales sin que ningún consejero —excepto probablemente Derbey — conozca su existencia. ¿Qué se está tramando? Para Landon no existe duda alguna: Derbey planea dar un golpe de estado que ponga en sus manos el control absoluto del planeta. Por ello comunica sus temores a Rose y al hermano de ésta, los cuales acaban convencidos de la certeza del peligro que se cierne sobre Aita.

El precipitado retorno del consejero Valley, apartado por Derbey de la capital para que no entorpeciera en sus planes, precipita el golpe de mano de éste, aunque el grupo de protagonistas — Landon, Kemhes, el consejero Valley y sus dos hijos consiguen escapar por poco de sus garras, huyendo en dirección al astropuerto con la intención de apropiarse del buque imperial y viajar con él hasta el satélite. Aunque las dudas acerca de las intenciones del consejero felón ya se han disipado por completo, un nuevo factor no previsto hasta el momento contribuye a agravar la situación: con la presumible ayuda de Harriman, y probablemente también con la de los ex-oficiales imperiales, Derbey se dispone a utilizar a los antiguos soldados IRE como fuerza de choque para dominar el planeta... sin que el gobierno legítimo cuente para enfrentarse a él más que con un puñado de reclutas bisoños a los que resultaría de todo punto imposible detener a tan temible tropa.

La huida tiene éxito, y los fugitivos arriban al vetusto satélite descubriendo que éste fue abandonado hace siglos y sus instalaciones se encuentran parcialmente destruidas. El objetivo de los protagonistas es encontrar pruebas que demuestren que el Imperio ya no es una amenaza para Aita, para poder así desenmascarar al incipiente tirano. Pero éste no está dispuesto a que sus enemigos frustren sus planes, por lo que en otra nave que mantenía en secreto arriba poco después al satélite y, acompañado de un grupo de secuaces, inicia la persecución de Landon y sus compañeros por el interior del gigantesco vehículo.

La situación no puede ser más crítica para éstos, que finalmente se ven acorralados en la antigua sala de control del satélite. Su única posibilidad de salvación radica en descubrir la emisora maestra de control de los soldados IRE, capaz de neutralizar la construida por Harriman; y lo logran, justo antes de que Derbey le dé un ultimátum para rendirse. Privado del apoyo de la antigua tropa imperial, que se ha vuelto inofensiva, Derbey ve como sus planes se desmoronan; pero lejos de rendirse a la evidencia, enloquece y ataca a sus rivales. Tras una breve refriega el candidato a dictador fallece y sus pretorianos se rinden. Landon y sus amigos han vencido.

Ha pasado algún tiempo. Landon se ha casado con Rose, los antiguos soldados IRE han sido intervenidos quirúrgicamente para devolverles su libre albedrío y en el planeta Aita reina la paz. El campo de fuerza que lo aislaba se ha desvanecido por completo, el satélite imperial ha sido explorado en busca de desentrañar sus misterios y los aitas preparan la primera expedición interestelar en muchos siglos. Nada se sabe del Imperio, ni siquiera si sigue existiendo, pero las sospechas de su derrumbamiento son cada vez más fuertes, al tiempo que unas débiles señales de radio recibidas desde el planeta habitado más cercano hablan confusamente de un extraño Orden Estelar.

© José Carlos Canalda,
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