ESCLAVO DEL IMPERIO (298, 3)
Portada primera edicion

Completa el tomo tercero de la edición de Robel la novela de este título, publicada originalmente con el número 298 de La conquista del Espacio. En ella vuelve a sumergirnos Ángel Torres en las intrigas palaciegas del corrupto Imperio Galáctico, y lo hace ambientando el inicio de la narración en Ergol, un mundo fronterizo sometido a la autoridad, siquiera nominal, del emperador en el cual florece una economía esclavista. Hasta allí se ha dirigido el capitán Lagnon, un próspero mercader terrestre, con objeto de transportar alimentos a la Tierra, acompañado por Lorena, su joven hija, la cual tiene ocasión de contemplar en el mercado local la persecución y captura de un esclavo fugitivo el cual, condenado a muerte, está a punto de ser ejecutado allí mismo por los propios soldados que lo custodiaban. Sólo la oportuna intervención de un importante personaje lo impide, gracias a que éste exhibe los documentos que prueban que había adquirido poco antes al fugitivo.

La sorpresa de la muchacha es mayúscula cuando, al volver a la nave, descubre a ambos, el personaje y el esclavo, reunidos con su padre, y todavía se sorprende más cuando el primero les relata una increíble historia: Él es el conde Volkar, un alto personaje de la corte imperial primo del Gran Duque Ich Denfol, consejero —entiéndase valido— del emperador, y el esclavo —un joven muchacho de apuestas trazas que atiende por Lan Dioh — sería nada menos que su sobrino, raptado por unos piratas cuando apenas era un niño —su madre, que viajaba con él, habría sido asesinada durante el asalto— y vendido como esclavo en Ergol. Dado por muerto durante mucho tiempo, el Gran Duque había descubierto poco antes, gracias a un cúmulo de afortunadas circunstancias, que su hijo vivía, razón por la que había encomendado a su pariente que lo rescatara y lo llevara con él a la corte imperial.

Aunque la azarosa empresa se ha resuelto finalmente de forma exitosa, el conde Volkar desea retornar a la Tierra con su sobrino de forma discreta, ya que los muchos y muy poderosos enemigos del Gran Duque podrían intentar impedir que éste se reuniera con su hijo de conocer su llegada. Así pues, llega a un acuerdo con el capitán Lagnon para que éste les dé pasaje en su nave y posteriormente cobijo en su propia residencia, hasta que el muchacho pueda ser llevado a la corte sin peligro.

El viaje de retorno a la Tierra se realiza sin incidentes, trabándose pronto entre los dos jóvenes una profunda amistad. Los problemas comienzan al penetrar en el Sistema Solar, siendo el carguero abordado por una patrullera imperial que según Volkar transporta en su interior falsos policías, en realidad agentes de los enemigos del Gran Duque interesados en secuestrar a su hijo. Tras una breve, aunque sangrienta escaramuza los impostores son rechazados y el carguero aterriza felizmente en su base.

Comienza ahora la segunda fase del plan. Volkar y el muchacho se refugian en la vivienda de los Lagnon, a la que acuden una serie de preceptores encargados de convertir en un cortesano al hasta hacía poco miserable esclavo. Gracias a las avanzadas técnicas de enseñanza el antiguo paria hace progresos espectaculares en su educación, pero comienza a temer que su nuevo estatus social pueda no agradarle demasiado.

La situación se complica cuando, burlando la vigilancia a la que está sometido el muchacho, un nuevo personaje entra en escena. Aljen, que así se llama éste, se presenta como un alto cargo de la corte imperial y rival político del presunto padre de Lan... y recalca lo de presunto. Según su versión Lan sería en realidad oriundo del planeta Khrisdall, un mundo poblado por humanos paranormales cuyo único deseo sería el de vivir aislados del Imperio, pese a lo cual todos los emperadores desde hacía generaciones habían intentado descubrir su secreta ubicación para destruirlo, al considerarlo como la mayor amenaza para el Imperio. He de interrumpir aquí brevemente la narración para indicar que este planeta volverá a tener protagonismo a lo largo de la obra de Ángel Torres, como se podrá comprobar en su momento.

¿Cómo había llegado Lan tan lejos de su planeta natal? Acompañado por sus padres habría sido capturado accidentalmente por soldados imperiales, los cuales habrían asesinado a sus progenitores entregando el pequeño al futuro Gran Duque, el cual habría decidido adoptarlo como hijo propio no por cuestiones altruistas, sino para utilizarlo en un futuro como instrumento para sus propios fines; aprovechándose de sus poderes mentales, obligaría al muchacho en su momento a asesinar al emperador y al príncipe heredero, lo que le convertiría en pretendiente directo al trono. Pero como por el momento no le interesaba que el muchacho sospechara siquiera su origen, le habría provisto de un brazalete indestructible que actuaría anulando sus poderes paranormales. El asalto de los piratas y el secuestro del pequeño —esto sí habría ocurrido en realidad, así como su posterior venta como esclavo— habría frustrado sus maquiavélicos planes, ahora milagrosamente resucitados al conseguir rescatar al muchacho.

Portada de la edicion de Robel

Aljen le expresa su deseo de que los habitantes de Khrisdall, de los que se manifiesta defensor, puedan seguir viviendo en paz sin injerencias del Imperio, y le desvela también que fue él el promotor del fallido asalto al carguero cuando éste se dirigía a la Tierra... aunque en realidad no se muestra mucho mejor que su rival, por más que su ambición no llegue a tanto; lo que pretende es que Lan trabaje para él en lugar de hacerlo para su presunto padre, asesinando al emperador pero respetando la vida del príncipe, bajo cuyo reinado podría aspirar a reemplazar al Gran Duque como favorito real. Como prueba de que lo que afirma es cierto, libera al muchacho del brazalete sustituyéndolo por una imitación inocua, lo que le permitirá, según afirma, recobrar paulatinamente sus poderes; aunque por el momento tendrá que ocultarlo ante sus mentores. Lan se niega a colaborar, afirmando que tan asesinato es el doble que presuntamente persigue el Gran Duque, como el magnicidio del emperador que le propone Aljen; pero éste le insiste en que es la propia supervivencia del planeta Khrisdall la que está en peligro de no aceptar éste su plan. Dicho esto, desaparece tan sigilosamente como había venido.

A partir de este momento los acontecimientos se disparan vertiginosamente. Libre del efecto de la pulsera Lan comienza, efectivamente, a recuperar poco a poco sus hasta entonces insospechados poderes, pero no ve la manera de poder zafarse de la maraña de intrigas en la que se ve sumido. Poco después el Gran Duque le comunica su intención de llevarlo a la corte, pero antes de partir con destino a la Sede Imperial advierte a los Lagnon de la necesidad de que huyan de la Tierra, ante la certeza de que el Gran Duque los hará desaparecer, una vez consumado el magnicidio, para deshacerse de unos testigos molestos. El capitán accede a su petición, iniciando los preparativos para trasladarse a un mundo lejano en el que puedan seguir viviendo en paz.

Lan por fin es llevado a la Sede Imperial, un planetoide artificial situado en la región del cinturón de asteroides, pero a la llegada a ésta tiene una violenta disputa con sus dos mentores al desvelarle éstos sus verdaderos planes —ya conocidos por el muchacho— y negarse éste en redondo a secundarlos. El Gran Duque recurre entonces a una baza que mantenía oculta mostrándole a Lorena, que mantiene prisionera tras haberla atraído con un ardid a ese lugar; si Lan no colabora, de grado o por la fuerza, Lorena sufrirá las consecuencias. Forzado por las circunstancias Lan finge aceptar con el fin de salvar la vida a su amada, aunque realmente desconoce la forma de poder hacerlo sin colaborar en el magnicidio.

La salvación vendrá de manos de Dorden, el príncipe heredero, que está inmerso en la otra conjura, la de Aljen. Como también ellos necesitan el concurso de Lan, procede a rescatar a la muchacha poniéndola a salvo en una nave, con la cual deberá reunirse Lan una vez concluido el proceso. Para tranquilizarlo afirma que no desea la muerte de su padre, sino que busca solamente desenmascarar a los dos traidores; Lan deberá aturdirlo mientras el príncipe finge ser también atacado y, cuando éstos crean que han logrado sus propósitos y proclamen públicamente su traición, serán desenmascarados y sus tropas neutralizadas por las leales al emperador.

Lan acepta, no le queda otro remedio, pese a que cada vez odia más ese nido de intrigas que es la Sede Imperial. Poco después el Gran Duque viene a buscarlo para dar paso a la ceremonia durante la cual el anciano emperador le reconocerá como hijo y heredero de su consejero. Por exigencias del protocolo el Gran Duque le entrega un gran collar de oro que representa la más preciada de las condecoraciones imperiales, el cual habrá de devolverle una vez concluida la ceremonia.

Una vez en el imponente salón del reino, y en presencia de los principales dignatarios del imperio, Lan y su presunto padre son recibidos en audiencia por el emperador y su hijo, permitiéndoseles atravesar la barrera de energía que protege a ambos. Ahora es el momento señalado por ambas conjuras, pero los acontecimientos se desarrollan de una manera inesperada para todos. Tras iniciarse el ceremonial y ser reconocido Lan por el emperador como hijo del Gran Duque, el muchacho devuelve inesperadamente el collar a su padre putativo, el cual lo acepta con desconcierto —no debería haberlo hecho hasta finalizar la ceremonia— pero obligado por el protocolo. Instantes después el emperador se desploma fulminado... y también el propio Gran Duque. Simultáneamente, fuera del campo de energía protector los soldados de la guardia pretoriana del emperador comienzan a luchar con las desconcertadas tropas del Gran Duque.

¿Qué ha ocurrido? En realidad, todos han mentido. El príncipe acusa a Lan de haber asesinado al emperador cuando le había solicitado que sólo le aturdiese, pero Lan se defiende acusando a su vez al príncipe de ser el causante de la muerte de su padre, pretendiendo utilizarle a él como chivo expiatorio. Él, en realidad, no puede matar con su poder mental a nadie, y ha sido el príncipe, con una pistola especial diseñada para simular un ataque mental, el autor del magnicidio. Desenmascarado, el príncipe descubre que su aparentemente leal Aljen tiene también sus planes propios, no necesariamente coincidentes con los suyos; él es el responsable de la muerte del Gran Duque gracias al collar, que ocultaba un explosivo y que, en realidad, estaba destinado a hacer desaparecer al propio Lan. No obstante, el príncipe le manifiesta su deseo de seguir hasta el final acusándolo falsamente de ser el asesino de su padre. Al fin y al cabo no le puede matar, le dice apuntándole con una pistola.

Efectivamente Lan no puede matar con el poder de su mente, pero sí puede dañar las de otros lo suficiente para convertirlos en idiotas... y así lo hace, en defensa propia, tanto con el pérfido príncipe como con su consejero, tras lo cual, aprovechándose de la confusión reinante, abandona el salón del trono en busca de su amada.

Ésta, mientras tanto, ha tenido que vérselas con el único traidor superviviente, el conde Volkar, que pretende capturarla para librarse de las acusaciones de magnicidio. Hay un forcejeo y Lorena empuja al conde contra la compuerta de la nave cuando ésta se está cerrando, destrozando su cuerpo y acabando con su vida. Instantes después llega Lan y, una vez reunidos ambos, huyen del campo de batalla en que se ha convertido la Sede Imperial, marchando a la Tierra para reunirse con los padres de Lorena y marchar todos juntos al planeta elegido como su nueva residencia. Mientras tanto, desaparecida la dinastía reinante con el emperador muerto y el príncipe incapacitado mentalmente, en el Imperio se inicia una era de anarquía que agravará todavía más su decadencia acelerando su caída.

© José Carlos Canalda,
(1.982 palabras) Créditos