Epílogo a la edición de Robel
por Ángel Torres Quesada
REBELDES EN DANGHA

Esto de escribir el epílogo me suena a decir adiós y hasta nunca. No sé, pero no me va el asunto de cerrar algo para siempre, que no se puede decir de esta agua no volveré a beber, que la vida da muchas vueltas.

El editor, como todos los editores siempre tienen razón, me comentó un día que el cierre de la colección, que prometió editar completa y ha cumplido, merece como colofón unas líneas tuyas, es decir mías. Un par de páginas o así, añadió. Claro que sí, le respondí, pensando que como aún faltaban cinco o seis números para poner el broche de oro a la empresa, quedaba tiempo y podía dejarlo para más adelante. Pero el tiempo, ya se sabe, pasa volando.

Tres o cuatro veces abrí el archivo, que titulé Epílogo, y me quedé mirando la pantalla en blanco, preguntándome cómo debía enfocar el tema. Al poco lo cerraba, porque no se me ocurría nada que mereciera la pena. Lo dejo para otro día, me decía, a ver si mientras tanto se me aclaran las ideas. Pensé que podía ponerme en plan sentimental, añorar los tiempos pasados y explicar que tres años antes, cuando Jesús Rodríguez, el editor, me habló de reeditar El Orden Estelar, no salté físicamente de alegría, pero la moral me subió bastantes enteros. Yo andaba un poco alicaído por aquellos días. Vamos, que estaba un poco estresado por culpa de que esa ley no escrita pero de obligado cumplimiento que me obligaba a dar por finiquitado el negocio familiar de toda la vida. Me dije que la reedición de la saga, como ahora llaman a las historias largas, podía servirme de distracción, y la tarea de darle un repaso a las novelitas que hacía más de tres décadas había escrito me harían más soportables los trámites que me quedaban por resolver, que esto de bregar con la administración sí que es duro, una labor que sabe cuando empieza pero nunca cómo ni cuándo va a acabar.

LAS TORRES DE PANDORA
LAS TORRES DE PANDORA

El otro camino que había barajado para el tratamiento del Epílogo era decir que me sentía muy satisfecho por haber alcanzado la meta que el editor y yo nos habíamos propuesto. Esto es cierto.

Al final me dije que lo mejor era hacer un poco de historia, que tal vez los lectores que están siguiendo la colección podrían estar interesados en conocer un poco los vericuetos y los intríngulis de una saga que nació de forma fortuita, que no fue planificada ni nada, que surgió porque sí, en un arrebato sin ira.

Esto de dar un pequeño repaso a la gestación de El Orden Estelar a algunos les sonará a cuento ya escuchado, porque en ciertas ocasiones he hablado de algunos de sus secretillos.

Mi afición a la CF viene de lejos, de los tiempos en que devoraba las aventuras de Flash Gordon que publicaba el semanario Leyendas, que compraba mi hermano Juan, junto con las de los otros héroes yanquis clásicos de la época, que no superhéroes, como Mandrake -entonces conocido en España como Merlín-, Tarzán y otros.

UN MUNDO LLAMADO BADOOM
UN MUNDO LLAMADO BADOOM

En el 62 del siglo pasado yo había conseguido publicar una novelita, que titulé UN MUNDO LLAMADO BADOOM, en la Editorial Valenciana, en la colección Luchadores del Espacio. En esa década, y a principios de la siguiente, ambas iluminadas por la resplandeciente luz de Nueva Dimensión, publiqué algunos relatos, en esta revista y en un par de antologías. Hacía mis pinitos en la CF pero sin abandonar la idea de escribir novelitas de a duro, como ya eran conocidas. Lo intenté con Toray, para su colección Espacio, y envié un original que me fue devuelto, acompañado de la amable y consabida carta en la que se me informaba que no podían aceptarlo por exceso de material. O tal vez porque era muy mala, yo qué sé. Cinco años más tarde, allá por 1969, sacándole el poco jugo que le quedaba a mi vieja portátil Olivetti Studio46, al descubrir en el mercado una nueva colección, La conquista del espacio, me animé a iniciar y terminar una novela que titulé LA AMENAZA DEL INFINITO. La envié a la editorial, que como habrán adivinado no era otra que Bruguera, que por fin había decidido publicar una colección de ciencia-ficción. A las pocas semanas recibí una carta con el membrete de la editorial, que entre esperanzando y turbado por malos presagios procedí a abrir.

Cual no fue mi sorpresa al leer que aceptaban la novela enviada y adjuntaban un contrato para que yo lo firmara, del cual debía devolverles una copia. Todavía lo conservo. No necesito desempolvarlo para recordar lo más importante de su contenido: me abonarían 4.500 pesetas a cuenta y se comprometían a pagarme un 5% sobre la tirada total, garantizándome que mi novela sería publicada en un plazo no superior a seis meses. Como ocho años antes Valenciana me pagó 1.500 pelas y si te vi no me acuerdo, las condiciones de Bruguera me parecieron más que generosas. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces el salario mínimo era inferior a la cantidad que yo iba a percibir a cuenta. Pero no seamos materialistas: yo habría firmado por nada con tal de ver publicada mi segunda novela en una editorial de enjundia. En enero de 1971 recibí el pago del anticipo mediante giro postal, y en Mayo un paquetito conteniendo seis ejemplares de la AMENAZA DEL INFINITO, que mostré orgulloso a mi mujer y a toda mi familia, y no lo puse en el escaparate de la pastelería porque me daba un poco reparo, y además no venía a cuento, que era el mes de las comuniones y lo tenía todo lleno de muñecas de blanco y cajas de bombones. Este fue el inicio.

LOS MERCENARIOS DE LAS ESTRELLAS
LOS MERCENARIOS DE LAS ESTRELLAS

Como tenía almacenadas varias ideas para futuras novelas, una tras otras las fui escribiendo, y así envié LOS MERCENARIOS DE LAS ESTRELLAS y UN TRAZO DE LUZ, una de mis favoritas. Un día me senté ante la Olivetti sin una idea preconcebida sobre el argumento de la siguiente obra, pero coloqué los tres folios y los dos papel Kores, y me puse a teclear. Sin darme cuenta fueron surgiendo los personajes, una tal comandante Alice Cooper y un alférez que bebía sus vientos, al que puse el nombre de Adan Villagrán, y creando un universo a mi medida, me inventé una organización a la que en un primero momento llamé El Orden Imperial. Se trataba de una entidad militar formada por valientes y esforzados caballeros -y damas- que recorrían el universo buscando los mundos que una vez pertenecieron a un malvado y desaparecido imperio, pero con la sana intención de reintegrarlos a la civilización, con el mérito añadido de no utilizar la violencia excepto en los casos que se veían obligados a ello, que no eran pocos. A la novela le puse el título de LOS ENEMIGOS DE LA TIERRA.

Después de esta novela escribí LOS COMANDOS DEL SOL. Cuando la terminé y una noche volví a la lucha, con la primera hoja ya puesta en el carro, me dije que los personajes de Los enemigos de la Tierra podían dar mucho más de sí, que había en la galaxia miles de mundos olvidados que salvar. La novela que terminé, cómo no, la titulé MUNDO OLVIDADO. Las siguientes fueron LOS CONQUISTADORES DE RUDER y UN PLANETA LLAMADO KHRISDAL. Aunque eran novelas independientes, conformaban pasito a pasito la historia cronológica de las andanzas de Alice y Adan. Yo estaba a punto de comenzar la novela en la que Adan y Alice volverían a encontrarse e iniciarían el esperado idilio. Por cierto, con Alice me atreví en LOS CONQUISTADORES DE RUDER a convertirla en una consumada chica de strip tease, que se despelotaba por exigencias del guión para desenmascarar al tirano de turno, que no era un sino un robot que, como tal, no reaccionaba como debía reaccionar un ser humano ante tan excitante espectáculo. De esta forma su pueblo, ya que Alice se las ingenia para que el acto sea transmitido en directo a todo el planeta Ruder, descubre que el monarca no es lo que parece ser, sino un fraude. O sea, un político clásico. La comandante, con su ardid, logra destronar al tirano, que había llevado a su mundo a la guerra que el pueblo no quería, y aquí paz y allí gloria. Con esta novela me la jugué. Por aquel entonces todas pasaban por censura previa, esa ley que se inventó un tal señor Fraga Iribarne, que dicen que aún sigue en vigor, que a alguien se le ha olvidado hacerla pasar a mejor vida. Supongo que el censor de turno, que tenía que leer veinte o treinta novelitas todas las semanas, no estaba por la labor ese día y la pasó por alto, o como yo pienso que los censores hacían, sorteaba las que debían ser repasadas por sus inquisidores ojos y la mía se libró aquella semana de su pérfida atención. Claro que más adelante otra novela sería castigada por los sicarios del ministerio de Información del franquismo tardío y le pusieron el horrible sello de Rechazada, sin más explicación, la devolvieron a la editorial y ésta me la hizo llegar junto con sus condolencias.

Pues ocurrió lo que yo tanto temía, y recibí una cartita de los jefes de Bruguera advirtiéndome de que la colección no publicaba novelas que estuvieran relacionadas. O sea, que nada de sagas ni pamplinas, que Bruguera no era Valenciana y en su seno no cabía mi intento de pergeñar una historia como Dios manda. El aviso me cayó como un tiro. Intenté defender mi postura en una carta que envié, explicando a los jefes que las aventuras del Orden serían independientes, que las alternaría con otras novelitas encuadradas en otros universos más o menos paralelos. Otra cartita llegó a mis manos a los pocos días, en ella reafirmándose los jefes en su postura, y con delicadeza diciéndome que si yo no estaba de acuerdo con la política de la editorial pues que lo sentían mucho pero se verían obligados a prescindir de mi, para ellos, ya muy estimada colaboración y que si tal y cual.

LOS BRUJOS DE LERO
LOS BRUJOS DE LERO

Pues a tragar, me dije. Aparqué el Orden, Alice y Adán y todas las ideas que se me habían ocurrido hasta aquel día para nutrir las historias de la saga, que eran bastantes. Resignado, escribí RASTROS EN EL ESPACIO y LOS BRUJOS DE LERO, ésta ambientada en el Imperio, en la era anterior al Orden Estelar. Pero como uno aún era joven y terco, inicié la escritura de una novela llamada LOS HOMBRES DE ARKAND, en la que Alice Cooper no hace acto de presencia hasta muy avanzada la trama. Lo hice para despistar al encargado de visionar las novelas, confiando en que no terminaría de leerla, como yo imaginaba que hacía el pobre hombre, porque su oficio tenía que ser de lo más aburrido. Ah, en LOS HOMBRES DE ARKAND cambié el nombre de Orden Imperial por el de Orden Estelar, además con la intención de confundir al examinador de textos, porque por entonces la palabreja imperio no estaba bien vista, y mi organización, la mar de democrática ella, además de serlo tenía que demostrarlo, como la esposa del César.

Pues fueron pasando los meses y cada dos por tres yo largaba a Bruguera una novelita con mi pareja favorita. Fueron colando. Pero cuando más tranquilo me encontraba, recibo otra cartita puñetera advirtiéndome, con más seriedad que en la anterior, que si insistía en escribir novelas con los mismos personajes, me las devolverían. Así de claro.

Cuando al poco percibí que las rígidas normas de la editorial empezaban a relajarse, volví a intentarlo. Los detalles de la decadencia se manifestaron de varias maneras. Por ejemplo, dejaron de enviarnos los cuestionarios sobre los personajes de las novelas y pedirnos sugerencias acerca de las portadas; más adelante incluso dejaron de enviar los contratos, y aunque seguían pagando, lo hacían con cierto retraso. Había pasado la época dorada en la que abonaban por tiradas, que alcanzaron la no despreciable cifra de más de veinte mil ejemplares. Pero la crisis en Sudamérica se estaba notando, y también los resultados de una pésima administración. El gigante se tambaleaba. En el ínterin, mientras la crisis crecía, yo seguía enviando más novelas de El Orden Estelar, alternándolas con otras en las que, por su trama, no tenían cabida Alice ni Adan.

CADETE DEL ESPACIO
CADETE DEL ESPACIO

Llegó el día en que la empresa no pudo seguir y todo se vino abajo. Como otros muchos, diría que como casi todos los colaboradores, dejé de cobrar bastante dinero. Al poco surgió el intento de Ediciones Delta, y en la colección Galaxia 2000 me prometieron libertad total. Como andaba empeñado en otras series, en ella no publiqué todas las novelas del Orden que me hubiera gustado, pero hay algunas, incorporadas a la colección de Robel.

A veces me pregunto cómo habría escrito la serie si la tozudez de Bruguera no lo hubiera impedido. La verdad es que no lo sé, no tengo el don de vaticinar los universos paralelos. Para esta colección, que considero bastante completa, escribí -en realidad ya la tenía casi escrita años antes de que Jesús se pusiera en contacto conmigo- LOS GUERREROS DEL TIEMPO. De esta novela, cuando los bolsilibros desaparecieron definitivamente del mercado, escribí una versión, más extensa de lo habitual, en la que Adan y Alice se encontraban después de la aventura de ella en Ruder y de él en la Tierra, con las chicas paranormales de Khrisdal. En esta novela contaba que el origen de El Orden Estelar no era otro que la llegaba a la era de la decadencia del Imperio de unos mercenarios de la Tierra, un grupo de aventureros que daban un segundo salto en el tiempo y se encontraban con los dos comandantes a bordo del Silente, la flamante Unidad Exploradora que ellos habían estrenado, supliendo al vetusto Hermes. La versión definitiva es la que algunos habrán leído en los números cinco y seis. Cuando se confeccionó la relación de los títulos que debían componer la colección, además de LOS GUERREROS DEL TIEMPO, con su guiño final, cuando el chico sin nombre dice su nombre, propuse a Jesús que yo tenía tiempo para escribir la novela en la que Alice y Adan se reunían. Necesito su título para incluirlo en el prólogo del primer número, me dijo. Sin pensarlo, le dije que era LA ODISEA DEL SILENTE. Al poco de salir el primer número al mercado, me puse a escribir esta novela. Creo que habría escrito otras, las que consideraba que faltaban, como aquella en la que Adan moría, dejando a la almirante viuda y triste. Pero no había tiempo, los meses se nos venían encima y ni se lo propuse a Jesús.

Esta colección ha concluido, todos los compromisos han sido respetados. No sé si el resultado habrá satisfecho a los lectores. Pero ha sido una especie de carrera contra reloj. Había que cumplir los plazos, tanto por parte del editor como por la mía. En este número, el 28, el lector habrá leído que al final de la segunda novela vuelvo a permitirme hacer un guiño. He cambiado algunas cosas en ALIADO DE LA TIERRA, es cierto. No es una promesa, no; pero tampoco un cambio de parecer. No sé lo que ocurrirá mañana. O pasado mañana. Por eso digo al principio que los epílogos no me gustan, porque para mí es como rubricar el final definitivo, y a veces en la vida no se puede afirmar tal cosa.

ALIADO DE LA TIERRA
ALIADO DE LA TIERRA

No sé si soñaré con reanudar algún día las aventuras de Alice, y también ¿por qué no? las de Adan. Para todo uno puede buscar una excusa y remodelar el universo que le más le plazca, a su antojo, pero también al de los lectores, que para eso este género es el de la fantasía y la ciencia-ficción, en el que todo cabe siempre que tenga un mínimo de coherencia. Y si es mucha, mejor.

Soñemos. Yo también soñaré.

Gracias a todos los que han tenido la paciencia y la constancia de seguir estas aventuras que sólo pretenden distraer un poco, que sólo han intentado superar a la realidad. Si a algunos he defraudado, les pido perdón. Tal vez no he sabido hacerlo mejor. Pero podría superarme, oigan...

Ah, me había prometido no cerrar este epílogo sin explicar que cuando elegí el nombre para mi heroína favorita no tenía ni idea de que había un cantante de rock frenético llamado Alice Cooper, un tío con toda la barba, y supongo que algo más. Cuando empecé a escribir ENEMIGO DE LA TIERRA, a la hora de bautizar a la chica rubia y de ojos azules, me decanté por el nombre de Alice, porque a mi mujer y a mí nos gustaba el de Alicia y habíamos decidido que si el segundo hijo que esperábamos también era una chica, se llamaría así. En cambio el apellido de la comandante surgió de una manera menos romántica. La noche antes del inicio de la novela de marras había visto en la tele SOLO ANTE EL PELIGRO, de Gary Cooper.

© Ángel Torres Quesada,
Cádiz, (2.861 palabras) Créditos