Las pocas ocasiones en que alguien le buscaba, siempre podía encontrarle en la cantina. No es que Estrabón fuese un borrachín, tomaba lo que allí llamaban café y muy de vez en cuando una cerveza. No, la cantina era su zona de caza, el lugar donde asaltaba a los incautos que se sentaban en su mesa o no eran lo bastante rápidos para huir cuando él se acercaba.

Estrabón poseía una mente privilegiada, una memoria prodigiosa, capaz de recordar hasta el más nimio de los detalles y un torrente de oratoria dispuesto a enumerarlos todos en minutos, horas o el tiempo que fuese necesario.

Estrabón Regueira era uno de los científicos más brillantes de Roma y un plasta difícil de soportar.

No era culpa suya, al menos no del todo, jamás hombre alguno había dedicado tanto tiempo y esfuerzo a una disciplina tan poco productiva, una rama de la ciencia que prometió en su origen todo un universo de inimaginables maravillas, reducida, tras siglos de viajar por el espacio, a la triste relación de microorganismos descubiertos más allá de las fronteras del Sistema Solar, algo que no bastaba ni de lejos para satisfacer el intelecto del astrobiólogo.

Para cualquier otro, todo habría cambiado con el descubrimiento de Domus Prima, el milagro azul, el primer y único mundo entre los miles visitados que podía compararse con la vieja Tierra, un paraíso repleto de nuevas e interesantes especies que analizar. Pero no, su especialidad, su obsesión, el objetivo de toda su vida era la búsqueda de inteligencia extraterrestre y allí donde se colmaron las expectativas más ambiciosas de todos sus colegas, él apenas ocupó el tiempo necesario para concluir que ninguna de sus formas de vida superaba en habilidad a los delfines o los orangutanes. Esta última decepción exacerbó la necesidad de explicar por qué, contra todo pronóstico, su búsqueda y la de toda una antigua saga de investigadores no encontraba nada de nada entre los cientos y cientos de miles de millones de estrellas que poblaban el universo. Explicárselo a sí mismo y a los demás y siempre comenzaba por el principio.

—¿Ha oído usted hablar de Drake? En mi opinión, entre todos los personajes que con este apellido han pasado por la historia antigua, hay dos que destacan, precursores ambos en los ilustres oficios a que usted y yo nos dedicamos. Incluso respondían al mismo nombre con las lógicas diferencias causadas por la evolución de la lengua: Francis y Frank, —el sargento Cayo García no conocía ni a uno ni a otro—. Francis fue navegante y corsario, como usted, me refiero claro está a ser navegante, el de corsario es una profesión que hoy en día, por fortuna, carece de sentido. Bueno, créame, podría hablarle de su vida durante horas pero el otro es aun más interesante... Como le he dicho, su nombre era Frank, Frank Drake, pronunciado así, en inglés ¿Sabe algo de inglés? Es uno de los idiomas que están en la base del actual Latín, muy hablado en su día, fue una lengua franca entre las múltiples culturas que poblaban nuestro planeta de origen antes de la guerra que obligo a nuestros antepasados a huir... —Estrabón agitó las manos en el aire— Debe usted perdonarme, tiendo a irme por las ramas con datos accesorios y carentes de importancia para el tema que nos ocupa...

Que le ocupaba, porque al sargento especialista toda aquella cháchara le traía al fresco. Cayo era un misántropo, amaba a las máquinas: fieles, precisas, sinceras; y odiaba a los seres humanos: retorcidos, interesados y traicioneros. No viene al caso extenderse en los motivos que forjaron tal carácter, baste decir, que al poco de iniciar el viaje, descubrió que la manera más eficaz de mantener alejada al resto de la tripulación, era pegarse a Estrabón y aguantar como si su incesante parloteo no fuese distinto al sordo zumbido de fondo que acompañaba su día a día ante los paneles de mantenimiento. Una técnica que había desarrollado con notable eficacia.

—...Esa ecuación —continuaba el científico— fue el primer intento serio de determinar las probabilidades reales de encontrar una especie inteligente de origen extraterrestre, debo resaltar lo de serio porque tal posibilidad siempre ha estado presente en el imaginario humano, mitologías aparte, por poner un ejemplo, en siglo II de la era cristiana, el humorista Luciano de Samosata imagino un barco que... Claro que la Luna al ser el más cercano de los cuerpos celestes...

Las cavilaciones de Cayo, no andaban precisamente en la Luna, sino concentradas en el supuesto fallo del analizador de espacio profundo, un error notificado por un operador humano, que la CC, tras varios ciclos de chequeo, se negaba a confirmar. A pesar de su informe en este sentido, el comandante Sexto Aquila, había ordenado una corrección de los algoritmos para eliminar el ruido y esa decisión, traicionar a la máquina para obedecer al hombre, situaba al sargento entre Escila y Caribdis.

—Si la computadora dice que está bien, está bien —murmuró—, algo está emitiendo ahí fuera y no es ruido de fondo —añadió con rotundidad en voz más alta.

—¡Qué ha dicho! —La mente de Estrabón era capaz de filtrar y procesar información ajena a su cháchara con pasmosa habilidad.

¿Quién sabe? Tal vez si Estrabón no hubiese sido Estrabón y Cayo no hubiese sido Cayo esta historia se habría escrito de otra manera.

* * *

—¡Ahora! ¡Tengo que ver al almirante ahora!

El astrobiólogo acompañó su exigencia con grandes aspavientos y efecto nulo ante la joven teniente que guardaba la puerta de la sala de reuniones.

—Ya le he dicho que el almirante está reunido y no puede recibirle.

—No lo entiende, no importa lo que esté haciendo el almirante, este asunto es más importante que cualquier otro ¡Es urgente! ¡Es esencial!

—Lo lamento —insistió imperturbable la joven—, tendrá que esperar.

¿Esperar? No, por supuesto que no, toda una vida de espera era más que suficiente. Estrabón avanzó sin importarle ni la chica ni sus órdenes ni la puerta cerrada y todo habría acabado muy mal para él de no ser porque, coordinado con su primer paso adelante, el panel de sala de reuniones se deslizo dando paso al mismísimo almirante Aulio Jofman cuya imponente figura ocupó la escena con el aspecto de quien está harto de todo y de todos.

—¡Se puede saber qué es este escándalo!

La teniente señaló con la mirada al sobreexcitado científico y Aulio Jofman bufó, dos veces. Un civil, quien si no. Los civiles a bordo de una nave de guerra siempre dan problemas, era un principio fundamental y allí delante tenía la demostración de que nunca debió traicionarlo a pesar de todas las presiones de la universidad y la oficina del gobernador. Hay que mantenerse fiel a las normas o todo se derrumba, se repitió por enésima vez en su vida. Aspiró aire hasta el fondo de sus pulmones y fulminó al astrobiólogo con la mirada sin más éxito que el que hubiese logrado con una mampara transparente.

—Encantado de verle, almirante, hay que cambiar el rumbo de forma inmediata, este hombre de aquí —Cayo se pegó a la pared intentando desaparecer, convencido de que haberse dejado arrastrar por el entusiasmo del científico se estaba revelando como uno de los grandes errores de su vida—, ha detectado lo que podría ser la prueba del mayor descubrimiento de los últimos mil años. Confirmarlo es ahora nuestra única prioridad.

—¿Qué? —El almirante parpadeo dos veces. ¡Aquel tipo vestido de paisano le estaba dando órdenes!

—Que este hombre... —repitió Estrabón controlando su impaciencia y observando al almirante como quien evalúa la inteligencia de un animal de laboratorio.

—¡Cállese! —Aulio agitó dos veces el dedo índice frente a la nariz del científico— ¿Desde cuándo decide usted qué es o no prioritario en una nave de guerra?

—Por supuesto, por supuesto —los militares y sus pruritos pensó Estrabón—, ordenarlo le corresponde a usted, aunque me he tomado la libertad de calcular la nueva ruta y con su permiso yo mismo puedo indicárselo a navegación.

¡Dioses! hablar con aquel sujeto era hacerlo contra un muro, Aulio enfocó su ira en el responsable subsidiario del altercado.

Cayo se encogió en su rincón y clavó la vista en el suelo.

—¿Qué se supone que ha descubierto? —Masculló Aulio.

El sargento murmuró una respuesta inaudible.

—¡Cuádrese y hable como un hombre!

—La máquina funciona bien —repitió Cayo apenas más alto.

El almirante repartió su asombro entre los dos sujetos sin terminar de decidir quién era el más tonto.

—¿Ese es el mayor descubrimiento científico de los últimos mil años? ¡Que una máquina funciona!

—No sea estúpido, almirante, lo que el sargento quiere decir es...

—Estúpido ¿Me ha llamando estúpido?

—No se lo tome a mal —replicó Estrabón en el mismo tono que habría empleado con el más obtuso de sus alumnos en la universidad—, imagino que los planes de estudio de las academias militares no incluyen...

Aulio Jofman resopló, dos veces, apretó los puños, dos veces, y dudó entre estamparlos en la cara de aquel condenado loco o limitarse mandarle a la mierda.

Fueron dos los factores que resolvieron la situación. El primero, la aparición de Sexto Aquila, el comandante encargado de ingeniería a cuyas órdenes trabajaba el sargento. Un trepa de buena familia y conexiones en el almirantazgo que llegaba tarde y sin ninguna prisa a la junta. Y el segundo, que la interrumpida reunión, no era más que otra aburrida rutina entre la interminable sucesión de aburridas rutinas en que consistía su expedición de trazado de rutas.

El almirante observó al recién llegado y haciendo honor a su justa fama de poseer uno de los humores más cambiantes de la flota, sonrió al tiempo que decidía que el incidente era perfecto para alegrarle la mañana.

—Llega tarde, comandante Aquila.

Sexto observó la extraña escena sin comprender y se cuadró a medias.

—Mis disculpas, almirante, tenía que atender unos asuntos.

—Unos asuntos, claro, supongo que urgentes.

Todo buen trepa dispone de olfato para los marrones y Sexto no carecía de él, tampoco hacía falta ser un lince. La sonrisa torcida del Almirante, el desconocido sargento con el emblema de su unidad y el inquieto civil no auguraban nada bueno. Sobre todo la sonrisa del almirante.

—¿Qué está pasando aquí sargento? —gruñó en dirección al suboficial. Ya se sabe un buen ataque...— ¿Cómo se atreve a molestar a su excelencia sin consultar antes con su oficial superior? ¿No conoce el conducto reglamentario?

Aulio no pudo evitar ampliar su sonrisa.

—Parece que sus hombres tienden a actuar por su cuenta y saltarse las normas con demasiada facilidad.

—¡Explíquese sargento! —gritó Aquila.

Cayo se encogió aún más contra la pared y a Estrabón todo aquel teatro de militares le pareció una inadmisible pérdida de tiempo.

—Perdonen, señores, hay asuntos mucho más importantes que atender.

Aulio decidió que sus aires de pedagogo, lucirían mejor con un poco más de público.

—Por supuesto —dijo franqueándoles la entrada a la sala— y asuntos tan importantes deben ser tratados al máximo nivel. Estoy seguro de que el comandante Aquila es la persona adecuada para aclararnos cualquier duda sobre máquinas que funcionan.

Sexto alzó sus finas cejas, ¿Máquinas? de las máquinas se ocupaban los técnicos, un oficial jefe de departamento tenía cosas mejores que hacer. En un alarde de educación impropio de él se apartó a un lado cediendo el paso y aprovechó para enviar un mensaje a su segundo.


Creado: 30 de enero de 2012
Última actualización: 12 de febrero de 2012 a las 11:31  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente