Caminó, absorto en sus pensamientos, durante una hora. Hasta que llegó a una decisión definitiva, algo que imaginó meses atrás, cuando Palacios vino a estropearle su tranquila vida: largarse de Aris, de Pálasti al menos, establecerse en otro lugar. Ahora no le quedaba más remedio: quedarse en la ciudad le traería problemas serios, y por varias partes a la vez. Ni siquiera maldijo su suerte. ¿Para qué? Era algo que sobrevoló sus pensamientos desde el principio, como un carroñero al acecho, una posibilidad que se había convertido en necesidad. ¿Dónde ir? No le apetecía volver a la Tierra. ¿Lira Cinco, cualquier otro planeta salvaje? Ya conocía uno. Y sin ganas de comenzar una nueva aventura en lugar desconocido, eligió quedarse en Aris. Si descartaba Pálasti, sólo quedaba Gálasti, en Matsumai, como ciudad donde establecerse. Mejor olvidar Fenai, ese continente absurdo y pobre lleno de gente desconfiada.
Entonces, meses después, se acordó de Rajín de Sura.
Llamó a un taxi, que le llevó a la plaza Magadash. Callejeó ensimismado por el barrio pesquero, entró en la taberna de Marinai. Mientras abría las pesadas puertas, tuvo la sensación de que pocas veces más en su vida volvería a realizar aquel acto. El posadero, al verle, salió de la barra y elevó sus brazos al cielo.
—¡Bellini, por los dioses! ¡Cuánto tiempo!
Recordó en ese instante que llevaba demasiado tiempo, casi medio año, sin pasar por la taberna de Marinai, desde que terminó —o más bien, rectificó, desde que pensó que había terminado—, el asunto de la agente Cano, y sin ver tan siquiera una sola vez a Rajín de Sura. Volver a entrar en la semioscuridad ambarina de la taberna le trajo recuerdos de momentos más agradables.
—Hola, Marinai. ¿Qué tal va todo?
—Pero bueno, ¿qué ha sido de tu vida? —dijo risueño el posadero, zarandeándole con fuerza—. Tanto tiempo sin noticias tuyas... comenzaba a preocuparme.
—Como ves, estoy de una pieza.
—Me alegro, amigo, me alegro. ¿Te sirvo algo?
—Ponme una cerveza.
Marinai, desentendiéndose del resto de la clientela, llenó una jarra de espesa cerveza y la colocó frente a Di Stefano.
—Vaya, vaya —dijo—. ¿Y qué, de visita, o tenemos en mente alguna nueva aventura?
Di Stefano bebió de la jarra, un trago largo que casi la vació. El frescor de la amarga cerveza le vino de perlas a su organismo y a su espíritu. Se sintió más entonado, más a gusto, como si dentro de la taberna de Marinai, escondido en el laberinto del barrio pesquero, los problemas no pudieran jamás encontrarle.
—Los de nuestro oficio nunca dejamos de trabajar—sonrió Di Stefano—. Lo cual no quiere decir que no estemos a gusto charlando con los viejos amigos. Por cierto, ¿sabes algo de Rajín?
—Ésa es otra—se quejó Marinai, cabeceando—. Llevo sin verle más de un mes.
—¿No duerme ya en tu casa?
—Desde que consiguió dinero prefirió irse a la pensión de la señora Horman, donde ha alquilado una planta entera con servicio completo —se quejó, otorgando a su amarga cara tintes más sombríos aún—. ¡Habráse visto qué desagradecido! Ya ni siquiera viene por aquí a beber y fanfarronear... seguro que habrá encontrado otra taberna con más categoría.
—Tal vez esté ocupado en algún trabajo.
—Es posible— reconoció reticente Marinai—. Aunque no me consta. Pero, si es en la ciudad, nunca deja de venir.
—Marinai, hazme un favor, ¿por qué no mandas avisarle?
—No creo que sirva de mucho —negó el posadero, componiendo un gesto de falso desprecio—. Pero si así lo deseas, mandaré a alguien. Porque tú me lo pides, que conste. En estos momentos, tal vez se encuentre en la pensión durmiendo la borrachera de la mañana. Hace tiempo que no le ves, ¿verdad? Ha engordado como un peul alimentado con bayas. La buena vida... Hasta su amigo, ese flaco de Fortunai, ha echado un cuerpo que jamás habría soñado tener. Vaya dos sinvergüenzas.
Marinai se alejó de Di Stefano murmurando imprecaciones incomprensibles, obvió al resto de la clientela, y se perdió por la puerta de la cocina. Unos instantes después salió. Comenzó a hacer caso de sus clientes, guiñó un ojo a Di Stefano. Éste cogió su jarra de cerveza y se sentó en la primera mesa vacía que vio. ¿Por qué no utilizar la amistad de la gente? —meditó, observando la clientela de la taberna—. ¿Es que siempre iba a ir por libre? ¿Qué había de malo en tener algunas referencias? Con seguridad, la amistad con alguna cofradía de asesinos de Matsumai podría conseguir que no se metiera en nuevos problemas. Sí, sin duda, Rajín de Sura le podría abrir muchas puertas, facilitarle el camino. Ya procuraría él no hacer demasiado ruido... y vivir tranquilo. Al mal, el menos, sentenció. Al fin y al cabo era un hombre medianamente acomodado que no solía meterse en problemas. No molestaría a las cofradías, se dedicaría a otros asuntos, menores, más livianos. No se inmiscuiría en el trabajo de los asesinos de ninguna manera. Quería dejarlo bien claro desde el principio; porque sabía que, tarde o temprano, de no hacerlo así, le considerarían una especie de intruso extraño que había que eliminar.
¿Retirarse definitivamente? Nunca lo valoró. Y, en esos momentos de incertidumbre, tampoco. Sonrió. Era demasiado joven para caer en la molicie de una jubilación temprana. Sólo sabía hacer una cosa: husmear como un buen perro entrenado. Y la hacía bien. Seguiría haciéndolo hasta que él viera el momento de dejarlo, nunca antes. Y mucho menos forzado por las circunstancias.
Cerca de una hora después de meditaciones y planes, pidió otra jarra de cerveza a Marinai. Al traérsela el posadero, la puerta de la taberna se abrió como si la hubiera empujado un animal de tiro. La corpulencia de Rajín de Sura —llevaba razón Marinai, unos cuantos kilos más imponente de lo habitual—, entró en la taberna. Descubrió a Bellini. Se dirigió a la mesa con una sonrisa que para cualquiera que no le conociera podría pasar por amedrentadora.
—Bellini, hermano, he venido volando en cuanto me han avisado. ¿Qué es de tu vida? —Preguntó, haciendo levantar los faldones de su capa dorada.
Sin dejarle contestar a Di Stefano, prosiguió, cambiando el gesto de su cara.
—Me encuentro muy enfadado. Mucho. Me has dejado tirado como a un perro. ¿Qué ha sido de nuestra amistad? Nada. Has preferido la vida de los ricos al trato con tus verdaderos hermanos. ¿Qué debería deducir? Mejor me lo callo.
Di Stefano sonrió.
—Siéntate.
—De acuerdo, lo haré. En nombre de nuestra vieja y olvidada amistad.
Marinai vino enseguida, con cara de pocos amigos. Miró a Rajín de Sura y sopló con desprecio.
—¿Desea algo tu amigo? —Le preguntó a Bellini.
—Tráeme una jarra de cerveza y una copa de tu licor —respondió Rajín—. Y déjate de mariconadas.
Marinai se marchó haciendo un gesto despectivo con su cabeza. Rajín de Sura clavó su mirada en los ojos de Di Stefano.
—Bien, ¿a qué se debe la visita de tan honorable persona? ¿Cómo es posible que se haya rebajado hasta estos insoportables límites?
Di Stefano compuso un gesto serio.
—Vengo a despedirme. Me voy, Rajín.
El arisio arrugó la nariz.
—¿Te marchas? ¿Un nuevo trabajo?
Negó con la cabeza. Rajín, entornando la mirada, echó un rápido vistazo alrededor.
—¿Problemas?
—Demasiados. Esta vez no me queda más remedio.
—¿Marcharte? ¿Por un tiempo, para siempre?
—Para no volver. Al menos en mucho tiempo.
—¿Dónde? ¿La Tierra, tal vez...?
—No. A la Tierra sería al último lugar que volvería. Quiero largarme de la ciudad.
—Bueno, bueno, tranquilo. Explícame, ¿qué ha ocurrido?
—El Instituto ha contraatacado y se ha cargado delante de mis narices a Palacios, el jefe de la policía secreta. Esta misma mañana, en el club Lavalle.
—¡Coño! ¿Han sido capaces de hacer eso?
—Después me he encontrado con nuestra vieja amiga... La guerra continúa, Rajín. Y, al parecer, se han intensificado las hostilidades.
Marinai trajo más bebidas y, durante unos segundos, permaneció frente a ellos, tentado de sentarse. Después, comprendió que no era el momento. Dándole un toque amistoso a Bellini en el hombro, se marchó a lo suyo.
Rajín de Sura, sin apartar en ningún momento la mirada del rostro de Bellini, asintió silencioso. Pareció adivinar las profundas implicaciones de aquellas pocas frases.
—Entiendo —dijo al fin—. Problemas por ambos frentes a la vez.
—Y esta vez no quiero que me pille el fuego cruzado.
—Has decidido largarte, entonces.
—Gálasti es el primer lugar que me ha venido a la mente. No deseo abandonar Aris, pero está lo suficientemente alejado como para empezar con discreción.
—Una buena elección, sin duda —corroboró con seriedad el arisio—. Te gustará la ciudad. Algo más pequeña que Pálasti, pero tiene todo lo necesario.
—¿Me ayudarás?
Rajín de Sura frunció el entrecejo y asintió con decisión después.
—Por supuesto, hermano.
—Quiero que me proporciones algunos contactos. No pretendo meterme en más líos.
—¿Piensas dedicarte a lo tuyo?
—¿A qué si no? Y, lo último que deseo, es provocar innecesarias suspicacias entre tus hermanos cofrades.
—Muy acertado.
Rajín de Sura, silencioso, permaneció con la vista clavada en sus ojos durante unos instantes que a Di Stefano le parecieron demasiado largos. Después, abriendo la boca en una sonrisa enorme, levantó la vista y miró al techo.
—Acabo de tener una idea —dijo.
Paseó su mirada con lentitud por la taberna y bebió un largo trago de su jarra. Después, con ceremoniosa lentitud, la depositó sobre la mesa y acarició con delicadeza los fetiches de su pecho.
—Bellini, yo también deseo volver a mi tierra. Y desde hace mucho tiempo, como bien sabes. Supongo que los asuntos que me hicieron salir a la carrera se habrán olvidado. Conseguiste que la orden de búsqueda fuera levantada... Lo cierto es que ya no veo motivo alguno para no volver. No es que Pálasti esté mal —abrió los brazos en un gesto que parecía querer abarcar toda la taberna, todo el barrio pesquero, la ciudad entera—. Aquí he conseguido mi modesta fortuna, he trabajado con asiduidad. Pero no es mi terreno, ya me entiendes. ¿Cuándo te quieres ir?
—Lo antes posible.
—¿Te importa llevar un compañero en tu viaje?
Di Stefano sonrió. Levantó su jarra y la hizo chocar contra la del arisio.
—Brindemos por el futuro.
—¡Por el futuro! —Rugió Rajín de Sura.