Durante todo el día permanecieron en la habitación de la pensión, descansando. Sólo bajaron a la calle para comprar comida. A media tarde se pusieron por fin en movimiento.

A Di Stefano le costó trabajo encontrar un vehículo aéreo: todas las casas de alquiler de vehículos de Roma estaban dedicadas en exclusiva a los vehículos terrestres, dada la prohibición de sobrevolar el centro de la ciudad, algo habitual en las ciudades principales de la Tierra. Al fin, en un polígono industrial de las afueras, pudo alquilar uno. Dejaron el vehículo terrestre en un aparcamiento público y volaron hacia el palacio Pertini; a la izquierda, perdida en la arboleda y la oscuridad, se extendía la carretera a Nápoles.

Rajín no viajaba muy cómodo, y prefería no mirar hacia abajo. De vez en cuando, se tocaba los fetiches del pecho, y observaba a Di Stefano, conduciendo el vehículo con lo que juzgó excesiva relajación.

Un rato —largo para Rajín— después de haber despegado, Di Stefano señaló a su izquierda. Abajo, en la distancia, la discreta iluminación del palacio Pertini simulaba un oasis de luz en medio de la oscuridad. Hizo descender el vehículo unos cuantos metros. En un claro entre la masa arbórea, descubrieron a la luz de la luna la silueta de una valla metálica. Di Stefano hizo que el vehículo permaneciera suspendido en el aire.

—Esta es la valla perimetral del complejo —musitó, más para sí mismo que para el arisio—. Pero se encuentra demasiado alejada del palacio... una buena medida preventiva.

Hizo ascender el vehículo. Continuaron siguiendo la valla, que aparecía y desaparecía entre la arboleda, hasta que empezó a girar hacia la lejana carretera.

Di Stefano hizo girar al vehículo, volviendo hacia el claro. Al llegar al claro descendió el vehículo, hasta posarlo en el suelo cubierto de hierba. Di Stefano saltó a la noche.

—Vamos.

Se encaminó hacia la valla. Cuando estaba a unos pasos de ella, se detuvo. Rajín salió del vehículo y le siguió a prudente distancia, no muy seguro.

—Lo más seguro es que tenga algún tipo de vigilancia sensorial. Mejor quedémonos aquí.

Durante unos momentos contempló la valla, intentando acostumbrar su vista a la semioscuridad. Paseó a izquierda y derecha. Vio que, a intervalos, unos pivotes metálicos salían de los pilares. Di Stefano sonrió.

—También tiene vigilancia aérea.

Se dio media vuelta y volvió al vehículo.

—Nos vamos.

Una vez entró Rajín de Sura, hizo ascender el vehículo. Cuando se encontraban a doscientos metros de la vertical, Di Stefano lo condujo hacia las luces de Roma. Rompió el silencio de improviso, después de varios minutos de conducción.

—Juraría que se trata de este lugar. ¿Has visto la distancia que había entre la valla y el palacio? Sus buenos doscientos metros. Yo diría que no cabe la menor duda. No es necesaria tanta seguridad en un edificio común. En cuanto a lo de la vigilancia aérea... Sí, sin duda se trata de este lugar.

Rajín esbozó una sonrisa de satisfacción.

* * *

Un zumbido bajo e insistente sonó en el despacho. Monseñor Mauricio Groepius, que se hallaba tras la mesa sentado en el enorme sillón de piel, suspiró. Al final, pronunció la palabra al intercomunicador.

—Adelante.

—Es el agente Warsawa, Monseñor. Trae un informe.

—Que pase.

La puerta se abrió. El agente Warsawa, un hombre joven y espigado, se acercó hasta la mesa con gestos elásticos que no produjeron el más mínimo ruido.

—Siéntese.

Warsawa se sentó. Permaneció con el tronco rígido, como un militar que esperase instrucciones. Monseñor Groepius, sin preámbulos, le dirigió la primera pregunta.

—Se preguntará para qué le he mandado llamar, ¿no es cierto?

Warsawa dudó qué contestar, aunque creía conocer la respuesta. Al fin, pensó que era mejor pasar por pretencioso que por estúpido.

—Me lo imagino, monseñor: por la muerte del padre O’Riordan.

—Veo que no me he equivocado —dijo monseñor Groepius, asintiendo—. Parece ser usted tan competente como suponía. También sabrá qué es lo que quiero, ¿no es cierto?

El padre Warsawa asintió.

—Una copia del informe de la autopsia. Y, tal vez, una nueva autopsia.

Monseñor sonrió. Había que reconocer que aquel joven era inteligente y despierto. Tal vez demasiado jactancioso, pero sin duda eficiente. Uno de los mejores que le quedaban.

—Muy bien, Warsawa. ¿Me lo puede proporcionar?

—Por supuesto.

El agente Warsawa se llevó la mano al interior de su chaqueta negra. Extrajo un disco.

—Aquí tiene. Acaban de terminarlo los forenses.

Monseñor Groepius introdujo el disco en un terminal. En la pantalla holográfica comenzaron a aparecer diagramas, cifras, imágenes, radiografías... Durante unos minutos estuvo en silencio, observando el informe de los forenses. Al fin, apagó la pantalla.

—¿Qué opina?

El agente Warsawa carraspeó.

—Creo que está muy claro, monseñor. Murió envenenado, aunque quien lo mató se tomó la precaución de, al menos, intentar que el veneno pasase desapercibido. Eso sí, de una manera bastante... ¿cómo decirlo? ¿Chapucera, tal vez?

Monseñor Groepius asintió, mientras se rascaba el mentón.

—¿Y qué más ha averiguado?

—Nada más, monseñor. Esperaba sus órdenes para ponerme en movimiento.

Monseñor Groepius clavó su vista en el techo. Permaneció así varios minutos, respirando hondo, hasta quedar tan absorto que no se acordó que estaba Warsawa en su despacho. Volvió a la realidad de golpe.

—Muchas gracias, agente Warsawa. Ya le llamaré más adelante.

El aludido se levantó de su silla. Sin duda esperaba algo más de la entrevista.

—¿Eso es todo, monseñor?

—Sí, gracias.

Warsawa salió del despacho, tan felinamente como había entrado. Ni siquiera hizo ruido la pesada puerta de madera al cerrarse. Monseñor Groepius acompañó con su mirada al joven agente. Después de que éste su hubiese marchado, permaneció unos segundos mirando la puerta. Su imaginación le traicionaba. ¿Sería posible? Estaba llegando a unas conclusiones que podrían ser precipitadas... Conectó su terminal y dijo al interfaz:

—Ponme con Salvatore.

Al cabo de unos segundos, en la pantalla apareció el rostro de blancura nívea de un sacerdote más que anciano.

—Dígame, Monseñor.

—Salvatore, tú, como bibliotecario, como hombre erudito, tienes que ayudarme —siempre que hablaba con aquel viejo, le gustaba recrearle los oídos—. ¿Me puedes decir a qué te suena esto?

Le envió parte del informe de la autopsia. El anciano, mientras lo estudiaba, compuso un gesto de extrañeza.

—Yo diría que se trata de un veneno, Monseñor.

—Sí, eso es lo que yo pensaba. Y lo que a todas luces es. Y, ¿cuál puede ser su procedencia?

El anciano pareció meditar.

—Tengo mis dudas. Debería consultarlo. Pero, yo diría que del planeta Aris o de Lira Cinco.

Monseñor asintió sombrío.

—Gracias, Salvatore.

—¿Desea que profundice sobre el asunto, Monseñor?

—Sí, desde luego.

—Entonces me pongo a ello, Monseñor. Si no desea nada más.

La comunicación terminó. Monseñor Mauricio Groepius, la mirada perdida en el techo, no dejaba de pronunciar en voz baja una palabra:

—Aris, Aris, Aris.

* * *

Sin dormir, inquieto como el rabo de una lagartija, yendo y viniendo de un punto a otro, de una posibilidad a otra, Di Stéfano pensó que la única que le quedaba, que desechó en primer término, era la de vigilar la entrada al palacio. Plantarse frente a la entrada y anotar cuidadosamente las entradas y salidas de vehículos y personal. Y después... ¿Qué? ¿Repetir los pasos dados en el Vaticano? Lo cierto es que la idea no le convencía del todo. No se trataba del Vaticano, ni de la sede oficial del Instituto, ni de nada parecido. Era un centro de experimentación lo suficientemente secreto como para mantener también bajo el mismo secreto a su personal. Tal vez, ni tan siquiera se utilizase para entrar y salir del complejo la entrada principal, ni ninguna otra secundaria; tal vez habría túneles que comunicaban con discretas entradas a kilómetros de distancia... El plan no le convencía. Pero no tenía otro si quería corroborar lo que ya sabía.

O, tal vez, sí: podría utilizar un cebo para hacerles salir. Tal vez así, se ahorrarían varios días de vigilancia y la incertidumbre de acertar con el rapto de la persona adecuada. Además, no levantaría sospechas. Y en cuanto viera lo que tenía que ver, saldrían disparados a buscar un pasaje lo más discreto posible a Aris. Sí, irían a Trípoli a conseguirlo. Les pillaba cerca.

* * *

—¿Ya tenemos algo?

La imagen holográfica de Salvatore, sonriente bajo los millares de arrugas de su rostro, asentía.

—Así es, monseñor. Ahora mismo le mando el informe.

Su cabeza se agachó durante un instante, mientras manipulaba en su terminal. Luego la levantó y miró con los ojos acuosos llenos de una expectación que, pese a los años, parecía infantil.

—Llevaba razón, monseñor. Al principio dudé entre Lira Cinco o Aris. Pero no me equivoqué en exceso: se trata de Aris.

Monseñor Groepius suspiró.

—Aris.

—Sí, Monseñor. Y hay algo más que verá en mi informe. El individuo en cuestión no murió sólo por los efectos de un veneno: le fueron suministrados varios venenos diferentes. Pero con cierta lógica de uso, si me permite la expresión.

Durante un espacio indeterminado de tiempo, Salvatore calló, esperando alguna palabra o reacción en monseñor Groepius. Pero éste permaneció ausente, como si supiera de antemano lo que le estaba explicando. Al fin, continuó con lentitud, esperando que monseñor siguiese su discurso, dándole tiempo a retomarlo en el caso de que lo hubiera perdido.

—Concretamente, he encontrado rastros de tres venenos distintos. Todos proceden de Aris y, al parecer, son bastante populares en ese planeta... entre las gentes que acostumbran usarlos, por supuesto. Incluso he podido averiguar sus nombres.

Acercó un tomo encuadernado en piel a su cámara.

—Aquí tenemos una pequeña joya bibliográfica, la Enciclopedia de Venenos Arisios y de Otras Artes Asesinas del nunca bien ponderado historiador arisio Luppa Graven. Todo un compendio de la maldad y la estupidez humanas.

Hojeó el libro, buscando unas marcas.

—Según he podido deducir de Graven, los venenos que le fueron suministrados a nuestro desdichado secretario fueron los siguientes: Lengua Vivaracha, Sueño Dulce, y, tal vez, Muerte Indolora o Destino Final. En este último caso, dudo. Ambos son tan parecidos.

Monseñor Groepius asintió.

—No obstante —continuó el bibliotecario—, todo se lo he mandado en el informe. Aún así, si desea consultar alguna cosa más, o le asalta alguna duda.

—Gracias, Salvatore —dijo monseñor Groepius, dando por terminada la conversación—. Si es necesario, te llamaré.

—No dude en hacerlo, monseñor.

Cortó la conexión y la imagen de Salvatore se deshizo en el aire. Continuó con la mirada en el terminal.

—¿Secretaría? Deseo que venga de inmediato el agente Warsawa a mi despacho. Es urgente.

Se levantó del asiento y comenzó a pasear por el despacho, cabizbajo, inquieto. Tan inquieto, que hacía muchos años que no se le aceleraba el pulso así.

Warsawa no tardó en comparecer, como si esperase de un momento a otro la llamada y hubiera estado preparado para acudir lo más rápido posible. Cuando entró en el despacho, Monseñor Mauricio seguía paseando abstraído, clavando los tacones de los zapatos sobre la mullida alfombra, mirando los reflejos de la luz en las puntas charoladas.

—¿Monseñor?

Pareció salir de una ensoñación. Con un gesto enérgico le mandó sentarse.

—Bien, le voy a encomendar una misión. Máxima discreción, por supuesto.

Warsawa asintió. Los finos labios formaron una especie de sonrisa.

—Va usted a traer ante mí al autor del asesinato de O’Riordan.

Componiendo un gesto de seriedad profesional, Warsawa le preguntó:

—¿Hay algo que deba comentarme?

El padre Mauricio, tomando asiento, respiró hondo.

—Espero que esté usted al corriente de todo. De cualquier manera, le pondré al día... si es que es necesario.

Durante un breve instante se miraron entre sí. Monseñor Groepius pudo comprender que poco iba a decirle a Warsawa que él no supiera ya. Precisamente por este tipo de cosas es por lo que confiaba tanto en él; y por este tipo de cosas un agente tan joven había llegado tan lejos. Aún así, blandiendo una sonrisa que parecía de desafío, comenzó con las explicaciones.

—El secretario O’Riordan murió envenenado, como ya sabemos.

Un breve movimiento de cabeza de Warsawa.

—Por la acción de uno o varios venenos procedentes de Aris.

Otro movimiento.

—Lo cual nos pone tras la pista de un asesino arisio o con fuertes lazos con ese planeta.

Otro más.

—Y bien, sabiendo esto, ¿por dónde empezaría usted?

Warsawa compuso un gesto profesional.

—Si fuera mal pensado, me decidiría por comenzar investigando a la Antigua Compañía de la Rosa. Aunque tengo entendido que ése fue un problema que quedó solucionado en su momento.

Monseñor Mauricio guardó silencio.

—Entonces ese punto, de momento, descartado. Aunque no lo desecharía del todo.

—Continúe.

—El vínculo con Aris es evidente. Comenzaría por preguntar a nuestros antiguos agentes en Aris, a alguno que durante un tiempo de su carrera hubiera ejercido allí.

Monseñor Mauricio sintió un vacío en el corazón. Pero clavó su mirada inquisitiva sobre Warsawa, indicándole con un gesto que prosiguiera.

—Aunque temo que eso nos llevaría demasiado tiempo. Y creo que en esta misión el tiempo es fundamental.

—Así es.

—Entonces, me fijaría en los métodos y propósitos, por este orden —continuó Warsawa, entonando como si estuviera en un examen ante un tribunal y se supiera de memoria el tema—. Hay algo claro: el envenenamiento. Los métodos nos llevan, en primer término a Aris. Pero ¿Por qué el envenenamiento y no otro tipo de muerte? Y, ¿por qué a O’Riordan?

Tomó aire. Miró satisfecho a monseñor Groepius.

—Según he podido saber, los venenos que le suministraron al pobre O’Riordan tienen unos efectos diferentes entre sí, aunque bastante esclarecedores sobre sus propósitos. No recuerdo bien sus nombres, pero sí me acuerdo de los efectos que consiguen. Así, uno de ellos está destinado a que el sujeto hable lo que el interlocutor quiera sin que su voluntad intervenga; otro, está destinado a que ese trance quede borrado de la memoria; y otro, a que al poco tiempo muera.

Monseñor Mauricio sirvió agua de una jarra de cristal en dos vasos. Acercó uno de ellos a Warsawa, que bebió con avidez. Dejando el vaso sobre la mesa, continuó.

—Por lo tanto, nos encontramos con alguien que quería saber algo de O’Riordan, y que, a su vez, pretendía que éste no recordara nada y que al poco tiempo, sin levantar sospechas, muriera de una muerte que podría pasar por natural. ¿A qué nos lleva eso?

Parecía preguntarle a monseñor Mauricio. Éste levantó las cejas y le invitó a continuar.

—Prosiga. Va bien.

—... Pues nos lleva a que nos enfrentamos con alguien que quería saber algo sobre O’Riordan. Pero, ¿qué? ¿Algo sobre su vida privada? ¿Tal vez algún asunto personal? En tal caso, no nos interesa.

Volvió a dar un trago de su vaso de agua.

—Pero, por otra parte, O’Riordan era el secretario de Da Silva. Obispo perteneciente al Instituto. Tal vez, el asesino de O’Riordan quiso averiguar algo sobre su jefe... o sobre el propio Instituto. Y eso sí nos preocupa.

Monseñor Groepius asintió. Dejó continuar a Warsawa.

—¿Y en qué podría estar interesado nuestro asesino? ¿A qué se dedicaba con más interés Da Silva? Bueno, que yo sepa, nos centramos con más énfasis ahora en las vacunas contra las fiebres palúdicas de Lira Cinco y a la expansión de la investigación en las colonias. Por lo tanto, nos podemos encontrar con algún agente arisio que trabaje para una compañía farmacéutica con intereses en Lira Cinco, en primer término, o en alguna de las otras colonias.

Monseñor Mauricio ladeó la cabeza.

—¿Cree usted de veras en esa posibilidad? ¿Qué compañía farmacéutica iba a llegar tan lejos?

—Ahí hay un punto oscuro, lo reconozco —admitió Warsawa—. Sí, tal vez deba desechar esta conclusión. ¿Me puede ofrecer un poco más de agua? ¿Sí? Gracias, Monseñor.

Y prosiguió.

—Entonces, el asesino pretendía saber algo sobre el Instituto. Pero, ¿qué? Si no se trata de investigaciones recientes.

—Puede tratarse de alguna investigación antigua... —cortó Monseñor Mauricio.

—¿Usted cree? ¿Y cuál de ellas puede ser tan importante para que alguien se tome tantas molestias?

Monseñor Groepius sonrió. A su mente, como un flash, vinieron retazos del pasado, de algo remoto que parecía olvidado en el tiempo. Nadie sabía nada, nadie supo nada. Sólo unos pocos. Los elegidos. Warsawa no se encontraba entre ellos. Jamás se encontraría entre los elegidos. Ni él, ni nadie más de los que lo sabían. Pensó en Di Stefano... Pero Warsawa, que comenzó a hablar, le abstrajo de sus reflexiones.

—Puede tratarse, entonces, de algún grupúsculo enemigo de los intereses del Instituto. Tal vez, al tratarse de métodos arisios, esté por medio la Antigua Compañía de la Rosa. O el nuevo gobierno independiente. ¿Sabe usted si pasó algo en Aris que pueda pasarnos factura en el presente?

Monseñor negó con rotundidad. Pero tuvo la impresión de que la propia firmeza que imprimía al giro de su cabeza le delataba. Así que optó por hablar.

—Olvídese. Eso de momento se escapa a nuestra comprensión. Céntrese en el resto.

—Bien, entonces nuestro asesino quería información sobre el Instituto. Toda la que tuviera O’Riordan.

—Como por ejemplo.

—Como por ejemplo, aparte de la vacuna contra las fiebres palúdicas de Lira Cinco, la existencia de este centro de experimentación. Desconocido para casi todos los miembros. Menos para Da Silva y su secretario.

Warsawa volvió a dar un sorbo al vaso de agua.

—Lo que nos lleva a que aquél que le asesinó sabía quién era, al menos, Da Silva. Y, también, que Da silva no era un simple obispo, sino alguien del Instituto. Luego debe tratarse.

Dejó las palabras colgando en el aire. Abrió sus grandes ojos azules y miró a Monseñor Mauricio con aire de sorpresa. No se podría decir si cierta o fingida.

—¿Puede ser? ¿Tenemos algún traidor dentro?

—No lo sé, agente Warsawa. ¿Sabe usted de alguno?

Pareció repasar en su memoria.

—Por supuesto que no. Pero hay algo más.

—¿Sí?

—Sus métodos. ¿Cómo supo que O’Riordan era el secretario de Da Silva? Demasiada casualidad para un golpe por sorpresa. Creo que fue a por él de una manera deliberada.

—¿No me diga? —Preguntó irónico monseñor Mauricio.

—Sí. Y concuerda a la perfección con los efectos de los venenos encontrados en el cadáver. Le sometieron a un interrogatorio en toda regla antes de hacerle morir. Porque sabían quién era y lo que podía saber. Y volvemos al asunto de este centro.

—¿Y cuál cree usted que sería el próximo paso que daría nuestro asesino?

—Hum. No lo sé. Tal vez, entablar algún tipo de contacto con alguien de dentro del centro... para después sonsacarle lo necesario. Como con seguridad hizo con O’Riordan.

—Lo necesario, ¿para qué?

—Tampoco lo supongo —contestó Warsawa con una sonrisa nerviosa.

—Siga dándole a la imaginación, Warsawa. Continúe. Y no olvide los métodos del asesino. Es lo único que tenemos.

—Deberíamos investigar al personal del centro, sus conexiones en el exterior. Pero eso es imposible. No podemos poner uno o varios agentes a cada uno de los colaboradores.

—Pero sí podemos hacer algo —le cortó Monseñor—. Por ejemplo, vigilar más de cerca el propio centro. Éste centro, querido Warsawa.

—¡Sí, por supuesto! Lleva razón, Monseñor. Tal vez, la conexión con O’Riordan se llevó a cabo tras un control de vigilancia. Tal vez, tras un simple y rutinario control de vigilancia.

—¿Y qué vigiló nuestro asesino?

Warsawa, durante unos instantes, permaneció en silencio, meditando.

—Con seguridad, el edificio central del instituto. En el complejo vaticano. Es la opción con más posibilidades.

—Bien, veo que por fin ha vuelto a los métodos del asesino, algo que nunca debió dejar de lado. Lo que nos lleva a.

—A que fue alguien que, si no es un traidor, sí que nos conoce a fondo. Sabe dónde buscar. Y qué buscar. Pero, ¿qué pretende conseguir?

Monseñor Groepius se puso en pie.

—Creo que tiene bastante para empezar. Quiero resultados lo antes posible. Agente, le pongo al mando de la operación.

Warsawa se levantó de su asiento, inclinó la cabeza con energía, y salió del despacho con aire ausente, como si sólo pudiera en ese momento pensar, razonar, no caminar o despedirse de nadie. Monseñor se quedó mirándole pensativo, hasta que se perdió en el pasillo. Se giró hacia el ventanal. Mirando a través de las ventanas del despacho, esbozó una sonrisa triste y breve como un destello.


Creado: 6 de mayo de 2008
Última actualización: 16 de agosto de 2008 a las 11:44  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente