Bienvenida

El Serial

Las últimas palabras de O’Riordan apenas se escucharon. Tenía toda la boca llena de saliva, que le caía por el mentón hasta mojar su pecho. Di Stefano suspiró. Durante unos segundos permaneció pensativo, su vista clavada en la figura desmadejada del sillón, intentando encontrar alguna pregunta que se le hubiese olvidado realizar. Aunque no había conseguido todas las respuestas a las dudas que le atormentaban, se podía dar por satisfecho: conocía el nuevo organigrama del Instituto, estaba al tanto de los cambios, pudo corroborar que, de una manera tangencial, las cosas caminaban como él había imaginado. Se levantó de su silla y paseó por el salón, rodeando el sillón donde reposaba muda su víctima. Al final, decidió dar por concluido el interrogatorio.

—Llevémosle a la cama.

Entre Rajín y él izaron el cuerpo del sillón. Rehicieron el camino hasta la habitación. Le dejaron sobre la cama. El arisio, mirando a O’Riordan, se rascó la barbilla.

—¿Y ahora? ¿Le inyecto Sueño Dulce?

Si Lengua Vivaracha había conseguido paralizar el cuerpo y la voluntad del secretario haciéndole hablar por los codos, Sueño Dulce haría que durmiese como un recién nacido, hasta despertar diez horas después sin recordar absolutamente nada de lo que le había ocurrido. No desconfiaba de Rajín, ni de los efectos del veneno; pero no podía arriesgarse a que O’Riordan pusiera sobre aviso al jefe de la zona A.

—¿Qué recomiendas?

El arisio compuso su habitual aire profesional.

Sueño Dulce hará que no recuerde nada sobre nosotros o sobre el interrogatorio. Ni siquiera como si se tratase de una pesadilla. Al despertar, lo único que tendrá será un fuerte dolor de cabeza. Pero, si prefieres eliminarle de una manera discreta, nada como Destino Final. Los efectos del veneno son lentos, pero imparables. Vivirá dos o tres días más a lo sumo. Luego, de repente, sin síntomas previos, morirá de un ataque al corazón. Nosotros podemos estar lejos para entonces.

Di Stefano dejó que Rajín demostrase sus conocimientos profesionales, aunque recordaba a la perfección la conversación mantenida al respecto en la habitación del hotel. Según dedujo de aquella conversación, Destino Final apenas dejaría rastros en el organismo. De hacerle algún tipo de autopsia, encontrarían varias sustancias que despistarían a los médicos. Aunque dudaba que Destino Final pasase tan desapercibido, no tenía manera de probarlo. Era un riesgo que había que asumir.

Por descontado, no entraba dentro de sus planes matar a aquel pobre desgraciado. Pero, tal vez, el comportamiento del secretario levantase recelos en los próximos días. Y también era posible que una simple regresión hipnótica a la que fuera sometido desvelase el interrogatorio. En cualquier caso, no podía dejar vivo demasiado tiempo al secretario para que, en cualquier momento, despertase alguna sospecha en algún espabilado del Instituto, y éste decidiese indagar en su mente.

Así que, tras unos segundos de duda, dijo con voz apagada:

—Adminístrale los dos. Sueño Dulce y Destino Final.

Rajín asintió. Volvió a extraer el estuche de los venenos. Sacó los frasquitos correspondientes, uno relleno de un líquido rosado, el otro de un líquido negro que parecía petróleo, y la jeringuilla. La rellenó con el veneno rosado, Sueño Dulce. Con la yema de sus dedos indagó en la nuca de O’Riordan, hasta que encontró un sitio apropiado. Levantó los cortos cabellos hasta dejar ver la piel blanquecina. Le inyectó la dosis. Sin cambiar de jeringuilla, la rellenó con Destino Final. Esta vez eligió las piernas. En el tobillo derecho, cerca del talón de Aquiles, le inyectó el líquido que acabaría con su vida unos días después. Di Stefano sintió un nudo en la garganta.

—Bien, ya está —dijo Rajín mientras guardaba su material en el estuche de piel—. Podemos irnos.

Di Stefano tapó con la sábana al secretario. Estiró sus piernas, varió la posición de la cabeza en la almohada. Era lo último que podía hacer por aquel desdichado. Al menos, que durmiera en una postura lo más cómoda posible. Apagó la lámpara de noche.

Abandonaron la habitación. En el salón colocaron las sillas en su lugar y apagaron la luz de la lámpara. Sin necesidad de utilizar la linterna, llegaron hasta la puerta de la vivienda. La abrieron y cerraron con cuidado, procurando hacer el menor ruido posible. El ascensor seguía en la planta cuarta. Entraron en él y descendieron hasta el portal.

En silencio, salieron del edificio. Caminaron con rapidez por las calles dormidas, hasta llegar al vehículo.

Durante el trayecto hasta el hotel, Di Stefano permaneció taciturno. Podría decirse que había encontrado lo que estaba buscando. Ahora, una simple comprobación y a marcharse a casa. Pero le dolía profundamente haber tenido que eliminar al secretario. Lo cierto es que, desde que se estableció en Pálasti, jamás tuvo que asesinar a nadie. Y, antaño, en sus tiempos de agente, tampoco era lo habitual. Sólo tuvo que asesinar como último recurso. Respiró hondo. Estuvo tentado de ponerse a rezar.

* * *

La noche transcurrió lenta para Di Stefano. En un primer momento, fueron las estrambóticas salmodias de Rajín de Sura, mucho más largas hoy de lo habitual, las que le impidieron conciliar el sueño. ¿Estaría pidiendo disculpas a sus dioses por lo que acababa de hacer? ¿O dando las gracias? Después, cuando por fin su propia conciencia le dejó dormir, tuvo varias pesadillas. Pero al despertar sólo recordó bien una: Alexander O’Riordan entonando los rezos de la religión ortodoxo-panteísta, sentado en su sillón de orejas, mientras se pinchaba voluntariamente en el brazo con una jeringuilla llena de un líquido verde como las capas de los druidas.

Se levantó tarde. Cuando iba hacia el cuarto de baño vio a Rajín, ya vestido, desayunando en la salita. Parecía llevar bastante rato despierto, y devoraba una tostada. Se giró al verle. Como único saludo movió la cabeza. No parecía cansado, ni que hubiera pasado media noche en vela rezando. Tenía un aire fresco.

—Desayuna, Bellini. Tenemos trabajo que hacer. Y, cuanto antes lo terminemos, antes llegaremos a casa.

Se aseó con celeridad y desayunó más rápido aún. El arisio tenía razón. Cuanto antes terminase todo, mejor. Recordó que aún no había utilizado el transpondedor que le había dado Palacios. Sólo pretendía usarlo cuando estuviera seguro de haber alcanzado el objetivo. Nunca antes. Era una carta que se guardaba, para poder utilizar la información si era necesario. ¿De qué le valdría a él haber informado del interrogatorio de la noche anterior? Pues, posiblemente, para que Palacios supiera la localización del centro. Entonces, ¿qué le impedía no cumplir su parte del trato? No. Debía ser inteligente. Pero tampoco quería mosquear a Palacios. Cuanto antes pudiera jugar sus bazas, mucho mejor. Así que bajaron al coche sin perder tiempo y se pusieron en movimiento.

El Palacio Pertini se alzaba sobre una colina a unos centenares de metros de la autopista a Nápoles. Di Stefano y Rajín, en el vehículo alquilado, pasaron varias veces por la desviación de la carretera que, a través de un camino asfaltado, y tras pasar una valla cerrada de cinco metros de altura, llevaba hasta el palacio. Como siempre, el aire de normalidad presidía el entorno: nada hacía prever que allí hubiera algo importante. Casi desapercibido desde la carretera, tapado por una frondosa arboleda, pasaba por ser la mansión de alguien amante de la tranquilidad. Poco más se podía observar.

A la hora de comer, Di Stefano no creyó oportuno dar más inútiles pasadas sobre el palacio, apretó el acelerador, y condujo el vehículo hacia Roma.

Al llegar a uno de los arrabales de la ciudad, detuvo el vehículo frente a un restaurante cercano a la autopista, repleto de trabajadores. Se sentaron al fondo y Di Stefano pidió dos menús. Cuando estaban terminando su comida, se dirigió a Rajín.

—Esta tarde alquilaremos un vehículo aéreo y observaremos la zona posterior.

Rajín parecía ausente. De vez en cuando clavaba su vista en una mesa cercana a la entrada. Pero lo hacía durante un instante tan breve que Di Stefano no pudo darse cuenta. Las palabras parecieron despertarle de un sueño.

—Ya.

—Y tal vez deberíamos hacer algunas averiguaciones más... Tal vez me esperaba otra cosa. Ese palacio... dice mucho y no dice nada a la vez.

—¿Qué te propones?

—Raptar a alguien que trabaje ahí. A alguien de arriba. Le suministrarías Rompe Voluntades y, tal vez, algún otro veneno.

—Entonces, la idea es corroborar de una forma definitiva que se trata de este lugar.

—En efecto. De momento parece estar claro, pero tengo que cerciorarme del todo. Aunque no estoy del todo seguro de que un rapto... si pudiéramos hacerlo sin llegar a raptar a nadie.

Rajín, molesto, cortó la conversación. Si no había rapto, no había trabajo, ni asesinato, ni dinero. Al menos, eso pensó Di Stefano.

—Bien, como tú digas.

Terminaron la comida, Di Stefano silencioso, Rajín cariacontecido. Salieron del restaurante y se encaminaron hacia el vehículo.

Ya en el exterior, Rajín de Sura, intranquilo, giraba la cabeza una y otra vez. Di Stefano se percató.

—¿Ocurre algo?

Compuso un gesto de duda antes de contestar.

—¿Ves aquel tipo? No nos quitaba ojo en el restaurante.

Di Stefano se volvió con sigilo. Tras ellos, a una veintena de pasos, había un hombre joven que se dirigía, a paso lento, a un vehículo.

—Antes —continuó Rajín de Sura—, me ha parecido que un coche nos seguía. Bueno, no es que me lo haya parecido: estoy convencido de que nos seguía.

Di Stefano, que había conducido pendiente del palacio Pertini, no tuvo ocasión de percatarse de que nadie les siguiera.

—¿Estás seguro?

—¿Cómo no iba a estarlo? Cambiamos de sentido unas cuantas veces. Y un coche negro hizo lo mismo. Una vez, pase; pero todas.

Di Stefano miró a Rajín de Sura con seriedad.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

No dudó en contestar.

—No soy alarmista: primero corroboro cada punto antes de emitir un juicio. Y, cuando no queda duda, actúo. Al parar para comer, el vehículo negro también paró. Vi que se bajaba ese individuo que, casualmente, ha comido en el mismo restaurante que nosotros. Y que, mira por dónde, sale a la vez que nosotros.

Di Stefano a veces olvidaba con quién estaba tratando. Rajín de Sura no era un novato. Si le decía que alguien les seguía, es que era así. En cuanto a ese tipo, ¿quién podría ser? ¿Para quién trabajaría? Tal vez el Instituto ya estaba tras sus pasos. Aunque lo más probable era que se tratara de algún miembro de la policía arisia. Bueno, tal vez él no estuviera informando, pero hubiera alguien que estaba narrando todos los pasos que daba. Algo lógico, por otra parte. Seguramente, esa noche aquel individuo mandaría un informe donde explicase que pasaron varias veces por un lugar determinado... De dejarle continuar, al final, la información de que dispusiera no tendría tanto valor. Había que salir de dudas.

—Vayamos al coche. Vamos a ver de quién se trata.

Caminaron hasta el vehículo a paso deliberadamente lento. Al arrancar, vieron cómo el desconocido se dirigía, a paso más vivo que antes, hacia un coche negro.

Di Stefano condujo con precaución, para no perder al coche negro. Por otra parte, tampoco tenía prisa: no quería llegar a Roma con aquel tipo pisándole los talones. Concluyó que sería difícil sorprenderle en la ciudad, llevarle a algún lugar apartado e interrogarle. Por lo tanto, todo eso había que hacerlo antes de llegar a Roma.

La carretera cruzaba zonas residenciales, que comenzaban a extenderse a ambos lados: barrios de casas de una o dos plantas, alejados y rodeados de árboles. No era mala idea... seguiría alguno de los caminos hasta llegar al final de alguna de las urbanizaciones. Tal vez allí fuera todo más sencillo. No perdían nada por intentarlo.

Unos kilómetros más adelante encontró una desviación. Un camino partía de la autopista y se introducía en una urbanización en construcción, rodeada de un bosque de pinos. Antes de abandonar la autopista, un cartel les dio la bienvenida a Nueva Pompeya. Ciudad Residencial. A través del retrovisor, vio que el coche negro hacía lo mismo.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Rajín—. No tengo mis venenos... va a ser difícil que nos de información fiable.

Di Stefano no perdía ojo al retrovisor.

—Desde luego, no podemos permitir que continúe tras nuestra pista. Haremos lo que podamos. Si fuera posible retenerle aquí... tú te podrías quedar con él. Yo iría al hotel por tus venenos. Volvería con ellos y le interrogaríamos.

—No es mala idea —dijo Rajín de Sura.

Siguieron avanzando por el camino. A ambos lados se encontraban las estructuras de chalets en construcción, rodeadas de escombros y materiales. Los obreros acababan de terminar la jornada, varios vehículos de carga se cruzaron con ellos. Siguieron avanzando durante un buen trecho; el conductor del vehículo negro pareció no tenerlo del todo claro: redujo la velocidad hasta casi detenerlo.

—Está empezando a desconfiar —comentó Rajín de Sura—. Tal vez intuye que está cayendo en una trampa.

—No tiene porqué. En todo caso, no le queda más remedio que seguir. Tiene que averiguar dónde vamos. No le vale de nada quedarse a mitad del camino.

El coche negro, al fin, se detuvo. Di Stefano siguió conduciendo pese a todo.

—Sigamos. Tarde o temprano tendrá curiosidad.

El camino, unos cientos de metros más adelante, se estrechaba entre los escombros y montones de arena y cemento, para terminar frente al esqueleto de una mansión enorme. A su derecha, un camino pedestre se introducía en un bosquecillo de pinos. Di Stefano pasó de largo por la mansión y tomó el camino que le llevaba al bosque. Cuando no pudo continuar, detuvo el vehículo.

—Ahora, bajemos y esperemos.

Descendieron del vehículo. A paso vivo se situaron en un punto desde el cual se veía el camino principal, parapetados por la sombra del bosque. El coche negro parecía haber desaparecido.

—Tal vez se haya ido —comentó Rajín.

—Es posible, pero diría que no. Ahora, atento: no le queda más remedio que venir hasta donde tenemos el coche a pie. Yo serviré de cebo; tú cógele por detrás.

Rajín de Sura asintió. Fue, a cubierto de los pinos, hasta el borde del camino. Al fin, vio el coche negro: estaba aparcado tras una montonera de arenas. El ocupante ya no se encontraba dentro. Miró alrededor: no debería estar muy lejos. Sacó su automática, salió del bosque, y continuó camino adelante. Unos metros más allá, le vio. Iba hacia donde se encontraba Di Stefano, medio agazapado, mirando a derecha e izquierda con movimientos rápidos de su cabeza. Cuando vio a Di Stefano, que le apuntaba con un arma, echó a correr hasta refugiarse en el pinar. Di Stefano corrió tras él. El hombre se encaminó a la carrera hacia el coche, saliendo de la protección del bosque; tal vez esperase que Rajín no estuviera cerca. Al salir del pinar, frente al camino, se quedó parado un momento. Rajín permanecía parapetado tras el coche negro, apuntándole. El hombre levantó su arma. Al verle hacer ese movimiento, Di Stefano disparó. Y el hombre cayó al suelo. Di Stefano y Rajín de Sura, jadeando, se reunieron al lado del cadáver.

—Le tenía a tiro —dijo Rajín—. Si hubiera querido, le habría acertado entre los ojos. Pero, ¿no querías interrogarle? ¿Por qué le mataste?

—No pretendía matarle. Apunté a la parte posterior del muslo derecho.

El arisio se agachó sobre el cadáver. Señaló la ensangrentada nuca.

—¿Por qué disparaste? Le habría hecho arrojar el arma y habría sido nuestro.

—Pensé que te había cogido por la espalda. Vi que iba a disparar. No tenía otro modo de detenerle.

—Bueno, pues lo cierto es que le has matado. Te precipitaste, Bellini.

—Mierda... —Masculló Di Stefano.

Ahora no podría interrogarle. Si por lo menos llevara encima algo que les diera una pista.

—Al coche. Veamos si hay algo.

Revisaron a fondo el vehículo negro. No había nada de interés. Del cadáver cogieron el arma, una cámara que encontraron en un bolsillo, y un pasaporte que llevaba en otro bolsillo interior de la chaqueta. Eso era todo. Di Stefano ojeó el pasaporte: era de Aris.

—Ayúdame.

Metieron el cadáver en el asiento del conductor del vehículo negro. A la carrera, llegaron hasta su coche. Montaron, Di Stefano arrancó el motor y, levantando una polvareda blancuzca del camino, hizo girar media vuelta al vehículo, dirigiéndolo a la máxima velocidad que permitía el firme a la autopista. Había que moverse rápido.

—Así que ese tipo era arisio... —comentó Rajín de Sura mirando su documentación—. Vaya. ¿Y qué pintaba aquí?

Di Stefano miró de reojo el pasaporte que sostenía su compañero en sus manos. Podía ser verdad o no que viniera de Aris. En cualquier caso, demasiada coincidencia... había muchas posibilidades de que fuera cierto. ¿Sería de la policía secreta de Aris? La pregunta la contestó rápido: sí.

Rajín de Sura, a ratos miraba la documentación, a ratos a Di Stefano.

—Ahora tendremos que cambiar de hotel —dijo Di Stefano—. Nos tienen localizados.

—¿Quién?

—Posiblemente, los mismos para los que trabajo.

—Entonces este tipo.

—Estoy convencido de que seguía nuestros pasos para informar de los mismos. Es una forma bastante usual de asegurarse la información. Hoy habría mandado un parte detallado sobre nuestra excursión matinal. Y alguien sabría que el centro se halla en una zona determinada.

—Ya, te entiendo.

—Si me pasase algo, o si los quisiera traicionar, ellos ya tendrían casi toda la información que precisan. Así funcionan estas cosas.

Continuaron el camino en silencio.

Llegaron al hotel y recogieron el equipaje. Como tenía por costumbre, Di Stefano había pagado por anticipado, y dejó de propina el sobrante. No podían quedarse en el hotel ni un minuto más. Aquel arisio, con seguridad, habría comunicado dónde se encontraban alojados. Condujo el coche por las calles de Roma, hasta que encontró lo que buscaba: una pensión barata para estudiantes, ruidosa y bohemia, donde pasar desapercibidos entre la multitud y el ruido. Una vez en la habitación, volvieron a inspeccionar las escasas pertenencias del cadáver. Rajín cogió la pistola automática y se la guardó en la cintura. Di Stefano consultó la cámara. Poco pudo deducir: era un modelo estándar, de los que enviaban las imágenes a una unidad de memoria, que estaría sin duda donde quiera que el arisio se hubiese alojado. Mal asunto. Alguien sabía casi tanto como ellos.

Esa noche utilizó el transpondedor. Tenía varios mensajes requiriéndole información. Ignorándolos, los borró. El mensaje que mandó fue lacónico: SIN PISTAS CLARAS. Llegaría a Aris un par de días después, cuando, posiblemente, ya se encontrasen de vuelta a casa. Eso esperaba Di Stefano.


Creado: 28 de abril de 2008
Última actualización: 04 de mayo de 2008 a las 09:09  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente