Bienvenida

El Serial

No había luz en el apartamento. Di Stefano encendió una linterna. Sus pasos no produjeron ruido alguno: el suelo se hallaba recubierto de moqueta u otro tipo de alfombrado que amortiguaba el caminar. Pasaron al oscuro salón. De un pasillo que se abría al fondo les llegó el sonido de una respiración. Cruzaron el salón; en el pasillo, corto y estrecho, se abrían a su vez dos puertas entornadas. La respiración provenía de la derecha. Di Stefano apagó por un momento la linterna. No lograba ver a Rajín con la tenue luz que se infiltraba desde la calle, pero podía escuchar los latidos de su propio corazón, acompañados por la sensación de vértigo que le acompañó siempre en situaciones como aquélla. Escuchó la respiración cadenciosa. Volvió a encender la linterna, y le hizo un gesto a Rajín, que, con aire profesional, extrajo el estuche de piel donde guardaba los venenos. Lo abrió con el gesto concentrado. Sacó una jeringuilla minúscula y un frasquito. Cerró el estuche, se lo volvió a guardar. Comenzó a rellenar la jeringuilla con el líquido del frasquito, atento a su trabajo. Cuando el arisio terminó con los preparativos, miró a Di Stefano y asintió. Di Stefano empujó la puerta. Se introdujeron en la habitación. Rajín fue a situarse al lado izquierdo de la cama, mientras Di Stefano ocupaba el derecho, tamizando la luz de la linterna con la mano. Un bulto, tapado por una sábana, ocupaba el centro de la cama. Con cuidado, Di Stefano se reclinó sobre la cama. Tomó posición sobre el durmiente, atento por si se despertaba. A un gesto de Rajín, la mano derecha de Di Stefano soltó la linterna y aprisionó la boca del durmiente, mientras los dedos de la otra se cerraron sobre la nuez. Volcó el peso de su cuerpo sobre el vientre. A la vez, Rajín le agarró el brazo derecho y le inyectó el líquido cerca del hombro. En toda la operación invirtieron apenas dos segundos.

La figura se despertó de pronto. Intentó incorporarse, pero no pudo. Torpemente, comenzó a forcejear para librarse de la presa.

—Chsss. Silencio —le ordenó Di Stefano en voz baja—. No hagas tonterías, y nada te pasará.

El recién despertado volvió a forcejear, con más ímpetu ahora, mientras sus intentos de provocar un chillido terminaron convertidos en un mortecino gemido. Rajín, sin soltarle el brazo donde acababa de inyectarle el veneno, se guardó la jeringuilla y el frasquito de Lengua Vivaracha, y le agarró con el otro brazo las piernas. Di Stefano le apretó la nuez, hasta que, unos segundos después, notó la relajación del cuerpo de la víctima y soltó su presa. Los efectos del veneno enseguida se dejaron notar: comenzó a parpadear con rapidez, mientras la tensión del cuerpo se desvanecía. Al final, cerró los ojos.

—Llevémosle al salón.

Sobre una mesita había una lámpara de noche. Di Stefano la encendió. Apagó la linterna y se la guardó. Rajín agarró a la víctima por los hombros, Di Stéfano por los pies. Los miembros habían quedado totalmente laxos; el cuerpo se asemejaba a un pelele. Le bajaron de la cama, y le llevaron hasta el salón, medio en vilo, medio a rastras, el cuerpo en una postura cóncava, el culo arrastrando por el suelo.

—Enciende la luz.

Rajín localizó el interruptor. Una lámpara de techo inundó el salón con una luz poderosa que les resultó molesta.

—Apágala. Enciende esa lámpara de pie.

Rajín apagó la luz. Encendió una lámpara de lectura, situada tras un antiguo sillón de orejas. Una luz tenue, que apenas envolvía a las tres figuras, se hizo en la habitación.

—Sentémosle.

Ayudó a Di Stefano a sentar a la víctima en el sillón.

—¿Y ahora? —le preguntó Di Stefano en voz baja.

—Esperemos unos minutos. Poco a poco su mente despertará —le contestó Rajín—. Lengua Vivaracha tarda poco en empezar a hacer su efecto, como habrás comprobado. Cuando empieces a interrogarle, haz caso de lo que te dije: preguntas cortas y directas. Y hazle unas cuantas preguntas de prueba. Por si acaso.

Acercaron dos sillas hasta colocarlas frente al sillón que ocupaba su víctima. Se sentaron a esperar. Di Stefano conectó la grabadora. Musitó unas palabras.

—Sujeto de aproximadamente cuarenta o cincuenta años, alto, delgado, unos ochenta kilos de peso. Blanco, de pelo oscuro, ojos grises.

Rajín, mientras Di Stefano describía al individuo, asentía con la cabeza, pendiente de la víctima, que dormitaba relajada. Un par de minutos después, abrió los ojos de súbito. Como si acabase de despertar de una pesadilla, o como si aún estuviera en ella, les miró sobrecogido. Una voz pastosa, pero audible, comenzó a brotar. Apenas se movían sus labios al hablar.

—¿Quiénes son? ¿Estoy despierto?

Rajín miró sonriente a Di Stefano. Dibujó un gesto que le invitaba a comenzar. Este le devolvió una sonrisa torva, y se dirigió a la víctima, mientras volvía a conectar la grabadora.

—¿Cómo te llamas?

Su cabeza descansaba sobre el hombro izquierdo. Hubo algún intento de enderezarla, pero siguió en la misma posición. El interpelado parecía luchar contra algo en su interior. Al fin, compuso una mueca débil que denotaba esfuerzo.

—No puedo moverme. ¿Estoy muerto?

—Contesta.

Durante unos instantes pareció dudar. Al fin, los restos de su voluntad fueron vencidos. Sus párpados se entornaron. Su mirada se cubrió con un velo mortecino y acuoso.

—Me llamo Alexander O’Riordan.

—No te conozco —le dijo Di Stefano, aunque pareció que hablase consigo mismo—. ¿A qué te dedicas?

—Soy religioso.

—¿Y cuál es tu función dentro de la Iglesia?

—Soy secretario.

—¿De quién?

—Del Jefe de la zona A del Instituto Católico de Investigaciones Científicas.

—¿Cómo se llama ese Jefe?

—Da Silva. Eduardo Da Silva.

Di Stefano asintió y sonrió para sí. Así que Da Silva había ascendido. Y de qué manera.

—Dime dónde vive tu jefe, Da Silva.

—En Roma. Avenida de Abisinia, número veinte.

—¿Dispone de vehículo oficial?

—Sí.

Era cierto. El veneno actuaba satisfactoriamente: ningún miembro del Instituto desvelaría ese tipo de datos de forma voluntaria. El cerebro de aquel desdichado se había abierto a él, libre de cualquier voluntad propia. A Di Stefano, durante un destello, le vinieron a la mente los Druidas Verdes. Se vio a sí mismo sentado en aquel sillón. Sintió lástima.

—Dime el organigrama completo del Instituto en la actualidad.

Rajín se dirigió a Di Stefano con un gesto de desaprobación.

—Preguntas cortas y directas. Vas a conseguir que su mente se líe como una madeja de lana.

Pero O’Riordan respondió.

—Jefe Supremo, Su Santidad León veintiocho. Inquisidor Jefe, Dusda Mbar. Ayudante Segundo Inquisidor, Connors. No sé su nombre de pila.

—Continúa.

—Hay al menos un inquisidor más, pero no sé quién es ni a qué se dedica... aunque tiene casi tanto poder como los anteriores.

Tomó aire produciendo un silbido agónico. Di Stefano y Rajín de Sura se miraron. Pero el arisio negó con la cabeza, quitando importancia al hecho. El secretario continuó su perorata.

—Dos divisiones: Científica y Operaciones. La Científica está a cargo de Piero Pezzolli, obispo asimilado al cargo. Hay a su vez dos subdivisiones dentro de la Científica: Experimentación y Propaganda. Experimentación está a cargo del propio Pezzolli. Propaganda a cargo de Kelly.

—Espera. Para. Háblame de Experimentación.

—Pezzolli controla el centro de experimentación de Roma. Depende directamente de los dos Inquisidores. Toda su actuación.

—Para —Di Stefano arrugó el ceño. Aquello le parecía extraño—. ¿Pezzolli sólo controla el centro de experimentación de Roma? ¿Quieres decir que no hay centros de experimentación repartidos por la Tierra?

—No. Sólo el centro de Roma. No hay más.

—¿Y fuera de la Tierra?

—No. Sólo el de Roma.

—¿Ya no hay centros de experimentación, pues?

—Sólo Roma.

Di Stefano dudó qué preguntar durante unos instantes. O’Riordan permanecía con el rostro inalterable, sin fijar la vista en ningún lugar concreto. ¿Ya no había centros de experimentación? ¿Sólo el de Roma? ¿A qué se dedicaba, entonces, el Instituto? Tal vez.

—¿Colabora algún laboratorio con el Instituto?

—No.

—¿Nadie de fuera colabora con el Instituto?

—Nadie.

Sólo quedaba el centro de experimentación de Roma. Curioso. Antes, una red de centros de experimentación se extendía por toda la Tierra, y cada vez que tenía posibilidades económicas, el Instituto creaba un centro nuevo. Ahora, sólo funcionaba el de Roma. Un cambio brusco, motivado con seguridad por algo que a Di Stefano le resultó conocido: evitar lo que ocurrió unos años atrás, prevenir el desorden, el descontrol. Una medida de lo más lógica.

—Continúa con el organigrama.

—Pezzolli controla el centro de Roma. Informa directamente a los Inquisidores. Propaganda, al mando de West, trabaja de cara al exterior. Su organización interna.

—Olvídate de Propaganda. Háblame ahora de Operaciones.

—Operaciones: Seis Jefes de zona, uno para cada zona. En Roma.

—Para. ¿Cuáles son esas divisiones?

—División A: sede en Roma. Europa y Asia Central. División B: sede en Lagos. Africa y Oriente Próximo. División C: Sede en Managua. América del Norte y Central. División D: Sede en Lima. Sudamérica. División E: sede en Osaka. Extremo Oriente, Oceanía y Resto del Mundo. División F: sede en Buena Esperanza, Lira Cinco. Colonias Exteriores.

No coincidían con las antiguas divisiones del Instituto. Tampoco con las Confederaciones Territoriales Terrestres. Un original organigrama el que habían creado Mbar y los demás... con una División para los planetas colonizados. Otra previsible novedad.

—¿No hay más subdivisiones en Operaciones?

—No.

—¿No existen Control ni Organización?

—No.

—¿Sólo se subdivide en zonas de operaciones?

—Sí.

—¿Qué controlan los Jefes de zona?

—Los agentes y operaciones de su zona.

—¿De quién dependen directamente?

—De los Inquisidores.

—¿No tienen un jefe común aparte de estos?

—No.

—¿Tienen contacto entre ellos?

—No lo sé.

—¿No les está permitido?

—No entiendo la pregunta. La obligación de mantener relaciones entre los jefes de zona no está establecida en el reglamento del organigrama.

—¿Cuáles son las funciones de los agentes?

—Su orden fundamental es cumplir con las órdenes de su jefe de zona.

—¿Cuáles suelen ser esas órdenes?

—Recabar información sobre experimentación civil. Captar especialistas en biología, química y medicina. Destrucción de trabajos. Destrucción de elementos potencialmente peligrosos.

Lo mismo que había realizado él durante sus tiempos de agente. En eso no había cambiado el Instituto. Miró a O’Riordan. De su boca caía un hilo de baba. Di Stefano permaneció concentrado en su rostro, su mente trabajando febril. Comenzó a sentir el corazón latir con más velocidad: ahora iba a hacerle las preguntas cruciales, las que le desvelarían parte del misterio. En cierto modo, el resto de la información podía ser considerada irrelevante si aquellas preguntas eran respondidas de una manera diferente a como él esperaba.

—¿Qué sabes del doctor Heinz?

—Murió.

—¿Dónde?

—No lo sé. Creo que en Roma.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro o cinco años. No estoy seguro.

—¿Qué sabes sobre sus experimentos?

—No continúan.

Di Stefano comenzó a sudar. Tomó aire en una inspiración profunda, intentando conseguir que su mente se aclarara, que sus preguntas fueran más concisas.

—¿Quién dio la orden de no continuar con los experimentos de Heinz?

—Los Inquisidores.

—¿Murió Heinz por orden de los inquisidores?

—No lo sé.

—¿Dónde estaba Heinz antes de morir?

—Aquí, en Roma.

—¿Y sus ayudantes, su laboratorio?

—En Roma.

—¿De qué murió Heinz?

—Un derrame cerebral. Creo.

Así que era cierto. Heinz había sobrevivido. Habían abierto un nuevo laboratorio en la Tierra. Pero no alcanzaba a vislumbrar los motivos. ¿Para qué? ¿Para luego no continuar con las investigaciones?

—¿Qué sabes del padre Mauricio Groepius?

—No sé quién es.

—¿Sabes qué descubrió Heinz?

—No.

—¿No sabes nada sobre sus experimentos?

—Eran de tipo biológico.

O’Riordan permaneció mudo. Rajín agarró del brazo a Di Stefano con la intención de captar su atención. Para el arisio, el interrogatorio estaba adquiriendo un interés insospechado.

—Esa clase de preguntas están fuera de lugar—le dijo en susurros—. Sé más conciso.

Di Stefano asintió. Decidió ir a lo práctico.

—¿Dónde está el centro de experimentación de Roma?

—Complejo industrial Mazzoni.

—¿Dónde se halla el complejo Mazzoni?

—A las afueras de Nueva Roma, carretera de circunvalación sur.

—¿Cómo puedo encontrar el centro dentro del complejo?

—Busca el edificio de la editorial Lux.

—¿Ese es el centro de experimentación?

—Sí.

—¿Todo el edificio?

—No.

—¿Qué parte del edificio es el centro de investigación?

—Los sótanos.

—¿Cómo se accede a los laboratorios una vez dentro del edificio?

—Entras en un ascensor y esperas. Llaman al ascensor desde una cabina de control que está en los laboratorios, a la entrada. Tú no puedes hacer descender el ascensor; son ellos quienes lo hacen.

—¿Hay un control antes de entrar en el edificio?

—Sí.

—¿De qué tipo?

—Vigilancia habitual clase uno.

—¿Y una vez dentro, tomas el ascensor hasta los laboratorios?

—Sí.

—¿A qué se está dedicando el personal científico en estos momentos?

—Investigan para hallar una vacuna.

—¿Una vacuna? ¿Contra qué?

—Para combatir las fiebres palúdicas de las zonas pantanosas de Lira Cinco.

—¿Sólo trabajan en eso?

—Sólo.

—¿Sueles ir al centro de experimentación?

—A veces.

—¿Solo o con Da Silva?

O’Riordan tardó en contestar. La saliva comenzó a derramársele por todo el labio inferior. Las palabras brotaron en un balbuceo apenas inteligible.

—Siempre con Da Silva.

—¿Hay alguna zona restringida en los laboratorios?

—Toda la zona es de acceso restringido.

—Me refiero a dentro de la zona restringida. ¿Hay alguna otra donde haya que acceder con algún permiso oficial?

—No.

—¿Hay algún otro edificio o zona que dependa de Experimentación con acceso restringido?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos.

—Dime cuáles son.

—Uno, dentro del vaticano, en el edificio central del Instituto. A Experimentación sólo se puede acceder con permiso especial.

—¿Qué hacen allí?

—Archivo. Es un archivo.

—¿Y el otro?

—El Palacio Pertini.

—¿Dónde está situado?

—En la carretera a Nápoles.

—¿Sabes qué hay en ese palacio?

—No.

—¿No has ido nunca?

—Nunca.

—¿No sabes qué guarda el Instituto en ese palacio?

—No.

—¿Da Silva ha ido alguna vez?

—No lo sé.

—¿Dónde está la oficina central de Operaciones de la zona uno?

—En el edificio central del Instituto, dentro del Vaticano.

—¿No hay otra?

—No.

—¿Cómo sabes que ese palacio pertenece al Instituto? ¿Cómo sabes que depende de Experimentación?

—Lo sé.

—¿No lo mantienen en secreto?

—¿En secreto? Todo es secreto.


Creado: 22 de abril de 2008
Última actualización: 26 de abril de 2008 a las 11:07  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente