Durante tres días continuaron con su vigilancia, en turnos de mañana y tarde, jornadas que empezaban a primera hora y terminaban más allá de la puesta del sol. Comían en la misma terraza sandwiches y bocadillos, sin apartar la vista de la puerta. Muy tarde, cuando había transcurrido al menos una hora de la última salida de un vehículo, abandonaban su puesto de vigilancia y volvían al hotel.
Se encontraban terminando la jornada del cuarto día. El sol se había ocultado hacía un par de horas, y Di Stefano observaba la puerta con la habitual atención.
Si a Rajín le pareció aburrido el primer día, ahora mostraba claros síntomas de tedio insuperable: dormitaba tendido en una hamaca, ajeno por completo al trabajo. Sólo era requerido por Di Stefano cuando éste tenía que abandonar ocasionalmente sus prismáticos. En ese caso, el arisio los tomaba, miraba hacia la puerta con la orden de avisar si algún vehículo entraba o salía. Pero nada había ocurrido en esos pocos casos. Ni tan siquiera eso, que un simple vehículo hubiera salido por la puerta. Al menos, algo que contar, algo por lo que sentirse útil. Y devolvía los binoculares a Di Stefano en cuanto éste regresaba, para volver a no hacer nada.
Por su parte, Di Stefano se encontraba satisfecho con lo que iba averiguando. Ya tenía un listado de los vehículos oficiales, con sus correspondientes horas de entrada y salida del recinto. Más que suficiente para empezar. Por ejemplo: en virtud de esa lista, podía deducir que, al menos, un par de vehículos y sus ocupantes estaban directamente relacionados con el Instituto. La iglesia, el resto de la iglesia, trabajaba de una forma más funcionarial, cumpliendo horarios establecidos. Pero en el Instituto, esta norma se vulneraba constantemente; las reuniones se alargaban hasta altas horas de la tarde, o bien los servicios de alguien eran requeridos en cualquier momento. Los miembros del Instituto no se ajustaban a ningún horario establecido con anterioridad. El trasiego de vehículos le había abierto la primera puerta.
Tres de los vehículos tenían la curiosa costumbre de no respetar ningún horario: entraban a primera hora de la mañana, o bien ya pasado el mediodía, o incluso por la tarde; salían en cualquier momento, apenas unos minutos después, o tras unas cuantas horas. Aquella misma tarde uno de los vehículos, una berlina enorme, había entrado cerca de las cinco. Y aún no había salido.
Rajín se acababa de despertar de la última siesta, y miraba ceñudo a Di Stefano. Elevó su vista al cielo estrellado, buscando tal vez paciencia para seguir aguantando aquel aburrimiento. Miró aquel extraño disco brillante, la luna, y le entró un escalofrío. Sintió el deseo imperioso de abandonar la terraza. Además, tenía hambre. Iba a dirigirse a Di Stefano para preguntarle cuándo se irían hoy. Pero en ese momento Di Stefano rompió el silencio, susurró un número de matrícula y la hora:
—Veintidos treinta y cinco.
Y se levantó con un gesto vigoroso.
—Nos podemos ir. Por hoy hemos terminado.
Abandonaron el estudio. Bajaron a la noche iluminada por las antiguas farolas de la ciudad vieja. Las calles se encontraban animadas por estudiantes que hacían cola a las puertas de las trattorias y de los cafés. Como si Di Stefano se hubiera contagiado al ver la alegría de los demás, sonrió.
—Hoy ha sido una jornada muy fructífera. Creo que ya no tendremos que volver al estudio.
—¿Tú crees? —Le respondió Rajín —. Al menos, espero que lo que has dicho de no volver sea cierto.
—Creo que así será. A partir de ahora entraremos en acción.
—Vayamos a comer algo.
Anduvieron por las calles de adoquines de la ciudad vieja, buscando algún lugar tranquilo que no estuviera atestado de estudiantes. Unas manzanas más allá, aunque la animación en las calles no decaía demasiado, los cafés y restaurantes estaban a medio ocupar. Se trataba de locales destinados a otro tipo de clientes con más poder adquisitivo: turistas, profesores.
—Elige el que quieras —dijo Di Stefano—. Hoy nos daremos un buen festín.
Rajín observó sin mucha convicción los locales luminosos que refulgían a ambos lados de la calle.
—Este mismo, qué más da. La comida será tan escasa e insípida como en cualquier otro. Lo único bueno de comer en la Tierra es que pagas tú.
Entraron en un local que, por suerte, se encontraba casi vacío. Veinte mesas se repartían en el salón; sólo siete de ellas estaban ocupadas. Di Stefano, sonriente, pensó que aquella cena, conociendo las costumbres alimenticias —no sólo en cuanto a calidad, si no también en cuanto a cantidad— de Rajín, le iba a costar una pequeña fortuna. Suponía todo un derroche invitar en un restaurante caro de la Tierra a alguien que tenía como plato preferido las salchichas de castor.
El maitre les condujo a una mesa alejada de la entrada. La eligió Di Stefano a propósito: las que la rodeaban estaban desocupadas. El maitre les ofreció las cartas. Rajín echó un breve vistazo y la cerró aburrido.
—Elige tú. Yo no sé de qué demonios trata todo esto. ¿Es que le cuesta al camarero decirnos lo que tiene para cenar? ¿Me tengo que leer un libro para tomarme una botella de vino? ¡Bah! ¡Estoy harto!
Di Stefano pidió vino y entrantes variados. De segundo, steak tartar para cada uno, ración doble para Rajín. El maitre se retiró haciendo una profunda inclinación de cabeza.
—Creo que hoy he averiguado lo que estaba buscando estos días: algo que nos pusiese tras la pista de lo que debo encontrar. Un enlace, ¿entiendes? El último vehículo que salió esta noche por la puerta que tanto hemos vigilado nos llevará hacia nuestro objetivo.
Rajín frunció el entrecejo.
—¿De qué modo?
—Me propongo seguir al vehículo. Llevará sin duda dos ocupantes, aparte del conductor: el principal, un alto cargo, y su secretario personal.
—¿Y?
—Seguramente dejará al secretario en primer lugar, antes de dejar en su residencia al alto cargo. Supongo que será alguien perteneciente a la jefatura del Instituto. O, tal vez, algún obispo vinculado de algún modo.
Rajín le miraba dando muestras de no entender nada. Todo aquello le sonaba raro. Así que decidió ir a lo práctico.
—¿Y después?
—Después, secuestraremos al secretario. Y gracias a él, me enteraré de lo que necesito saber.
Rajín se rascó la cabeza.
—¿Por qué no ir directamente a por el pez gordo?
En ese instante llegó el camarero con el vino. Mostró la botella a Di Stefano y lo sirvió en las copas. Al ver la insuficiente cantidad que le era servida, Rajín agarró la botella y se la quitó de la mano al camarero. Di Stefano le despidió con un gesto que venía a significar Todo está bien, puede irse. Rajín se llenó el vaso y lo bebió de un trago.
—Bueno, contéstame, ¿por qué no ir a por el pez gordo?
—Por que nos es más sencillo ir a por el secretario. Y sabrá tanto como su jefe.
—¿Está protegido el jefe?
—De algún modo, sí. Abordarle nos resultaría más complicado. Y, tal vez, menos efectivo. Prefiero empezar por abajo.
Rajín se volvió a servir vino, llenando la copa hasta el borde.
—Bueno. Yo no estoy acostumbrado a trabajar así. Pero allá tú. Supongo que sabrás lo que haces.
El carísimo reserva pasó de la copa al gaznate de Rajín de un trago. Miró a Di Stefano durante unos segundos, entornando los ojos.
—¿Ya está? ¿Eso es todo cuánto tenías que contarme? ¿Por eso estás tan alegre?
—¿Te parece poco?
—Sí —contestó convencido—. Muy poco.
—Pues aunque te parezca poco, es lo mejor que nos podía ocurrir. Y, además, no existe otra forma de encarar el asunto con ciertas garantías. Es la mejor forma de comenzar. Seguiremos al vehículo. Interrogaremos al secretario.
En uno de sus gestos grandilocuentes, Rajín abrió los brazos y suspiró, dando a entender que le empezaba a aburrir aquella charla que él consideraba intrascendente.
Di Stefano pensó que el arisio llevaba razón: ¿A qué venía esa alegría inusitada? No había conseguido nada: sólo se encontraba en el principio, sólo había obtenido una matrícula de un coche que llevaba a alguien que podía estar vinculado con el Instituto o no. Poca cosa. Pero tenía tantas ganas de acabar con aquel asunto.
* * *
Llevaban más de dos horas de espera, sentados en el vehículo alquilado, contemplando en silencio la puerta de servicio del recinto vaticano. Se habían apostado en una de las callejuelas que se abrían a la plazoleta, cerca del edificio donde habían estado vigilantes la semana anterior, y alejados de las farolas que iluminaban las calles. Para Rajín, el fin de semana había sido como esperaba: aburrido e insulso. El sábado acompañó a Di Stefano a alquilar el vehículo. Alquiló un modelo de última generación, un MB 540, que a Rajín le pareció tremendamente sofisticado, incluso maravilloso, aunque no supiera distinguir entre todos los que había visto en la Tierra: en Aris no había nada parecido.
Después, ya con el coche, fueron a una tienda de productos electrónicos, donde se sintió perdido. Di Stefano compró varios artilugios, cuya utilidad le resultaba imposible de imaginar, y una caja de herramientas que parecían las de un cirujano o un mago. A media mañana, estaban de vuelta en el hotel. Di Stefano, en la mesa de la habitación, comenzó a desmontar algunos de los artefactos que había comprado con una maestría prodigiosa; hasta que, de tres o cuatro de ellos, formó uno. Con aquel artilugio, bajaron al garaje del hotel. Di Stefano colocó el mecanismo en el vehículo alquilado, y luego estuvo manipulando en el cuadro de controles. Y ahí se terminó todo cuanto tenía que ver, todo aquello que tenía que aprender. ¿Era mucho? ¿Era poco? No sabía decirlo. Se sintió más estúpido aún que en la tienda de electrónica. Después, comieron en silencio, Rajín de Sura perplejo, sin atreverse a preguntarle la utilidad de lo que había hecho, y subieron a descansar a la habitación. A media tarde le propuso salir para tomar unas cervezas y buscar mujeres. El terrestre accedió. Al menos, el sábado terminó bien.
El domingo transcurrió aún más aburrido, según el criterio de Rajín. Di Stefano revisó el material que pensaba llevar, una y otra vez, casi con obsesión. Probó varias veces en el garaje el mecanismo que había acoplado al vehículo. Y, por último, de nuevo en la habitación, le dio unas cuentas sugerencias sobre lo que tenía que portar para el trabajo. Mantuvieron una dilatada conversación sobre venenos, en la que tuvo que explicarle los efectos principales y secundarios de lo que en principio elegía. Y, ahora, tenía guardados en el bolsillo interior de su chaqueta los venenos que entre ambos al fin eligieron. Volvió a tocar el estuche de piel, como para cerciorarse de algo que no le hacía falta: ahí estaban Sueño Dulce, Lengua Vivaracha, Rompe Voluntades, y el fatal Destino Final, dentro de sus frasquitos de vidrio.
—Ahora.
Di Stefano puso en marcha el silencioso motor del vehículo. Una berlina negra salía por la puerta del recinto; después, giró señorial en la rotonda, y, tras callejear, se introdujo en una avenida.
Unos veinte metros detrás, Di Stefano conducía sin dejar de mirar al vehículo. Continuaron con la discreta persecución durante varios minutos, hasta que la berlina llegó a la altura de un semáforo en rojo y se detuvo. Di Stefano hizo detenerse al MB 540, hasta parar a escasos centímetros de la carrocería de la berlina. Entonces accionó el mecanismo que había instalado en el panel de control. Un haz localizador cruzó la distancia entre ambos vehículos y brilló en el paragolpes trasero de la berlina negra. Un simple y breve destello. Después, miró hacia una pantalla del cuadro de controles del vehículo.
—Tal y como esperaba, funciona.
Rajín le miró sin saber bien qué decir. La pantalla, que mostraba el plano de las calles de la ciudad, sólo había cambiado en un detalle: un punto rojo, intermitente, aparecía en el cruce donde ellos se encontraban ahora.
El semáforo cambió a verde. Ambos vehículos arrancaron. Di Stéfano dejó que la berlina ganase distancia; en la primera bifurcación que encontraron abandonó la persecución, girando a la derecha y deteniendo el vehículo junto a un jardín. Apagó el motor y se quedó con la mirada fija en la pantalla.
El punto rojo continuó recto por la avenida, giró a la derecha, luego a la izquierda, y, tras algunos minutos de vaivenes por callejuelas cortas, se detuvo. Permaneció quieto, parado en mitad de una calle que en la pantalla representaba apenas tres centímetros.
—Calle Evani, a la altura del número doce —musitó Di Stéfano a la grabadora. Después miró sonriente a Rajín—. Ahí tenemos a nuestra presa.
Tras un momento de parada, el punto rojo comenzó a moverse por la pantalla. Di Stefano arrancó el vehículo. Dio marcha atrás y volvió a la avenida que acababa de abandonar. A buen ritmo, siguió el recorrido que la berlina había realizado momentos antes, avenida adelante, luego un giro a la derecha, después a la izquierda. Pasó de largo por la calle Evani, mientras intentaba no perder de vista la pantalla. Según el plano, la berlina se internaba en una zona residencial a medio camino entre la ciudad vieja y Nueva Roma. Unos minutos después, se detuvo definitivamente.
—Avenida de Abisinia, número veinte. Estupendo. Ahí tenemos al otro.
Mientras seguían el devenir de la berlina, el vehículo se había internado en un laberinto de calles cortas. Di Stefano condujo, guiándose con el plano, hasta volver a la calle Evani. Volvió a pasar de largo ante el número doce, esta vez a menor velocidad. Se fijó en el edificio: una construcción de ladrillo de cuatro plantas con balcones de hierro forjado en la fachada. Anónimos y lujosos apartamentos para profesionales bien pagados, en una zona de carácter exclusivo y discreto. Lo ideal para sus intereses.
Unos metros más allá aparcó el coche. Las calles estaban desiertas y silenciosas. Hizo un gesto a Rajín.
—Ahora esperaremos un rato.
—¿Vamos a subir a hacerle una visita? ¿O no?
—Sí—le contestó—. Pero es mejor esperar. Pillarle dormido, o a punto de hacerlo. Conozco a esta gente. Habrá tenido un día agotador. Se irá a la cama en cuanto pueda.
—Oye, ¿y el aparatito este? —dijo, señalando a la pantalla, no muy seguro de lo que iba a decir—. ¿No sabrán que les hemos seguido?
—Nunca lo sabrán.
Rajín asintió. Miró la pantalla del vehículo con gesto inescrutable.
En silencio, dejaron correr los minutos. Las luces de las ventanas de los edificios se fueron apagando, hasta quedar sólo unas pocas encendidas. Una hora después de aparcar, Di Stefano abrió la puerta.
—Vamos.
Salieron del vehículo. Lo único que se escuchaba en el silencio de la noche eran sus pasos presurosos. Llegaron al portal. Di Stefano comprobó la cerradura. Se volvió a Rajín.
—Una cerradura magnética antigua —le musitó—. No será difícil acceder.
Extrajo del bolsillo una tarjeta de la que colgaban dos cables. Introdujo la tarjeta en la rendija del lector. Acopló los cables a sendos bornes de algo que, por la forma y el tamaño, se parecía a una antigua pila voltaica. Di Stefano manipuló con la punta de una uña en los botones del aparato. Unos segundos después, la puerta se abrió, acompañada de un pitido del lector de tarjetas. Di Stefano recogió el material y lo guardó. Entraron al portal.
Un panel, con el listado de casas y vecinos, ocupaba parte de la pared derecha. Di Stefano lo repasó en silencio. Había ocho pisos en el inmueble, dos por planta. Los dos pisos de la primera planta eran la oficina de una inmobiliaria; en la segunda planta, estaba el despacho de una abogada y la vivienda de una mujer; los de la tercera planta, estaban ocupados por una profesora de ingeniería administrativa y por un hombre; en la cuarta planta habían dos paneles: uno con nombre y profesión —un médico ginecólogo—, y otro vacío.
—Aquí le tenemos —señaló hacia el panel que se encontraba vacío de nombre.
—¿Estás seguro?
—Casi del todo. Y si nos equivocamos, Sueño Dulce, y sin problemas, ¿de acuerdo?
Rajín asintió en silencio.
Subieron en el ascensor; marcó el cuarto piso. Di Stefano extrajo la petaca con las llaves maestras. Rajín, la mano en el bolsillo, agarraba la empuñadura de su daga Rilxe.
Llegaron a la planta cuarta. La puerta del ascensor se abrió, las luces automáticas se encendieron. Antes de abandonar el ascensor se pusieron guantes de cuero artificial. Salieron a un descansillo de reducidas dimensiones. A ambos lados del ascensor se encontraban las puertas de los pisos. Con un vistazo, Di Stefano reconoció la cerradura de la puerta. Se trataba de una antigualla: una magnético – prensil de doble émbolo, que se abría mediante una llave metálica de tres centímetros de longitud. Abrió la petaca. Eligió una llave.
—Preparado.
Rajín, tras él, miraba ceñudo la puerta, el cuerpo echado ligeramente hacia delante, presto a acometer. Di Stefano introdujo la llave. Tras unos segundos, sonó un ligero ruido: la señal de que los émbolos retrocedían hasta la cerradura. La puerta se entornó. Di Stefano, mientras recuperaba la llave, abrió ligeramente la puerta. Tras mirar el interior del recibidor, se volvió hacia Rajín sonriente, mientras con un gesto de su cabeza le indicaba que pasase tras él. Volvieron a cerrar la puerta. Afortunadamente, esta gente confiada no conocía la necesidad de sistemas de seguridad. En todo caso, pensó Di Stefano en un flash, aquello tampoco habría supuesto una dificultad insalvable: él sabía cómo superar ese tipo de escollos.
En el recibidor, de una percha, colgaba una levita negra de tela: el cubre sotana. No se había equivocado. Señaló triunfante hacia la prenda.