Bienvenida

El Serial

—¡Vaya, esto sí que es viejo! ¿Cómo puede haber algo tan antiguo en un mundo con tantos adelantos?

Sentados a una mesa de la cafetería del hotel, Rajín miraba los edificios de la Grand Place de Bruselas una y otra vez, como si no diera crédito a lo que veían sus ojos. Sin duda, el contraste entre modernidad y conservación arquitectónica no entraba dentro de sus previsiones sobre lo que se podía encontrar en la Tierra. Si es que en su imaginación se había llegado a formar algún tipo de imagen concreta sobre la Tierra.

—¿Y para qué? ¿Por qué no hacer edificios nuevos? ¿Tienen dinero, no? ¿Por qué conservar los viejos?

Di Stefano, disfrutando de un humeante y aromático café expreso, le observó divertido.

—Por que son bonitos.

Rajín dudó durante un momento. Pasaba sus manazas sobre el pelo rojo cortado a cepillo.

—¿Bonitos? ¿Tú crees? No sé... No diría que son bonitos. Yo más bien diría que son extraños. Sí, extraños. Los edificios más raros que he visto en toda mi vida.

—Pues por eso entonces. Por que son extraños.

A Di Stefano le costaba mucho esfuerzo contestar a cualquiera de las preguntas de Rajín con un mínimo de lógica y brevedad. Para empezar, debería haber comenzado por explicarle el significado y la importancia de la historia a una persona que provenía de un mundo que apenas tenía historia propia y que, por añadidura, no daba importancia a la misma en el devenir de una sociedad. La historia de Aris, en el mejor de los casos, estaba formada por acontecimientos más legendarios que reales, por definición falsos o de una realidad pervertida, casi siempre sangrientos, y revestidos de la ingenua crueldad propia del pueblo arisio. Los arisios no se había preocupado en serio por la historia de su mundo; así que ésta se basaba en leyendas orales que viajaban de boca en boca, historias de asesinos y bandoleros, de esclavistas y barcos fantasma, de viajeros que se enfrentaron a animales mitológicos e imposibles en los confines de sus continentes, narraciones que se deformaban con el paso de los años y que variaban sustancialmente de un lugar a otro. Intentar explicar a un arisio el respeto que sentían los terrestres por las grandes obras de su pasado era como intentar hacer comprender a un niño de parvulario la Teoría Cósmico-Temporal: tarea imposible. De cualquier modo, no estaban en la Tierra de viaje turístico, ni Di Stefano pretendía cultivar a Rajín de Sura.

La Grand Place se hallaba atestada de turistas, no sólo de la propia Tierra, como Di Stefano pudo descubrir, sino también de otros planetas. Al parecer, las grandes fortunas de las colonias comenzaban a ver con recelo los movimientos de independencia, y muchas de las familias más poderosas volvían a la madre Tierra en busca de la estabilidad que temían perder. Lo cual venía muy bien para que Rajín de Sura, dentro de lo posible, no despertase demasiado la atención llegado el momento. Porque, pese a todo su dinero, a su posición social en las colonias, pese a sus intentos de pasar desapercibidos en la Tierra, los extranjeros seguían diferenciándose de los nativos: en comparación con éstos, su sofisticación resultaba falsa; sus ademanes, excesivos; su comportamiento, pretencioso; su grado de civilización, escaso. Y un aire extravagante y tosco les envolvía a todos. No sólo al reputado asesino Rajín de Sura.

—Espérame aquí. Ahora vuelvo.

Rajín se quedó sentado, en apariencia complacido, saboreando aquel vino tinto terrestre que tan suave y ligero le parecía, acostumbrado a las fuertes bebidas de Matsumai. Contempló la pequeña copa, que se perdía en el interior de su manaza, y se preguntó cómo aquella gente podía usar para beber recipientes tan pequeños, que se vaciaban al primer trago. Así que pidió otro vino, y continuó admirando el panorama de la Grand Place, observando con deleite a las sofisticadas mujeres terrestres que caminaban presurosas y altivas.

Di Stefano, por su parte, recogió de la caja fuerte del hotel el maletín del dinero. Consultó una guía de la ciudad en la recepción. Salió al rato.

—Sígueme, Rajín. Nos vamos de paseo.

Había estado en aquella ciudad, capital de la Confederación Regional Europea, en varias ocasiones, y comprobó que había cambiado más bien poco desde que él la conociera. Aquello le resultó agradable. ¡Qué diferencia con Pálasti! La gente transitaba en silencio, bien vestida, por calles limpias y seguras. No había mendigos en las esquinas, ni edificios abandonados, ni tullidos pidiendo limosna, ni putas, ni yonquis, ni vendedores callejeros vociferantes, ni el tráfico abigarrado y sin leyes de Pálasti, ni ruidosos vehículos, ni niños semidesnudos bailando por unas monedas. Y Bruselas no olía mal. Casi se podría decir que no olía. No como Pálasti, que estaba impregnada de un olor penetrante a verdura podrida.

Unos minutos de paseo después encontró lo que buscaba: las oficinas del Banco Popular de Israel. A una indicación suya, Rajín de Sura se quedó fuera, esperándole. Abrió una cuenta con el dinero que llevaba. No era demasiado: lo que le dio Palacios más lo que guardaba en la caja fuerte de su casa. Pero era suficiente como para dejarlo a buen recaudo.

Si eligió aquel banco fue por algo: la confidencialidad. Las mayores fortunas y muchas empresas tenían cuentas en aquel banco. El método era sencillo y antiguo, pero válido: no existían clientes, sino interminables series de números y letras. Cuentas cifradas que dejaban en la sombra a sus propietarios.

Volvieron al hotel antes de la comida. Pasaron a comer al restaurante del hotel. Di Stefano, al leer los platos de la carta, sintió una alegría desbordante. Después de mucho tiempo, se encontraba con la comida a la que estaba acostumbrado, los platos familiares que comió desde siempre. Complacido, pidió ensalada de endibias y queso, lubina al horno con mejillones, y de postre, fresas con nata. Para beber, vino blanco joven y ligeramente picante. Comió en silencio, disfrutando de cada bocado. Rajín, por su parte, ingirió la comida con indiferencia y rapidez. Sin duda, pensó que la cantidad era escasa.

Tras el postre, pidió café y coñac. Rajín, que en su vida había probado el auténtico café, desestimó hacerlo en ese momento. Pero sí se bebió el coñac, paladeando sonoramente tras haberlo trasegado.

—Quiero que te quedes con esto—dijo Di Stefano dándole un papel—. Es el número de cuenta del banco donde he depositado el dinero. Si me ocurriera algo, es todo tuyo.

Rajín asintió, guardándose el papel.

—No temas. Te protege Rajín de Sura.

* * *

Tomaron el tren con destino Roma a las ocho y media de la tarde. Rajín de Sura, superada la sorpresa inicial, parecía aburrido. Se dirigió a Di Stefano cuando se cansó de pasear la vista por los campos oscuros.

—Bueno, así que es en la ciudad a donde nos dirigimos donde está lo que buscas. No tendremos que hacer más viajes, ¿no?

—¿Cansado?

—Sí. No tiene nada que ver con los viajes que he podido hacer en mi vida. Estos son mucho más cómodos. Pero no me importaría quedarme quieto en un sitio aunque sólo fuera por un día entero.

—Supongo que no tendremos que movernos más.

—Eso espero.

Di Stefano observó a Rajín de Sura. Con certeza, ningún asesino de Aris había viajado tan lejos como él. Se le imaginó relatando sus aventuras en la taberna de Marinai, cuando regresaran a Aris. Su leyenda se acrecentaría aún más. ¡Qué lejos quedaba Pálasti y todo lo que había conocido! ¿Qué pasaría por su cabeza?

Una hora después, llegaron a Roma. El tren, cuando se comenzó a ver la silueta luminosa de la ciudad, fue tragado por un túnel subterráneo, que desembocó en la sorprendente Estación Central. Di Stefano y Rajín bajaron al andén. El arisio miró en derredor, asombrado por la magnificencia de la obra de ingeniería que suponía la estación.

—¡Vaya, esto sí que es grande!

Pese a haber viajado en una nave espacial, aunque ya conociera una estación orbital, el arisio respondió de una manera sincera: la estación sobrecogía a cualquiera que la viera por primera vez. Por encima de sus cabezas, y debajo del andén en el que se encontraban, se cruzaban decenas de vías y andenes, algunos tan lejanos que se perdían en la neblina de la distancia. El eco de miles de voces y ruidos rebotaba en las lejanas paredes de la estación, y llegaba hasta ellos como el rumor de olas batiendo en un acantilado.

Al final del andén se encontraban los ascensores de acceso y salida. Tomaron uno, que les dejaría en la entrada principal. Ascendieron, parando en cada uno de los niveles que se fueron encontrando. A través de los cristales del ascensor podían ver cómo desaparecía el andén 23, en el que descendieron del tren, tapado por los andenes que cruzaban sobre él en todas direcciones. Cuando llegaron al vestíbulo de la estación, el entramado de vías y andenes que se veía bajo ellos parecía una gigantesca tela de araña. Caminaron hacia la salida. Cruzaron bajo un imponente arco de acero que vomitaba y tragaba constantemente personas. Una vez fuera del vestíbulo principal, tomaron un taxi.

Di Stefano eligió el hotel Ambassador Inn, un monumental rascacielos en pleno centro de Roma con más de dos mil habitaciones. Era el hotel más grande de la ciudad y el preferido por los turistas. De ser necesario, con seguridad pasarían desapercibidos sus movimientos.

Tras los trámites de rigor, les asignaron una suite doble en la planta setenta. Una vez colocado el equipaje y revisadas las armas cayeron como troncos en sus camas, víctimas del cansancio, de tanto trajín, como diría Rajín de Sura.

* * *

A la mañana siguiente, salieron del hotel a las calles de Roma. La zona centro de la ciudad, donde se encontraba el Ambassador Inn, le era de sobra conocida de sus frecuentes visitas durante su período como agente auxiliar, antes de que en el Instituto le concedieran el estatus de agente y le asignaran misiones que le hicieron viajar o establecerse en otras ciudades de la Tierra. Antes de instalarse en lo que le pareció en su momento su residencia definitiva: Lagos.

Caminaron hasta las oficinas del Banco Popular de Israel, en un discreto edificio en la Avenida Presidente Rizzoli. Rajín de Sura se quedó fuera, observando escrutador la avenida. Di Stefano entró, dio su número de cuenta a un empleado y esperó pacientemente a que le llamaran.

Apenas un par de minutos después, un empleado se dirigió en tono amable a él, recitando en voz baja su número de cuenta. Di Stéfano asintió. Acompañó al empleado a un terminal, en un discreto mostrador situado tras un biombo. Tras una segunda comprobación del cifrado, el empleado le llevó por un pasillo alfombrado hasta la puerta de un despacho.

—Pase. La señorita Mastretta le atenderá.

La madera que recubría las paredes del despacho brillaba con tanta intensidad que Di Stefano pensó que le harían falta gafas de sol constantemente a la persona que trabajara allí. Sobre la mesa refulgía un holograma con un nombre Claudia Mastretta y la leyenda Agente de cuentas prioritarias escrito en caracteres latinos con evidentes reminiscencias hebreas en su tipografía, como si de algún modo se pretendiera homenajear así a la antigua cultura judía.

—Siéntese.

La mujer miraba la pantalla de un terminal, sin duda comprobando la calidad del cliente que tenía ante sí. Después, sonrió a Di Stefano, levantándose de su sillón para estrecharle la mano.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarle?

La mujer que le ofrecía su mano le pareció a Di Stéfano soberbia. Simplemente bellísima. Clavó en él sus almendrados ojos color miel, y sintió que aquella mujer podía traspasarle con la mirada, conseguir lo que se propusiera con sólo fijar su mirada en alguien. Poseía una fuerza poderosa, intangible pero incuestionable, que iba más allá de su propia belleza. Y algo que no tenía cualquiera: un halo que indicaba que todo en ella era propio, libre de artificios, natural. Sin implantes ni cirugía. Sin remodelaciones de quirófano. Di Stéfano tardó en contestarle, mientras recorría con su mirada la perfección de su silueta. Ella continuaba sonriendo, mostrando una dentadura inmaculada tras sus labios gordezuelos en los que no se percibía carmín ni afeite alguno.

—Bueno —Di Stefano le contestó dubitativo, impresionado—, acabo de llegar a Roma y desearía establecerme.

—No. Nosotros no pretendemos saber nada de usted. Ni queremos. No nos importa si acaba de llegar a Roma o no, si desea establecerse o no —le cortó, sin perder la sonrisa—. Salvo que es cliente nuestro. Y eso nos basta.

—Entiendo.

Ella le invitó a continuar con un gesto de sus manos. En otra persona aquella interrupción, incluso aquel gesto, podían parecer un acto grosero o poco cortés. En ella no.

—Me gustaría que me gestionaran un alquiler del modo más discreto y rápido posible.

—Comprendo. ¿Algún lugar en especial?

—La ciudad vieja. Cerca del Vaticano. Que disponga de buenas vistas. ¿Conoce la zona?

—Por supuesto, caballero —contestó con un mohín que a Di Stéfano le pareció irresistible—. ¿Algún dato más?

—Sí. Deseo un ático o un piso alto con terraza. Soy pintor. Tengo en mente hacer varios bocetos del Vaticano... a ser posible desde su parte trasera. Ya sabe, un juego visual cargado de simbolismo.

—Espere un momento.

Se giró hacia el terminal. Consultó durante unos instantes. Mientras trabajaba en el terminal, sus dedos se movían como látigos. Unos látigos bellísimos rematados por unas uñas largas y rojas. Había tanta sensualidad en aquellos simples movimientos que Di Stéfano no podía apartar su vista de las manos. Ella miró fijamente la pantalla. En una tarjeta de visita apuntó una dirección.

—Tome. Vaya a esta oficina y enseñe esta tarjeta. No tendrá que preocuparse de nada más. Le gestionaremos directamente los gastos.

Se levantó de su sillón y extendió la tarjeta. Di Stefano, al recogerla, rozó uno de sus dedos. Sintió una sacudida, algo similar a una descarga eléctrica... pero placentera. Ella carraspeó.

—Si no necesita nada más.

A modo de despedida volvió a sentarse en su sillón.

—Sí. Algo de efectivo.

—Anóteme la cantidad.

Puso un terminal frente a él. Di Stéfano anotó la cifra.

—Muy bien. Mi compañero se lo dará al salir. Que tenga un buen día.

Ella se enfrascó en unos documentos que descansaban sobre la mesa. Di Stéfano se giró, recorrió los pasos hasta llegar a la puerta. No pudo evitar volver a echar una mirada sobre aquella mujer.

Rajín se unió a él nada más salir al exterior. Algo debió de notar en su rostro.

—¿Qué te pasa? Parece que hayas visto un fantasma.

—Cuando vuelva a casa me buscaré una novia lo más parecida posible a la que acabo de ver.

—Te entiendo —dijo Rajín—. Las mujeres terrestres son increíbles. Tan bellas, tan elegantes... cualquier hombre con dinero de Aris pagaría gustoso la mitad de su fortuna por acostarse una noche con una de éstas. ¿A nadie se le ha ocurrido la idea? No sería mal negocio llevarnos unas cuantas para allá.

Di Stefano sonrió ante la ocurrencia.

—¿Hablas en serio?

—Por supuesto que no. Soy un asesino, no un proxeneta. Pero has de reconocer que no es mala idea.

—Bueno, volvamos a lo nuestro. Tenemos que comprar algunos cacharros que nos serán necesarios.

* * *

Ceremonia de Entrega de los Premios Pulitzer – Yosinaga. CLI edición. Kobe, Japón.

Extracto del discurso de agradecimiento de Randolph P. Carter, premiado con el Pulitzer – Yosinaga a la Investigación Periodística.

... Lo primero que me dijo un amigo y compañero de profesión al enterarse de que me habían concedido este prestigioso premio fue lo siguiente: Randolph, ¿y ahora, qué? Creo que eso expresa mi filosofía como periodista e investigador: siempre hay algo detrás. Mis amigos lo saben; mis compañeros lo saben. Y yo soy consciente de ello. Yo también lo sé: soy un culo inquieto. Mi vida es un constante reto. Por eso, mi buen amigo me preguntó ¿y ahora qué? (...) Pues bien, desde aquí quiero responderle, y responderles a todos los que se interesan por mi trabajo. Sí, tengo un nuevo reto. Un reto que me parece fascinante, por oscuro y enigmático; e interesante, por lo que pueda descubrir. ¿Recuerdan ustedes al Instituto Católico de Investigaciones Científicas? Pues bien, ¿qué ha sido de él? ¿No se han dado cuenta de que, desde hace varios años, no se ha vuelto a escuchar ninguna queja sobre algún comportamiento de sus agentes, o algún hecho delictivo que pudiera serle imputado? ¿No les parece sorprendente? ¿Dónde se ha metido aquella poderosa organización? ¿Se ha borrado del mapa de la noche a la mañana? Veo gestos de asentimiento entre el público iniciado... Sí, queridos amigos, éste será mi próximo objetivo: El I. C. I. C. Y créanme, espero con mi trabajo responder todas las interrogantes que algunos nos hemos planteado sobre el asunto....

* * *

Noticia aparecida en el Diario de Manila, 26 de marzo de 230.

El cadáver del prestigioso periodista Randolph P. Carter, último premio Pulitzer – Yosinaga a la Investigación Periodística, fue hallado en los servicios del Aeropuerto Internacional de Manila ayer a última hora de la tarde, cuando uno de los robots de limpieza iba a realizar su trabajo. Las circunstancias de su muerte, ya sea natural o no, así como cualquier otro detalle de la misma, permanecen en el más absoluto secreto, ya que la Policía Metropolitana de Manila ha declinado hacer cualquier tipo de declaración al respecto. A este periódico le consta que los mejores hombres y mujeres de la Policía están dedicados desde ese mismo instante al esclarecimiento de los hechos.

No será necesario decir que la muerte de este joven y prometedor periodista ha sumido en el desconsuelo y la consternación al mundo periodístico. Su último logro, la consecución del premio Pulitzer – Yosinaga, le había encumbrado a lo más alto del estrellato profesional.

(...) Desde aquí pedimos, exigimos , a las autoridades el pronto esclarecimiento de tan tristes y penosos hechos.

Di Stefano dejó los binoculares sobre la mesa de la terraza y se frotó los ojos. Llevaban más de cuatro horas de vigilancia, observando sin pausas la puerta de acceso de personal del Complejo Vaticano, y el cansancio y el aburrimiento comenzaban a hacerse notorios. Al menos para Rajín de Sura, que en un principio permaneció expectante al lado de Di Stefano, pero que después de un rato comenzó a pasear inquieto por la terraza, aburrido de observar aquella puerta enrejada. Di Stefano, por su parte, parecía estar realizando la labor más interesante que pudiera: apenas separaba los ojos de las lentes, y susurraba a la grabadora todo cuanto le pareciera de interés, con una intensidad que a Rajín le pareció injustificada. El arisio no lograba comprender tanto interés; para él, esa era la parte de su trabajo que menos le gustaba. Por supuesto, en algunas ocasiones, él también había invertido mucho tiempo en controlar los movimientos de sus víctimas. Pero, al menos, siempre había sabido hacia quién dirigir su mirada. No como Di Stéfano, que se fijaba en todas y cada una de las personas que traspasaban la puerta... y habían sido cientos en unas pocas horas.

Todo estaba como siempre, y a Di Stefano aquello le agradó. La plazoleta de pulidos adoquines, el perímetro vallado del Vaticano... ¡Cuántos recuerdos! En una esquina de la plazoleta, casi de una manera discreta, se abría la puerta de control, custodiada por la Guardia Suiza, revestida de sus habituales armaduras a rayas; más allá el enorme edificio de administración central, donde se controlaba la acción de la Iglesia; al fondo, tras los jardines, San Pedro y el palacio papal... Todo como siempre, como él lo había conocido. Estaba claro que no esperaba encontrarse con que los cambios en la cúpula dirigente de la Iglesia hubiesen llevado a alterar el orden habitual; más bien al contrario, los nuevos dirigentes estarían encantados de potenciar ciertas tradiciones. Y así había sido, al menos en apariencia.

El tránsito de personas y vehículos era el común en un martes cualquiera: ocasionalmente alguna berlina entraba o salía, el chofer rígido y el viajero atrás, aplastado en los mullidos asientos. El personal de administración, carpeta en mano, partía hacia la ciudad o volvía de ella después de haber realizado la gestión de turno... Todo como siempre. Poco más se podía contar. Justo lo que había esperado. Se sintió bien.

Un vehículo negro, de los que habían entrado al recinto a primera hora de la mañana, cruzó la puerta. Los Guardias de servicio se cuadraron, más aún que al saludar al ocupante de cualquier otro vehículo. Di Stefano esbozó una sonrisa. Ajustó el zoom de los lentes y susurró a la grabadora los números y letras de la matrícula. Después dijo:

—Una cero cinco. ¿Cardenal? Determinar.

Siguió el trayecto del vehículo hasta que se perdió por las callejuelas de la ciudad vieja. Di Stefano volvió a concentrar su mirada en la puerta de control, algo molesto. Las ventanillas anti-curiosos de la berlina no le permitieron ver a su ocupante. ¿Quién sería? ¿Alguno de los cardenales que él conoció? ¿Otro nuevo? ¿Un obispo? ¿Algún dirigente del Instituto? ¿Da Silva, acaso? Volvió a ajustar los binoculares en los rostros de los que comenzaban a salir del recinto, ya en mayor número que en las horas anteriores. Los guardias, mientras traspasaban sus dominios aquellas figuras enlutadas y a pie, permanecían impasibles, firmes, sujetando con determinación sus armas. Pero, por otra parte, parecían controlar a la vez a todas y cada una de las personas que se despedían de ellos con un leve movimiento de sus cabezas. Sólo cuando algún vehículo abandonaba el recinto parecían existir: movían sus miembros, se cuadraban, observaban el interior del vehículo, se dirigían a la caseta de control, desde donde se franqueaba la salida. Todo muy mecánico.

—Bueno, qué, ¿hoy no comemos?

Rajín de Sura le tocó levemente en el hombro. Di Stefano se giró y compuso un gesto de cansancio.

—Sí, vayamos a comer. Por hoy hemos terminado. Ya sé cuanto quería saber.

—¿Sí? —Le preguntó Rajín, no muy convencido—. ¿Todo?

—Lo suficiente para empezar —contestó—. Es posible que pronto empecemos a ver los frutos.

Rajín le miró de soslayo.

—¿Hay alguien a quién tengamos que matar? ¡Menos mal!

Di Stefano prefirió no contestar.

Salieron del pequeño apartamento a una oscura escalera. Bajaron en silencio, oyendo el crujir de las tablas de madera bajo su peso. Había sido una suerte conseguir aquel pequeño estudio en la vieja Roma. Las vistas sobre la parte posterior del Vaticano eran esplendorosas. Ideales sobre la puerta trasera. Un anónimo estudio en una zona habitada casi en exclusiva por estudiantes de Arte, que pasaban la mayor parte del día en las escuelas o dormitando las juergas de la noche anterior. A veces, la suerte se cruzaba en su camino. Vigilar a pie, desde alguna esquina, aquella puerta, habría supuesto un engorro, y algo peor: tal vez habrían terminado por llamar la atención.


Creado: 8 de abril de 2008
Última actualización: 12 de abril de 2008 a las 10:57  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente