En la pantalla de la sala de pasajeros, la Luna se agrandaba. Hasta que, tras la superficie blancuzca y árida del satélite, asomó la Tierra, solitaria, azul y brillante. Su visión conmovió a los pasajeros, que miraban la pantalla en silencio, sin poder separar la vista del planeta. Di Stéfano notó un cosquilleo especial, una vibración que recorrió todo su cuerpo. Le invadió una emoción inexplicable, que jamás sintió antes: si pudiera describirse con palabras, sería algo parecido a reencontrarse con la madre largo tiempo abandonada. Pero no se trataba de una emoción consciente, ni explicable desde el punto de vista de los sentimientos, sino de algo diferente, tal vez más cercano a lo puramente químico.
Los pasajeros debían sufrir, en mayor o menor medida según los casos, algo parecido a Di Stefano. Rajín, a su lado, no apartaba los ojos de la pantalla.
—Nunca había visto nada igual —le habló a Di Stefano en voz baja—. Es lo más bello que he visto en toda mi vida. He recorrido las estepas de flores de Matsumai, he cruzado las cordilleras de mi tierra al atardecer... pero nada es semejante a esto.
Aquel arrebato de sensibilidad del duro arisio sorprendió a Di Stefano. Pero en algo estaba de acuerdo: compartía la opinión de que nada, jamás, en toda su vida, se podía siquiera comparar a la belleza simple y tremenda, incuestionable, pura, del útero de la humanidad flotando en el negro espacio.
Con el paso de los minutos, la Tierra acabó por ocupar la totalidad de la pantalla. La nave comenzó a realizar una maniobra de aproximación orbital. Ante sus ojos desfiló la geografía cada vez más cercana del Planeta: el azul profundo del Océano Pacífico, las costas marrones del continente americano, el océano Atlántico, África... Continuaron circunnavegando el planeta, cada vez a menor velocidad, cada vez más cerca de él.
— Señores pasajeros: prepárense para la maniobra de deceleración y atraque. Repito: prepárense para la maniobra de deceleración y atraque.
El mensaje fue repetido varias veces, aunque todos los pasajeros ocupaban sus asientos, preparados para lo que fuera, absortos en la visión que les proporcionaba la pantalla. En un momento dado, sufrieron un brusco descenso de la velocidad, que hizo que se aplastaran contra los cinturones de seguridad que cruzaban sus pechos. Una estructura brillante, orbitando sobre Europa, fue agrandándose en la pantalla. La nave sufrió otro brusco descenso de velocidad y fue aproximándose lentamente a la estación orbital. Rajín silbó admirado: pese a que viajaba en una nave espacial, no podía por menos que asombrarse ante la visión de aquella estructura creada por el hombre, algo que él jamás había visto, ni tal vez imaginado. Era su primer contacto con la tecnología terrestre... en la propia Tierra. Pensó Di Stefano que aún le quedaban muchas sorpresas que vivir, muchas novedades por descubrir.
La estación orbital era una enorme rosquilla brillante, con su buen par de kilómetros de diámetro; a modo de radios, varios tubos convergían en el centro; desde allí, partía un ancho cilindro que se perdía en la atmósfera terrestre. Una decena de naves, de diferentes tamaños, revoloteaban a su alrededor. Algunas se acercaban, otras se alejaban, perdiéndose con rapidez en la inmensidad negra.
Los pasajeros miraban absortos. La nave, flotando lenta en el espacio, fue acercándose al fuselaje de la estación, hasta que, tras una serie de ruidos y golpes, se detuvo por completo.
Años atrás, cuando Di Stefano salió de la Tierra, las estaciones orbitales eran poco más que un proyecto en desarrollo. Los espaciopuertos locales controlaban la mayoría de las llegadas y partidas de los vuelos espaciales. Ahora, viendo el flujo de naves, parecían haberse invertido los órdenes. Por fin, el sueño de los grupos ecologistas de mantener limpia la atmósfera de naves interestelares se había cumplido. Con tristeza, pensó que en su antiguo hogar todo había avanzado. Menos él.
— Señores pasajeros, la maniobra de atraque ha terminado. Pueden recoger sus equipajes y abandonar la nave. Esperamos que hayan disfrutado del viaje.
Se escucharon los chasquidos de los enganches de los cinturones al ser soltados, mientras desde los altavoces continuaban las despedidas y recomendaciones. Los pasajeros, inquietos, fueron levantándose de sus asientos. En un instante, atestaron los corredores camino de sus camarotes. Di Stefano y Rajín esperaron a que se despejasen los estrechos pasillos. Después, caminando en silencio, se acercaron hasta su camarote.
—Ahora viene el control de pasajeros —le comunicó Di Stefano—. Mantén la calma.
Rajín miró su documentación falsa con una mirada neutra y después sus prendas terrestres, embutido en las cuales sin duda no se encontraba cómodo.
Cogieron sus maletas. Rajín no dejaba de mirarlas. Intranquilo, agarró por el brazo a Di Stefano, antes de que abandonaran el estrecho camarote.
—¿Estás seguro de que no descubrirán lo que llevamos?
—Totalmente seguro.
—No sé. Tu ciencia es grande. Pero lo que acabo de ver... Creo que esta gente dispone de medios superiores a los tuyos. Si quieren, nos descubrirán.
Di Stefano dudó qué responder. Lo último que pretendía era intranquilizar más aún a su compañero. Pero comenzaba a molestarle su actitud. Entre otras razones, porque comenzaba a desconfiar de su propia autosuficiencia. Había pasado mucho tiempo desde que salió de la Tierra. O, al menos, el suficiente como para que cambios imprevistos le sorprendieran y le afectaran negativamente.
—Esta ciencia que tanto te asombra es también la mía. En todo caso, ya sabemos lo que tenemos que hacer, ¿no?
No muy convencido, Rajín de Sura le dedicó una mirada torva.
—No estoy tan seguro.
Salieron del camarote, cruzaron los pasillos hasta llegar a la esclusa de salida de la nave. Las azafatas despedían a los últimos pasajeros.
—Gracias por viajar con nuestra compañía. Que tengan una buena estancia.
—Ya, ya... —contestó Rajín. Di Stefano respondió a la azafata con una sonrisa de cortesía.
Accedieron por un largo pasillo en forma de tubo a una sala circular intensamente iluminada. Colgando del techo, un cartel luminoso les daba la bienvenida: Estación Orbital Europa. Bienvenidos a la Tierra. El corazón de Di Stefano sufrió un vuelco: varios miembros de la policía terrestre observaban serios a los pasajeros. No era lo habitual, o no lo había sido. Tal vez, al cambiar las circunstancias entre la Tierra y las colonias, habían cambiado también las normas de seguridad. O buscaban a alguien en concreto. Lo cierto es que los policías no se acercaron al pasaje; se mantuvieron a distancia, escrutando los rostros que accedían hasta la sala, consultando en ocasiones las pantallas de sus unidades personales. Rajín debió percibir la tensión de Di Stefano.
—¿Problemas? —Le susurró, inquieto.
—Nada de qué preocuparse. Mantén la calma.
Los pasajeros que acababan de descender de la Presidente Rouen se amontonaban ante los mostradores de control. La celeridad de los funcionarios terrestres nada tenía que ver con la acostumbrada parsimonia de Aris, ni tampoco la tecnología de que disponían: un par de minutos después, les tocó el turno. Di Stefano agradeció la diligencia de los aduaneros, porque Rajín observaba todo y a todos con un aspecto que denotaba a cada momento más intranquilidad.
Llegados al mostrador depositaron sus pasaportes. Los funcionarios, impecablemente uniformados, revisaron sus documentos, los pasaron por un lector, y se los devolvieron al instante. A una indicación del funcionario que les devolvió los pasaportes, dejaron sus maletas sobre una cinta transportadora. Rajín miró de soslayo a Di Stefano; éste podía notar la tensión que soportaba el arisio en los bombeos de sangre de las venas del cuello. Con la mirada vino a pedirle tranquilidad. Las maletas se perdieron en el interior de un cilindro de un par de metros de longitud. Unos instantes después, aparecieron tras una cortina de luz ámbar al final del cilindro. Fin de la inspección. Como esperaba Di Stefano, la inspección consistió en un simple control visual de los equipajes mediante rayos, y la desinfección de costumbre. Más o menos como siempre. Aunque, en aquella ocasión, incluso a él mismo le pareció más superficial la inspección, o al menos más corta. Tal vez habían variado las máquinas de control de equipajes, y los nuevos modelos eran más rápidos. O tal vez los funcionarios de aduanas, con más trabajo que antes, se aplicaban con más celeridad. El caso es que, para bien suyo, habían pasado el control.
El funcionario situado al final de la cinta transportadora depositó las maletas en el suelo, y colocó sobre ellas una pegatina brillante.
—Pasen por aquí, por favor. No se demoren.
Unos metros más allá del control de equipajes se encontraban situadas una veintena de columnas de cristal, de unos tres metros de altura. Algunas personas salían sonrientes de los tubos transparentes. Un funcionario les acompañó, indicándoles que debían entrar cada uno en un cilindro. Rajín preguntó con la mirada a Di Stefano. Con un leve parpadeo de ojos, que podía pasar por un gesto de tranquilidad y asentimiento, le respondió.
Cuando les llegó el turno, entraron. Se cerraron las puertas de sus respectivos cilindros, incomunicándoles del exterior. Luces de varios colores invadieron el ámbito estanco. De unas toberas laterales brotaron chorros de un gas maloliente que les irritó los ojos. Un par de minutos después, las puertas se abrieron.
—Desinfección completa —les dijo un funcionario—. Pueden recoger su equipaje y acceder a la zona de descenso.
Rajín casi se abalanzó sobre las maletas. Recogieron sus equipajes y traspasaron una puerta de cristal. En un pasillo tras las puertas, flechas indicadoras guiaban a los viajeros hacia los ascensores. Caminaron en silencio, ambos mirando en derredor.
—¿Conocías esto?
Rajín se percató de que a Di Stefano también le parecía nuevo todo cuanto veían. Caminaba siguiendo el rumbo que marcaban las flechas, y los pasos de otros viajeros que les antecedían.
—No —respondió—. Jamás había estado aquí. Pero sabía que existía un lugar como éste. Cuando salí de la Tierra funcionaba a menor rendimiento que ahora.
—Ya. No lo conocías. ¿Y dónde se supone que vamos ahora? Porque estamos colgando en el espacio, ¿no?
—Cogeremos los ascensores que nos dejarán sobre el planeta. Concretamente sobre Europa, uno de los continentes.
Rajín le miró. Compuso una mueca donde se mezclaban la incredulidad y el fastidio.
—Me tomas el pelo. ¿Ascensores? ¿Me quieres decir que vamos a usar ascensores para llegar hasta la superficie?
—Ahora tendrás ocasión de comprobarlo.
Llegaron a otra sala circular, menor en tamaño a la de control, de la cual partían varios pasillos en diferentes direcciones. Un androide, apostado en el centro de la sala, indicaba a los grupos de viajeros el pasillo que tenían que tomar, distribuyendo equitativamente a los pasajeros en los ascensores de bajada.
—Pasillo cinco, por favor —les indicó.
Sobre la entrada de cada pasillo destellaba el número que le correspondía. Buscaron el cinco. Traspasaron las puertas automáticas de cristal. Unos metros más allá, otra pequeña estancia circular se encontraba llena de viajeros. En cuanto llegaron a la sala, una puerta estanca se cerró tras ellos. Una azafata hizo un recuento del grupo y se dirigió a los viajeros.
—Están en el ascensor Bruselas Término cinco. Por favor, vayan pasando.
Una puerta metálica se abrió, permitiendo el acceso al ascensor, un cubo de unos diez metros de lado. Varios asientos, situados en el centro del ascensor, similares a los de una nave espacial, permitían a un número limitado de viajeros poder permanecer sentados durante el descenso. El resto debería viajar de pie, apoyados en las paredes del ascensor, y sujetos por unas correas de seguridad. Tras mirar los viajeros el interior del ascensor se oyeron voces que preguntaban ¿De pie? ¿Tengo que ir de pie? Una azafata indicó a varias personas mayores, y a los niños, que ocuparan los asientos. En voz alta, preguntó al grupo si había algún pasajero que sufriera de vértigo y que quisiera ir sentado durante la maniobra. Siguieron escuchándose voces de protesta. Di Stefano y Rajín se acercaron a una de las paredes, se ajustaron los cinturones de seguridad, y dejaron su equipaje en el suelo, anclando las maletas mediante correas. Otra azafata fue revisando las correas de seguridad de los pasajeros y del equipaje. Cuando constató que todo estaba en orden, cerró la puerta de acceso.
—El descenso durará sólo unos minutos. Tal vez sientan alguna molestia leve, producto de los cambios mínimos de presión. Pero no tienen nada que temer.
Las azafatas se apoyaron contra la pared, y se ajustaron sus correas de seguridad. Una de ellas se acercó a un intercomunicador. Después de consultar una pantalla, habló en voz alta.
—Ascensor cinco, listo para descender.
De un altavoz surgió una voz.
—Aquí control. Iniciando maniobra de descenso.
El ascensor comenzó a descender. Durante los primeros momentos del trayecto apenas sintieron que lo hacían: se trataba de una sensación inconfundible de caída, pero apenas percibida. Al estar incapacitados para observar el exterior, tenían la sensación de hallarse dentro de una burbuja. Una burbuja difícil de imaginar o situar: tanto podían estar descendiendo por un tubo como flotando a merced del oleaje del mar. Las cinchas que sujetaban los equipajes se tensaban durante unos segundos, para después relajarse. Sus pies se despegaban del suelo, notaban la tensión de las correas en los hombros; luego volvían a posarse y dejaban de sentir la presión de las correas.
Unos minutos después, el ascensor penetró en las capas altas de la atmósfera. El cambio de presión fue notorio; ahora, de no haber sido por las correas de seguridad, tanto pasajeros como equipajes se hallarían chafados en el techo del ascensor. Algunos pasajeros levantaron la vista hacia el techo, como buscando aire; otros comenzaron a dar arcadas.
—No se preocupen. Son los efectos de la velocidad y la presión —comentó una de las azafatas, enseñando su perfecta e inmaculada dentadura con una sonrisa—. Respiren hondo. Dentro de breves momentos habremos llegado a Bruselas.
La caída continuó, mientras los organismos de los pasajeros se iban acostumbrando a las nuevas condiciones. La velocidad a la que descendían debía de ser fabulosa: pocos minutos después de haber penetrado en la atmósfera, en todo caso más tiempo del que habrían deseado los pasajeros, las azafatas comenzaron a aflojar sus correas de seguridad. Una música relajante sonó a través de los altavoces del ascensor. Sobre el fondo musical, una voz les dio la bienvenida.
—Señores pasajeros, bienvenidos a Bruselas Término.
El ascensor se detuvo tras una suave deceleración. Se oyeron unos chasquidos metálicos. Al fin, encajó en algún lugar determinado con una pequeña sacudida que puso fin al viaje. La puerta del ascensor se abrió. Los pasajeros fueron soltándose de sus amarres, cogieron sus equipajes, y abandonaron raudos el ascensor. Ninguno tenía cara de haberlo pasado bien durante el descenso. Seguramente, de haber realizado una encuesta entre aquel grupo de viajeros, la inmensa mayoría habría preferido los métodos tradicionales de aterrizaje. O una mejora sustancial en la técnica de los ascensores orbitales. Di Stéfano tuvo la sensación de que la tarjeta de presentación de la Tierra venía manchada por la precipitación y falta de previsión; sin duda, se veían desbordados por un flujo de viajeros superior al calculado. Algo estaba cambiando en la sincronizada y previsora Tierra.