Bienvenida

El Serial

Los primeros viajeros habían pasado ya el control de pasajes, y se encontraban ahora ante el mostrador de la policía de aduanas, mientras sus equipajes eran sometidos a un escrutinio variable: algunos recogían sus maletas tras solamente haberlas pesado los policías, otros esperaban pacientes hasta que les revisasen el contenido. Una de las familias de la fila acababa de terminar con los trámites del control de pasajes. El hombre recogió los documentos y los pasajes, mientras la mujer sonreía al guardia que en el mostrador de al lado comenzaba a examinar su equipaje. Di Stefano miraba atento: se trataba de una de las familias que más nerviosismo habían demostrado durante la espera. Un policía comenzó el registro de las maletas: abrió todas, revolviendo el interior, mientras la mujer negaba ostensiblemente, intentando mantener la sonrisa. El marido no dejaba de mirar un maletín negro, que se acercaba de forma inexorable al policía a través de la cinta transportadora. El pobre hombre sudaba como en una sauna. Poco antes de que el maletín llegase a la altura del policía, el marido lo agarró del asa y, con aire casual, intentando pasar desapercibido, lo sacó de la cinta, mientras alentaba a su familia para que siguieran adelante. El hombre se acababa de delatar, aunque tampoco tenía otra escapatoria: no había pagado el soborno debido a tiempo, y ahora sólo podía confiar en la buena suerte o en un soborno de última hora, sin duda mucho más costoso. Aunque tal vez se encontrase con algo peor. El policía le apuntó con su arma, instándole a dejar el maletín en la cinta, y, en un momento, varios policías más le rodearon. A empujones, llevaron a la familia hasta una puerta situada tras el mostrador, por donde desaparecieron de la vista. En la fila los cuerpos se movieron ansiosos, muchas miradas se cruzaron entre sí, muchos gestos vinieron a pedir calma. Di Stefano sonrió: había acertado con su escrutinio.

La fila continuó reduciéndose, les llegó el turno. Di Stefano se adelantó hasta el mostrador, donde dejó los pasajes y la documentación de ambos. Rajín permaneció a su lado, silencioso, observando con atención a su alrededor. Una azafata, tras comprobar rutinariamente la autenticidad de los pasajes, se los devolvió sellados y les indicó, señalándoles con el dedo, el mostrador del control de equipajes. Pasaron al mostrador de la policía. A Rajín le temblaba la muñeca cuando depositó el equipaje sobre la cinta transportadora. Di Stefano dejó también el suyo.

—Tranquilo —masculló entre dientes—. Tú guarda silencio.

Rajín, atento, expectante, miraba a su compañero, al policía, a las maletas, a la nave, a todas partes a la vez. Di Stefano se adelantó hasta el guardia. Le enseñó su salvoconducto y señaló a Rajín.

—Viene conmigo.

El policía miró el documento con aire neutro y se lo devolvió.

—Continúen.

Otro policía cogió su equipaje. Las maletas pasaron por un peso; después se las entregaron. Abandonaron el mostrador, caminando en silencio hacia la puerta de salida, Rajín observando taciturno la nave cada vez más cercana. Cruzaron la explanada hasta llegar a la escalera que facilitaba el acceso a la Presidente Rouen. Los primeros pasajeros ya habían subido.

Di Stefano notó cómo a Rajín le temblaban ligeramente las piernas al ascender por las escaleras. Cuando llegaron a la puerta que se abría en la panza metálica, se paró en seco. Miró hacia el interior deslumbrante, y después, giró su cabeza hacia el edificio del espacio-puerto, para luego levantar su mirada al cielo gris de Pálasti. Aspiró con profundidad el húmedo aire y, como si así hubiera cogido la fuerza necesaria para entrar en la nave, cruzó el dintel. Los recibió una música suave y una azafata sonriente. Les indicó, tras ver sus pasajes, el camarote y los asientos que les correspondían, y les entregó un folleto a cada uno. Tomaron un largo y estrecho pasillo, flanqueado por puertas metálicas. Encontraron la puerta con el número 22. La abrieron. En el pequeño habitáculo, había una litera con dos camas y una torre de aseo integral. Las maletas debían recogerse bajo la litera inferior si se pretendía disponer del metro cuadrado de suelo que quedaba para vestirse y desvestirse.

—Es... ¿cómo se dice?

Rajín parecía buscar la palabra con la vista por los rincones del minúsculo camarote. Di Stefano contestó.

—Claustrofóbico.

—Supongo que será eso. Yo más bien diría que es una maldita tumba.

—Bueno, Nos vamos. Debemos ocupar nuestros asientos durante la maniobra de despegue.

Salieron al pasillo. En el suelo, unas luces verdes con forma de flecha indicaban la dirección a seguir para acceder a la sala principal de pasajeros. Cuando llegaron, buscaron entre los asientos los que les correspondían. Algunos viajeros ocupaban los propios, impacientes, charlando y bromeando, mientras miraban la pantalla que, en la pared del fondo, reproducía el campo visual de la cabina de pilotaje: la encharcada pista del espacio-puerto, el cielo grisáceo, la torre de control. Di Stefano le quitó el folleto a Rajín de las manos. Lo abrió y se lo volvió a entregar.

—Léelo.

* * *

COMPAÑÍA DE VUELOS INTERESTELARES, S. A.
Nave interestelar «Presidente Rouen»
Normas para los pasajeros:

Con el fin de que el viaje sea lo más cómodo y seguro posible para nuestros pasajeros, a continuación les referimos las Normas de obligado cumplimiento en vuelos espaciales, según Normativa 38/191/2 y resoluciones posteriores del Consejo Terrestre de Transportes Interestelares:

1º. - Atenderán y cumplirán todos y cada uno de los consejos o requerimientos de los miembros de la tripulación.

2º. - Durante las maniobras de despegue y aterrizaje ocuparán los sillones de acondicionamiento de aceleración y deceleración. Bajo ninguna circunstancia se hallarán en otro lugar de la nave (camarotes, pasillos, zonas comunes de esparcimiento) salvo que se encuentren en el centro médico bajo la supervisión del cuerpo médico, y tras el correspondiente dictamen que así lo aconseje.

3º. - En caso de padecer algún tipo de enfermedad, del carácter que sea, el pasajero estará obligado a notificarlo al Cuerpo Médico en el momento de acceder a la nave. La decisión del Cuerpo Médico de a bordo o del Comandante será determinante.

4º. - El Comandante de la nave es la máxima autoridad en todos los aspectos y cuestiones, ya sean comunes a la totalidad del pasaje o no. Sus decisiones, sean del carácter que sean, serán irrevocables y de obligado cumplimiento por parte del pasaje y la tripulación. Para cualquier duda al respecto, consúltese la Ley 1/12/5 (Párrafo Primero) de Navegación Estelar.

5º. - Para manifestar cualquier queja, reclamación, o sugerencia, existe un libro de reclamaciones propio de cada nave. Si el Comandante no cree oportuno interesarse por la queja o reclamación expuesta en el libro, el pasajero deberá esperar a llegar a su destino, donde en la oficina de la Compañía se le atenderá.

6º. - Como extensión de esta Normativa, se aplicará la Ley 1/12/5 de Navegación Estelar.

Esta Normativa tiene como fin único hacer más seguro y cómodo el viaje de nuestros pasajeros. Esperamos que disfruten del viaje.

Rajín de Sura devolvió a Di Stefano el folleto y fijó su mirada en la pantalla.

—¿Crees que no sabré comportarme como es debido? —Le preguntó, molesto.

Di Stefano no supo qué responderle. Ni muchos menos había pretendido humillarle.

—De todos modos, es posible que lleves razón —continuó Rajín—. Jamás he viajado en una nave espacial. Supongo que lo has hecho guiado por buenas intenciones.

En la sala cada vez eran menos los asientos que quedaban por ocupar. Ya quedaba poco para el despegue. Volvería a la Tierra, a su lugar natural, a su hogar. Jamás pensó que lo hiciera. Pero todo había cambiado tanto... Él seguía acordándose de su vida anterior, del Instituto, de sus ex compañeros, pero, ¿se acordarían ellos? Razonó que, seguramente, no. ¿Quién era él para que le recordasen? ¿Es que acaso se podía considerar tan importante? Ni tan siquiera el propio padre Mauricio, sumido en la política interna del Instituto, tendría ocasión de acordarse de él. Sería sólo un vago recuerdo de tiempos pasados, vinculado circunstancialmente a otras vidas por pura casualidad. Ahora que la nave iba a partir, ahora que iba a volver a pisar la Tierra, pensó en el momento en que chocase cara a cara con el destino que se estaba buscando. ¿Volvería a encontrarse con el padre Mauricio? ¿Y cómo reaccionaría de ocurrir? ¿Y si viera a Mbar? ¿No se estaría equivocando? Ya se equivocó años atrás, en la Taberna del Viajero de Pálasti, durante la reunión con los Jefes del Instituto. Su fluctuante personalidad le traicionó: sembró de dudas el criterio de sus superiores sobre su persona, hizo que desconfiaran de él. Desde un punto de vista neutral, se había ganado a pulso todo lo que le ocurrió. Pero, ¿acaso no era un hombre, imperfecto por lo tanto? Un hombre sí; pero, ante sus superiores, no dejaba de ser un agente, fiel por definición, leal hasta el fin, sin dudas de ningún tipo. Y se comportó como un hombre asaltado por las dudas y el rencor. ¿Qué podía esperar de sus superiores? ¿Que ante una misión tan trascendente como aquélla le perdonasen sus devaneos? Se arrepintió, por primera vez desde entonces, de su debilidad de carácter. ¿Y ahora? Se había propuesto cumplir algo, y lo iba a realizar. Daba igual cómo. La necesidad le impulsaba. Ahora carecía de motivaciones éticas: era pura y simple supervivencia.

La voz de una azafata se escuchó con nitidez en la sala. Di Stefano se giró. Los asientos estaban ocupados en su totalidad por personas expectantes.

—Señores pasajeros, abróchense los cinturones de seguridad. Despegaremos en breves instantes. Repito: maniobra de despegue. Ocupen sus asientos.

El mensaje fue repetido varias veces, mientras la tripulación revisaba los cinturones de los pasajeros. En la sala se acallaron las conversaciones. Se escucharon ruidos metálicos, chasquidos, golpes. Las puertas encajaron en sus dinteles, las rampas de carga se sellaron, las barras de amarre del espacio-puerto se soltaron del fuselaje de la nave. Un ruido profundo y persistente fue creciendo en intensidad. Sintieron cómo ascendían en vertical, aplastándose en los asientos. Di Stéfano miró a Rajín; éste se aferraba a los brazos del asiento con fuerza, apretando los dientes. Cada poco tiempo llevaba su mano derecha al pecho, la introducía bajo la ropa, y acariciaba los fetiches, mientras mascullaba unas palabras ininteligibles con los ojos cerrados. Di Stefano llamó su atención sacudiéndole el brazo.

—¿Te encuentras bien?

El arisio, molesto por la interrupción, habló sin mirarle.

—Estoy rezando. Déjame pedir protección a mis dioses.

Di Stefano, respetuoso, se desentendió de Rajín. En la pantalla de la sala el complejo del espacio-puerto desapareció del horizonte de Aris mientras que las nubes les engullían en su interior.

* * *

Extracto de una entrevista con Laura Vladic, Secretaria Plenipotenciaria para las Colonias de la Confederación Mundial, publicada en el diario La Verdad de México, el 24 de junio de 231.

(...)

—Sí, es cierto. Sabíamos y esperábamos que la independencia de algunas de nuestras colonias no tardaría en producirse. Se trata de un proceso natural repetido de forma invariable a través de la historia. Lo sabíamos, estaba previsto. Por eso nos preparamos con tiempo para cuando esto sucediera.

—De ahí la creación, hace unos años, de la Comunidad de Comercio, ¿no?

—En efecto. Ese fue el primer paso. Sabíamos - y sabemos - que, en el futuro, las relaciones entre los mundos humanos sufrirán profundos cambios. Lo más lógico es evitar cualquier tipo de violencia, inútil y costosa para cualquiera de los bandos. La creación de la Comunidad de Comercio nos lleva a todos a replantear nuestras relaciones desde un punto de vista puramente comercial y lleva implícito el progreso de las mismas relaciones. Creemos y esperamos que sea beneficiosa para todos. Entonces, si disponemos de un medio eficaz para evitar innecesarios derramamientos de sangre y dinero, ¿por qué no utilizarlo?

—Pero, ahora, tras el asunto de Aris, varios mundos más han pedido formalmente la independencia de la Tierra: Lira Cinco, Betel, Moonson. ¿No repercutirá negativamente en la economía terrestre?

—Decididamente, no. Ellos siguen disponiendo de materias primas que nos interesan. Y desean venderlas, deben venderlas, para mantener sus economías. Ahí entra en juego la Comunidad de Comercio, que se encarga de fijar los precios para determinadas materias y productos, con el fin de que las transacciones sean justas para compradores y vendedores.

—A eso me refería con mi pregunta. La opinión pública terrestre no comparte su entusiasmo.

—Lo importante es que a los terrestres nos van a costar lo mismo los metales de Lira Cinco, por poner un ejemplo, ahora que antes. Antes debíamos cargar con los costes de producción, transporte... Ahora nos lo servirán más caro, pero sin que hayamos tenido que intervenir económicamente en el proceso. Además, nos encontramos con otro factor, que también fue sopesado en su día: estamos recibiendo importantes aportaciones de capital procedente de Aris y otros planetas, gracias a la emigración. Son empresas que no ven con buenos ojos la independencia de sus planetas de la tutela terrestre, y nosotros les recibimos con los brazos abiertos... aunque sabemos que causarán algún descalabro en la economía de sus planetas de origen. Pero eso es algo que concierne en exclusiva a los nuevos gobiernos independientes. De momento.

—Entonces, en principio, algo que podría parecer perjudicial, beneficia a la Tierra, según usted. Pero, ¿beneficia también a las antiguas colonias? ¿No debemos preocuparnos por nuevos brotes antiterrestres?

—¿Y qué pueden hacer? No debemos preocuparnos por eso... Además, los gobernantes de las antiguas colonias saben que la institución de la Comunidad de Comercio les beneficia también, sin ningún género de duda. Sus economías se flexibilizarán, se modernizarán, la nueva situación supondrá un impulso. Se crearán muchos puestos de trabajo, nacerán nuevas empresas. Aprenderán a caminar solos. En un principio les costará olvidarse de nuestra tutela; al final, con seguridad, alguno de estos mundos desbancará a la Tierra como potencia industrial y comercial. Así ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. Y así ocurrirá. Mientras tanto, la Comunidad de Comercio velará por los intereses de todos. Que estén tranquilos los habitantes de la vieja Tierra... nada tienen que temer.

Extracto del informe de Pedro del Amo Hegen, Secretario para Policía Interna y de Aduanas, presentado ante la comisión de seguridad de la Confederación Mundial. Nueva York, Julio de 231.

(...) Así pues, las labores que nos han sido encomendadas a raíz de los procesos de independencia de las antiguas colonias terrestres nos llevan a una profunda reestructuración del cuerpo de Policía. Si pretendemos mantener el orden interno y controlar el flujo masivo de inmigrantes, debemos tener presente que va a conllevar un incremento significativo del gasto asignado, que, en términos generales, llega a suponer un mil por cien sobre el presupuesto actual. (...) Las modificaciones que deben llevarse a cabo se pueden resumir en tres epígrafes fundamentales: Personal, Tecnología y Planificación de nuevas estructuras.

(...) Nuestra sociedad va a cambiar; y debemos estar preparados para el cambio, si no queremos sufrir consecuencias funestas en nuestra calidad de vida. De hecho, debo decir que nos hemos puesto en marcha demasiado tarde. Hace ya años que deberíamos haber reestructurado el cuerpo de policía y haber considerado la seguridad como un tema prioritario. Tenemos un serio problema con la delincuencia organizada de las ex colonias, a la cual no podemos ni sabemos combatir, y que consideran la Tierra un fértil campo por explotar. Por desgracia, dentro de poco empezaremos a ver los resultados de nuestra inocencia y falta de previsión..

(...) En la creación del presente informe ha colaborado activamente la Facultad de Sociología Histórica de la Universidad de Montreal. Los comentarios tras los epígrafes son obra de reputados sociólogos y científicos. La necesidad de la reestructuración del cuerpo de policía está verificada de manera irrefutable.


Creado: 25 de marzo de 2008
Última actualización: 29 de marzo de 2008 a las 11:01  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente