Bienvenida

El Serial

Horas más tarde, ya de vuelta en la taberna, Rajín de Sura y Di Stefano cenaban en el comedor el plato del día: cangrejos rellenos de escarabajos rojos y tarta de queso agrio. Los clientes miraban sin disimulo a Rajín, que comía con delectación, sirviéndose generosas cantidades de vino negro que bebía a grandes tragos. Se había comprado ropa nueva; pero, desde luego, los gustos de ambos no coincidían: lucía una estruendosa capa dorada, una blusa verde con chorreras de filigrana, pantalones bombachos negros y botas de caña alta. Glorioso y pomposo, extravagante como sólo podía serlo un arisio, despertaba la admiración con su original elegancia, y se le veía feliz de ser el centro de las todas las miradas. El tema del atuendo debería tratarlo con Rajín de una manera definitiva. Lo último que pretendía era pasearse por la Tierra con aquel esperpento.

—Deberías ver lo que he comprado —le comentó animado, con un volumen de voz excesivo—. Varios venenos, que creo nos pueden ser de utilidad. He comprado también algunas armas ligeras: una daga rilxe, una pistola de dardos y otra de munición metálica. Y a buen precio. Me hacía falta renovar mis herramientas. Ya sabes que no me considero un afectado virtuoso del crimen, como Mornadar de Silvestri, que prefiero ir a lo práctico, pero bueno, uno también tiene una vena artística que a veces aparece.

Di Stefano sonrió cuando oyó a Rajín mencionar la daga rilxe. Un arma curiosa, con la que tuvo tiempo atrás una desagradable experiencia. En otro momento, tal vez le habría dicho que las armas que acababa de comprar eran simples juguetes primitivos en comparación con las que él estaba acostumbrado a usar, tan anacrónicas y fuera de lugar en la Tierra como su atuendo. Una pistola de dardos, venenos... Podía llegar a ser desesperante la infantil crueldad de Aris. Se veía obligado a hablarle con franqueza antes de empezar el viaje, no por las armas —la muerte, al fin y al cabo, es la muerte, con independencia de la herramienta con la que se procure—, sino por todo lo que le rodeaba, incluso por su estridente personalidad, tranquila y eficiente para la mentalidad arisia, pero chocante para la terrestre. Debería inculcarle discreción, fundamental para pasar desapercibido en la Tierra.

—¡Bien! —Rajín explotó con sincera alegría —. Y, ahora, después de una buena cena, vayamos a buscar mujeres. Partimos a un largo viaje que sólo los dioses saben cómo terminará —se palpó los fetiches—. ¡Vino y mujeres! No lejos de aquí conozco un sitio.

* * *

Di Stefano, nada más levantarse y vestirse, encargó a Marinai que fuese a buscar un vehículo de confianza. Luego, repasó por enésima vez su equipaje, los pasajes para la nave, las documentaciones, buscando cualquier punto que pudiera haber pasado por alto. Como siempre, como le enseñaron. No encontró ninguno.

Oyó golpes en la puerta. Abrió. Rajín de Sura, ya despierto y vestido, entró portando varias maletas en su habitación. Di Stefano le invitó a sentarse en la cama. Con parsimonia, abrió el maletín de las armas y extrajo un pequeño dispositivo, de no más de medio centímetro cuadrado de tamaño, que adosó al mismo maletín por su parte exterior, disimulándolo en la junta trasera.

—¿Qué es eso?

Rajín miraba la operación perplejo, sin quitar la vista del maletín. Di Stefano extrajo otro aparato y se lo entregó.

—Pégalo en tu maleta de las armas, del mismo modo que me has visto hacerlo. Es un invisibilizador IC. Sirve para burlar cualquier tipo de control sobre los equipajes. Anula determinadas longitudes de onda, haciendo invisible lo que lleva la maleta. A su vez, crea una ilusión, y hace aparentar que la maleta porta un contenido predeterminado. En concreto, los IC que tengo imitan camisas y ropa interior en las unidades de registro. Y eso será lo que detectarán si someten nuestras maletas a un control.

Rajín sostuvo el aparato ante sí, con delicadeza, mirándolo escéptico. Cuidadosamente, lo adosó a su maleta de armas.

—¿De verdad puede hacer todo eso una cosa tan pequeña? —Le preguntó incrédulo—. ¿Es magia?

Di Stefano no contestó. Cerró el maletín de las armas; al hacerlo, pasó su pulgar por una célula de material plástico cercana al asa. Durante un segundo, la célula se iluminó con una luz verde fosforescente; luego, volvió a su color negro habitual. Rajín no perdía detalle de lo que hacía Di Stefano. Cuando éste se percató de que le miraba, se dirigió a él.

—Nadie que no sea yo puede abrir este maletín. Cualquier intento de forzarlo acabaría en una explosión. Las paredes están forradas de planchas de aluminio y trinamita; sólo es necesario apalancar levemente las cerraduras para que el mecanismo de defensa haga explotar el conjunto.

—Guardas demasiadas precauciones —le recriminó Rajín, molesto—. No pienso robarte.

—No se trata de eso. Imagínate que en el espacio-puerto de Aris, o en la Tierra, descubren de algún modo el contenido del maletín. No es probable, lo sé, pero toda precaución es poca. Nosotros sabemos que el intento reiterado de abrir el maletín desencadena una explosión; pero ellos no. Sería cuestión de ponerse a cubierto, y en la confusión que se produciría tras explotar, nos sería más sencillo burlar los controles.

Con la boca abierta, asintiendo, Rajín parecía un alumno aventajado que escuchara las palabras de su profesor con sumo interés. Le miraba con verdadera admiración. Después, durante un momento, entornó los ojos, evidenciando una profunda actividad mental. Le surgió una pregunta.

—Pero, ¿y si en la Tierra saben lo peligrosos que son estos maletines? Entonces, nadie intentaría abrirlos, pero a nosotros nos freirían a tiros.

—Olvídate —le contestó, haciendo un gesto vago con la mano—. En la Tierra nadie conoce estos maletines, salvo los pocos que los usan. Allí no hay asesinos como aquí. Ni policía al estilo Aris. Y los pocos que se dedican a esta profesión no suelen controlar espacio-puertos. Y creo que las cosas no habrá cambiado mucho desde mi ausencia. Hay muchos detalles que desconoces de la Tierra; pero poco a poco te los iré explicando. Ahora, nos vamos.

Rajín dibujó una sonrisa siniestra.

—Creo que me gustará la Tierra.

La voz de Marinai sonó desde detrás de la puerta.

—Ya está el coche, Bellini. Es el de Merko, el mudo. Cuando queráis.

Antes de salir de la habitación, Di Stefano echó un último vistazo. Cargados con sus maletas, bajaron.

Marinai, al pie de la escalera, les esperaba.

—Adios, amigos. Que los dioses os protejan.

Se abrazó a Di Stefano, luego a Rajín de Sura, a la manera matsumoi, agarrando con firmeza los antebrazos y chocando los pechos. Le dijo algo al oído a Rajín que Di Stefano no llegó a entender. Pero Rajín se tocó los fetiches y asintió.

Salieron a la calle. El coche, un cascajo, les esperaba con las puertas abiertas. Después de colocar el equipaje, se introdujeron en los asientos posteriores. Tal vez la abertura de la puerta del coche fuera demasiado estrecha para la corpulencia de Rajín, pero lo cierto es que la vestimenta le impedía realizar movimientos con agilidad y le costó esfuerzo entrar en el vehículo. Se enganchó varias veces la capa dorada en las manijas de la puerta, hasta que con un tirón brusco la soltó. Al final, cayó con estrépito en el asiento mientras Di Stefano le miraba resignado.

—El asunto de la ropa ya lo hemos tratado —le dijo en cuanto el coche se puso en marcha—. Tus atuendos no son prácticos y llamarán demasiado la atención.

—Aún estamos en Aris, ¿no? —Le replicó molesto—. Déjame que me vista con elegancia. Ya he comprado eso que tú llamas ropa. Pero juro que no me pondré una sola de esas estúpidas prendas de esclavo hasta que estemos en la Tierra. Ya me he cortado el pelo, tal y como querías. ¿Me puedes dejar que vista como el caballero que soy?

Salieron del barrio pesquero, pasaron la plaza Magadash y los barrios aledaños y luego, avanzando a trompicones por el tráfico denso, se fueron alejando de la ciudad. Primero dejaron atrás el centro de Pálasti, luego el cinturón perimetral; hasta que se vieron rodeados por las casuchas y chabolas de los arrabales. La carretera ascendió hasta coronar un cerro. Di Stefano miraba a través de la ventanilla, rememorando el viaje que hizo años atrás por esta misma carretera, cuando llegó a Pálasti, recordando el asombro que le produjo ver aquel estado de degradación en los edificios y en los seres humanos. Tal vez, aquel viejo sentado a la puerta de su chabola de hojalata fuera el mismo de entonces, o aquellos niños que jugaban entre las basuras, o los perros que husmeaban en busca de comida. Lo parecían. No había vuelto a pasar por allí, pero sin duda nada había cambiado. Tuvo la extraña impresión de que el tiempo no había transcurrido desde aquel día, de que se trataba de la misma persona recién llegada de la Tierra.

La simple y sucia estructura de hormigón del edificio del espacio-puerto apareció al fondo de la carretera, sobresaliendo como una montaña de la nube de personas que atestaban la plaza frente a los accesos y salidas. El coche tuvo que parar a un centenar de metros de las puertas de entrada, impedido por la muchedumbre de acercarse más. Di Stefano y Rajín descendieron del vehículo y se encaminaron hacia el edificio, abriéndose paso a empujones. Al cruzar las puertas de entrada, Di Stefano miró de soslayo a Rajín, que observaba interesado el interior de la estación, atestado de tenderetes y puestos de fritanga. El arisio aspiró el aire del interior del edificio, miró en derredor, y dijo:

—Tengo algo de hambre. Podríamos ir a comer algo antes de subir a la nave.

Di Stefano consultó su reloj: faltaba casi una hora para pasar por el control de pasajes. No era mala idea dar una vuelta y comer algo. Es más, tendrían sin duda tiempo incluso para aburrirse.

—Adelante.

Di Stefano dejó que fuera él quien abriera paso. Rajín se introdujo entre los tenderetes, bufando y resoplando por el peso y la molestia de las maletas, pero avanzaba rápido y resuelto, apartando a empujones a la gente que le impedía el paso, navegando en aquella riada humana como pez en el agua. Hasta que señaló con el mentón un tenderete alejado, cercano a una esquina interior del edificio, de donde ascendía un humo denso. Di Stefano, tras él, avanzaba cómodo, el camino abierto por su corpulencia y decisión.

—Hum... Ahí están, sí señor. Salchichas de castor.

Aceleró su paso y aumentó el ímpetu de sus empujones, hasta que llegaron al puesto. Se encontraba atestado de parroquianos, que comían bocadillos y bebían cerveza en jarras de plástico, apoyados en un pequeño mostrador de tablones de madera negra. Rajín se acercó al mostrador, apartó con suavidad a dos clientes que bebían de sus jarras y ocupó de inmediato su lugar, haciendo una seña a Di Stefano para que se acercara. Los dos parroquianos le miraron con aire reflexivo durante un breve instante; después se alejaron en silencio, como si nada hubiera ocurrido. Sin duda, tras ver a Rajín, decidieron que lo mejor sería dejarle el sitio.

—Camarero: dos jarras de cerveza y dos bocadillos de salchichas de castor. ¡Rápido!

Dos enormes y humeantes salchichas pasaron de la parrilla de carbón a unas barras de pan negro abiertas por su mitad. Rajín miraba con deleite la operación, la boca abierta, sus glándulas salivares trabajando. Se giró hacia Di Stefano.

—Esto es comida, amigo. Salchichas auténticas de castor. Hacía tiempo que no las probaba.

Di Stefano contestó no muy convencido, tras mirar los bocadillos envueltos en papel grasiento que les acababan de dejar sobre la barra.

—Ya veo. Toda una delicia de gourmet.

Rajín, sin hacer caso a su comentario, atacó su bocadillo con avidez, casi sin quitar del todo el papel envolvente. Masticaba con los ojos cerrados, evidenciando un placer sublime que Di Stefano no podía asociar de ninguna manera a los bocadillos de salchichas de castor. Terminó en un santiamén, cogió su jarra de cerveza, y la vació de un trago. Profirió un sonoro eructo.

—¿Qué pasa? —Se dirigió a Di Stefano—. ¿No quieres el tuyo?

Negó con la cabeza.

—Pues me lo comeré también, si no te importa.

Mientras Rajín devoraba el segundo bocadillo, Di Stefano prefirió beberse su cerveza. Dejó de interesarle la peculiar forma de comer bocadillos de su compañero y miró en torno suyo, observando pasar a la gente. Había más viajeros entre la multitud que cuando vino él de la Tierra. Recordó que en aquellos días apenas unas decenas de viajeros transitaban por el espacio-puerto; la inmensa mayoría de la gente mercadeaba en los tenderetes del zoco. Pero en aquel momento, frente a los mostradores de control de pasajes, se había formado una fila de más de un centenar de personas. Familias enteras, cargadas con maletas, esperaban ansiosas la apertura del control, los niños pegados a sus padres, éstos inquietos y expectantes. La independencia le estaba costando a Aris un chorreo constante de dinero. Di Stefano, taciturno, concluyó que cualquier independencia cuesta dinero. Sobre todo la propia.

Desde la distancia a la que se encontraba, podía diferenciar a las personas que tenían todo en regla para salir del planeta y a las que no: les delataba su nerviosismo y daban la impresión de que se les había olvidado algo importante. Era tan sencillo descubrirles... Afortunadamente para ellos, pensó, no pertenecía a la policía de aduanas.

Se giró hacia el mostrador. Hizo un gesto a Rajín para que terminara de comer. Pero ya lo había hecho, y tomaba otra jarra de cerveza.

—Nos vamos. Creo que ya van a abrir el control de pasajes.

—Paga la cuenta antes —le sonrió—. Ya sabes, alojamiento y comida pagados... No sabía que existía este lugar—dijo, levantando la mirada—. Pero, por lo menos, tiene buena comida. Creo que volveré de vez en cuando.

Di Stefano dejó un billete sobre la barra, y se encaminaron ambos hacia el control de pasajes. Se colocaron en el último lugar de la fila. Como pudo ver desde el puesto, la cola estaba compuesta fundamentalmente por familias, también por algún que otro viajante de comercio, incluso un grupo de mujeres de negocios de alguna empresa terrestre. Pero la mayoría del personal eran familias que huían de Aris. Lo cual, en ese momento, estaba totalmente prohibido. Sólo podían abandonar el planeta quienes tuvieran un permiso especial para hacerlo o quienes hubieran pagado un considerable soborno al funcionario de turno... si es que no se trataba de lo mismo.

Un par de empleadas de la compañía de navegación se colocaron tras el mostrador del control de pasajes, escoltadas por dos policías de aduanas. El primero de la fila comenzó con los trámites.

Rajín de Sura, balanceando el cuerpo a derecha e izquierda, evidenciaba haber comenzado a ponerse nervioso. Di Stefano le miró; en ese momento, Rajín observaba la explanada de despegue y aterrizaje, tras los sucios ventanales del edificio. A doscientos metros, una nave del modelo Bakat - Alumar del 98, la Presidente Rouen, reposaba solitaria. De su vientre abierto entraban y salían miembros del personal de mantenimiento, ultimando los preparativos para el largo viaje.

—¿Nervioso? —Le preguntó Di Stefano.

Sin dejar de mirar la nave, Rajín le contestó.

—No lo sé. Pero es la primera vez que me monto en un cacharro de esos. Nunca he abandonado este bendito planeta, ni jamás pensé que lo haría.

—Tranquilo —repuso, sin saber bien qué decir—. El viaje se te hará corto.

Siguió mirándole en silencio. Inquieto, no dejaba de moverse: se rascaba los brazos, los muslos, el pecho, movía los hombros, intentaba ajustarse bien la ropa al cuerpo, que ahora parecía haber encogido. A su lado tenía a todo un asesino profesional, acostumbrado a viajar por los inmensos territorios de Matsumai a lomos de animal, enfrentado al summum de la tecnología terrestre. A un arisio tan solvente en su medio atrasado, que ahora se encontraba ante algo radicalmente distinto, ¿cómo infundirle tranquilidad? Pensó que, tal vez, no había sido del todo buena idea contratarle. Si se comportaba de ese modo ante la simple visión de una nave espacial, ¿cómo se comportaría en una sociedad hiper tecnificada? ¿Lograría salir del asombro que le causase el contacto con todas las novedades que le esperaban? A Di Stefano se le vino a la mente, sirviéndole de comparación, el recuerdo de una película antigua de celuloide: un hombre primitivo, tal vez un Cro-Magnon, jefe de su tribu, respetado y temido, que, tras un viaje en el tiempo, había ido a parar a la Nueva York de mediados del siglo XX. No recordaba cómo terminaba la película. Pero sí que el protagonista no lo pasaba bien: se encontraba tan absolutamente fuera de lugar que, si su cultura había llegado a concebir la idea del infierno, pensaría sin duda que se hallaba en él.

Pero se trataba de Rajín de Sura. Y sabía que había hecho lo correcto. Cuando se le pasase la novedad, sería tan eficiente en la Tierra como lo era en Aris. O en cualquier otro lugar.


Creado: 17 de marzo de 2008
Última actualización: 23 de marzo de 2008 a las 13:16  Bienvenida  Mapa del Sitio  Enlace permanente