Catálogo de armas autóctonas
Daga Rilxe. Arma blanca propia de Matsumai, de hoja ligeramente curva y unos veinte centímetros de longitud por tres de ancho, hecha en acero, que tiene la particularidad de poseer varias oquedades para introducir venenos de diferentes tipos. Al hendir la carne, el veneno se inocula en la víctima a través de orificios dispuestos a lo largo del filo. Un simple roce de este arma puede ser mortal, o producir un dolor terrible, según el deseo de su propietario, que puede manipular la salida de los venenos mediante botones situados en la empuñadura. La interacción de este arma con el amplio catálogo de venenos arisios hacen de ella un arma en verdad polivalente.
Suelen ir protegidas por una funda de piel de serpiente cornuda, del color rojo oscuro de los ejemplares adultos, que se cuelga de los anchos cinturones que acostumbran llevar los arisios.
Nunca fue un arma de uso popular o extendido, quedando éste restringido a determinadas profesiones. Cabe mencionar que las Cofradías de Asesinos de Matsumai son quienes más y mejor utilizan este arma, habiendo desarrollado todas sus potencialidades. Tal vez fueran personas pertenecientes a esta profesión quienes la inventaran en un pasado impreciso. Sobre este asunto no hay ni datos ni rumores.
Caso como Ejemplo: Está documentado que un asesino perteneciente a la Cofradía de Adenas, en la meseta central de Matsumai, introdujo el veneno Permanece y Sufre —ver Catálogo de Venenos en esta misma obra— en todas las oquedades de la daga. Después, propinó un corte profundo en el abdomen a su víctima, interesándole el hígado. Con cualquier otra arma, habría sido un corte mortal. Manipuló con tanta pericia los botones de salida del veneno que la víctima estuvo sufriendo durante varios días hasta morir agonizando de dolor. Esta es una de las innumerables y artísticas posibilidades que la daga Rilxe pone al alcance de una mente creativa.
* * *
Sobre las Cofradías de Asesinos
Cofradías de Matsumai
Introducción (Extractos)
(...) Existen unas normas válidas para todas las cofradías de asesinos, una especie de reglamento no escrito —al menos no hay constancia de ello— pero de obligado cumplimiento, que aportan seriedad y rigor al trabajo de los asesinos profesionales y a la relación con los clientes —ver capítulo Normativas en esta misma obra.
(...) Es por todos conocido que un asesino profesional que haya sido contratado jamás actuará en contra de los intereses o la propia vida del contratante. Ésta es una de las reglas principales de los asesinos matsumois. De hacerlo, perdería su reputación, su honor, tal vez algo más. El hecho de violar este precepto significa la expulsión del asesino de la cofradía, e incluso la eliminación del propio asesino si la cofradía lo considera oportuno. Un asesino sólo puede actuar contra su contratante si éste no le paga lo establecido, o si es deliberadamente engañado, y siempre dando cuenta de ello a la cofradía local de la que dependa, a la que haya sido la depositaria del contrato, o a la más cercana a donde estuviera desarrollando el trabajo.
(...) En otro orden de cosas, el asesino deberá pactar con el contratante, y quedará registrado en el contrato, el nombre del objetivo y el precio pactado por el trabajo (muerte, susto mortal con o sin amputaciones, etc) Si se trata de trabajos sin objetivos claramente definidos, al menos constarán los precios por objetivos, aspecto fundamental para evitar innecesarios malentendidos futuros.
(...) El contratante puede elegir el tipo de muerte que desea para su objetivo, más o menos dolorosa, más o menos lenta. Aunque, en ocasiones, suele dejarse en manos de los asesinos cofrades, en aras de conseguir la mayor eficiencia y pulcritud. Hay asesinos con una desarrollada vena artística que tienen gran predicamento entre los contratantes, capaces de realizar el sueño de venganza más imaginativo, y otros que prefieren la vía rápida... en todo caso, este tipo de asuntos secundarios no suelen ser problemáticos.
(...) Todas estas normas son válidas incluso para los asesinos independientes que tengan poca relación con su cofradía de origen.
El fin último de estas normas es establecer un código ético de conducta personal y gremial para proporcionar fiabilidad y formalidad a los contratos, lo que ha conseguido hacer de las cofradías de asesinos las únicas empresas en verdad serias, ordenadas, y eficientes del planeta, por lo que cuentan con la estima y el respeto general de la población.
* * *
Di Stefano se levantó cansado y dolorido. Las comodidades que ofrecían las habitaciones y las camas de la taberna de Marinai no eran precisamente a las que estaba acostumbrado, más bien todo lo contrario. Por mucho que se lo propusiera su animoso propietario, no pasaban de ser lugares de refugio para los borrachos con algo de dinero o los perseguidos. Además, la noche anterior se había acostado tarde. Tras cenar, fue con Rajín de Sura a su apartamento, de donde cogió el maletín con el dinero, sus armas, su juego de documentaciones, y algo de ropa. Después fueron a su despacho. Ayudado por el arisio, regresaron a la taberna de Marinai. Serían cerca de las cuatro de la madrugada cuando se acostó.
Lo primero que debería hacer era adquirir un pasaporte para Rajín de Sura. Conocía varias personas que se dedicaban a la falsificación de documentos oficiales, pero sólo una de ellas le infundía total confianza: Simontia Iramis, una vieja hermética, pálida y ojerosa, que era toda una maestra en falsificar cualquier cosa con las peores herramientas y en las peores circunstancias. Sin duda, la mejor de Pálasti.
Le llamó. Después del regateo habitual, Iramis quedó en pasarse por la taberna de Marinai a lo largo de la mañana. Mientras esperaba su llegada, pidió de desayunar.
—Marinai, ¿se ha despertado Rajín?
—No le esperes hasta dentro de una hora, por lo menos —dijo Marinai—. La excursión nocturna acabó demasiado tarde, y mi paisano suele dormir de diez a doce horas.
—Que no me joda. Manda alguien a despertarle.
Le sirvieron sucedáneo de café y pan con mermelada de flores. Cuando terminó, se apoltronó en la silla. Meditabundo, clavó la barbilla en el pecho. Pensó en lo que se le venía por delante, pero más allá de su misión, más allá de todo lo demás: volver a la Tierra. ¿Cómo se encontraría la vieja Tierra? ¿Habría cambiado durante su ausencia? En el fondo, la echaba de menos. Durante sus años en Aris nunca tuvo esa sensación que ahora sí tenía. Tal vez, por que nunca se propuso volver, ni se vio obligado a hacerlo. Aunque lo cierto es que jamás pensó en los viejos tiempos: hizo borrón y cuenta nueva, en una suerte de catarsis constructiva. Pero, a pesar de que las cosas no le fueran mal en Aris, la Tierra era su verdadero hogar. Dicen que uno es de donde reposan sus muertos; y los suyos estaban en la Tierra. Recordó con nostalgia sincera y profunda a sus padres. Tal vez se pasase por sus tumbas, a depositar unas flores. Sí, debería hacerlo; porque podría ser la última vez que volviese a pisar su Tierra, la tierra de sus padres, de todos sus antepasados. Le vinieron desde el recuerdo fogonazos de instantes de su vida anterior: de su infancia, de su juventud, de sus tiempos de agente... Como si la tuviera frente a sí, vio una instantánea tomada en un parque de Madrid, una tarde de nieve de invierno, él con tres o cuatro años, sus padres, dos jóvenes sonrientes, cogiéndole cada uno de una manita. ¿Dónde estaría ahora aquella foto? Él era aquel niño sonriente y feliz embutido en ropa; sus padres, sus dos seres más queridos, despedían verdadero amor y satisfacción. Aquella foto fue para él, durante toda su juventud de huérfano en seminario, el paradigma auténtico y último de la felicidad plena. Nada había comparable a aquello: por mucho que le dijeran en su iglesia, nada, absolutamente nada, se podía comparar a los momentos de felicidad de su infancia, perfectamente resumidos en aquel momento vibrante, en aquel instante detenido en el tiempo que despedía tanta alegría y plenitud. Durante años se imaginó el paraíso prometido como un lugar donde sus padres, siempre jóvenes, estuvieran con él sonrientes, felices, llenándole de amor, como en aquella foto. Siempre le dijeron que, al morir, iría al encuentro de Dios, satisfacción plena; siempre supo que Dios, por muchos Dios que fuera, por mucha felicidad y plenitud que otorgase, no podía compararse a aquellos momentos. Muchas veces fue recriminado por eso; muchas veces le importó un bledo. Sintió vivos deseos de tener de nuevo aquella foto, de volverla a ver. Levantó la cabeza hacia el techo sucio de humo de la taberna y suspiró.
Cuando sintió que estaba a punto de romper a llorar, bajó la cabeza. Ahora se encontraba en una taberna de Pálasti, muy lejos de entonces, esperando a un asesino profesional. Recomponiéndose, pidió un té. Marinai, con la sabiduría de su profesión, le trajo una copa de brandy de bayas. Era un buen tabernero: no molestaba a sus clientes en momentos de íntima meditación, y sabía lo que en el fondo querían. Dejó que bebiera su copa en soledad.
Simontia Iramis apareció un rato después. Llevaba una bolsa de viaje que debía pesar bastante: la vieja resoplaba por el esfuerzo. Di Stefano se levantó y pretendió ayudarle, cogiendo la maleta. La vieja tiró con fuerza de las asas y le miró con ira. Encogiéndose de hombros, guió a la vieja escaleras arriba hasta el cuarto. Al abrir la puerta, Rajín de Sura se encontraba ya vestido, a punto de salir.
—Me disponía a desayunar, Bellini. ¿Quién es ésta? ¿No es la vieja Iramis?
—Va a hacerte el pasaporte.
La vieja sacó de su bolsa varios artilugios y un terminal de información, que fue depositando sobre la cama con parsimonia.
—Siéntate —le ordenó la vieja a Rajín de Sura—. Y procura no moverte.
Rajín de Sura miró a Di Stefano, se sentó, y se quedó tieso como un palo.
Iramis escaneó varias veces el rostro de Rajín, tomó muestras de su piel. Durante un rato estuvo trabajando en un terminal. Después se volvió hacia Di Stefano.
—Podéis iros si queréis. Terminaré en una hora. ¿Qué nombre quieres que ponga?
—Cualquiera —contestó Di Stefano.
—Pues Peter Bassar.
—¿Está limpio?
—Por supuesto —sonrió Iramis—. Me lo acabo de inventar.
—Ese mismo le vendrá bien.
* * *
Una hora después, Di Stefano, en la habitación, tenía en sus manos el pasaporte de Rajín de Sura. Pagó a la vieja falsificadora, que guardaba sus utensilios en la bolsa. Iramis contó los billetes dos veces, asintió, y compuso una mueca extraña que podía pasar por ser de satisfacción. Cargó su bolsa y, sin despedirse, abandonó el cuarto. Di Stefano se dirigió a Rajín con el documento en la mano.
—Bien. Ahora iremos a comprar los pasajes, y haremos lo siguiente: yo entraré en primer lugar a comprar mi billete. Una vez haya salido, esperaremos un tiempo. Después entrarás tú y comprarás el tuyo. Deberás presentar esto —le señaló el pasaporte—. Hazlo, paga el pasaje, y asunto concluido.
La noche anterior, momentos antes de quedarse dormido, cuando le gustaba repasar la agenda del día siguiente, pensó en un principio en la posibilidad de coger pasaje en alguna nave de carga. Pero acabó por desestimarlo: por supuesto, era algo que estaba absolutamente prohibido, y también mucho más difícil de conseguir. Sabiendo que le seguían, era preferible que la policía secreta estuviera al tanto de que se había puesto en camino a la Tierra. Pero eso no quería decir que supieran también que le acompañaba alguien.
En lugar de coger un taxi en la plaza Magadash, decidió que sería mejor bajar hasta el río. En los muelles, tras un breve trato, alquiló los servicios de una barca con tripulante, de las muchas que servían para introducir clandestinamente mercancías en la ciudad. Los polis encargados de su vigilancia no le iban a ver junto a Rajín de Sura. No, al menos, tan pronto.
La barca ascendió agonizado el Rak-Janén pegada a la orilla, siguiendo la sombra de los árboles de ribera, navegando en el río atestado por cientos de barcazas y barcos que iban y venían haciendo sonar sus bocinas. Media hora después llegó a un embarcadero flotante, sujeto a tierra por unas maromas, que, inestable, seguía los designios de las corrientes del río: ahora se acercaba a tierra, ahora se alejaba. El barquero, con pericia, se aproximó, y la barca fue amarrada. Los muelles principales de la ciudad comenzaban unos cientos de metros más arriba, hasta perderse de vista. Di Stefano pagó al barquero y saltaron a los tablones del embarcadero. Caminando como funambulistas en el alambre, llegaron a la blanda y sucia tierra de la orilla. Di Stefano señaló una edificación de tablones que hacía las veces de comedor para los estibadores.
—Espérame ahí dentro. Cuando vuelva, te diré en qué nave debes coger pasaje. Y debe ser esa, no otra. ¿De acuerdo?
Rajín de Sura asintió y se encaminó hacia el comedor. Di Stefano ascendió la pendiente, resbalando en el limo y después en la hierba húmeda, hasta llegar al Paseo Fluvial.
Al llegar al paseo giró a su derecha. A la vez que caminaba, intentaba quitarse el barro de los zapatos, dando pisotones en las losetas del suelo. Imposible: sus zapatos no se desprendían de todo el barro y la mugre. Desistió seguir intentándolo.
Se acercó a uno de los limpiabotas que estaban establecidos de modo fijo en el paseo, un niño de ocho o diez años que voceaba sus servicios con voz de hombre adulto. Se subió al efímero trono con dosel para la lluvia, le dio unas monedas, y le pidió el periódico del día. Mientras le limpiaba los zapatos, leyó El Correo Exterior, que venía como siempre: cargado de soflamas independentistas, cuando la independencia del planeta ya se había conseguido. Todo iba a ser mucho mejor que antes, todo iba a ser maravilloso. ¿De verdad había alguien en aquel planeta de mierda que se lo creyera?
—Señor, ¿le limpio también los bajos de los pantalones?
Asintió. El niño sacó de su caja de herramientas otro cepillo y le limpió con destreza los restos de barro.
—Toma —le dijo cuando terminó de limpiarle y se le quedó mirando con los ojos tiernos del niño que en verdad era—. Y gracias.
Le dio un billete de cien geas mientras le devolvía el periódico manoseado.
Antes de que el chico, que miraba el billete con asombro, le pudiera decir algo, se bajó del asiento y continuó su caminar confundiéndose entre la gente. Unos minutos después llegó hasta las oficinas de la Compañía de Vuelos Interestelares.
En el paseo, a la entrada a las oficinas, había un cartel apoyado en un trípode, de esos que tienen las letras pegadas con imanes, donde en un pasado lejano debieron estar las tarifas; ahora, faltaban tantas letras y números que era imposible descifrar el equívoco jeroglífico en que se había convertido. Empujó el pomo ridículamente ostentoso de la puerta de cristal y entró. Un empleado, tras un escritorio de plástico de color indefinible, le hizo una seña para que se acercara.
—¿Qué desea?
—Pasaje para la Tierra. Lo más pronto posible.
—Pasado mañana sale una nave, la Presidente Rouen. ¿Le parece bien?
—Perfecto.
—Me permite su documentación.
Di Stefano le extendió la documentación que le había dado Palacios. El empleado.
pasó el pasaporte por un terminal.
—¿Ida y vuelta? ¿O sólo ida...?
—Sólo ida.
—Ajá... —dijo el empleado con una sonrisa despectiva—. Son cien mil geas, señor.
Sacó el dinero y pagó. El empleado contó los billetes, los introdujo en un cajón, le devolvió el pasaporte, y le dio su pasaje.
—Que tenga un buen viaje, señor.
Di Stefano hizo el camino de vuelta. Bajó con precaución la pendiente, no deseando mancharse sus caros zapatos de piel, que, pese a sus esfuerzos, acabaron tan sucios o más que antes. Entró en el comedor, buscó a Rajín de Sura. El arisio bebía solitario al fondo de la barra. Se colocó a su lado.
—Es la Presidente Rouen. ¿Entendido? Presidente Rouen. Sale pasado mañana. Toma el dinero. Y coge pasaje sólo de ida.
El arisio se guardó el sobre que le dio y desapareció por la puerta, a la vez que entraba un vociferante grupo de estibadores. Di Stefano pidió de beber. Cuando le sirvieron la cerveza, suspiró antes de darle un trago, pensando en el futuro. Dentro de dos días partiría a la Tierra. Y sólo tenía un punto de apoyo: Rajín de Sura. En cualquier caso, mucho más de lo que había tenido en otras ocasiones.
Sabía que, bajo ninguna circunstancia, Rajín de Sura le traicionaría. No por nada en particular, sino por que así eran las cosas: estaba obligado a cumplir su trato tanto como él. Era confortable contar con la lealtad, aunque fuera pagada, de un asesino profesional. A ninguno se le ocurriría traicionar a su contratante. Como a nadie en su sano juicio se le ocurriría engañar a un asesino profesional. Di Stefano no tenía constancia de que algo así hubiera ocurrido alguna vez.
Media hora después, Rajín de Sura apareció por la puerta.
—Ya está —le dijo a Di Stefano sonriente—. La Presidente Rouen. Pasado mañana a las doce.
—Bien hecho. Ahora tengo que hacer algunas cosas. Toma —le dio un sobre que contenía dinero—. Esto es parte de lo estipulado. Compra lo que te haga falta. Y, por Dios, cómprate ropa decente. Y córtate el pelo.