Desde un primer momento hubo algo en el asunto que no le gustó.
Cuando se presentaron esos dos tipos en su despacho, aquella misma mañana, lo primero que pensó fue que eran policías. La breve conversación que siguió a las presentaciones (uno dijo llamarse Mehmett, el otro Drazano) no le hizo cambiar de opinión. Parecían no estar de servicio, puesto que no se identificaron, ni le pidieron lo que solían pedir las pocas veces que recurrían a él: información concreta sobre alguien. Razonó que bien podrían ser policías fuera de servicio, que se ganasen un sobresueldo trabajando como guardaespaldas o ayudantes de alguna clase. Pero no le gustaba tener demasiados roces con la policía, ni tan siquiera de forma tangencial.
Dijeron hablar en nombre de un industrial de Pálasti interesado en contratar sus servicios. No le dijeron de qué se trataba: sólo querían concertar una cita entre él y su jefe. Di Stéfano accedió, como era natural, a la misma. No le quedaba más remedio que superar su susceptibilidad. De no haberlo hecho así en más de una ocasión, habría perdido unos cuantos trabajos sencillos y bien pagados.
Los dos tipos le dieron una dirección y una hora —aquella misma noche— y se largaron. A Di Stefano no le sorprendió el lugar de la cita —un bar en uno de los muchos barrios suburbiales de Pálasti—, ni la hora —medianoche—. Era lo habitual entre los que no estaban acostumbrados a este tipo de tratos: lugares supuestamente neutrales, alejados de sus sitios habituales, donde no fueran reconocidos por nadie, a horas intempestivas. Todo muy novelesco. Y, aunque podían no estar del todo equivocados, pasaban por alto una evidencia: la mejor manera de tratar estos temas era la naturalidad, la discreción por descontado, pero siempre actuando con sencillez. Nada de oscuras tabernuchas de barrio marginal, lugares que no pisaban ninguno de sus clientes en ningún momento a lo largo de sus vidas, a unas horas peligrosas donde los clientes eran examinados con lupa por los propietarios. Por que era ahí donde sí que desentonaban. Si pretendían pasar desapercibidos, desde luego no era lo ideal. Pero así solían actuar los clientes de Di Stéfano. Si querían un poco de aventura, ¿por qué no concedérselo?
Consultó su reloj. Pasaban más de treinta minutos de la medianoche. Como la puntualidad no era precisamente una virtud del pueblo arisio, estaba acostumbrado a no concederle importancia: suspirando, pidió al camarero otra jarra de cerveza y siguió ojeando un periódico, mirando de vez en cuando a la puerta.
Antes de entrar se había dado una vuelta por los alrededores, como solía hacer siempre que acudía a una cita en lugar desconocido, más que nada por que le gustaba estar en todo momento bien situado, saber qué punto del plano ocupaba. Se encontraba en un suburbio de anodinas torres de ladrillo de quince plantas, apelotonadas a ambos lados de una avenida que terminaba o empezaba en la autopista de circunvalación. Un barrio típico de las clases medias de Pálasti, ocupado por familias de oficinistas y pequeños comerciantes, gentes a las que la vida no les iba del todo mal. En esa misma avenida, en la planta de calle de una de esas torres, se encontraba el bar, un vulgar bar de barrio sin nada que lo diferenciase de tantos otros, el lugar donde los vecinos tomaban una copa al llegar del trabajo antes de subir a casa. Según pudo comprobar, el local no tenía salida posterior. No le costaría salir del barrio a toda velocidad si fuese necesario, tomando la avenida, pero por si acaso había memorizado en su vehículo el camino de ida. Las previsiones habituales. Pura rutina.
El camarero le trajo su cerveza a la mesa. En ese momento, Di Stefano se dio cuenta de que la taberna se había ido vaciando paulatinamente de clientes, como por arte de magia, y en ese instante sólo quedaban él y el taciturno camarero que no le quitaba ojo de encima. La gente trabajadora tenía que madrugar al día siguiente. Seguro que le mosqueaba que un tipo desconocido, tan bien trajeado, ajeno por completo al barrio, hubiese elegido su establecimiento para tomar una cerveza a esas horas de la noche. Aún así, no le dijo en ningún momento a Di Stefano que apurase su jarra, que tenía que cerrar. Sólo le miraba con fijeza.
Por fin, entraron los dos tipos que habían concertado la cita con él por la mañana, el tal Mehmet, y el tal Drazano. Traspasaron el umbral, miraron hacia el interior de la taberna y se colocaron a ambos lados de la puerta, franqueando la entrada a un hombre de edad indefinida, trajeado pero sin elegancia, que se acercó con determinación a la mesa. Tomó asiento frente a Di Stefano, se quitó el sombrero de fieltro que llevaba, lo colocó con cuidado sobre la mesa, y le miró directamente a los ojos.
—El señor Bellini, ¿no es así?
Di Stéfano no contestó. No le gustó aquel tipo: seguro que no era ningún industrial, ni ningún hombre de negocios, ni nada por el estilo. Él los conocía bien, estaba acostumbrado a tratar con ellos. El personaje de enfrente no parecía uno de ellos; no por nada en particular, si no por infinidad de detalles. Di Stéfano podría haber hecho una enumeración rápida de los mismos y le habrían sumado más de una docena. No. El personaje que tenía enfrente parecía más bien alguien que pretendiera pasar por quien no era. Tal vez un policía disfrazado de comerciante afortunado. Se fijó risueño en su traje, en el sombrero, en el corte de pelo. Sí, eso era: un policía. Así que debía andarse con cuidado: estaba frente a tres policías. Seguro.
—Deseo contratarle, señor Bellini. Verá.
Dejó que hablara sin escucharle, mientras escrutaba su rostro. Se dio cuenta de que mentía. Los otros dos tipos, disimulando, se fueron colocando tras Di Stefano, y no dejaban de mirarle. La cosa pintaba mal. Tenía que actuar con rapidez.
Se levantó, justo cuando los dos tipos se abalanzaban sobre él. Los evitó con una rápida finta, saltando hacia atrás por encima de la silla. Antes de poner los pies en el suelo, apuntaba al supuesto jefe con su arma. Y entonces sintió un agudo pinchazo en el cuello y perdió el conocimiento, dando un par de traspiés antes de caer al suelo. No pudo ver al camarero, que aún seguía apuntándole desde detrás de la barra.
* * *
Los tres hombres estaban sentados a la mesa de una cafetería, dentro del mismo edificio donde tenían retenido a Di Stéfano, frente a un ventanal enorme que se abría al cielo nublado de Pálasti. Habían entrado en silencio, habían recogido con ademanes cansados sus bebidas y se habían sentado, procurando no cruzar las miradas, huraños y herméticos. Mehmet, el agente más joven, quebró el silencio embarazoso hablando en voz baja, más para sí mismo que para los demás.
—Así que no sabe más que nosotros. Tantas horas de trabajo para nada.
Yashin Sukur, el de mayor graduación en la agencia de los tres, levantó la mano, en un gesto que venía a pedir tranquilidad. También él se encontraba cansado, pero no podía permitir que cundiera el desánimo o se cuestionasen las órdenes, y lo dejaba traslucir en todos sus actos y gestos.
—Paciencia. Que no hayamos conseguido nada por esta vía no implica que hayamos fracasado. Ya conocéis las órdenes: ahora, tenemos que conseguir que colabore con la agencia. Como sea.
Ese era el segundo paso. El primero, intentar recabar toda la información que pudieran. Ampliar el expediente. El segundo, que colaborase activamente. Y de buen grado a ser posible.
Volvió a consultar sus notas, intentando encontrar algo que le hubiese pasado desapercibido o algún error cometido, aunque sabía de sobra que eso no iba a suceder: el cuerpo médico era condenadamente bueno. Pese a que le habían suministrado todas las sustancias conocidas para hacerle confesar, no habían obtenido ninguna información extra. Luego habían intervenido los druidas verdes con sus supuestos poderes mentales... algo que él consideró una extravagancia por parte de sus jefes, y, como supuso, tampoco habían conseguido sacar nada más. En definitiva, todo estaba como al principio. Pero con una diferencia: la reticencia que, sin duda, mostraría Bellini a colaborar. A nadie le gusta que le rapten y le hurguen en su memoria. Y menos aún a aquel tipo, que sin duda sería alguien excepcional si mostraban los jefes tanto interés en él. Pero tendría que conseguir que colaborara. Los jefes habían sido taxativos al respecto: debía colaborar con ellos como fuera. Preferiblemente, de buen grado. De no ser así, como fuera.
* * *
Extracto de una noticia publicada el día 20 de abril del 230 en El Correo Exterior, Pálasti, Aris.
¡UN PASO MÁS HACIA LA DEFINITIVA LIBERTAD!
En nombre de la Junta Provisional de Gobierno, su vocal, el nuevo Gobernador General en funciones de Aris, Randipol Lumin, ha decretado por fin a las 22,00 horas (horario de Pálasti) del día de hoy, el fin del estado de excepción en todo el planeta, asegurando a la población el restablecimiento del orden democrático y las libertades individuales, tal y como reza el proyecto de Constitución que en breve será sancionado por el Senado Arisio. Así mismo, ha aprovechado su breve discurso para informar a la población del estado en que se encuentran las Capitulaciones Finales del Tratado de Independencia....
* * *
Di Stefano se incorporó con brusquedad, sacudió la cabeza como si así fuera a espabilarse antes, y abrió los ojos. Frunció el ceño. Algo no cuadraba: un simple dardo somnífero no producía unos efectos tan demoledores. Te dejan inconsciente y punto. Se sentía desorientado, sumamente confuso, como si le hubiesen rebuscado en la mente y luego hubieran dejado todo tirado por ahí. Además, el dolor de cabeza era insoportable; casi no podía ni parpadear. Consultó su reloj: eran las seis de la tarde. ¿Qué demonios estaba pasando?
Se encontraba en una habitación más bien pequeña, de paredes, suelo y techo blancos, sin ventanas, con la mesa de donde acababa de levantar la cabeza como único mobiliario, al margen de un par de sillas, una la que ocupaba él, y otra enfrente vacía. Le rodeaban los tres tipos de la taberna.
—¿Se encuentra mejor? —preguntó el supuesto industrial.
Di Stéfano, llevándose una mano a la cabeza, contestó con otra pregunta.
—¿Qué me han hecho?
—Oh, nada, lo habitual —le respondió con voz meliflua—. Comprobaciones rutinarias. Por motivos de seguridad, ¿comprende?
Di Stefano no contestó. Sukur continuó.
—No pretendemos demorarnos más de lo necesario, señor Bellini. Le hemos traído hasta aquí porque pretendemos que trabaje para nosotros. Sabemos quién es usted y a qué se dedicaba no hace demasiado tiempo. Creemos que pueden sernos útiles sus conocimientos y sus servicios.
Di Stéfano se apresuró en contestar, más despierto su ánimo.
—Desde luego saben quién soy.
—Sí. Y también sabemos que lleva usted establecido en Aris más de cinco años. Vino con un considerable capital, que no ha invertido en ningún negocio o empresa legal, y que dilapida en juergas y fulanas... más o menos en este orden.
—Ese, en todo caso, es mi problema.
Uno de los hombres le extendió al que estaba hablando una carpeta de piel con el anagrama de la policía secreta del estado arisio. Éste la abrió y consultó algunos de los documentos que contenía, pasando raudo la mirada. Sin duda conocía de sobra lo que en apariencia estaba examinando.
—Sabemos que, desde que se estableció en Aris, ha trabajado ocasionalmente en lo que se podría considerar su profesión... investigaciones menores para varias empresas.
Di Stefano encogió los hombros, en un gesto que veía a significar Sí, ¿y qué?. Así que ocasionalmente. Bien, eso le gustó.
—Pero lleva demasiado tiempo en paro. No ha vuelto a encontrar ningún trabajo.
Volvió a encogerse de hombros.
—También sabemos por qué vino usted a Aris. Y quiénes le acompañaban.
Sin respuesta.
Pasó a otro documento de la carpeta. Deslizando su índice sobre el papel leyó:
—Un sacerdote, el padre Mauricio Groepius. Y Taeshigura Tanaka, tal vez sacerdote también. Lo que es seguro, al menos de este último, es que era agente del Instituto Católico de Investigaciones Científicas. Al igual que usted, señor Bellini.
Terminó de hablar y clavó sus ojos, dos bolas frías y duras, en Di Stéfano. Este, por su parte, intentó demostrar que aquellas palabras no le afectaban en absoluto manteniendo la postura laxa y el rostro molesto y aburrido. En su interior, sin embargo, algo se agitaba, algo que hizo que el corazón se le acelerara.
—Realizaron ustedes un verdadero tour turístico por nuestro planeta: primero Pálasti, luego Danai en el continente Fenai, después Tasidán... incluso se internaron en el Desierto Central. Curiosamente, después de que ustedes estuvieran en algún punto indeterminado del desierto, sucedió una tremenda explosión que destruyó todo lo que hubiera allí.
Aquellas palabras le sonaron literarias, como si todo aquello que le estaba narrando aquel desconocido no fuera parte de su vida, si no más bien recuerdos de algo que había leído o visto tiempo atrás sin que él se hubiera inmiscuido en la acción. El padre Mauricio y Tanaka eran simples personajes que se le antojaban irreales e imposibles. Tal vez fuera a causa de las ganas de olvidarlo todo, o a los casi seis años transcurridos desde entonces. O a ambas cosas.
—Y también sabemos qué es lo que había allí. Y por qué lo destruyeron.
—¿Me pueden traer té?
Uno de los tres hombres salió por la puerta. Los demás quedaron en silencio. Al poco, apareció con una jarra y una taza. Di Stéfano se sirvió, sorbió complacido y sonrió.
—Lo cierto es que no recuerdo tal cosa. Pero me interesa su historia.
—No es necesario el cinismo, señor Bellini— replicó Sukur—. Sí, ya lo creo que le interesa. Tenemos una idea demasiado general del asunto, pero podría decirse que el Instituto estaba dividido en dos facciones... ¿No es cierto? Ustedes representaban los intereses de una de ella. El centro de investigación... pertenecía a sus rivales.
Di Stéfano suspiró y dejó la taza sobre la mesa.
—Por lo que me está usted diciendo, me acusan de haber atacado bienes privados siendo supuestamente miembro del Instituto, acatando órdenes —dado que según ustedes era agente— de la superioridad. ¿Ha habido por parte de alguien alguna denuncia contra mi persona? De no ser así, no veo nada ilegal en todo ello. ¿Son ustedes policías?
—¿Denuncia? Por supuesto que no... —rió sonoramente—. Pero sí, podría decirse que somos policías. ¿No lo ha notado?
Di Stéfano sonrió. Recorrió con una desdeñosa mirada el atuendo pulcro y sin estridencias, los trajes bien planchados pero baratos de los tres tipos. Típicos trajes de polis de alto nivel. Al final, clavó la mirada en el escudo de la carpeta.
—Entonces estoy detenido... ¿Me pueden decir bajo qué cargos?
—Podríamos hacerlo, sí —le cortó Sukur con una sonrisa falsa—. Podríamos inventarnos varios cargos contra usted: actividades lucrativas poco claras... se le podría considerar alguien socialmente perjudicial. Y, quien sabe, tal vez le hayamos encontrado drogas prohibidas... una simple sospecha y podría considerarse detenido. Estamos en un momento de profundos cambios, señor Bellini, y el gobierno provisional nos ha dado carta blanca para acabar con todos los elementos que consideremos indeseables. Aunque no le hemos traído hasta aquí para eso. Deseamos que trabaje para nosotros. Pero permítame que continúe.
—Por favor... — Replicó Di Stéfano, haciendo una floritura con su mano.
—Bien. Ustedes localizaron el centro. Informaron de su posición exacta a sus superiores. Corríjame si me equivoco... Posteriormente fueron desalojados el profesor titular, un tal Heinz, y algunos de sus ayudantes. Después, aquel lugar acabó destruido. Hasta aquí voy bien ¿verdad?
—Usted sabrá.
—Acabada la operación, decidió establecerse en Pálasti. De sus dos compañeros de expedición sólo tenemos noticias vagas... volverían a la Tierra con toda certeza.
—Aún si todo eso fuera cierto... no veo para qué me pueden querer ustedes ahora.
Su interlocutor respiró quedo y complacido, como si estuviera esperando la pregunta, como si formase parte de un guión conocido de antemano.
—Sabemos que usted se desvinculó por completo del Instituto. Nos consta que no pasó a ser una especie de agente corresponsal en Pálasti... digamos que fue expulsado o tal vez pidió la baja. En todo caso, se rompieron los lazos entre ambos.
Recordó fugazmente los últimos momentos de aquella odiosa misión, desde la lejanía del tiempo, y volvió a verse a sí mismo tan irreal como a sus dos antiguos compañeros, tan imposible como la historia que le estaban recordando. Clavó su mirada en los ojos de aquel tipo que le estaba hablando. ¿Por qué decía que el centro fue desalojado antes de su destrucción? Él no recordaba nada parecido. Aunque, en verdad, después de aquello, no estuvo jamás interesado en recordar nada. Hizo un esfuerzo por rememorar: la última vez que vio al padre Mauricio pareció quedarle claro que todo terminó como estaba previsto: el centro destruido, sí, posiblemente con toda aquella gente dentro. Pero no tenía constancia, ni siquiera la más mínima sospecha, de que Heinz y sus ayudantes hubieran sido salvados de la quema. Aunque bien pensado, razonó, el padre Mauricio, pese a haberle salvado la vida, no era más que un personaje falso. Tal vez le engañara hasta ese punto. De todos modos, aquel lejano asunto le importaba un bledo. ¿Que el Instituto se había apropiado del experimento? Pues mejor para ellos. Si no eran ellos, serían otros. Tarde o temprano, otro científico, trabajando para otro laboratorio, hallaría algo similar. Le era indiferente quién terminara por llevarse el gato al agua.
Así que se limitó a componer en el rostro una mueca que venía a reflejar ignorancia, y a encogerse de hombros.