EPÍLOGO
El cabello de Zoltan Rubirak, sucio y enmarañado, decía mucho de lo que pasaba por su cabeza. Apretaba los puños no sólo con la fuerza de sus dedos, sino también de su alma. ¿Cómo? ¿Cómo habían osado atacarle? ¿Cómo habían conseguido derrotarle? Su plan era perfecto, perfecto. Era el pueblo. El pueblo le había fallado. No habían sido capaces de luchar hasta el final, hasta la más absoluta derrota o la más salvaje victoria. Le habían abandonado. A él, que lo había sacrificado todo por ellos. Pero ya aprenderían. Cuando llegue la victoria recibirán el escarmiento que merecen. Por la mente del general pasaban ejecuciones masivas, rigurosos controles fiscales, expropiaciones y colectivizaciones.
—Es inútil que ahora te enfurezcas. La guerra no se gana con la fuerza, sino con la inteligencia.
La voz que le hablaba tenía un extraño acento gutural inidentificable.
—Reconstruiré lo que me han robado. Lo juro —dijo Rubirak.
—¡No! —tronó la voz gutural—. Yo conquistaré. Has perdido tu fuerza para negociar Zoltan Rubirak. Es mi hora. La fe es el mejor arma. Elashá eamí raefalashá. Dios sonríe a sus seguidores. Dios sonríe a los que se humillan ante él. Todavía te necesito, por eso perdono tu vida. Pero desde ahora haremos las cosas a mi modo. Como se han hecho durante centurias. Este sistema será mío. Y ellas... Ellas también.
A través de un lujo esplendoroso; almohadones, sedas colgantes, exquisitos manjares servidos en cuberterías de oro, licores olorosos de múltiples tonalidades; a través de las delicadas alfombras, los pañuelos de satén, las esplendorosas fuentes y cadenas de plata; en una gran pantalla tridimensional, mucho más avanzada que cualquier holograma humano Zoltan Rubirak contempló la perfecta representación de Lene Shinh, Lonneke Sivilay y Lee Zalduendo; un primer plano de la retransmisión de su condecoración por valor en combate.
La voz gutural y exótica se convirtió en un chasquido cuando su propietario retiró los labios y restalló su pico en señal de triunfo. Sus ojos brillaron azules y su piel roja como la sangre resplandeció. Al ver a su interlocutor erguirse hasta los dos metros y veinte centímetros, Zoltan Rubirak supo por primera vez en su vida lo que era el miedo.