LENE
Frío, todo el área estaba helada. Aunque los rastros de radiación eran recientes, no quedaba ningún vestigio de marcas de calor en funcionamiento. El Venganza se había esfumado, ya no estaba.
Lene sabía que no se les podía haber escapado. Incluso cuando los daños derivados del Pulso Electromagnético habían sido menores que los del Nautilus, el Venganza no era tan rápido. Ni siquiera el Duque habría podido sacarles tal ventaja que los sensores de la vieja corbeta no pudieran rastrear el calor de sus motores.
—Detecto algo —dijo Lonneke.
Lene se inclinó sobre la consola de su compañera. En una pequeña pantalla de nanotubos se observaban los rastros de calor y radioactividad dejados por el bajel pirata. La estela rojiza que indicaba su derrota se cortaba brevemente de pronto y parecía transformarse en una nube antes de seguir adelante.
—¿Ves esto? —señaló la Navegante—. Estas marcas indican un impulso de frenado. Observa que más allá desaparece todo rastro del Venganza.
—Maldición —masculló la Comandante—. Eso de ahí es Ceres. Se ha ocultado detrás.
—Vamos a demasiada velocidad —dijo Lonneke—. Nos pasaríamos de largo aunque pudiéramos frenar con toda nuestra potencia, cosa que no podemos hacer.
Había llegado el momento de tomar decisiones, y Lene era experta en ello. Ya no había tiempo para más cálculos ni pruebas. Estaban lanzadas a toda velocidad contra un pequeño mundo, y al otro lado les esperaba la potencia de fuego de una nave pirata.
—Motolinía iba panza arriba. Seguramente habrá girado apuntando con sus cañones al Norte y al Sur de Ceres. Navegante, esquive el planetoide por su ecuador. Comience el frenado ahora.
La venusiana obedeció con la frialdad propia de un entrenamiento. Un chorro de plasma se proyectó delante del Nautilus.
Entretanto Lee, que mantenía los ojos cerrados y parecía ajena a las maniobras, pareció despertar.
—Un momento —susurró.
LONNEKE
Lene y Lonneke miraron atrás.
Lee abrió los ojos.
—No está ahí. No está ahí. Lo sé. Apágalo, apágalo todo.
La Navegante interrogó con la mirada a su Comandante.
—Haz lo que dice —respondió Lene.
Los chorros de plasma fueron contenidos por los campos magnéticos. El Nautilus continuó avanzando a escasa velocidad.
—Bien —dijo Lene—, si no están ahí, ¿dónde están?
Lee apretó los parpados, frunció el ceño y contestó.
—El espacio es demasiado grande, está demasiado vacío. Si no hay gente, vida cerca, sólo oigo ecos, veo sombras que se desvanecen. Pero estoy segura de que no están detrás de Ceres. No Motolinía. Eso es lo que quiere que pensemos.
—Pero, ¿puedes decirnos donde están? —preguntó Lonneke.
—Necesito más tiempo. Ve despacio, un poco más de tiempo.
—Tiempo es lo que no tenemos —sentenció Lene.
MOTOLINÍA
—Ahí están, Capitán —dijo un pirata al que le faltaban la mayoría de los dientes.
Qubul Motolinía se hinchó como un globo. Una sonrisa de satisfacción brillaba con su colmillo de oro.
—Muévete lentamente. En frío.
El Venganza dejó escapar chorros de CO2 a través de toberas camufladas y accionadas por mecanismos en frío. No hubo que encender ningún generador, ni una chispa de electricidad, el Navegante simplemente movió unas palancas que estaban a su costado. Esa era la forma en que el Venganza se acercaba a sus víctimas. Nadie podía verlo excepto a través de telescopios, y, aun así, les parecería un asteroide perdido. Lo achacarían a la inexactitud de los mapas tridimensionales.
Poco a poco el Venganza se situó detrás del Nautilus. La nave tripulada por mujeres se movía lentamente.
—¿Qué hacen? —preguntó abiertamente el Navegante.
—Deben de estar confusas —dijo Motolinía—. Tal y como yo esperaba esa furcia estúpida de Zalduendo ha entendido que no estamos detrás de Ceres, y les ha hecho pararse. Han caído en la trampa. ¿Cuando estarán a tiro?
—Veinte segundos, Capitán.
—Bien —asintió el pirata de barba verde—, asegúrate de poder alcanzarlos también con el cañón de partículas. Quiero que el primer golpe sea definitivo.
LEE
—Joder, Lee. ¿Puedes decirnos donde están o no? —estalló Lene Shinh.
La jovencita de pelo azul se tomo sólo el tiempo de exhalar el aire para pensar. Era inútil entrar en Percepción Índigo. Su intuición le decía que algo iba mal sin necesidad de recurrir a sus proezas mentales. Sin duda era una trampa. Pero si Motolinía no estaba detrás de Ceres. ¿Dónde estaba?
Como un flash pasó en un segundo por toda su vida de pirata.
Y lo entendió. Sin recurrir a sus poderes lo entendió.
—Adelante —dijo como si saliera de un sueño y luego chilló—. ¡Adelante a toda potencia! ¡Dale caña, Lonneke, ahora, todo lo que puedas!
La rubia platino no tuvo tiempo de pensar, ni de consultar a Lene. Sólo confió.