Bienvenida

El Serial

ARAS

La pantalla de fullerenos se apagó y luego comenzó a llenarse de dibujos, animaciones y diagramas. Aras dio un salto en su sillón. Si no hubiese tenido abrochado el cinturón habría salido despedido contra el techo.

Puso sus manos en la consola y por unos segundos frenéticos trató de seguir el ritmo de los gráficos que aparecían y desaparecían por miles.

—¿Qué...? ¿Qué estás haciendo? —preguntó casi enfadado. Jack no podía echar a perder aquella oportunidad de demostrar su valía a los mandos militares.

Pero Jack no contestó.

Aras comprendió que estaba poniendo toda su alma en lo que fuera que estuviese haciendo. Así que se limitó a esperar. Media hora después la pantalla volvió a apagarse. Cuando se encendió, en ella apareció el busto que representaba la personalidad de Jack.

—Supongo que deseas una explicación —dijo la cabeza.

—Sí, y espero que sea satisfactoria.

—¿Recuerdas los informes de traslado de unos científicos que te enseñé antes?

—Sí —replicó Aras todavía molesto.

—Correspondían a unos hombres asesinados por Rubirak. Eran investigadores de Solaris Inc. Trabajaban en un proyecto sobre aleaciones de hierro-carbono-silicio, buscaban un material más duro que el blindaje de nanotubos de carbono, más que el cristalacero, que sostiene palacios enteros, pero más dúctil y más resistente a la tracción que estos y el acero juntos. Nunca lo hubieran descubierto, tenían un error fatal al comienzo del proceso; hacían crecer los cristales a un ritmo inadecuado. Por eso siempre se quebraba el resultado. Me temo que habrían tenido que experimentar durante decenas de años más, pero yo lo he resuelto. Luego he hecho simulaciones para ver hasta donde llegaba su capacidad de resistencia, y por último lo he aplicado.

Aras había abandonado su máscara de fastidio y la sorpresa se asomaba claramente a su rostro.

—Bien, ¿a qué?

El rostro de Jack se sonrojó.

—Antes debo confesarte algo. El Corazón de la Máquina no era mi único proyecto.

—Vamos, Jack, ya imaginaba eso.

—¿Sí? Eso me sorprende. ¿Cómo lo sabías?

Aras sonrió.

—Todavía no te he enseñado todos mis trucos.

—Está bien. ¿Quieres ver mi diseño?

—Claro.

Un gráfico en tres dimensiones comenzó a formarse en la pantalla gigante, a la vez que un holograma crecía sobre su soporte de grafito. Se trataba de un globo con un hilo, pero estaban extrañamente rígidos. El globo era completamente esférico, y el hilo estaba en posición oblicua, estirándose hacia arriba. En el extremo del hilo había otro pequeño globo, o más bien algo similar a una peonza, pero infinitamente más pequeño. A medida que el modelo adquiría definición, Aras pudo reconocer qué eran todos esos elementos, incluso antes de que se terminase de desarrollar el modelo pudo decir sin temor a equivocarse de qué se trataba.

—No me lo creo —suspiró—. ¿Es de verdad? ¿Funciona?

—Funcionará —dijo la voz de Jack— lo he comprobado. Resistirá todo menos un ataque nuclear directo. Al material lo he llamado como deseaban los científicos asesinados: ferrodiamante; y al proyecto le he puesto un nombre también muy sugerente: Tren Eléctrico Vertical Yuri Artsutanov.

—Es... Demasiado corto. ¿Está en escala?

Jack sonrió.

—Parece que conoces los rudimentos de un ascensor espacial. No, no es demasiado corto, tiene 36.000 kilómetros. He podido situar el contrapeso, en realidad una estación espacial, a esa distancia porque la resistencia del ferrodiamante es tal que no me preocupa que no haya cable más allá de la órbita geosincrónica, de hecho creo que con el tiempo seré capaz de construir estaciones mucho más grandes. Además, nuestras estaciones actuales están allí. Esto le da una cierta forma circular al asunto; el día tiene 24 horas, las estaciones giran cada 24 horas, el ascensor gira cada 24 horas. Por supuesto puedo adaptar este concepto a todos los planetas rocosos del Sistema. De hecho el concepto, no lo llamaremos ascensor sino tren eléctrico espacial, es más adecuado para la geología de un mundo muerto como Marte que para los planetas vivientes como la Tierra o Venus. Es obvio que podríamos extender el cable hasta, digamos, 100.000 kilómetros y mantener los terminales: una en órbita geo y otra al final de cable.

—¿Y la energía para su funcionamiento?

El diseño comenzó a moverse en la pantalla, se acercó como un documental sobre ingeniería al anclaje terrestre: una plataforma móvil en mitad del Océano Pacífico.

—Aquí puedes ver dos potentes rayos láser enfocados en sendas placas solares fotovoltaicas, pero además el tren se nutrirá a sí mismo. Una instalación como ésta puede atraer la energía de varias maneras. Primero: por las propiedades eléctricas de la atmósfera; diferenciales de voltaje, tormentas, etc. Mi tren espacial está aislado, y las propiedades del ferrodiamante permiten la absorción de la electricidad y su reciclaje. Si no nos gusta el buen tiempo del Pacífico podemos ir a buscar rayos de tormenta con nuestra plataforma móvil.

»Segundo: plasma espacial. La carga eléctrica que pueda proceder de las partículas de energía que el tren se vaya encontrando es mínima, pero todo es útil. Además, nuestro ascensor gasta muy poca energía.

»Y tercero: nuestro cable puede actuar como un generador al atravesar el campo magnético de la tierra. Al ser un cable estático no generará grandes descargas, pero si lo deseamos podríamos usar las antenas HAARP para modificar el campo magnético a su alrededor.

Aras rió de buena gana. El condenado trasto lo había conseguido. Se relajó en su asiento y siguió preguntando:

—¿Cuánto puede transportar?

—¿Cuánto quieres? —Jack sonrió como un trasgo—. Lo construiremos de la siguiente manera: lanzaremos un satélite al espacio, de él descenderá el primer filamento. Un milímetro de radio, si queremos que el cable sea redondo, bastará para subir al espacio 20 toneladas. Pero después podemos ir bajando cables más gruesos con la guía del primero. Para subir el peso de un galeón espacial, unas 100.000 toneladas, sólo haría falta un cable de 5 metros de radio, o un conjunto de cables menores equivalentes a ese grosor. Para subirlo de una sola vez, quiero decir.

—¿Y los meteoros?

—Ya te he dicho que nada más suave que un misil nuclear puede partirlo. Por supuesto hay grados. No sería lo mismo romper el cable inicial de un milímetro, que uno de cinco metros, pero haría falta un meteoro muy grande para destruir un tren espacial ya terminado.

Aras abrió los brazos como para abarcar toda la pantalla y luego los cerró dando una palmada.

—Entiendes lo que has conseguido, ¿no?

La cara de Jack enarcó una ceja e hizo como que pensaba.

—Creo que sí —dijo—. El corazón de la máquina es algo hermoso, una pieza de arte, pero esto es algo útil.

—Es más que eso, una nueva era para la humanidad. Imagina lo que los hombres pueden hacer con este invento. Viajes al espacio baratos, el universo al alcance de cualquiera.

En ese momento la imagen de Jack se ralentizó un microsegundo. Era lo que hacía cuando de verdad reflexionaba.

—Pero el tren espacial sólo es un diseño, y no sirve de nada sin la fórmula del ferrodiamante. Es más, ¿de qué le valdría a la humanidad el tren si luego necesita naves espaciales como las actuales? Son extremadamente caras. Y el ferrodiamente es un proyecto de Solaris, aunque yo lo haya terminado por ellos. ¿Debería anunciarlo y con ello mi existencia o tengo que darle estos datos el ejército? Ahora estamos en guerra.

—Pero ni tú ni yo somos soldados.

—¿Qué debo hacer, Aras?

Ah, pensó el informático, esa es una pregunta que los seres humanos se han venido repitiendo a lo largo de su existencia.

—No puedo decírtelo. Mi opinión no tiene por qué ser mejor que la tuya. Tu único deber es beneficiar a la humanidad. ¿Cómo? La única respuesta la tienes tú.

—Sé lo que me gustaría hacer. Pero temo que esté mal.


Creado: 1 de agosto de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio