LEE
La guerra en gravedad cero había hecho retroceder centurias los manuales de estrategia militar. Si los navíos espaciales luchaban como los de la antigua Roma con las velas arriadas, es decir, con sus motores apagados, la Infantería tenía que luchar como sus antecesores desde el siglo XVI hasta el XX, en filas, sometidos al implacable escrutinio de la muerte.
Scotton no permitió que Lee se pusiera en primera fila; tal cosa era sinónimo de heridas graves o muerte en el 70% de los casos. Los marines saltaron en tres oleadas desde el Duque. Mientras se acercaban al casco del Coloso en caída libre, la primera fila de combatientes podía ver como sus enemigos salían al exterior de su propia nave a través de varías escotillas, algunas practicadas con soplete.
Los infantes de marina espacial marcianos no comenzaron a disparar inmediatamente; antes formaron en líneas. Eso dio tiempo a que la mayoría de la primera oleada de confederados cayera sobre el crucero rojo. Por eso la peor parte se la llevó la segunda oleada. Los marines marcianos se giraron como un solo hombre hacia los confederados que caían lentamente. Habían formado con mucha rapidez; eran buenos profesionales, seguramente muchos de ellos veteranos de la pasada Guerra de Independencia. Apuntaron sus fusiles de rayos y comenzaron a disparar. Fue una suerte que usaran lásers; sus disparos llegaban antes, pero hacían menos daño en las armaduras Orión porque necesitaban permanecer enfocados un tiempo mayor que un chorro de electrones.
Le tocaba saltar al grupo de Lee. La tercera fila. A una orden de su comandante se dieron impulso, la inteligencia artificial de la armadura de combate se aseguró de que ninguno se desviara de la trayectoria correcta, ni se diera más impulso del necesario. La chiquilla de cabello azul había asaltado naves de gas muchas veces, pero nunca había habido un ejército esperándola armado hasta los dientes.
Los marines con traje de color naranja no fallaban un tiro. Lee veía como los soldados que caían delante de ella eran metódicamente alcanzados por las armas de luz. En ningún caso los haces láser conseguían atravesar el blindaje hasta pasados largos segundos de puntería. Muchos confederados giraban sobre sí mismos cuando el láser estaba a punto de atravesar su blindaje, y la historia volvía a empezar: de nuevo había que hacer puntería y aguantar hasta que el láser atravesara el blindaje. Aun así mucho eran alcanzados. Los hombres que iban cayendo hacían un pequeño aspaviento, un movimiento convulso que indicaba que el fuego había cortado su carne y llegado a sus entrañas. Los precisos disparos atravesaban el corazón o la garganta. No solía aparecer sangre debido a la cauterización, pero los marines se desviaban de su órbita o perdían la postura adecuada para caer sobre el casco de la nave enemiga.
Muchos estaban muertos. Pero tanto los fallecidos como los heridos dejaban de tener utilidad militar. Si se quedaban en mitad de la trayectoria de sus compañeros podían poner en peligro la misión. Por eso los Orión llevaban una pequeña porción de combustible. El ordenador del exoesqueleto programaba una nueva trayectoria que apartara a los inútiles, y descargaba el combustible. Los que venían detrás ya no tropezarían, pero, claro, el enemigo podía alcanzarles también a ellos con sus armas.
Lee se sintió impotente y desprotegida al ver la oleada que había saltado delante de la suya desaparecer de forma lenta pero segura. Sólo seis alcanzaron el Coloso. La jovencita pensó que ahora le tocaba a ella. Así era; los haces de láser comenzaron a proyectarse hacia su grupo.
Pero éste era un ataque bien planificado, y los marines confederados no eran menos profesionales que sus homónimos de Marte. La primera oleada, que había tocado el Coloso sana y salva, ya había formado y se dirigía hacía el enemigo con sus propios fusiles en alto y disparando. Los marcianos tuvieron que dejar de disparar al espacio y girarse hacia el enemigo que se les acercaba. Sólo era una fila de veinte marines, pero sus rayos de electrones ya habían derribado a algunos de los exoesqueletos tintados de naranja. Los de Marte se plantaron en el suelo y comenzaron a disparar, igual que lo habría hecho un pelotón napoleónico: fuego, rodilla en tierra, recarga, en pie, fuego, rodilla en tierra… El espacio disponible en el casco de una nave interplanetaria obligaba a usar esa táctica.
La fila de confederados que se aproximaba quedó mermada enseguida. Pero aguantó lo suficiente como para que sus compañeros tocaran el Coloso. En ese momento comenzó la auténtica batalla. Los infantes de marina confederados formaron igual que sus enemigos y comenzaron a avanzar. Tres filas. Lee iba en la segunda. El corazón le latía como fuera de sí, un sudor frío inundaba su exoesqueleto. Por los sistemas de comunicaciones le llegaban órdenes durísimas. El comandante seguía vivo, había llegado al Coloso y les ordenaba mantener las filas prietas.
Los lasers volaron hacia el contingente gris. Casi sin quererlo Lee sintió un pinchazo en la frente y entro en percepción índigo. Hubiera preferido no hacerlo; el tiempo se volvió elástico e interminable. Luchó por zafarse de su propia sugestión, pero no pudo. Se anticipaba, una por una, a todas las heridas de los compañeros que iban cayendo. Las botas magnéticas inteligentes permitían pasar por encima de los cuerpos derribados.
Amos grupos estaban ya cerca, y se encontraban muy mermados por los disparos del contrario. El hombre que caminaba delante de Lee cayó al suelo. Ella supo sin comprobarlo que estaba muerto; el láser le había atravesado un ojo. Apenas quedaban siete metros para alcanzar a los marcianos, pero sería demasiado tarde para Lee; supo inmediatamente que si continuaba en esa posición durante los siguientes veinte segundos un haz láser iba a cortarle un brazo antes de alcanzar la posición del enemigo. Se preguntó durante un instante eterno si tendría la fuerza de voluntad necesaria para aguantar el dolor, caer protegiendo a su compañero de atrás y luego tener fe en que la recogieran a tiempo de hacerle crecer un brazo nuevo. En su vida había sufrido algunas heridas, pero nunca algo tan terrible como una amputación. El láser ya estaba enfocado en su armadura y había empezado a calentar el punto de impacto.
Lee no pudo soportar el miedo.
Saltó por instinto. El marine que la seguía recibió el disparo de láser, pero ya no había tiempo suficiente como para que la luz amplificada perforase sus protecciones. El comandante de marines lanzó una palabrota por radio. La bronca hacia Lee terminó en un segundo; el tiempo que el oficial al mando tardó en ver lo que la chica estaba haciendo.
Lee se impulsó más alto que el grupo de marines enemigos. Extrajo de su cinto de armas dos shuriken y se los arrojó al enemigo. Las estrellas volaron y se interpusieron en el haz de los rifles laser; precisamente los dos que estaban a punto de hacer mella en sendos marines confederados. Los rayos de luz se reflejaron en la brillante superficie de las estrellas de metal y golpearon a los propios soldados que los disparaban. Sorprendidos, soltaron sus armas. Algunos apuntaron hacia arriba, hacia el pequeño marine que había saltado.
Lee hizo que su botas fueran atraídas hacia el crucero marciano. Eso no le libró de los disparos, pero no importaba, no estaría expuesta a los lásers el tiempo suficiente. Apagó el campo magnético de sus botas, y dejó que el impulso le hiciera caer sobre el pelotón enemigo. Extrajo su gladius, la única arma que había solicitado al Maestro de Armas, y cayó sobre uno de los soldados naranja hundiendo el filo de su arma entre el hombro y el cuello del hombre.
Los infantes de marina de uno y otro bando dejaron las armas de partículas y desenvainaron sus espadas de asalto. Se veían algunos sables de asalto, pero casi todas aquellas hojas pertenecían a modernas gladius, forjadas al estilo de las antiguas espadas españolas del Imperio Romano: unos cincuenta centímetros de largo, empuñaduras sin cazoleta y filos de monofilamento de diamante. Los Orión, igual que los modelos más avanzados de Nimrod para el combate cuerpo a cuerpo, llevaban un refuerzo en el brazo defensivo, el que no sostenía la espada; un blindaje capaz de resistir algunos tajos de los infatigables filos de diamante artificial. Se trataba de una banda de aleación que sobresalía del propio traje desde el codo hasta los nudillos.
Las luchas con espadas de asalto eran una carnicería, parecían extraídas de los relatos de la antigüedad más abyecta. Y sin embargo, al igual que en aquellos tiempos, las refriegas duraban poco. El valor de los soldados los llevaba a combatir sin cuartel, pero pronto se sabía quien ganaría el campo en cada ocasión. La diferencia es que los perdedores no tenían a donde huir, y eran masacrados allí mismo, sobre los propios cadáveres de sus compañeros, a no ser que se pidiera cuartel o se anunciara la rendición de un bando. Por esta razón existían normas de combate estrictas y que casi siempre se respetaban; era la única manera de evitar matanzas innecesarias.
Lee se detuvo un instante a contemplar el horrible espectáculo de hombres que se acometían con las anchas hojas y las escasa protección de sus armaduras. Su percepción índigo le regaló unos segundos de examen e iluminación. Aquellos soldados no luchaban ante la puerta de sus casas contra un enemigo visible, estaban a millones de kilómetros de sus hogares, defendiendo un mundo que no era el suyo y contra unos enemigos que hasta hacía unos días eran sus aliados. Y morían. Cada punta que se hundía en un traje de batalla era un nuevo chorro de sangre lanzado al vacío y un cuerpo que sufría descompresión hasta reventar dentro de su propia armadura. Ni siquiera la más avanzada ciencia médica podría devolverles la vida. Así comprendió Lee lo que tantas veces le habían repetido sus instructores en los breves días de aprendizaje en Amistad. Ésta es la gloria de los cuerpos de asalto: morir antes que nadie, sacrificar sus vidas por la honra de su emblema y su bandera, para proteger los ideales de su patria allá donde se haga necesario. No importaba si su armadura era gris o naranja, no parecían diferenciarse. Leales más allá de lo comprensible, firmes hasta el fin. El holocausto de sus vidas era su honor, así ganaban la gloria.
Una gladius estuvo a punto de golpear a Lee Zalduendo, y mientras detenía el golpe con su brazo izquierdo y levantaba el derecho para golpear, sintió que luchaba contra un hombre honorable, y deseó estar a la altura. Su poder le daba ventaja; eso no era justo. Se concentró un instante, se relajó menos de una fracción de segundo, y su fuerza interior le dijo como una intuición en que punto exacto del arma enemiga debía golpear para partirla por la mitad. Lo hizo sin pensar y desarmó a su enemigo. El marine marciano se detuvo asombrado al ver su hoja quebrada, nunca antes había ocurrido algo así. Lee le golpeó en el casco con suficiente fuerza como para noquearle y buscó alguien más con quien pelear.
En ese momento su comunicador anunció la victoria. Un nuevo grupo de infantes había saltado desde el Ada Lovelace Byron y había cogido a los marcianos por la retaguardia. Su número no había sido diezmado como el de los marines del Duque porque estos ya habían entablado batalla con los soldados vestidos de naranja. La superioridad era abrumadora, y el capitán de los del Coloso había declarado perdido el campo para no ver morir a todos sus hombres.
Lee salió del estado índigo para observar a velocidad corriente como los servicios médicos del Coloso recogían a todos aquellos que podían ser salvados de las garras de la parca. En el espacio alrededor de los navíos de guerra otros sanitarios recogían los bultos flotantes de los heridos por arma de partículas. Algunos cadáveres permanecían de pie, sujetos firmemente al casco del Coloso con sus botas magnéticas mientras derramaban en el vacío los restos triturados de lo que una vez fue el cuerpo de un soldado de asalto. A la jovencita se le ocurrió que sin duda los defensores marcianos debían de saber de antemano cómo iba a terminar aquello. Estaban rodeados y no iban a ser capaces de hacer frente a dos contingentes de asalto. Y aun así lucharon. Aun así murieron.