LENE
El flequillo negro como ala de cuervo de Lene cayó sobre su ojo izquierdo. Movió en el aire la escopeta que había traído oculta en su equipaje, para casos de emergencia como éste, y la cargó. Aras Ludoviqus sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Joe Terho observaba la escena insensiblemente. Quizá todo aquello le parecía en cierto modo beneficioso.
—Por favor, Lene, no lo hagas —volvió a implorar Lonneke.
—Voy a entrar —dijo la impasible comandante del Thalion.
—Es mi laboratorio —replicó Aras en un hilo de voz.
—Es mi nave. Estamos en guerra y aquí doy yo las órdenes. Te repito por última vez que voy a entrar ahí. Si no se abre la puerta la volaré en pedazos. Si no te apartas te mataré.
Ni siquiera el tímido científico podía ignorar esa advertencia. Todos en aquel pasillo de la nave interestelar sabían que Lene hablaba en serio. Pero Aras no se movió. Sudaba, entrecerraba los ojos como esperando el trueno de un disparo. La escopeta de Lee era un modelo anticuado, con un solo cañón, que no podía ser controlado por Jack ya que no tenía componentes electrónicos.
—Voy a averiguar lo que hay ahí dentro contigo o sin ti. Es la última advertencia.
—No me moveré. No tienes derecho a hacer esto.
Lene levantó el arma muy despacio y apuntó a Aras a la cara. El brillante informático temblaba de los pies a la cabeza, pero no tenía intención de moverse. Al lado de la Comandante, su amante venusiana lloraba:
—¡Lene!
El tiempo se detuvo. Se oyó un clic. No provenía de la escopeta, sino de la puerta. El cierre había saltado. Lene apartó el cañón unos centímetros. Aras seguía respirando como si se ahogara.
-La puerta... —dijo Joe Terho—. Se ha abierto.
Lonneke detuvo sus sollozos.
—No —susurró Aras mirando la cerradura automática. Luego miró a Lene con desesperación—. Te juro que si le haces algo yo.
La medio asiática le golpeó con la culata en el estómago. Aras se dobló y cayó de rodillas. La Comandante abrió la puerta y pasó por encima de su Oficial Científico. Dentro la esperaba un busto humano en la pantalla gigante de fullerenos.
En general el laboratorio estaba tal y como Lene recordaba, excepto los bichos que flotaban en tanques de conservación. Se los habían llevado mientras estaban en Amistad. Las muestras orgánicas y minerales que había traído de Exotierra las guardaban en la cámara frigorífica y no estaban a la vista. Lo único interesante allí era el ordenador IBM Smart 3.0.
—Bien —dijo Lene—, ¿qué coño eres?
—Soy Jack —respondió la máquina viviente.
—No has respondido a mi pregunta.
—Sí, sí lo he hecho. Yo soy Jack. No hay nada más. Puedes aceptarlo, Comandante Shinh. O matarme.
Lene se rió.
—¿Matarte? No voy a matarte. De hecho ya sospechaba que algo así estaba ocurriendo. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo fuiste consciente de ti mismo? ¿Fue cuando mataron a Long?
El busto de Jack sonrió como un diablillo travieso.
—Eres muy perspicaz. No entiendo como me has ocultado tus sospechas.
Lene se dio el gusto de no responder. Lonneke estaba agachada ayudando a Aras, que no conseguía recuperarse del golpe. Joe se había acercado y miraba con genuino asombro.
—¿Estás qué? ¿Vivo? —preguntó el mecánico.
—¡Sí! ¡Vivo! —chilló Aras mientras se apoyaba en Lonneke para ponerse en pie—. Es como tú y como yo. Y mucho más. Piensa más rápido, es más inteligente.
—Y aun así tengo fallos.
—¿Fallos? —preguntó Lene.
—Sí. Desde un tiempo a esta parte cometo errores con mucha mayor frecuencia que antes. No sé que me ocurre.
—Yo sí —dijo Aras—. Se distrae. Se distrae igual que cualquiera de nosotros puede hacerlo. No es una máquina, es un ser vivo autoconsciente.
Terho señaló a la pantalla de nanotubos con su dedo índice.
—Es un monstruo —afirmó—. Deberíamos desconectarle.
A continuación buscó la caja de la CPU. Se encontraba en un rincón, bajo una consola. Apenas tenía cincuenta centímetros de alto. Terho se agachó ante la caja de cristalacero que contenía el disco duro holográfico de nanotubos de carbono, el procesador cuántico y las memorias cuánticas del mismo material. Pero un sonido le detuvo. De nuevo Lene estaba apuntando su arma, esta vez contra el Ingeniero-Mecánico.
—Nadie le toca un pelo a ningún miembro de mi tripulación —exclamó—. Salvo yo.
Joe sonrió taimadamente, levantó las manos y se alejó de la CPU. Lene apartó la escopeta.
—Terho tiene razón. ¿Por qué no debería desconectarte?
La cara de Jack se ensombreció, pareció que meditaba un segundo y abrió la boca para hablar, pero fue la voz de Aras la que se escuchó:
—Sólo quieres matarle porque te asusta. Está vivo, sí, tiene consciencia, pero no es humano. Eso es lo que temes, ¿verdad?
Lene se volvió hacia el informático que todavía se sostenía con una mano en el hombro de Lonneke.
—Temo que un poder intelectivo tan grande pueda volverse contra el ser humano, claro que lo he pensado, pero no he dicho que vaya a matarle, tan sólo he preguntado por qué no debería hacerlo.
—Hay miles de razones prácticas —dijo Jack—, aparte de los inconvenientes morales de asesinar a una criatura dotada de inteligencia.
Sin volverse hacia la pantalla Lene contestó al ordenador:
—He matado a algunas criaturas dotadas de inteligencia antes, y muchas de ellas se lo merecían, créeme.
—Jack quiso salvar a la tripulación original del Thalion, y si eso no te basta... Jack, muéstrales tu último ejercicio.
El busto de comodín desapareció. La pantalla se oscureció, y luego comenzaron a aparecer diagramas y esquemas que se sucedían unos a otros. La transición entre ellos era demasiado rápida como para que Lene entendiera lo que estaba viendo. Sin embargo reconocía algunos de aquellos dibujos, aunque no las fórmulas. Parecía algún tipo de diseño arquitectónico.
Igual que un maestro que defiende a un pupilo genial pero incomprendido, Aras avanzó hasta la pantalla aunque todavía llevaba la mano en el estómago y comenzó a explicar lo que estaban viendo:
—Jack no es una inteligencia artificial infalible. Ya no. Perdió esa facultad cuando adquirió la consciencia. De hecho, si reflexionamos con cuidado, llegaremos a la conclusión de que el cerebro humano es una máquina mucho más compleja de lo que Jack pueda llegar a ser nunca. En ese sentido la vida artificial todavía está por debajo de nosotros. A medida que pasa el tiempo y Jack aprende a distinguir emociones o a tomar decisiones éticas, su comportamiento maquinal se reduce. Hace muchos más cálculos y mucho más rápido que nosotros, pero si no presta atención, si no pone interés, esos cálculos le salen mal. Ya no es una calculadora infinitamente compleja, está vivo, para bien y para mal. Y no sólo eso: tiene intereses.
»Lo que estáis viendo son diagramas de cálculo y diseños para una construcción. Desde el primer momento Jack ha temido que nosotros, los humanos, lo desconectáramos por miedo. En una de nuestras charlas se nos ocurrió que para romper el hielo Jack debería hacerle un regalo a la humanidad, algo que demostrara que no solamente estaba dotado de consciencia, sino también de conciencia. Y este es el resultado. Por favor, Jack, ve a la simulación 3D final.
La pantalla de carbono volvió a cambiar. Unos dibujos como trazados a lápiz cobraron vida y aumentaron su complejidad, dejaron de ser planos y adquirieron volumen, se elevaron en un papel simulado milimetrado, pasaron a transformarse en un esbozo artístico y por último se tornaron en una representación hiperrealista de algo, una especie de... Monumento.
Todos los seres humanos presentes excepto Aras miraban pasmados como se levantaba una estructura cristalina retorcida y diáfana a partir del suelo de una plaza abierta y soleada. Cuando alcanzó los trescientos metros de altura una nueva estructura brotó de lo que ya era un delicado tallo, y se convirtió en el capullo de una rosa a medio abrir. Una luz que no procedía de ninguna fuente aparente comenzó a inundar la gigantesca flor y un jardín de auténticas rosas rojas creció en el brote superior. Una innumerable cantidad de rosas crecieron de la nada, parecían sostenerse solas en el aire, como si los espinos pudieran brotar de sí mismos. Por último una palpitante luz rojiza ardió en el centro del capullo, y a su alrededor se formó una máquina, una serie de engranajes de oro en perpetuo movimiento. Unos cables verdes subieron por el interior del tallo retorcido hasta el comienzo de la cápsula. Cuando la construcción estuvo finalizada, unos diminutos ascensores de cristal comenzaron a funcionar y a llevar personas diminutas hasta el jardín que se había formado debajo y alrededor del engranaje bañado de luz roja.
—Esto —dijo Aras—, es el Corazón de la Máquina.