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El Serial

SCOTTON

Por primera vez en décadas Helvar Scotton se encontraba ante una decisión táctica y dudaba. El Coloso había demostrado ser una recia nave, el Vicealmirante siempre había admirado las técnicas de construcción espacial marcianas. El problema era que en ese momento le venían muy mal. El crucero rojo había aguantado la artillería confederada, incluso cuando el Ada Lovelace Byron se había rehecho y contraatacado. Iban a tener que tomarlo al asalto. A Scotton no le cabía duda de que en ese navío iba al menos una compañía Infantes de Marina. Si no habían desembarcado en Calisto, ya estarían preparándose para defender cada una de las bodegas, pasillos, salas y niveles del crucero. Y mientras él allí, sin atreverse a decidir si debía mandar a la batalla a su mejor hombre.

Sólo que no era un hombre.

Lee Zalduendo seguía impertérrita delante de su comandante. Esperaba una respuesta. Su capacidad había quedado más que demostrada durante el anterior combate con el Coloso, Scotton incluso se había permitido el lujo de asombrarse. Uno de los capitanes mentalistas había necesitado atención psicológica debido a la intervención de la ex pirata. Y ahora le había salido con que quería unirse al grupo de marines destinados al asalto del Coloso.

—Al fin y al cabo —le había dicho—, yo soy Teniente de Marines.

—¡Maldición! —le había replicado el veterano militar dando un puñetazo en la mesa.

Pero no había sido capaz de decidirse. Por una parte era posible que las historias que se contaban en el Sector Exterior sobre aquella chiquilla fuesen ciertas, por otra podría estar mandando a la muerte a un oficial de gran valor estratégico para la Confederación. Le parecía una vergüenza negarle a un oficial voluntario la oportunidad de cumplir con su deber. De hecho tenía la sensación de que la teniente Zalduendo estaba empezando a mostrar maneras en la cuestión de la disciplina marcial. Eso era muy, muy bueno, pero no si moría por descompresión o desangramiento en el casco del Coloso. Si Eleonora Visq se enteraba de que había puesto en peligro a su valiosa mentalista, a la joya de su corona y piedra angular de casi la mitad de todos los nuevos planes de investigación militar de la CM, lo haría degradar. Pero qué narices, ella no estaba allí ahora; y si Lee era capaz de repetir en el cuerpo a cuerpo lo que había hecho desde un panel de comunicaciones, los que estaban en peligro eran los Infantes marcianos.

—¡Qué narices! —atronó— ¡Chiquilla te lo has ganado a pulso! ¿Has manejado un Orión alguna vez?

—Sólo modelos antiguos, señor.

—Siempre hay una primera vez. Coge las armas que necesites, dile al Maestro de Armas que te facilite las que desees. Y algo más.

—¿Sí, señor?

—Tiene prohibido morir ahí fuera, Teniente.

—A sus órdenes.


Creado: 11 de junio de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio