MENTALISTA
M'guem Milicic era un experto mentalista y telépata militar. Sus estrellas de capitán se las había ganado a pulso. Sabía cómo relajarse con facilidad, y dejar que una parte de su consciencia se diluyera en el mundo virtual e informático de la telepatía artificial. Se había calzado la banda mental cientos de veces en misiones de sabotaje, espionaje y combate. Algunas veces había fracasado, otras había sufrido averías, pero nunca le había ocurrido algo como aquello.
Había alguien más allí. No eran las indicaciones del superordenador del Duque, no era una interferencia de ondas con un compañero; había alguien y no estaba allí por medio de un interfaz de telepatía artificial. Milicic sentía la presencia como si volara alrededor del torpedo que él guiaba, como si le envolviera. Si giraba alguna de las microcámaras que llevaba el torpedo sólo veía la negrura o el resplandor de una explosión del combate. Pero estaba allí, llenando el espacio, compartiendo el aire.
Nunca antes había descuidado su concentración en una misión, pero aquello le había puesto realmente nervioso. ¿Sería un arma enemiga? ¿Estarían intentando dañar su cerebro? Extendió su consciencia todo cuanto pudo; a todos los sensores, mandos de guiado, cámaras, propulsores; comprobó en unos segundos todas las lecturas. Todo parecía correcto y sintió miedo, un miedo atroz a lo desconocido.
El artillero de popa y el rayo de partículas volvieron a unir sus esfuerzos para derribar el segundo torpedo; sólo que esta vez lo consiguieron un poco más tarde, y un poco más cerca del Coloso.
Milicic seguía sufriendo. Se debatía entre el deber y el terror. Deseaba arrancarse la banda y salir corriendo, pero sabía que debía llegar a su objetivo y destruirlo. Casi sin querer volvió a sentir aquella extraña sensación, esa presencia, y por instinto quiso enfocar en ella una de las microcámaras.
Pero ya no había microcámaras.
El rayo de taquiones detectó la presencia del tercer torpedo muy cerca de sí mismo. El artillero que lo manejaba desde el puente de mando ordenó al ordenador que apuntara, pero la urgencia de la situación le confundió, y al mismo tiempo intentó apuntar manualmente. El resultado fue que la descarga de partículas más rápidas que la luz erró el blanco, lo rozó menos de la diezmilésima parte de un milímetro arrancado los sensores que había en su parte delantera. El torpedo se desvió ligeramente, pero alcanzó el blanco.
M'guem Milicic quiso mirar a través de su microcámara, algo que hacía continuamente como una rutina, pero no se había percatado de que la cámara había sido fulminada por el haz de partículas enemigo. Sin embargo su consciencia, su mente se movió como si aquel sensor siguiera allí. Tuvo esa sensación de caída que ocurre a veces entre el sueño y la vigilia, olvidó que pilotaba un arma de guerra y creyó que se precipitaba infinitamente en el negro vació.
Entonces la vio.
La percibió como un resplandor añil. Fue menos que un segundo, pero supo que era ella, y que estaba allí con él. No en la onda mental amplificada por el ordenador. Ella no necesitaba aquella tecnología para estar allí, y por un instante él tampoco. En ese momento vio venir la superficie del Coloso hacia él y abandonó el control del torpedo justo antes de destruir el maldito cañón de taquiones.
Abrió los ojos y se quitó la banda con furia. Se movía como si estuviera poseído. No paró hasta verse libre de las sujeciones que lo amarraban a su butaca. Sus compañeros le hablaban e intentaban calmarle. Milicic se palpó los miembros para asegurarse de que todavía estaban allí. Seguía siendo un hombre de carne y hueso.
—¡Por Dios, Milicic! ¿Qué te ocurre? —le preguntó otro de los mentalistas que había participado en la misión.
—¡Estaba allí, os lo juro! ¡La he visto, estaba allí!
En gravedad cero su compañero le agarró por los brazos y trató de contenerle.
—¿Pero quién? ¡ ¿Quién?!
—Ella, esa cría. La pirata. Estaba allí. ¡Os juro que estaba allí conmigo!
LEE
El tercer torpedo impactó el nadir del Coloso y estalló con una terrible contundencia. La onda de choque llegó a sentirse en el Duque debido a la cercanía que Scotton había ordenado respecto al navío enemigo para evitar sus rayos. El cañón de taquiones quedó borrado del mapa, es más, el crucero modificado marciano sufrió grandes pérdidas en sus bodegas inferiores.
El Ada Lovelace Byron acababa de conseguir completar su maniobra. Tanto su comandante como el Vicealmirante Scotton ordenaron fuego. Las líneas de cañones de los laterales de ambas naves de guerras lanzaron sus misiles macizos, sin carga explosiva. Las explosiones brillaron en el cielo de Calisto.
Todos los oficiales del puente del Duque se pusieron en pie y miraron a Lee. La chica del pelo azul se levantó también, muy lentamente. Había vuelto del trance añil anonadada. Por un instante el mentalista que guiaba el torpedo había contactado con ella de alguna manera. Había abandonado la transmisión de onda que conectaba su mente con el proyectil y había usado una conexión mental propia. Había imitado la habilidad de Lee. Y se habían sentido mutuamente. La jovencita no sabía muy bien qué pensar en ese instante.
Había un silencio relativo en el puente. Tanto como las transmisiones y las órdenes de combate permitían. Todos la miraban. De pronto se alzó un grito de guerra desgarrador. Los hombres y mujeres del Pedro Duque cerraron sus puños y bramaron el éxito de una niña de diecisiete años en la batalla. Darwin Guilmar la miraba con un gesto estático y frío, pero realizó una ligera inclinación de la cabeza. Los oficiales que tenía en los puestos contiguos le dieron la enhorabuena y la palmearon en la espalda. Muchos aplaudían.
Lee miró hacia arriba, hacía el capitán de la nave. Helvar Scotton mantenía una expresión similar a la de su Oficial de Combate. Asintió con marcialidad e hizo el saludo militar. Lee se lo devolvió.