BESARION
En la consola delante del tirano surgió una pantalla de grafito para hologramas, a la vez que se encendía un monitor de nanotubos de carbono. Mientras el holograma ofrecía el busto del parlamentario marciano, la pantalla mostraba la retransmisión televisiva del pleno de la Organización de Mundos Unidos.
Un hombre pequeño y delgado, de barba oscura y ojos cansados estaba subiendo en ese momento al estrado. Habló con voz tranquila y pausada:
—Señoras y señores representantes, embajadores de los mundos del Sistema Solar; hemos oído hoy en esta sala acusaciones que revelan hasta qué grado de agresividad puede llegar la Tierra con tal de mantener su política colonialista sobre los hombres y mujeres libres de Marte. Nos acusan de hincar un conflicto en el Sistema Exterior, pero, ¿es que acaso nos han dejado otra salida? Primero establecen un bloqueo militar sobre nuestro mundo, y luego nos culpan cuando nos vemos obligados a abastecernos por nuestros propios medios. Y por si fuera poco nos insultan y degradan acusándonos de crímenes terribles. Puedo asegurarles, señores y señoras representantes, que los juicios que se han llevado a cabo en Calisto, al igual que los procesos marcianos se han hecho bajo la enseña de la justicia y la autodefensa de los ciudadanos de Marte. Hemos tomado decisiones difíciles, es verdad, pero lo hemos hecho en nombre de la supervivencia de nuestra especie y a causa de unas sanciones y una represión injusta por parte de la Tierra. La agresión contra Marte es constante, pero nosotros no podemos rendirnos. Nuestra voluntad de resolver de forma pacífica este conflicto es hoy mayor si cabe. Necesitamos arbitrar soluciones democráticas y abrir de inmediato negociaciones resolutivas, pero los terrestres se niegan a dialogar con nosotros. La suya es la política de la guerra. Nosotros sólo nos vemos obligados a defendernos, a buscar nuestro espacio vital antes de que el bloqueo asfixie las esperanzas de todo un pueblo. Y les digo a todos ustedes hoy que Marte ha estado siempre dispuesto a mantener la estabilidad en el Sistema, y que nuestros deseos de paz universal sólo pueden alcanzarse a través de la negociación y el diálogo.
VISQ
...Terminando con la política represiva y colonialista de los terráqueos.
Eleonora Visq apagó el monitor donde estaba viendo el debate parlamentario, pero no miró a Lee.
—Tengo que pedirle disculpas —dijo.
La Teniente de Infantería de Marina Lee Zalduendo permaneció callada en su silla. Desde el despacho de la JEM en Amistad se veía desaparecer la Luna. Su emplazamiento en el módulo giratorio de la plataforma espacial proveía el habitáculo de gravedad artificial, y sus ocupantes podían moverse casi con total libertad.
—Reconozco que hice mal al internarla en nuestras instalaciones de Kiev. Sin embargo sé reconocer y solucionar mis propios errores. Cuando termine la presente campaña se reincorporará a su puesto en el Thalion, y le permitiré hacer un viaje a Exotierra.
Lee sonrió sin querer.
—Sin embargo se presentará periódicamente ante nuestros técnicos para ser evaluada y recibir entrenamiento. Cada periodo que pase en la base durará quince días, pero ya no será una reclusión: le permitiremos pasear por el jardín, comer en la cafetería de oficiales y... Tengo entendido que le gusta la danza.
—¿La danza?
Índgo Kid se sorprendió por el comentario. Estaban solas en el despacho, y la jovencísima oficial había esperado una nueva reprimenda. Sonrojada intentó explicarse lo mejor que sabía:
—Sí, que me gusta, bueno no. En realidad, no lo sé. Sólo he bailado una vez en la vida.
El rostro de Visq adquirió una expresión muy suya; la sonrisa de una abuelita noble pero bondadosa cortada con una mirada de rapaz que se internaba en la cabeza de sus interlocutores.
—... pero sí que es cierto, bueno, que tenía pensado aprender a bailar. O sea, la danza... Eso.
—No se hable más —dijo la Almirante—. Tendrás a tu disposición un profesor de danza en Kiev.
Lo que la Jefa sabía sobre la misión encubierta de Lee en Venusburgo no lo reveló, y la teniente estaba demasiado azorada como para intentar sonsacarle algo.
—Por el momento se unirás a la dotación del Pedro Duque. Te aconsejo que aprendas cuanto puedas del Vicealmirante Scotton. Tus ultimas, ejem, actuaciones no han sido de su agrado. Pero ahora le vas a ver en su medio vital: la batalla. Aprovecha la oportunidad.
—Sí, señora. ¿Y el Thalion? ¿Cuándo podré volver a bordo?
Visq gesticuló despreocupadamente.
—Imposible saberlo. No podemos comunicarnos con ellos. Volverán cuando hayan completado su misión, y se encontrarán en mitad de una guerra. ¿Alguna pregunta más?
Lee se lo pensó un instante antes de decir lo que pensaba.
—Todo esto. Quiero decir; Marte, la Tierra... Hay algo que no entiendo.
Visq se inclinó sobre la mesa con su mirada de águila y escudriñó las pupilas de Lee.
—¿Sí?
—He oído a ese marciano en la tele. Si están dispuestos a negociar, ¿por qué la guerra? ¿Por qué no llegan ustedes a un acuerdo y se ahorran todos los muertos?
Visq aún examinó un rato más a la antigua pirata antes de contestar.
—Los tiranos siempre quieren negociar, teniente. No se deje engañar por las palabras. Si nos sentamos a la misma mesa que ellos nos ponemos a su nivel. Haciendo eso les concedemos legitimidad, reconocemos que tienen derecho a gobernar y que sus ideas valen tanto como las nuestras. Piden negociar, pero nunca ceden. Si hoy cediéramos parte de nuestra libertad para intentar apaciguarlos, abriríamos una herida por las que nuestros derechos se escaparían como la sangre, nunca estarían satisfechos hasta tenernos en su poder. Sólo podemos hacer una cosa: pelear. A veces es difícil hacer entender esto a la gente. Sobre todo cuando la vida es tan cómoda como en la Tierra.
Lee Zalduendo asintió.