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El Serial

LONNEKE

El fulgor azulino que era la noche de Exotierra se extendía ya por la totalidad del cielo del planeta. La singular luz se reflejaba en el pelo plateado de Lonneke Sivilay y le daba la apariencia de una criatura feerica, un espíritu elemental de la noche. Bañada de azul se acercó al edificio más ancho y macizo de Nueva Zimbabwe. Al entrar casi se da de bruces con Prabhat Komrzy, la directora científica de la expedición.

—¡Ah, Lonneke! —dijo la hindú.

La venusiana se rió.

—¡Prabhat!

—Me alegro de verte. Ya me he enterado de lo de la dichosa antena. Lo has arreglado.

—Por ahora. Pero te aseguro que en el próximo viaje haré que traigan un técnico o un aparato nuevo. Estoy harta.

Prabhat Komrzy era pequeña, más pequeña que la media humana en el siglo XXVIII, morena y de grandes ojos negros. Se habían hecho amigas durante el primer viaje a Exotierra, Prabhat lo había pasado muy mal con la Éxtasis, y Lonneke la había ayudado a relajarse en parte. Pero no sólo era una reputada arqueóloga, sino una especialista en Semiología de la que no se podía prescindir. Así que allí llevaba dos semanas, añorando el cálido clima de Bombay y las múltiples variedades de infusiones a las que era aficionada. Se pasaba los días encerrada en el Gran Templo; así llamaban al gran edificio troncocónico recubierto de jeroglíficos. La esperanza de la investigadora era dar sentido a todo ese caudal de información y desligar la realidad de los mitos que los desaparecidos exohumanos tallaron en los ciclópeos sillares de aquella sala vacía.

—¿Te gustaría tomar té?

—Para eso he venido. Tengo que pasar la noche en tierra.

—Entonces dormirás en mi tienda. Ven conmigo.

Lo primero que llamaba la atención del habitáculo de la doctora Komrzy era su forma exterior. Se parecía a una tienda de los habitantes del desierto. Si la temperatura no hubiese sido tan fría, se habría podido tomar el té bajo la sombra de los doseles y cortinajes. Dentro la vista se dirigía inmediatamente a los dos hologramas al fondo del habitáculo que hacía las veces de salón. Eran dos construcciones en forma de cono, una más grande que la otra. La menor era una representación de la torre cónica de Gran Zimbabwe, en la Tierra; la más grande representaba la torre de aquí, mucho más grande, casi seis pisos de altura, más alta aun que el Gran Templo. Vistas así se podía apreciar su gran similitud. Por fuera era idénticas, no así en su interior. La terrestre era maciza, Pero la exoterrestre estaba hueca, plagada de pequeñas plataformas que salían directamente de las paredes y a las que no había forma de llegar, salvo volando. Ese dato, añadido a los relieves que representaban humanoides dotados de alas en el Gran templo había llevado a los científicos a bautizar el edificio como: La Sala de los Hombres Voladores.

Lonneke, como otras veces, se quedó mirando a las formaciones tridimensionales de luz. Prabhat lo notó:

—Hemos hecho algunos avances. Te los contaré durante la cena.

El exceso de especias que la arqueóloga usaba en la cocina enmascaraba el sabor sintético de las raciones de campaña. Cortadas en trozos irregulares podían llegar a asemejarse al kofta de cordero; así que disfrutaron de una comida bastante agradable. No había vino, y la cerveza deshidratada se reservaba exclusivamente para la cantina, Pero Komrzy había traído algunas hojas para infusiones de su cosecha personal. La sabía hindú, veinte años mayor que Lonneke, compartía con ésta sus gustos amorosos y se sentía atraída hacia ella. La venusiana lo sabía, pero no le importaba, que intentara emborracharla entraba dentro de lo aceptable.

—Me queda un poco de Espino Blanco. ¿Quieres que prepare dos tazas?

Lonneke sonrió.

—Bueno.

Prabhat había resultado ser una estupenda hechicera, y sus pociones habían ayudado a Lonneke a conciliar el sueño las primeras veces que había bajado al árido planeta.

—Sigo pensando que las alas son simbólicas. Era la manera en la que expresaban la superioridad de la casta dominante.

Las explicaciones de la arqueóloga nunca cansaban a la joven Navegante. Pero cada vez que realizaba un nuevo descubrimiento, éste se añadía a la lista de misterios, no de las soluciones.

—¿Quieres decir que volaban sin alas?

—Volaban, o se mostraban a los de castas inferiores volando. En mi humilde opinión las terrazas de la Sala de los Hombres Voladores eran púlpitos donde los sacerdotes se mostraban a los hombres. El problema es que esa explicación nos lleva a otro enigma.

Los ojos enormes y azules de Lonneke brillaban excitados por los efectos de alcaloides contenidos en su infusión. Prabhat no perdió oportunidad de sumergirse en ellos: el iris, cerca de la pupila, era asombrosamente claro, casi gris; pero se oscurecía en el exterior hasta el violeta e incluso el negro; como si alguien hubiese repasado con un rotulador toda la circunferencia. Era el delicado trabajo de un pintor que teñía su lienzo con tintes irreales.

—¿Qué enigma?

La luz velada de la tienda daba un viso de conspiración a la conversación. Prabhat se inclinó hacia delante.

—He deducido que había una profunda brecha social en la civilización exoterrestre. Otra casta gobernante, seguramente la de los militares, pues está adornada con imágenes de antigüedad y rancia grandeza, mantenía un enfrentamiento enconado con los sacerdotes. Constantemente se repite un icono que muestra a una figura con alas y otra, con un extraño cuadrado bajo la mano extendida, espalda contra espalda. Deduzco que ambos competían y que había un gran debate. Y creo que todo empezó con la caída del meteorito, el que supuestamente trajo aquí a los insectoides. Estoy convencida de esa parte también es simbólica. No pudo ser un solo meteoro.

—¿Qué es el cuadrado? ¿El que lleva el militar?

—No lo sé. Pero tengo una idea, aunque quizá sea algo descabellada.

Lonneke animó a la sabia con la mirada.

—Creo que es una máquina. La representación de una forma de tecnología. Seguramente la capacidad de volar era signo de poder. Ambas castas tenían el conocimiento del vuelo y pugnaban por imponer su propia visión del asunto.

Lonneke vació su taza y se sirvió más de la tetera a la vez que hablaba. Prabhat rechazó la segunda taza.

—Un momento —dijo la rubia—, si los militares volaban por medio de la tecnología, ¿cómo lo hacían los sacerdotes?

A Prabhat se le escapó una risa nerviosa producto de la intoxicación.

—No lo sé. Todo es una teoría descabellada, ya te lo he dicho. Sólo hago suposiciones. Si mis colegas de la Universidad de Bombay me escucharan me echarían del claustro.

—¿Y por qué volar era tan importante?

Prabhat se acercó a Lonneke, su cara se oscureció aunque un brilló enigmático permaneció en su mirada.

—Piensa en esto. Los insectoides estaban invadiendo su mundo. Un mundo al que una Edad del Hielo había esquilmado de recursos. La única forma de viajar sin chocar con los invasores era.

—¡Por el aire! Pero eso no explica por qué no acabaron ellos mismos con los bichos. Si tenían tecnología suficiente como para volar no es habría resultado difícil. Nosotros podríamos hacerlo con facilidad. Incluso aunque estuvieran más atrasados que nosotros habría sido sencillo.

La agitación del descubrimiento y el exceso de infusión de espino blanco hicieron que Lonneke se mareara. Lentamente apoyó su cabecita en el hombro de su amiga.

—Algo pasó. Algo que todavía no podemos discernir. No hemos encontrado ni un cadáver, ni un cementerio. Nada. No están aquí. Tiene que haber algo más, algo que todavía no hemos visto. En otros asentamientos, en otras ciudades.

Lonneke había cerrado los ojos, y Prabhat le acariciaba el pelo plateado.

—Necesito visitar otras ciudades, otros templos. Cuando termine la cartografía por satélite sabré donde buscar. Y entonces.

—Tengo sueño... —susurró Lonneke.

Prabhat se retiró con delicadeza y dejó a la venusiana tenderse sobre los cojines donde habían estado charlando. Se levantó fue a buscar ropa de cama. Arropó a Lonneke con una sábana de seda roja y dos mantas de campaña. Después se arrodilló a su lado y tocó con suavidad su mejilla. La joven reaccionó entre sueños:

—Lene... dijo.

Pobre de ti, pensó la sabia hindú.


Creado: 23 de abril de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio