LEE
—Todo lo que ustedes me cuentan no es más que números. Yo no puedo hacer nada con eso.
Los médicos y técnicos de la Confederación se quedaban pálidos cada vez que Eleonora Visq les hacía un reproche. Sabían que estaban tratando un asunto de la mayor importancia y que, aunque Visq se mantuviera fría, por dentro ya estaba tomando decisiones con respecto a ellos mismos. Y ninguno quería perder la oportunidad de estudiar a un sujeto como Lee Zalduendo.
—Verá, Jefa del Estado Mayor —dijo el profesor Vaclav Ngila, físico experto en transmisión de pensamiento—, tratamos de dar pruebas estadísticas de que los fenómenos que hemos experimentados son ciertos.
—Pero las estadísticas no son una prueba empírica en sí. Si lo que hace es de verdad, ¿por qué no hallan ustedes la prueba?
Se encontraban en una de las múltiples salas de reuniones del complejo de la Confederación de Mundos en Kiev. La luz blanca, que venía reflejada del nevado paisaje ucraniano, entraba a raudales por las tres ventanas que se abrían detrás de Visq. Era una vista bastante sugerente. Había lejanas montañas azuladas por la distancia y la densa atmósfera de la Tierra, más cerca se hallaban campos de cultivo nevados y adormecidos por el temprano invierno. Todavía más cercanos al edificio estaban los bellos jardines plagados de árboles de hoja perenne que le daban al conjunto un aspecto navideño. Y más cerca aún, por la primera ventana a la izquierda, se veía uno de los edificios que formaban el complejo. Era más bajo que aquel en el que se encontraban Visq y su equipo científico, por lo que se podía ver su tejado, una terraza totalmente cubierta de nieve. Y sobre ella, cerca del borde, estaba Lee Zalduendo, pequeña y delgada, titubeando.
Visq, que estaba de espaldas a las ventanas no podía verla. Los científicos, que estaban totalmente concentrados en su jefa, no desviaron ni una sola vez su mirada hacía el paisaje invernal.
—Ella lo hace.
El científico que había hecho tan rotunda afirmación era muy distinto a sus compañeros. Tenía la cabeza pelada y vestía una túnica marrón y naranja. Era Sunan Dipak un lama budista. Su misión era enseñar a los comandos modos de concentración y meditación que les ayudaran a manejar con soltura los exoesqueletos y robots con los que debían comunicarse a través de telepatía artificial.
—Sabemos algunas cosas —Ngila volvió a intervenir—, ciertas partes de su cerebro tienen una actividad mayor durante los momentos en los que ella asegura entrar en Percepción Índigo.
—¿Percepción Índigo? —preguntó Visq.
—Lo hemos llamado así. Dice que antes de entrar en trance ve un fogonazo de luz añil.
Ngila esperó una reacción de la JEM. Ella no movió un músculo. El profesor siguió:
—Bien, durante esos instantes hay varias partes de su cerebro que mantienen actividad más allá de lo común. Primero: el hipotálamo, donde se encuentra el centro del sistema nervioso vegetativo. Nuestros análisis llevan a la conclusión de que el sujeto es capaz de ordenar a diferentes glándulas que segreguen hormonas que en situaciones normales no podría, o no en las cantidades que hemos detectado. Sospechamos que es así como realiza sus proezas físicas.
—¿Está dopada?
—Si, señora, de manera natural. Segrega aquello que sea necesario para adaptarse a las circunstancias. Sobre todo dopamina, un neurotransmisor relacionado con las funciones motrices, pero que además es precursor de la adrenalina y la noradrenalina. La primera aumenta el ritmo cardiaco entre otras cosas, la segunda es responsable de la función de ciertas neuronas relacionadas con el sueño y la motivación. Pero además la dopamina interviene en la metabolización de tiroxinas, que estimulan el metabolismo de los hidratos de carbono y el consumo de oxígeno.
—¿Tiene límites?
—Sí, JEM, se sabe que grandes niveles de dopamina intervienen en la aparición de la esquizofrenia. Creemos que el sujeto puede autoestimularse hasta prácticamente ignorar el dolor o conseguir un aumento perentorio de la fuerza física. Pero nuestro cuerpo tiene límites, no es indestructible aunque sus hormonas intenten convencerlo de lo contrario.
Lee Zalduendo se moría de frío. Llevaba encima sólo el mono blanco que había usado durante esas dos semanas en los experimentos. No es que la hubiesen tratado mal, había sido más como pasar un periodo de reposo en un balneario. Claro que en un balneario no te extraen fluidos todos los días, no te fuerzan a hacer meditación durante tres horas al día, ni a usar bandas de transmisión de pensamiento para manejar brazos mecánicos y exoesqueletos a distancia. Y además te puedes ir cuando te dé la gana.
A Lee no le dejaban salir de las habitaciones cercanas al laboratorio y centro de entrenamiento. Había aguantado bien los primeros cinco días. Después había empezado a preguntar al monje budista, el tal Sunan, cuánto tardarían en soltarla. A los once días de estar allí había empezado a preocuparse de veras, a sentirse como un conejillo de indias y a pensar que la tenían prisionera. Luchó cuanto pudo contra aquel pensamiento. Sabía que si trataba de huir metería en un lío a sus compañeras del Thalion, y, a pesar de lo ocurrido con Lene, no dudaba que tarde o temprano la comandante la encontraría y le haría pagar por el castigo que sus acciones hubieran supuesto para Lonneke y ella misma.
Pero no podía más. Las paredes se le echaban encima. Le faltaba aire. Allí no había espacio, y sobre todo, no había a donde ir. Una tarde la llevaron a comer a uno de los pisos superiores, donde se entrevistó con un psicólogo. Al parecer sus guardianes habían detectado su malestar. Ese día consiguió ver el paisaje de Ucrania a través de las ventanas. Deseó con todas sus fuerzas poder salir de allí y correr por aquella llanura de tierras cultivadas hasta las lejanas montañas. Ese día supo que tenía que escapar o moriría de tristeza. Pidió que la dejaran salir al jardín, suplicó permiso para entrenarse en el exterior, pero no se lo concedieron. Así que aquella mañana había llamado al cabo de guardia, uno de sus muchos admiradores, le había pedido que se acercara a ella, había entrado en Percepción Índigo y le había noqueado de un golpe.
Durante los últimos días había aprendido mucho sobre sí misma y su extraña habilidad. Más incluso de lo que los científicos que la trataban podían imaginar; porque era un conocimiento personal, que proviene de la práctica con sus sensaciones internas. Además las sesiones de meditación con el lama le habían resultado muy provechosas. Todavía sentía dolor al cambiar pero ya era casi una experta en pasar a Índigo.
Adelantándose a los movimientos de los soldados había conseguido sortearlos y llegar hasta un ascensor. Eligió el piso en el que no había nadie para salir, su sexto sentido le fue avisando de quien esperaba el elevador, y gracias a unas solitarias escaleras, había llegado a aquella azotea.
Ahora se disponía a saltar. Volvió a entrar en el modo Índigo. Una aguja delgada como un cabello atravesó su entrecejo y su nuca. Hubo un ligero resplandor añil que permaneció en el rabillo del ojo, el sonido se amortiguó y el tiempo comenzó a transcurrir a cámara lenta. Lee miró al suelo. Estaba a tres pisos de altura. Pensó que si le fallaba su extraño poder se mataría contra la acera.
—Creo que ahora comenzamos a entendernos —dijo Eleonora Visq—. Pero eso no explica todo lo demás, lo de adelantarse al futuro.
Los científicos se miraron entre sí. En el interior del edificio la calefacción hacía que el ambiente resultase incluso agobiante para aquellos sabios que carecían de explicación para el fenómeno que investigaban. Sunan Dipak tomó la palabra.
—Verá Jefa, no todas las cosas de este mundo pueden ser explicadas por medio de la ciencia. Es cierto que segrega gran cantidad de hormonas, y que su hipófisis, el hipotálamo, y la mitad izquierda de su cerebro son especialmente activos, pero nada de ello explica la Percepción Índigo.
—¿Qué quiere decir?
—En las religiones orientales como el Budismo y el Hinduismo se habla de chacras o puntos de poder en el cuerpo humano. Uno de esos puntos, uno de los principales es el llamado Ajna o Tercer Ojo que nos une al mundo espiritual, despierta la mente a la intuición y es capaz de recibir y emitir informaciones que pasan desapercibidas para aquellos con un grado de espiritualidad menor. Es un foco de visualización. Un sexto sentido de percepción espiritual; el Ojo de la Mente.
En ese momento Lee saltó de la terraza como una nadadora en un trampolín y desapareció.
Eleonora Visq saboreó un instante las palabras del lama tibetano. A continuación se apoyó sobre la mesa y miró fijamente al monje. Tenía la mirada de un ave rapaz.
—Lo que realmente importa es si esas cualidades se pueden reproducir. Señores, ¿podemos conseguir que nuestros soldados se adelanten a los movimientos del enemigo?
—Podremos —dijo Ngila— pero debemos retener a la chica aquí.
—Recomendaría una exploración cerebral quirúrgica —dijo otro de los científicos, un neurocirujano.
Pero Sunan meneaba la cabeza y era a él a quien miraba la Jefa del Estado Mayor de la Confederación de Mundos.
—¿Usted qué haría? —le preguntó.
El lama sonrió:
—Dejen que se vaya. Se siente prisionera. Se trata de un ser humano, no de una cobaya. Hágala volver periódicamente, por supuesto. Iremos avanzando poco a poco. Creo que estamos tratando con un asunto que tiene su base en el dominio y control de la mente humana, por no decir del alma. Cuanto más experimente ella por sí misma, tanto más podremos aprender nosotros. Creo poder asegurar que hoy mismo pudo comenzar a enseñar a nuestros comandos mas avanzados nuevas técnicas de búsqueda mental y visión remota para su uso con bandas de transmisión del pensamiento.
—¿Ya mismo? —incluso Visq se asombró.
—Sí, ella me ha ayudado mucho.
—¡Imposible! —protestó uno de los médicos— ¡Usted nos ha ocultado datos!
La inevitable discusión comenzó. Algunos se pusieron en pie, otros agitaron papeles en el aire. Dos de ellos gritaban al unísono a Sunan. Pero el monje no se inmutó, su sonrisa de buda se quedó esculpida en su cara regordeta, los ojos fijos en Visq. La JEM le miraba como si fuera un ratoncito en el suelo del bosque.