Bienvenida

El Serial

LENE

Joe Terho era muy agresivo. Lene jadeaba exhausta sobre la mesa de su camarote, momentáneamente paralizada. Mezclaba en sus entrañas los recuerdos del placer inmediato, con el entumecimiento producido por el dolor de los embates del marciano. Sentía que las hormonas que su cuerpo segregaba la invitaban al sueño, pero la incómoda postura en la que se encontraba sólo permitió que se sumiera en sus pensamientos mientras recuperaba el resuello.

Ya era la segunda vez que la cogía por la nuca y la forzaba a agacharse. A Lene no le había quedado más remedio que apoyarse en la mesa y apretar los dientes. Luego el grosero mecánico había tirado del pequeño tanga hasta romper el elástico. Si seguía haciendo eso Lonneke les iba a pillar al ver las prendas rotas en la basura.

Había tenido que fingir que aquello le cogía por sorpresa. Nada más salir el Turin, Terho se había presentado en el camarote de la Comandante, no le había importado en absoluto ver que Lene sólo vestía la camiseta y el tanga típicos de la Éxtasis.

—¿Desea algo, Ingeniero-Mecánico? —había preguntado Lene con educación.

Terho, con una sonrisa torcida, se había abalanzado sobre ella sin más explicaciones.

Como las otras veces la brutalidad del hombre arrastró a Lene, que apenas supo mantener la concentración necesaria para recordar por qué se estaba dejando hacer aquello.

Desde el principio la elección del ingeniero marciano le había resultado desagradable. Era un riesgo calculado, según le había dicho Scotton, pero su propia expresión al hablar de ello había provocado la duda en la Comandante del Thalion. Por eso, cuando le conoció no dejó que la suspicacia se trasluciera en sus gestos o en sus palabras.

Estaban en el puente del Thalion. La tripulación al completo por primera vez. Tras los saludos habituales quedó claro que Terho no era del gusto de Lonneke. Esto divirtió a Lene, que sabía como los hombres de masculinidad exacerbada provocaban celos en la navegante venusiana. Sin embargo, en esta ocasión, la capitana compartía la repulsión de su oficial.

No era por el aspecto desaliñado del Ingeniero-Mecánico, ni siquiera su socarronería o la forma en la que, desde el primer momento, trató a sus compañeras de tripulación. Era algo que estaba un poco más allá del comportamiento diario.

A los pocos días se hizo patente que Joe Terho buscaba algo. Parecía un casanova sin modales, y puede que lo fuera, pero Lene percibía ese algo más. Hacía preguntas. Siempre deseaba obtener información y se pasó las primeras horas de Lene a bordo exigiéndole el paso al laboratorio y acceso a la CPU del IBM Smart.

Por cierto que algo raro ocurría con el ordenador; pero Aras Ludoviqus era hermético como una caja fuerte en lo que atañía a su máquina, y a Lonneke todavía no había conseguido sonsacarle qué estaba sucediendo, aunque tarde o temprano lo conseguiría, siempre lo hacía.

Es posible que Lene se pasase de precavida, a veces pensaba en ello, pero era mejor prevenir, sobre todo si lo que estaba en juego era su nave; Una flamante y señera nave interestelar. Esa maravilla que sólo ella gobernaba. La sospecha de la Comandante se traducía más o menos así: Joe busca nuestros puntos débiles, si los llega a conocer, un día estaremos en sus manos. Eso no tendría que ser realmente malo entre tripulantes de un navío espacial.

Pero Joe Terho era marciano.

Ya habían habido demasiados fallos de seguridad. El Thalion era un proyecto de la Confederación de Mundos que usaba para su consecución las teorías de un brillante científico ya desaparecido: Yonas Soto. Sin embargo, el encargado militar del proyecto, el General Zoltan Rubirak había resultado ser un traidor; un loco nacionalista marciano que había estado dirigiendo un proyecto paralelo y ocultando la información de los progresos verdaderos. Así el Thalion y su gemelo, el Huor, habían estado terminados mucho antes de lo previsto. De hecho el Huor era un proyecto mucho más avanzado que el primero, y totalmente marciano. Gracias al uso de estas naves los rebeldes racistas habían conseguido lanzar ataques terroristas en la Tierra, y provocar la guerra civil en el planeta rojo. También las habían utilizado en la exploración de otros sistemas solares, fruto de lo cual había sido el descubrimiento de un planeta similar a la Tierra al que habían bautizado como Exotierra, el descubrimiento de una antigua cultura de seres similares a los humanos, y todo el conflicto de los insectoides.

Una conspiración tan vasta no podía sostenerse sin la participación de gran número de personas, todas fieles a los principios nacionalistas y racistas de Rubirak. El propio Terho había trabajado en ciertos momentos en el proyecto Thalion. ¿Y si él era uno de esos traidores? Uno de esos durmientes que sólo estaban esperando un mensaje para volverse en contra de sus propios compañeros.

Era muy difícil que alguien de Venus o Titán compartiera las tesis de los rebeldes marcianos, ya que según estos los marcianos se habrían convertido en una raza aparte de la humana, y, por supuesto, superior. Joe, era marciano, sí, y además había estado implicado en la construcción del navío interestelar. Había pasado todos los controles, es verdad, pero un espía que no consigue burlar las medidas de seguridad del enemigo no es un verdadero espía.

Si lo era o no, la obligación de Lene era descubrirlo para desenmascararlo o anticiparse a sus jugadas.

A simple vista era obvio que Terho estaba en su salsa rodeado de la tripulación femenina del Thalion. A Lene le hubiera gustado traer sólo mujeres, pero el currículum de sus nuevos compañeros era único e insustituible. Si el marciano era un espía su táctica estaba clara: obtener información de las chicas de a bordo a través del contacto sexual con ellas.

Por supuesto no le había valido de nada con Lonneke. No sólo no había estado nunca con un hombre sino que no le atraían lo más mínimo. Otra cosa había resultado ser Lee. La jovencita a la que se le caía la baba al ver al marcial Helvar Scotton no tenía ninguna defensa contra el más joven y agresivo Joe Terho. Afortunadamente había sido traslada a la Tierra con el fin de investigar esas extrañas cualidades suyas. Era un alivio; podría haberse convertido en un obstáculo. Resultaba extraño que Lene tuviera tantas sospechas sobre Joe, y que Lee, supuestamente poseedora de un sexto sentido, le mirase con ojos de cordero.

Había que combatir el fuego con el fuego. Lene había decidido usar las mismas armas de Terho. Carecía de escrúpulos en lo referente al sexo tanto como él. Pero sería ella la que acabaría obteniendo información. Tenía mucha confianza en su experiencia y recursos.

La primera vez fue en la Sala de Éxtasis. Lene se había asegurado de que Lonneke estuviera en una reunión técnica, en la Plataforma Espacial Amistad, mientras Terho le mostraba el funcionamiento de los novedosos criosarcófagos. Las cámaras habituales de éxtasis eran inútiles en el Thalion, ya que la densa esfera de su centro era capaz de girar a velocidades cercanas a la velocidad de la luz, produciendo un incremento de la gravedad. Todos los objetos de la nave se veían irremisiblemente atraídos hacia el centro y podían acabar hechos papilla. Todo lo que no fuera orgánico llevaba de una manera o de otra elementos férricos, incluso la ropa, que era diseñada especialmente para el Thalion. Y los poderosos electroimanes del MIM controlaban su estabilidad. Pero las personas y, por ejemplo, la comida, necesitaban algo más. Los nuevos criosarcófagos incluían un sistema de sujeción a base de una substancia acuosa oxigenada llamada Oxiaqua, que llenaba la cámara y se introducía en el sujeto en cuestión. Una substancia similar, la Oxiespuma, llenaba las despensas y compartimientos donde se almacenasen objetos sin material ferroso. Los pulmones y órganos internos de los tripulantes, previamente sedados, se llenaban de este líquido y convertían a la cámara y al tripulante en un todo que era atraído por igual hacía el núcleo. Evidentemente este sistema no hacía disminuir la atracción, pero sí protegía de manera más efectiva a los humanos a bordo. La ventaja era el reducido espacio de tiempo en el que se alcanzaban velocidades relativistas. Si la rotación de la esfera se mantuviera por varios segundos el navío entero acabaría aplastado contra ella.

Esto mismo era lo que el Ingeniero-Mecánico explicaba a su Comandante aquel día. La Sala de Éxtasis era tan blanca y luminosa como el resto del Thalion, y Lene deambulaba acariciando cada una de las nuevas cámaras. Joe no le quitaba los ojos de encima.

—No sé si fiarme realmente —decía—, lo único bueno es que estaremos sedados durante el plegamiento. Si llegamos a despertar es que no nos habremos hecho papilla.

Lene fingía no escucharle. Se apoyó en uno de los cilíndricos sarcófagos.

—Ajá —dijo sin entusiasmo.

Estaba pensando en un método para seducirle. Ignoraba que no le hacía falta. Joe torció la sonrisa en un gesto que a la capitana ya le era familiar; significaba que se sentía superior.

—¿Qué? —dijo— ¿Vale la explicación?

Lene se sorprendió sinceramente ante la grosería, pero como no podía llevarle la contraria de forma directa, prefirió hacerse la inocente.

—Sí, ha quedado claro.

—¿Entonces por qué no cerramos la puerta y te quitas la ropa?

Era una bravuconada. Lene pensó que ni en sus mejores sueños Terho podía imaginarse que iba a hacerle caso. Seguramente imaginaba que Lene se marcharía indignada e incapaz de responderle. La medio asiática esperaba ver su cara de pasmo y babosa satisfacción cuando se bajó la cremallera del mono que vestía, se lo quitó y se acercó en ropa interior a la puerta para cerrarla. Pero no fue así: Terho estaba bien entrenado, era sincero o ambas cosas a la vez, porque mantuvo su sádica sonrisa de burla y superioridad.

El sexo con él resultó una batalla; no sólo por la violencia con que se manejaba y que Lene toleraba como una muñeca, sino por el duelo de preguntas que se cruzaban con el fin de obtener información el uno del otro. Terho quería saber sobre las próximas misiones del Thalion, si iba a ser usado en misiones bélicas y qué se decía en las reuniones que Lene mantenía con Scotton y Visq.

—¿Por qué has mandado a Lonneke abajo? —le había preguntado hacía unos momentos en su camarote.

—¿A ti que te importa? —fue la escueta respuesta.

Terho aplastó a Lene contra la mesa y le retorció aún más el brazo que le sujetaba.

—Un fallo técnico —dijo Lene entre dientes—, en la antena del satélite de navegación...

—¿Es un fallo de serie?

Para no contestar Lene puso en marcha su propia táctica. La Comandante estaba más interesada en las circunstancias personales de Joe. Le provocaba.

—Es lo único que un marciano como tú puede hacer con una mujer, ponerla contra la mesa y preguntarle gilipolleces...

—Es lo único que te mereces, perra terrestre...

Podía haberse liberado fácilmente y haberle dado una lección al totalitario, pero necesitaba más datos, pruebas que usar contra él. Después, mientras se apoyaba en la mesa tratando de recobrar el aliento y dejar pasar el dolor, se preguntó si realmente lo había hecho para obtener información. Bueno, se dijo, al fin y al cabo nunca me ha importado mezclar negocios y placer.


Creado: 3 de abril de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio