Bienvenida

El Serial

LENE

Su corazón se aceleró al sentir que despertaba. Creyó que estaba en un criosarcófago de Éxtasis y ahogó un chillido. No tenía fuerzas. La sensación sedante que recorría su cuerpo no se parecía en nada al rápido despertar de la hiperadrenalina. Con mucha lentitud se recompusieron los recuerdos de las últimas horas. No abrió los ojos. Revivió la preocupación de tener que vigilar a la joven Lee, el nerviosismo antes de entrar en la suite penthouse con el Tyr, la excitación del viaje por los aires colgada de un helicóptero y el miedo a la muerte bajo los disparos de francotirador de Qubul Motolinía.

Sólo cuando estuvo convencida de encontrarse en un hospital y no al final de un viaje interplanetario, abrió los ojos. Sólo vio la blancura inmaculada del techo de su habitación. Pero oyó ruidos a su derecha y pronto tuvo ante sí la cuadrada pero bellísima faz de Lee Zalduendo.

—Llevas un rato despierta —no era una pregunta.

—Creo que sí.

—No te muevas. Te hirieron en el pie, a la altura del tobillo. Fue una herida muy fea, han tenido que reconstruírtelo.

Ahora Lene entendió por qué el exceso de sedación. Habían tenido que implantarle un injerto de tejidos clonados y nanobots inteligentes. Los robots del tamaño de virus habían estado estimulando y acelerando la regeneración, que se desarrollaba a partir de células madre clonadas de la propia Lene. Éstas se transformaban en nuevos huesos, músculos, vasos sanguíneos y piel a gran velocidad, controlados químicamente por la inteligencia artificial de los nanobots. Todo en su correcta proporción, siguiendo el modelo genético grabado en las propias células de la Comandante del Thalion. Si se hubiera puesto una cámara a velocidad lenta ante la zona herida, y luego se hubiera pasado la grabación a velocidad normal, los espectadores hubieran observado como después de una simple operación y unas pocas inyecciones, la carne de la paciente se regeneraba sola y formaba un tobillo idéntico al original.

Por supuesto el dolor era demasiado como para que ningún ser humano lo soportase. Y los picores y otras sensaciones psicosomáticas persistirían durante semanas.

El disparo debió ser realmente certero y destructivo.

—Te vi saltando de una cornisa. ¿Qué te ocurrió? —preguntó Lene todavía con un hilo de voz.

—Es largo de contar. Y muy extraño. Algo me pasó.

Lene no se atrevía todavía a girar el cuello. Lee se apartó de ella con una rara expresión en el rostro. Lene movió sus ojos para seguirla, pero el dolor le hizo imposible mantener ese gesto tan nimio. Decidió que era preferible hablarle al techo.

—¿Pero qué fue? ¿Me lo vas a decir o no?

La dulce voz de diecisiete años llegó desde otro extremo de la habitación.

—Algo en mi cabeza. Todavía no se lo he contado a nadie.

—Cuéntamelo a mí.

—No, todavía no. Cuando te levantes de la cama y estemos en la nave.

Lee conservaba, como todos aquellos acostumbrados a vagar por el Sistema, la manía de pensar que dentro de su nave estaba aislada y a salvo. Era casi como un hogar para ella. Esta era una idea que Lene compartía sólo a veces, pero le agradaba que su nueva compañera fuera de esa clase de cosmonautas.

—Me parece que estás asustada —dijo la oficial superior en un tono paternal.

—Sólo quiero volver a la nave. Nada más. No quiero que me dejen aquí.

Lene asintió mentalmente, era la única forma en la que era capaz de asentir en esos momentos.

—Dime al menos qué ocurrió con De Balboa y cómo llegué aquí.

Lee volvió a acercarse a la cama y apareció en el ángulo de visión de Lene.

—De Balboa cayó al suelo. Está al borde de la muerte. Nadie sabe si se recuperará. Lo tienen aquí mismo, en este hospital. Su cuerpo está aplastado, si responde al tratamiento tiene una oportunidad. A ti te trajeron desde el Mandalay Beach. Tengo entendido que a alguna de sus clientes le dio un ataque al verte en uno de los ascensores expreso, todo lleno de sangre y eso. Un desastre. Llevas aquí tres días. ¿Quién te disparó?

Lene tuvo un pensamiento fugaz para Lonneke, allá lejos en la Plataforma Espacial de Amistad. Estaría muy preocupada.

—Motolinía. Desde el helicóptero con el que escapó.

—Ya, me temo que haya conseguido huir. Los marines que me trajeron al hospital me han dicho que tenían un cohete químico con el que abandonaron el planeta. La CM no ha encontrado el Venganza. En fin, que se ha largado.

Lene consiguió fruncir el ceño.

—¿Los marines?

—Sí. Creo que eran los tíos con los que entraste en la suite de Costil, incluido el Tyr. Ya sabes, mucha formalidad, lealtad al uniforme y ese rollo. Pero me sacaron del embrollo del Bellagio y me libré de un montón de preguntas en comisaría.

Por un segundo el rostro de Lee se enterneció. Miró fijamente a los ojos a Lene, sus pupilas se movían nerviosamente bajo el brillo de una lágrima. Acto seguido se agachó y besó tiernamente la boca de la medio asiática. Ella no pudo corresponderle.

—Me alegro de que vinieras a por mí. Realmente creí que no salía de allí. Lo hice todo mal. Gracias.

Lene hizo algo parecido a sonreír.

—Nunca abandono a los míos.

Lee Zalduendo se apartó y su capitana pudo cerrar los ojos con una sensación plácida en todo el cuerpo. Dejó que los calmantes surtieran efecto y no tuvo pesadillas.

RUBIRAK

Zoltan Rubirak se pasaba una y otra vez la mano por el pelo canoso. Estaba sentado en su ciclópeo despacho del Palacio de Gobierno de Tharsis. Los hombres de su estado mayor aguardaban alejados de él, no como figuras en la distancia pero casi. Todo eran malas noticias. El suministro de hidrógeno acababa de cortarse. Con el que podían conseguir en Marte no llegaría para alimentar a la flota de guerra, y si no podían mantener las armas en funcionamiento tarde o temprano se verían obligados a rendirse.

Al fin el dictador levantó la cabeza y su voz no tembló:

—Bien, ¿qué hay de los informes que solicité en relación a Solaris?

Uno de los comandantes dio un paso al frente, se aclaró la garganta y emitió su reporte:

—Lo único seguro, señor, es que no sabemos qué ocurre allá abajo. Hemos averiguado que han desconectado todas sus secciones y sólo mantienen un laboratorio operativo: el de Resistencia de Materiales. Parece ser que intentan mejorar el ferrocristal, o crear un competidor del cristalacero.

Rubirak detuvo el discurso levantando una mano. Volvió a mesarse los cabellos y se puso en pie de un salto, su cara estaba roja de ira:

—¡Es usted imbécil! ¡Cualquier subnormal habría hecho un trabajo mejor! ¡Materiales y cristalacero! ¡Hasta un crío habría podido averiguar eso!

La diatriba siguió durante unos minutos más. Rubirak se acercó a sus hombres y les gritó a la cara. Sólo los más veteranos y dotados de una fuerte personalidad, evitaron agachar la cabeza. Algunos se pusieron en posición de firmes. Uno de los generales dio también un paso al frente.

—¡Permiso para hablar, señor!

Rubirak se le quedó mirando.

—Quiero saber si tienen reservas de gas hidrógeno, o generadores de nueva invención, General Riuku, si no va a hablarme de eso será mejor que se calle o lo haré fusilar.

El comandante que había hablado antes tragó saliva, pero no así el veterano General, totalmente calvo y con manchas de vejez en el cuero cabelludo.

—Sabemos que operan con tecnología ultra secreta, señor, y también sabemos que necesitan grandes cantidades de energía para mantener operativa su maquinaria. En las últimas semanas han reducido su consumo de energía, de lo cual deducimos que poseen sus propias plantas de fusión. La cantidad de hidrógeno, deuterio o helio 3 que tengan almacenada o el modo en que lo consiguen no hemos podido averiguarlo. Esa es toda la verdad, señor.

Rubirak no le hizo fusilar.

—Bien, ¿qué me aconsejan?

Otro general se adelantó.

—Según nuestros cálculos podemos aguantar comprando el gas directamente a los proveedores, hasta que el Huor haya sido remodelado por completo y nuestros planes puedan ponerse en marcha.

—Me pide usted que Marte negocie directamente con piratas.

—Por el bien de Marte, sí, señor.

Rubirak miró un momento al techo y después al suelo.

—¿Y qué hay de Solaris?

—Un asalto, señor. Con armaduras de combate. Dentro de quince días si no hemos encontrado una solución mejor.

—Bien, señores, aceleren los trabajos en el Huor. Necesitamos esa nave en funcionamiento enseguida. Riuku, usted mismo dirigirá las negociaciones con esos traficantes de gas. Hablaremos de ese asalto armado en la próxima reunión. Pueden irse.

Los pasos del estado mayor de Marte resonaron como cañonazos en el silencio que quedo acompañando a Zoltan Rubirak.

LENE

Con lágrimas en los ojos la Navegante del Nautilus se despidió de su amada. Usó una expresión formal, tenía que guardar las apariencias delante del Vicealmirante y la Almirante. La gran pantalla del Thalion mostraba una Lene casi feliz. Mientras había estado informando sobre su intervención médica la Comandante había permanecido seria, pero cuando vio la emoción en los ojos de la joven venusiana no había podido reprimir una sonrisa. Lonneke casi se echa a llorar al oírle decir que llegarían a la Tierra en menos de ocho horas.

Después se apagó la pantalla, y en el Thalion el holograma se desvaneció en el aire.

Lene permaneció un rato como a ella le gustaba; en la penumbra de la IIC, mirando al oscuro vacío. Había programado en persona un viaje de bajo consumo y bajas aceleraciones. Tenía mucho tiempo antes de que la inercia hiciera imposible caminar por los estrechos pasillos del Nautilus. Detrás de la veterana nave, impulsada por su motor de iones, Venus iba quedando atrás.

Sin que ella lo esperara, una delicada caricia bajó por su mejilla en gravedad cero. Lene levantó la vista y vio a Lee flotar sobre su cabeza. Ambos rostros se acercaron y se besaron; uno boca arriba y otro boca abajo, aunque las posiciones fueran relativas en el espacio ellas lo sintieron así.

—¿Estás segura de que es esto lo que quieres? —preguntó Lene.

Lee apenas sonrió.

—Es mi regalo, por salvarme la vida.

—Era mi obligación, no me debes nada.

—Lo haré de todos modos, sólo una vez. Pero recuerda que Lonneke nunca debe saberlo.

En la Sala de Éxtasis Lene se desnudó por completo delante de la jovencísima Oficial de Seguridad. Tenía un cuerpo curvado y hermoso, con caderas más anchas que las de Lee y senos más abultados. La chica del pelo azul se ruborizó y agachó la cabeza. Lene esbozó una sonrisa ladeada y se acercó a su pupila. Lentamente le quitó la camiseta de hombreras y el pequeño tanga. Después la abrazó y notó que su cuerpecito estaba temblando.

—No tienes nada que temer —dijo.

—No sé si podré hacerlo.

—Podrás.

Lene comenzó a besar a Lee muy despacio. Primero dejó en sus mejillas besos que eran de amor, a continuación en sus orejas y en su cuello. Luego en sus pechos. A Lee le extrañó que esto no le repugnase. Sus pezones se endurecieron mientras Lene los acariciaba con ambas manos, y deseó su boca. La tuvo al instante y pudo saborearla largamente a la vez que notaba que su cuerpo se humedecía y se avivaba. Pronto la ternura dejó paso al ardor y ambas mujeres se buscaron con más ahínco.

Lene llevó de la mano a Lee hasta su criosarcófago.

—Verás como es la mejor experiencia de tu vida.

Lee nunca pensó que llegase a tanto, pero sus recuerdos de aquello fueron siempre apacibles y cálidos. Lene la hizo entrar primero y se recostó a su lado. Inmediatamente comenzó a tocar su sexo mientras la besaba en el vientre, lamía con la punta de la lengua la dureza de sus pezones, la besaba en la boca o la miraba a los ojos.

Poco a poco Lee dejó atrás el nerviosismo y comenzó a relajarse. El contacto entre las amantes se humedeció y la antigua pirata aprendió a desear los senos de otra mujer y saciarse entre sus muslos. Lene sabía muy bien lo que estaba haciendo y extrajo de ella mucho más placer de lo que Emilien había conseguido nunca. Lene no la forzaba, su piel era muy suave, ninguna de las dos tenían ningún vello corporal, y eso lo hacía todo mas resbaladizo y agradable.

Cuando el criosarcófago comenzó a sellarse, Lene le explicó como debían trabarse las piernas en aquel reducido espacio. Lee pudo sentir el empuje de la aceleración mientras el motor de fusión aumentaba su rendimiento y creaba cada vez más plasma que era expulsado al espacio. Lene fue un poco más dura ahora. La besó con tanto ansia que le cortó la respiración y su lengua presionó salvajemente dentro de su boca. Lee se sintió durante unos minutos como una muñeca abandonada que busca una nueva dueña, era algo que le ocurría también a veces con Emilien. Lene mordió sus pequeños y respingones senos y la hizo chillar débilmente. Luego le ofreció sus propios senos, que la chiquilla saboreó con mucha más ansía de lo que hubiera podido imaginar. Al mismo tiempo Lene se frotaba contra ella con mucha más fuerza de lo que lo había hecho antes. Lee casi creyó reconocer un ímpetu masculino.

—Avísame cuando estés lista —le dijo la medio asiática al oído.

Lene quería que aquel encuentro fuera tan perfecto que culminara con un orgasmo sincronizado. Lee sentía mucho calor, y se dio cuenta de que se estaba conteniendo de nuevo. Después de todo no era la mejor experiencia de su vida.

—Creo... Creo que voy a.

La semi asiática sintió como su compañera alcanzaba el éxtasis y la acompañó segundos después. Había salido casi a la perfección. La besó una y otra vez, besos lentos y profundos.

—Dime que me quieres.

Lee tenía los ojos cerrados y estaba en un estado entre el placer y el sueño que no quería romper, pero fue capaz de contestar.

—No.

—Sé que me quieres. Dilo y estaremos siempre juntas.

Lene acercó su boca a la de Lee como si fuera a besarla de nuevo, pero cuando Lee levantó la cabeza para encontrarse con su amante, ésta se apartó. La del pelo añil regresó al lecho deseando el beso pero sin él.

—Di que me quieres.

—No... Es Lonneke la que te quiere.

Lene ya no dijo nada más. Se tumbó a un costado y dejó que Lee se quedase dormida dulcemente. El efecto de los sedantes que había programado en forma de gas tardó tanto en hacerle efecto que pudo llegar a sentir los auténticos tirones de gravedad que provocaba la aceleración. La imagen de Lonneke y los remordimientos la persiguieron hasta que el sueño la derrotó. Al diluirse su conciencia supo que el despertar iba a estar lleno de terribles agujas que se clavaban en sus ojos. Deseó no gritar como una niña.

SCOTTON

—Lo que esa niña hizo es... increíble.

—Cuando lleguen quiero que bajen al menos unos días a la Tierra. Aunque haya que retrasar al presentación. Voy a dar órdenes para que alguien de Inteligencia Militar la examine.

El despacho de Leonora Visq en la Estación Espacial de Amistad estaba totalmente a oscuras excepto por una pequeña lámpara de escritorio que apenas alumbraba la portentosa figura del Vicealmirante Scotton, sentado enfrente de su jefa directa.

—¿Crees que...?

—No me atrevo a creer nada, pero hay que tenerla bajo observación constante.

—¿Y qué ocurre si ella se niega?

—¿La estás defendiendo, Helvar? No pretendo hacerle daño. Pero si tiene cualidades que debamos estudiar, que podamos aprovechar, es nuestro deber hacerlo.

—Lo sé, lo sé. Pero es muy joven, aunque su valor esté fuera de duda.

Visq removió alguno de los papeles que se encontraban revueltos sobre su mesa. Casi todos mostraban proyecciones sobre plano de mapas tridimensionales. No supo decidirse por ninguno en concreto, por lo que su gesto simplemente desordenó todavía más la escena.

—¿Has leído los informes?

—Sí, la actividad pirata en el Sector Exterior se está intensificando. Atacan a todo carguero que sale de Titán y Europa.

—En efecto. El gobierno de Titán ya ha presentado una queja a Rea. Europa nos ha pedido ayuda. He decidido desagrupar la Segunda Flota, y he dado órdenes para que busquen y cacen a todo navío pirata que se les acerque.

—Eso parece lo correcto.

—Es lo único que permite hacer la política. Dependemos de la opinión pública.

Scotton se removió incómodo en su silla. Las voces de ambos interlocutores parecían salir de fantasmas o estatuas sin vida, Iluminadas por los focos amarillos que se usaban con los antiguos monumentos de la Tierra.

—No entiendo por qué no quieren defenderse.

—Ya nadie recuerda la guerra, ni los malos tiempos. Sólo quieren que continúe la prosperidad y que les resuelvan sus problemas.

—La gente como Rubirak no entiende sobre prosperidad, sólo sobre odio.

—Ya. Explícaselo a los grupos pacifistas que se manifiestan todos los días en la Tierra y Europa, y a los medios de comunicación. Los tenemos en contra. Dan la impresión de que somos una gran potencia bélica que no permite a los pobres marcianos vivir en libertad con sus propias creencias.

—¿Y la gente que ha asesinado Rubirak? ¿Esos no cuentan?

—Son los medios los que deciden qué se cuenta a la opinión pública y qué no. Los vientos políticos soplan ahora en esa dirección. Somos los malos, Helvar.

—Lo que faltaba.


Creado: 19 de marzo de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio