LENE
Cerró y abrió los ojos como ni no pudiera creérselo. El viento le daba con fuerza en la cara. Miró hacia arriba y descubrió a Motolinía y Costil sorprendidos de verla allí. El ruido del aire era muy fuerte y las palabras que se cruzaron los traficantes apenas llegaron a sus oídos:
—¡Nos echará a tierra! —gritó Motolonía.
—¡Dispárale imbécil! —chilló Doru Costil.
Motolinía, el clásico pirata, portaba su pequeño trabuco antiguo que, igual que el sable de abordaje, era una hermosa pero poco útil antigüedad. Tuvo que sacar la pólvora, introducirla en el cañón y compactarla. Mientras, Costil le miraba estupefacto. Lene no podía ver todo esto desde su poco ventajosa posición, pero, desesperada por la indefensión, giró la cabeza y vio lo que se les venía encima.
Sobre la plataforma, a Motolinía se le acababa de caer la pólvora, hizo un gesto a medias entre agacharse a recoger lo que pudiera o sacar más y Costil volvió a insultarle. Después de eso el mafioso levantó la cabeza y se movió del pequeño refugio que habían hecho con sus cuerpos para ayudar a cargar el arma evitando el aire, entonces él también vio el enorme edificio que se les acercaba a toda velocidad. Golpeó al pirata de barba verde en el hombro y los dos gritaron al unísono con todas sus fuerzas.
El piloto del helicóptero era, claro está, uno de los tripulantes del Venganza. Había otros dos piratas con él, armados de rifles de precisión, que le habían señalado inútilmente el obstáculo que le levantaba ante ellos. Los filibusteros se gritaban y maldecían mientras el piloto tiraba de la palanca de ascensión con todas sus fuerzas.
Lene rozó la azotea con los talones, pero no chocó y no se soltó. Arriba, en la plataforma las cosas se estaban poniendo muy feas. Motolinía terminó de cargar el trabuco introduciendo un puñado de esquirlas metálicas, pero en lugar de acercarse al borde y apuntar a Lene dirigió el arma contra Costil.
—¿Qué haces? —preguntó el dueño de El Oro Azul.
—Estoy harto de ti, Costil. Por tu culpa estamos así, fue un error usarte de intermediario, nos han cogido por ti, pero todavía puedo arreglarlo.
El gordo comenzó a retroceder, preocupado por el cañón que le apuntaba y olvidando que se encontraban en una plataforma sujeta por un helicóptero.
—¡No! —chilló—. ¡Espera! Podemos llegar a un acuerdo. ¡El 60% para ti! ¡El 70%!
El disparo no le acertó de pleno sino debajo de la clavícula derecha, aun así el impacto le hizo caer de la plataforma. Al verlo Lene pensó que el helicóptero entero caería debido al peso y se soltó ella también. Pero el aparato enseguida ganó velocidad y altura, perdiéndose de vista. Lene se incorporó sobre el tejado del edificio, no había podido ver cual era, pero seguro que se trataba de otro hotel-casino. Le dolían todos los músculos del cuerpo y la herida que tenía en la cadera seguía sangrando. Pero era consciente del peligro en que se encontraba todavía así que se levantó trabajosamente y desenfundó la espada. Se acercó precavidamente al hombre que había caído, pero enseguida se dio cuenta de que era Costil y de que estaba herido.
Llegó a él y le sujetó la cabeza. Estaba bastante mal, el disparo le había dado en el pecho, llenándole arterias y pulmones de afiladas virutas de metal; no duraría mucho si no recibía asistencia. Lene toco uno de los dispositivos del traje de combate, que emitió una señal de socorro para la CM. Los marines estarían allí en cinco minutos. De todas formas debía conseguir la información que pudiera extraer al mafioso. El hombre parecía querer hablarle:
—Me… Me ha … Disparado —dijo entrecortadamente.
—Estás herido, si no te llevo a un hospital morirás —dijo Lene fríamente—. Tu vida por información.
Costil asintió moribundo.
—¿De dónde sacabais el gas?
—A… Asaltos. Casi todo. Plataformas piratas… En Saturno. Hay… Muchas.
Lene se acercó a la cara de Costil para oír lo que decía.
—Ahora dime quién es el chivato. ¿Quién te dijo que Lee Zalduendo era una infiltrada?
—Mo… Motolinía.
Lene entornó los ojos, esa respuesta no era satisfactoria, tenía que haber alguien más.
—¿Y cómo lo supo él?
Costil parecía estar quedándose dormido. Sus párpados habían caído pesadamente.
—¡ ¿Cómo?! —gritó Lene sacudiendo al gordo.
Costil abrió los ojos.
—Un tal… Emilien Grispard. Un camello.
La medio asiática soltó las solapas del hombre que cayó sin fuerzas sobre sus rodillas encogidas. Levantó la cabeza y respiró aire fresco. A Lee no le iba a gustar nada aquella noticia. Pero no hubo tiempo para reflexiones éticas; Costil abrió la boca reseca, su voz era una afonía agónica, Lene tuvo que pegar la oreja a sus labios, pero oyó lo que decía.
—Hay… Más. Rubirak….
Costil parecía agotado hasta la extenuación.
—Sí, Rubirak… —dijo Lene.
—Rubirak… —Costil no podía más—. Invasión… Sin gas… Un plan de….
Fueron sus últimas palabras, pero no debido a la falta de aire. Su cabeza recibió el golpe seco de un disparo. Lene cayó de espaldas. Estaban allí arriba, el helicóptero había vuelto volando en modo silencioso. Motolinía disparaba desde el aire con un rifle de precisión, un solo tiro y Lene sería historia. Rodó a toda prisa por la azotea y se puso en pie de un salto. Motolinía falló su primer disparo.
Sin perder un segundo Lene echó a correr por aquel lugar. No había tenido tiempo de echarle un vistazo. Era sin duda la terraza de lujo de un hotel: había una piscina olímpica, y más allá casetas de baño y la salida de los ascensores. Sin pensárselo dos veces saltó a la piscina, rogando porque estuviera llena. Un segundo disparo dio contra el borde de mármol justo cuando la Comandante del Thalion tocaba el agua.
Efectivamente estaba llena. Era raro, porque todas las luces estaban apagadas. Tenía que ser muy tarde, de madrugada, para que no hubiera nadie allí. Lene buceó sintiendo como todo su cuerpo se quejaba por el esfuerzo físico; demasiado tiempo en el espacio y en lunas del Sector Exterior, necesitaba rehabilitación y ejercicio. Pero consiguió llegar al otro lado. Dos disparos más se perdieron en el agua. Estaba demasiado oscuro como para apuntar bajo el líquido elemento. Con un último esfuerzo Lene salió de un salto de la piscina y corrió desesperada hasta las puertas de los ascensores. Estos llegaban directamente a la azotea, y quizá sus puertas metálicas pudieran desviar algún disparo.
Cuando todavía le faltaban diez metros las puertas se abrieron. Eran automáticas y tenían sensores de largo alcance, definitivamente debían de estar en un hotel de lujo. Lene corrió un poco más y dio un salto para alcanzar el fondo del habitáculo del ascensor. Justo mientras estaba en el aire sintió como una picadura encima del talón. Motolinía le había acertado. El salto no salió del todo bien por ese motivo y Lene no llegó hasta el fondo del ascensor.
—¡Primer piso! ¡Primer piso! —chilló angustiada.
El ordenador reaccionó al instante y las puertas comenzaron a cerrarse. Aun así Motolinía pudo disparar tres veces. El primer tiro pasó entre las puertas y destrozó el gran espejo del ascensor. El segundo atravesó una de las hojas de las puertas y dio contra el suelo. El tercero pasó rozando la cabeza de Lene. El ascensor empezó a bajar y la joven Comandante se tumbó en posición fetal. Contuvo sus ganas de llorar y repitió:
—Primer piso.
Se había salvado y tenía la información. Es más, la red de tráfico de gas H había quedado oficialmente desmantelada. Ahora Marte tendría que comprar directamente a los piratas o bien hacer lo que Costil le había contado con su último estertor: invadir otro mundo. Lene no podía pensar en eso ahora, no podía pensar en nada. Todo le dolía y a la vez la invadió el sopor. No vio al conserje alterado ni oyó los gritos de terror de los clientes cuando el ascensor se abrió en la primera planta.