LEE
Kurto De Balboa era más rápido de lo que recordaba. O quizá se había operado; en el Sector Exterior se hablaba de implantes ilegales, drogas cibernéticas de nanobots, operaciones prohibidas en quirófanos chinos de Ganímedes, avances tecnológicos que acercaban a los hombres a los robots. Si había algún candidato en el Universo para vender su humanidad a cambio de tecnología, ese era De Balboa.
Pero eso importaba poco dieciocho pisos por encima del suelo y volando a través de una ventana. Afortunadamente el cristal estaba ya agrietado por los golpes y disparos. Reinaba la confusión en la suite Penthouse del Bellagio. Lee comprendió lo que le estaba ocurriendo en menos de un segundo, pero no pudo hacer nada por evitarlo. De pronto no tenía suelo bajo los pies, estiró los brazos pero sus manos sólo tocaron el aire.
Comenzó a caer y pensó que iba a morir. Esta idea llenó toda su consciencia y ya no hizo nada por impedirlo, no trató de agarrarse, ni se movió. Se concentró en el pensamiento de la muerte, y en el raudo vuelo que la acercaba a su fin.
Y entonces ocurrió.
Primero fue como un movimiento a cámara lenta. Sintió que su caída se hacía más plácida y lenta, como si tuviera alas, y se dio cuenta de que veía el edificio nítidamente, como si la gravedad casi idéntica a la de la Tierra atrajera tan despacio su cuerpo que se le ofreciera la posibilidad de admirar el paisaje de su último viaje.
Después fue el dolor. Los dolores. Sintió dos punzadas, la primera en la base del cráneo, como si la atravesaran con una larga aguja. Tuvo que apretar los dientes. La segunda entre los ojos, también como un largo pinchazo que pasara de la piel hasta su cerebro. Creyó que perdería el conocimiento, pero no lo hizo.
Por último fue la visión. Delante de sus ojos tuvo lugar un breve destello añil. Su color favorito. El dolor desapareció y vio una cornisa. Uno de los adornos del paramento del Bellagio. Supo de pronto que si estiraba la mano alcanzaría la cornisa. Y lo hizo un poco sorprendida. Todo era extraordinariamente nítido, y aunque ocurría delante de sus ojos se veía a sí misma agarrando el saliente. No había sonidos, ni siquiera el aire de la caída.
Y de igual manera que la velocidad y el sonido se habían ido, regresaron.
Lee apenas había caído un par de metros cuando hizo algo imposible. Se retorció como un gato en el aire, de tal forma que daba la espalda al suelo y más aún, casi se puso vertical. Alargó el brazo derecho y se asió a la cornisa que separaba las suites de las habitaciones. Sin pensar estiró el otro brazo y se ayudó a subir a la cornisa con una flexión. Ya estaba de pie en el alero, era lo bastante ancho si se pegaba a la pared, y había salvado la vida. Se asustó por un segundo, no porque estuviera tan alto, ni por la caída que casi la había matado, sino porque todo lo que acababa de hacer lo había visto en su mente. Todo había ocurrido en una décima de segundo. Se llevó la mano al corazón y se preguntó mentalmente: ¿Qué me ha pasado?
No tuvo tiempo de reflexionar. Volvió a sentir el dolor, pero más breve y suave. Otra vez el destello añil. Se fue el ruido. De repente vio como De Balboa le caía encima, con su garra de metal abierta para degollarla. Sin verlo Lee supo que a su derecha había una escalera metálica que trepaba hasta el cimborrio. Probablemente se usaba para que los técnicos colgasen allí luces de neón o carteles. Y supo que podía llegar a la escalera y subir por ella hasta la ventana de la suite de Costil.
El viento regresó para soplar salvajemente en sus oídos, Seguía arrinconada contra la cornisa. Levantó la cabeza y vio a De Balboa que saltaba por la ventana detrás de ella. Sin pensar saltó hacia la derecha. Aunque Lee era muy ágil aquello era más propio de un trapecista. Consiguió agarrarse a la escalera que estaba a seis metros de ella, justo en el instante en que De Balboa la alcanzaba. El garfio arrancó parte del vestido de la adolescente. Lee se detuvo un segundo en la escalera, paralizada por el dolor momentáneo del zarpazo. Había perdido la cintura del vestido y tenía una fea herida en un costado. Respiró y se deshizo de los zapatos de tacón que llevaba todavía.
Mientras comenzaba a subir, De Balboa se agarró con la garra de acero a la cornisa donde ella había estado. Se balanceó un instante, pero enseguida encontró el equilibrio, apoyó los pies contra la fachada y miró hacia arriba, a la chiquilla que intentaba escapar de él. Mostrando aún más fuerza que Lee, flexionó el brazo y se plantó de pie en el alero. Índigo Kid estaba a punto de alcanzar la altura de la suite de Costil donde ya no se oían disparos. De Balboa apuntó con su gancho y disparó uno de sus proyectiles explosivos.
Lee volvió a sentir las punzadas en su cabeza, pero mucho más rápidas y apenas dolorosas. El destello azul índigo se confundió con la visión física de la joven en lugar de estallar ante sus ojos negros. Supo sin ninguna razón que De Balboa la estaba disparando, a su derecha apareció el alféizar de una de las ventanas de la suite. Saltó hacia ella, venciendo la gravedad y el aire, se sujetó y el proyectil estalló en el lugar que acababa de abandonar.
La policía estaba abajo. Tras la explosión cayeron cascotes y los grandes focos iluminaron aquella parte de la fachada.
Lee seguía inmersa en una especie de trance donde todo se veía con una claridad asombrosa y el sonido de la realidad llegaba amortiguado, ya no muerto. Su sexto sentido le mostró una moldura sobre la alta ventana a la que estaba sujeta, era como un frontón circular. Supo que si no saltaba allí moriría. Y saltó, justo a tiempo; un segundo proyectil llegó desde la cornisa donde De Balboa apuntaba.
Ya no veía los disparos de su perseguidor, pero los sentía y le sentía a él. Podía calcular intuitivamente cuando iban a alcanzarle los proyectiles, y el mundo a su alrededor se desplazaba con una cierta lentitud, que le permitía tomar las decisiones oportunas con tiempo de sobra. Podía actuar y pensar a la vez, adelantarse a los movimientos de su enemigo. Su percepción se ampliaba a situaciones que era imposible conocer al mismo tiempo.
De nuevo ejecutó un salto imposible para un atleta olímpico y se agarró del asta de una de las banderas que ondeaban a los pies del cimborrio. Al mismo tiempo vio que Lene saltaba a la oculta hasta entonces plataforma de rescate de un pequeño helicóptero, y sintió su asombro al verla en el mismo segundo en que saltaba del frontón a la bandera. De Balboa ya no tenía buen ángulo de tiro, y no podía ver con los coloreados emblemas, así que comenzó a trepar, dando saltos si cabe más poderosos que los de Lee. Los materiales de la fachada crujían bajo la fuerza de sus dedos metálicos.
A Lee Zalduendo no le quedaban muchas opciones. Saltó de bandera en bandera dando volteretas, ejecutó un doble mortal en el aire, lanzó dos cuchillos y cayó para sujetarse del palo de la última bandera. El ángulo era un poco forzado y Lee supo antes de lanzarlos, que uno de los cuchillos no daría en el blanco; pero el otro sí. Se clavó en el bíceps del brazo sano de De Balboa. Pero este se hallaba ya en la cornisa delante de las banderas, y tenía a su derecha la azotea del hotel.
Con un gesto de furia se arrancó el lanzador y lo quebró con su mano de acero. Lee saltó y se irguió sobre la bandera, con un pie en la cornisa y el otro en el asta. Tan segura estaba de sí misma que decidió acabar con aquello allí mismo. Extrajo las dos picas que le quedaban en la muñequera y entonces.
Entonces todo volvió a la normalidad. La visión índigo se fue, el viento sopló de nuevo ensordeciéndola, y estuvo a punto de perder el equilibrio. Desorientada y alarmada apenas consiguió sujetarse apoyando la mano en la pared, pero al hacerlo sus picas cayeron. Levantó la cabeza y vio a su rival. De Balboa se había detenido, y sacaba de su cinturón un aparato; era un nuevo módulo para su garfio: una especie de arpón con un delgado alambre, casi un microfilamento con kilómetros de largo. Él también la miró a ella, sonrió y apuntó con la nueva arma.
Ya no tenía su visión índigo, pero no estaba derrotada. Se dejó caer y se sujetó de una bandera. Al mismo tiempo oyó una explosión. De Balboa no había usado su arpón, sino uno de los proyectiles. Lee se balanceó como una trapecista en la tela de colores y saltó a la siguiente bandera y después a la siguiente. Buscando a Lee, De Balboa puso un pie sobre la bandera que tenía más cerca, eso era lo que ella pretendía. El sanguinario pirata volvió a apuntar su arma hacia la joven, pero ésta consiguió darse el impulso suficiente y salió despedida hacia arriba, lo justo como para propinar una fuerte patada con los dos pies a su adversario. Kurto De Balboa, que no se esperaba esto, trastabilló fatalmente y cayó al vacío. Lee no corrió mejor suerte; aleteó un segundo en el aire y no halló donde asirse. Por segunda vez aquella noche se precipitó a la muerte.
Y todo se repitió como en un sueño. La seguridad cierta de la muerte irremediable. El dolor, el chispazo color añil, y el mundo que enmudecía y se ralentizaba. Estaba cayendo por la parte abultada del edificio. Supo que pronto tendría dos opciones para agarrarse: el cable del garfio de De Balboa que estaba a milésimas de segundo de disparar o las banderas de la cornisa de más abajo, aquella donde se había sujetado por primera vez. Sintió una alegría salvaje por recuperar su sexto sentido y acto seguido decidió agarrarse de la bandera más cercana a De Balboa. Si sus cálculos eran correctos el pirata de gas iba a llevarse una terrible sorpresa.
El nuevo accesorio de De Balboa, esa especie de arpón sólo podía ser disparado una vez. El malhechor podía recogerlo y lanzarlo de nuevo pero no podía usar ningún otro instrumento de su gancho mientras el arpón estuviera clavado. Lee no podía permitirse el lujo de dejarle reaccionar o pensar. Debía acosarle hasta hacerle caer.
El cable pasó muy cerca de Índigo Kid, pero ella lo ignoró y se movió hasta adoptar la forma de un saltador antes de zambullirse en la piscina. Así recuperó gran parte del terreno perdido y llegó a las banderas al mismo tiempo que De Balboa sentía el tirón de su peso en su hombro cuando el arpón se clavó y el pirata detuvo el cable que se estaba desenrollando.
Rogando porque su extraño poder no se desvaneciera igual que antes, Lee se agarró a una de las banderas. Su asta se dobló todo lo que fue capaz y lanzó a Lee hacia arriba. Con la agilidad propia de un felino hizo un doble mortal en el aire encima de De Balboa y cayó sobre el pecho de su adversario. Sobresaltado por el impacto De Balboa perdió el control sobre su prótesis robótica y el cable volvió a correr completamente suelto.
Mientras para los policías y huéspedes que observaban la pelea desde abajo la escena duró segundos, para Lee fueron minutos de golpes certeros. El pirata no atinó a enderezarse ni a defenderse. Lee podía ver las consecuencias de sus golpes antes de darlos, y lo mismo que un gato que salta a la cara de un visitante molesto, la chica se encaramó al torso de su enemigo mortal y le golpeó en la cara con todas sus fuerzas. Tres, cuatro, cinco puñetazos. Vio la sangre brotar de su labio superior y de su nariz. Allí le golpeó una y otra vez con todas sus fuerzas.
Por último, cuando su sexto sentido le dijo que debía saltar y agarrarse a algo para no estrellarse contra el suelo, retorció su menudo cuerpo saltando hacia atrás y se agarró de otra bandera, una de las que estaban casi abajo del todo, justo encima de la entrada del gran hotel. Antes de que ocurriera supo que los brazos le iban a doler como si se los arrancaran, pero fue peor para Kurto De Balboa. Atontado por los golpes en la cara, fue incapaz de reaccionar y su delgado cable le condujo a un terrible choque con el asfalto.
Los grupos de ayuda sanitaria corrieron a socorrerle. La sangre hizo un espantoso charco a su alrededor.
Entretanto Lee sufrió por un instante eterno el dolor resultante de su última acrobacia, giró alrededor del poste de la bandera por última vez y saltó desde ella: un espacio de casi tres pisos hasta la acera. Aterrizó exhausta y dolorida, pero ilesa; flexionando sus rodillas para evitar en todo lo posible el brusco contacto con el suelo. Se levantó lentamente y creyó que estaba rodeada de policías y periodistas. No era así, todavía conservaba su percepción índigo. Meneó su cabeza como si quisiera despejarse y dijo para sí:
—¡Basta! ¡Fuera!
Por primera vez en su vida dejo de hacer uso de su poder voluntariamente. El ruido y la imagen llegaron a ella en forma de sirenas, gritos y caras que se le acercaban. Inmediatamente se vio rodeada de periodistas y policías. Los primeros, al reconocerla se abalanzaron sobre ella como lobos hambrientos.
—¿Eres Índigo Kid?
—¿Qué haces en Venus, Índigo?
—¿Sabes que has caído desde unos 200 metros?
—¿Cómo has hecho… Esto?
El último periodista que hablaba era un hombre cercano a la jubilación sin ninguna duda, que estaba bastante asustado a juzgar por su expresión. Cuando le oyó Lee se giró para ver lo que ocurría. Aquello era un caos. Había varios cordones policiales, cascotes enormes y pequeños que se habían desprendido por las explosiones, salía humo de varios lugares del edifico, el cielo se había llenado de nuevos helicópteros, enormes focos habían permitido que toda la pelea se viera perfectamente en TV., De Balboa estaba en el suelo con el cuerpo destrozado y una multitud gritaba a la antigua pirata al unísono.
Un oficial de policía apareció de repente delante de su cara. Tenía aspecto de estar realmente enfadado y estaba apunto de gritarle a la chica, cuando una manaza lo apartó de golpe. Su cara fue sustituida por la de un sargento de marines de la Confederación.
—Ha sido acojonante, señorita. ¿Cómo lo ha conseguido?