LENE
Cuando sintió todo en silenció Lene bajó del tejado e intentó forzar la cerradura de la puerta trasera del Oro Azul. Para su sorpresa se abrió nada más tocar el picaporte. El matón que la estaba abriendo se quedó de piedra al ver a la hermosa semi-asiática de lacio pelo negro y ojos verdes. En cambio la joven comandante no dudó un instante: un golpe de kárate en la base del cuello dejó al hombre de metro noventa sin sentido.
Lene pasó por encima de él y se encaró a dos chicas rubias de exageradas curvas que venían detrás. Las bailarinas se habían escondido detrás de una esquina al ver desplomarse a su perro guardián.
—No nos hagas nada —pidió una de ellas cuando Lene se les acercó.
—No temáis —dijo ella—, sólo quiero saber a dónde se han llevado a la chica del pelo azul. Si me lo decís me largaré.
Las bailarinas no tuvieron el más mínimo reparo en confesar. Por lo que contaron, Doru Costil solía obligar a las chicas a hacer algo más que bailar, y habitualmente probaba el género él mismo, así que a las bailarinas no les importaba si alguien le daba su merecido de una vez por todas. Esa era la razón de que siempre fueran acompañadas por un guardaespaldas, no por protección, sino para que no huyeran.
Llevaron a Lene al camerino de Lee, donde la comandante del Thalion encontró sus armas arrojadizas, luego le explicaron que Costil vivía a todo lujo en el hotel-casino más caro de Venusburgo; el Bellagio. Era imposible que el Oro Azul diera tanto dinero como para poder permitirse ese despilfarro. Pero era allí donde las chicas eran llevadas cada vez que el jefe necesitaba compañía. Lee no sería una excepción.
Lene llevó a las chicas al cuartel de la CM para ser interrogadas,, entre tanto se ordenó la movilización de un comando especial de asalto.
Al ver llegar los marines Lene casi se cae al suelo. Traían un Tyr. Venía en una tanqueta y lo sacaron delante del hotel, por medio de perchas telescópicas de acero y rieles montados en la propia tanqueta.
Hacía mucho tiempo que la humanidad había decidido no hacer uso de robots antropomorfos. Sin embargo seguían siendo necesarias avanzadillas militares dotadas de brazos y manos, ojos y oídos. En muchas ocasiones los robots teledirigidos con formas de artrópodos también levantaban suspicacias y se había limitado su uso al mundo del espionaje. Las máquinas con orugas y brazos mecánicos resultaron mucho menos efectivas que las anteriores, así que se idearon los exoesqueletos. Eran armaduras de combate similares a las de la Edad Media, pero infinitamente más avanzadas. Éstas, junto con tecnologías de comunicación mental hombre-máquina, proporcionaban un blindaje mucho mayor a exploradores y comandos de salto, aparte de un rendimiento físico mejorado.
A algún ingeniero listillo se le había ocurrido llamar al primer exoesqueleto Nimrod, el antiguo rey que levantó la Torre de Babel y cuyo nombre significa cazador poderoso. Desde entonces todos los nuevos modelos recibían los nombres de personajes mitológicos relacionados con la guerra o la caza. Mientras que los Nimrod apenas eran algo más que refuerzos sobre trajes de combate y se usaban como exploradores y avanzadillas, los Orión fueron diseñados para el combate cuerpo a cuerpo en el espacio. Estos ya eran más que chalecos antibalas; los primeros modelos parecían pesados trajes espaciales, hasta que la robótica permitió a las máquinas alcanzar una rapidez de movimientos similar a la humana. Desde entonces los humanos sólo tenían que pensar dentro de sus trajes, y el exoesqueleto se movía por ellos. Entonces llegaron los Tyr, llamados así por el dios de la guerra de las mitologías germana y escandinava. Auténticos carros de combate andantes; el usuario ya no se vestía con ellos, se subía a ellos. Completamente blindados, no conservaban partes flexibles como los Nimrod o los Orión, que usaban junturas de tela de araña sintética, los Tyr tenían articulaciones robóticas. Aunque se quedaban pequeños ante sus hermanos mayores, llamados Ajax, cada uno de esos era un tanque con patas, y aunque habían perdido mucha capacidad de maniobra, podían desplegar alas y echar a volar. Obviamente cada año las empresas mejoraban los modelos existentes, pero no solían cambiarlos de nombre, sólo les añadían un número superior: Nimrod 2.0, Nimrod 3.0, etc.
Por eso a Lene casi le da un soponcio cuando vio la máquina de guerra.
—Pero, ¿qué está haciendo usted? —le preguntó muy enfadada al sargento que estaba al mando de los marines.
—Señora —dijo el veterano mascando chicle—, ahí dentro puede haber un ejército de piratas. La mejor forma de protegernos a nosotros y a su Oficial de Seguridad es mandar a éste por delante.
Y señaló al exoesqueleto con el pulgar.
Aun así Lene no se convenció hasta que el Tyr entró por la puerta del Bellagio maniobrando como un ángel y sin romper nada. Y se alegró verdaderamente de tenerlo cuando el trasto tiró abajo la pared y se interpuso entre el grupo de asalto de marines y una lluvia de balas glaser.
Después vio a Lee con una pistola en la cabeza y le cortó el brazo al matón que la apuntaba. Le arrojó a la chica sus cuchillos y buscó alguien con quien pelear.
No era tarea fácil. Los marines entraron de la única forma que sabían, a sangre y fuego. Tres hombres de Costil habían desaparecido al primer puñetazo del Tyr, los otros se habían parapetado como podían y no dejaban de disparar. Los hombres de Lene se escondían a su vez tras el Tyr, que avanzaba lentamente hacia un objetivo, mientras algunos cambiaban su munición de balas de ojivas de pseudoplástico por otras perforantes de núcleo hiperdenso. Dentro de unos segundos los hombres de Costil no podrían ocultarse ni detrás de las paredes.
Entonces De Balboa recuperó la compostura. Lene lo vio girar rápidamente su brazo sin mano y apuntar a uno de los marines que se ocultaba de los disparos que le llegaban en oblicuo del dormitorio, echándose casi a un lado del Tyr. Lene gritó para avisarle, pero el ruido era ensordecedor. De Balboa disparó uno de los proyectiles explosivos, acertó al marine justo en la cara, donde la protección de cristalacero era más penetrable y la cabeza del soldado estalló. Sus compañeros, tres marines y el sargento, cayeron al suelo. El Tyr se movió para defenderlos. Un sólo disparo de la máquina de guerra habría destrozado la suite y los habría mandado a todos como mínimo a la planta inferior, así que el exoesqueleto no podía abrir fuego.
Lene avanzó hacia De Balboa con su espada española en la mano, pero se detuvo al ver al horrible pirata llevarse la mano sana al brazo. Lee se había parapetado tras la esquina de la habitación del servicio, a la altura de donde se hallaba el Tyr, y desde ahí había atravesado el brazo sin mano con una pica de acero con punta de monofilamento de diamante. De Balboa la vio y se lanzó a por ella, pero la adolescente se escurrió entre sus piernas deslizándose por el suelo.
Los disparos habían cesado un instante; los cuatro matones restantes recargaban sus armas y los marines volvían a sus posiciones. Uno de los guardaespaldas se había ocultado detrás del bar, y con él estaba Motolinía. Aprovechando la situación el Capitán del Venganza corrió hacia los otros matones que estaban en la puerta del dormitorio, disparó su trabuco acertando al Tyr sin ningún efecto y se escabulló. Lene vio allí su oportunidad, pero tenía delante a De Balboa que se estaba girando para perseguir a Lee.
Esta pausa fue suficiente para los marines. Un disparo; y una bala atravesó la pared para golpear a uno de los matones en la nuca. Lene le vio caer y quedarse sentado junto a la puerta del dormitorio, no había podido terminar de recargar. Otro disparo; y el matón que estaba al lado del anterior recibió el proyectil en su pecho a través del yeso y el ladrillo. Éste quedó tirado boca abajo medio cuerpo fuera del vano de la puerta.
Lene corrió tras De Balboa, pero el pirata era increíblemente rápido y fuerte. Alcanzó a Lee antes de que su Comandante pudiera socorrerla y la empujó con su garra de metal a través de una ventana más allá del bar. Lene pudo haberle ensartado con la espada, pero aún quedaba un matón en el dormitorio que disparó dos veces a la vez que moría agujereado por las balas perforantes de los marines. Lene tuvo que echarse al suelo. Con la cabeza cubierta vio como, sorprendentemente, De Balboa se arrojaba también por la ventana.
—¡Entonces está viva! —susurró para sí y se levantó.
Decidió dejar a Lee defenderse sola un rato y se metió de un salto en el dormitorio. Allí estaban Costil y Motolinía. Habían abierto otra puerta, que daba a la terraza, y trataban de subirse en una plataforma de rescate aéreo. Debía de haber un helicóptero esperando a los piratas. Al ver aparecer a Lene, Motolinía dejó de pugnar con el otro gordo por un sitio en la pequeña plataforma.
—¡Capitana Shinh! Éste sí que es un encuentro inesperado. ¿Te has cansado de transportar presos?
Lene le lanzó una sonrisa desafiante.
—Ahora soy Comandante, de la Confederación. Y estás detenido, Motolinía, por asalto espacial, piratería, tráfico de gas y asesinato.
El pirata de la barba verde se irguió; era más alto de lo que parecía, y sacó un sable de asalto curvo que tenía un aspecto tan vetusto como la espada de Lene, pero mucho más descuidado.
—Es mejor la muerte que perder la libertad —dijo Motolinía.
Lene le señaló con el mentón y comenzó el duelo. Motolinía atacó con la guardia alta y Lene no tuvo ningún problema en detener el golpe. El pirata giró aprovechando su propio impulso y trató de golpear la espalda de Lene. La Comandante, que iba vestida con un traje de combate marine de seda de araña sintética, nunca habría recibido una herida mortal de ese modo, pero era mejor asegurarse, por lo que ella también giró y esquivó el largo tajo. Volvían a estar frente a frente, pero esta vez Lene sopló el pelo que le caía sobre el ojo izquierdo y tiró el estramazón, golpe clásico muy característico de la escuela española, que Motolinía apenas pudo detener parando en cuarta, trastabilló y estuvo a punto de caer. Lene aprovechó para tirar dos estocadas de punta, la primera a la cara y la segunda al pecho que el filibustero tuvo que contrarrestar alocadamente moviendo su espada arriba y abajo. Motolinía estaba contra la pared, por lo que Lene se le echó encima y le ligó la espada apartando la cara de la punta del sable, más corto que la espada ropera, enganchó su empuñadura con los largos gavilanes y tiró con fuerza. El sable de asalto salió volando. Lene sonrió con las mejillas encendidas por el esfuerzo.
Entretanto Costil se había subido a la plataforma y llamó a su socio:
—¿A qué estás esperando? ¡Vamos!
Lene, que se había olvidado del mafioso, volvió la cara para mirarle. Fue un error. Motolinía extrajo lo más rápido que pudo un corto cuchillo y se lo clavó a Lene. La bella Comandante se encogió por el dolor, pero la herida no era grave. El traje de combate la protegió en gran medida, y Motolinía debía de estar tan desesperado que se lo había clavado en una cadera en lugar de en el abdomen. El pirata aprovechó para huir y montarse en la plataforma.
En ese momento entraron el sargento y otro infante de marina que estuvieron apunto de coser a tiros a los dos gordinflones.
—¡No —gritó Lene—. ¡Los necesitamos vivos!
Y sin pensárselo corrió tras Motolinía. La plataforma ya se separaba de la terraza, pero no tanto como para que Lene no pudiera alcanzarla de un salto. Bajo la plataforma en sí había varios tubos para enganchar los mosquetones de las correas de rescate. Lene pudo asirse a uno de esos, e inmediatamente el helicóptero perdió altura. Ya era difícil volar bajo las grandes semicúpulas de Venusburgo, como para encima llevar exceso de peso. Lene supuso que tendrían que bajar o estrellarse todos.
Al quedar colgando de aquella forma pudo observar la fachada del Bellagio, iluminada ya no sólo por sus propios focos, sino también por los de la policía que había acudido por iniciativa propia en cuanto comenzaron los disparos. Lo que vio le hizo olvidar el peligro que corría su vida. Fue sólo un segundo antes de que el helicóptero virase y perdiera de vista el hotel, pero habría jurado que había visto a Lee saltar de una cornisa a una de las banderas debajo del cimborrio justo antes de que la mole de De Balboa le cayese encima agarrándose a la fachada misma con su garfio robótico.