Bienvenida

El Serial

LEE

El Bellagio era un hotel enorme. Uno de los más lujosos y caros de Venusburgo. Su edificio principal contaba veinte alturas alzándose por encima de un gran jardín versallesco con decenas de espectaculares fuentes iluminadas por láser. El edificio se curvaba ligeramente para resaltar su torre adosada que se adelantaba al resto del hotel. En su parte superior la torre se convertía en un cimborio profusamente iluminado. A ambos lados surgían amplias terrazas que diferenciaban las plantas dedicadas a las suites de lujo de las suites normales, si se las podía llamar así: una suite corriente tenía unos 55 metros cuadrados, mientras que una suite Penthouse abarcaba entre 70 y 80. Un amplio alero separaba estas zonas de lujo de las habitaciones corrientes, divididas en ocho pisos, que bajaban hasta otra cornisa que separaba los salones y bares y salas de juego del resto del hotel. Cada uno de estos aleros lucía grandes banderas unidas a la fachada por largos postes de metal.

Lee estaba impresionada, no fingía cuando miraba a lo alto con la boca abierta. Era la primera vez en su vida que un lacayo le abría la puerta del coche y le dedicaba una breve reverencia. Después atravesó el recibidor de techos más altos que una catedral gótica, y escoltada por Bruno y sus tres matones salió a un fresco patio lleno de galerías cubiertas por plantas trepadoras que conducían a estanques y piscinas de estilo mediterráneo. Tanto los suelos como los fondos de las piscinas estaban adornados con mosaicos, había columnas ornamentadas, cipreses y otros árboles de climas benignos; grandes cántaros y ánforas de aspecto antiguo aportaban un toque vagamente helenístico. No oyó sonido alguno hasta que salió de una de las verdes galerías. De uno de los grandes baños llegaba una alegre algarabía. Algunos hombres de traje negro esperaban pacientemente de pie con sus correspondientes gafas de sol. Chicas de El Oro Azul tomaban refrescos en tumbonas y dos camareros, permanentemente atentos al más mínimo deseo, se cobijaban detrás de una pequeña barra. Había pebeteros alrededor de la piscina, pero además una suave luz plateada surgía del propio agua. Bruno se adelantó a los demás dando amanerados saltitos.

Allí estaba su amo. Sentado en uno de los estanques, con el bulboso y grasiento cuerpo cubierto hasta más allá del ombligo por la salutífera agua de balneario. Fumaba un enorme puro habano y dos chicas esculturales sin bikini le daban de comer sushi. Lee procuró no dejar traslucir su miedo. Estaba sola contra siete matones, y eso sin contar a Bruno, Costil y los camareros. Las chicas no le parecieron una amenaza.

—¡Ya estamos aquí, señor Costil! —chilló Bruno como una nena.

Costil les miró de reojo.

—Ya te veo imbécil. Y también a nuestra invitada de honor. Acércate, niña.

Lee no se movió, y uno de los matones la empujó hasta situarla al borde del agua. Estaban justo en el vértice contrario de donde Costil cenaba. Una de las chicas le acercó a la boca un crudo bocado de pescado japonés sujeto con los clásicos palillos y Costil le dio un violento manotazo que lo mandó al cercano césped. Las chicas dejaron de reír y hacer ruido. Debía de haber pantallas sonoras por todos los jardines, y no se veía nada más que vegetación de jardín alrededor. Allí tenían intimidad, de eso no cabía duda.

—Hoy has hecho un buen trabajo en el club —continuó Costil—, permíteme felicitarte.

—Ha sido la sensación, señor, nuestra recaudación.

La desagradable sonrisa de Costil se tornó ciega furia al oír hablar a su lacayo, pero se contuvo:

—Bruno, ¿por qué no te callas de una vez? Ve a tomarte una de esas copas sin alcohol que te gustan.

El mariquita asintió varias veces y corrió a la pequeña barra con los dos camareros. Doru Costil volvió a sonreír a Lee.

—Espero que nuestra reunión no haya trastocado tus planes.

Lee captó el tono irónico del mafioso y decidió seguirle el juego. Sólo había un problema: quizá Costil estaba insinuándole sus intenciones sexuales o quizá, sólo quizá, estaba enterado de algo. Es posible que supiera quién era Lee en realidad y lo que quería de él. Al organizar esta entrevista de forma tan apresurada había cortado su contacto con Lene y la había dejado desarmada en territorio enemigo. Ahora sólo cabía valerse de la inteligencia y... Escapar de sus garras.

—Lo cierto es que sí -dijo Lee—. Soy una chica muy ocupada.

Costil se rió, y todos sus bulbos se convulsionaron con él.

—No te preocupes. Te compensaré invitándote a cenar.

Se hizo un breve silencio en el que Costil miró a Lee con ojos pequeños y ávidos.

—Bien, entonces le esperaré en el restaurante —dijo Lee.

Costil no movió un ápice su expresión.

—¿Qué restaurante? Aquí tenemos todo los que necesitamos, querida. ¿Por qué no entras? El agua está perfecta.

Lee sonrió.

—No he traído bañador.

Costil volvió a reírse y miró a sus esbirros. Todos comenzaron a reírse, incluso el patético Bruno.

—Que no ha traído bañador, dice —susurró el mafioso, y luego dijo en voz alta—: Vamos, niña, no seas tan tímida.

Todo el mundo volvió a la seriedad aceleradamente, Bruno y alguno de los matones se giraron para no mirar, no por pudor, sino por respeto a su jefe. En cambio los camareros parecían contener el aliento. A Lee se le borró la sonrisa de la boca. Después de todo ni siquiera pretendían hacerle bailar antes; Costil iba directamente al grano. Y no podía negarse, sin sus armas estaba prácticamente indefensa. Si huía, adiós a su tapadera.

Comenzó a desnudarse. Primero se quitó los zapatos, y, apoyando el pie en una de las tumbonas, las medias a continuación. Luego se bajó la cremallera del vestido con dificultades y se lo quitó de un tirón, agarrándolo desde abajo y sacándolo por la cabeza. Su ropa interior, de encaje rojo, cayó prenda a prenda, al borde de la piscina. Entró en el agua lentamente, en la zona más baja no llegaba a cubrirle el pecho, y la joven pareció emerger ligeramente cuando se acercó a Costil. Éste había despedido a sus dos chicas y la esperaba con los brazos abiertos. Pero Lee aún tenía recursos. Fingió que también extendía sus brazos cuando llegaba a su altura, y cuando Costil ya casi la sentía entre los suyos, los levantó y bostezó. El mafioso se quedó como una estatua que sujetara un balón de playa invisible con las manos.

—¿Y bien? —preguntó Lee sin avanzar un milímetro más—. ¿Qué hay de cena?

Se oyó una pedorreta que provenía de la barra, Costil miró hacía allí y casi fulmina al camarero que se había reído. Éste se escondió previsoramente bajo la barra, como buscando algo. El dueño de El Oro Azul volvió a sentarse donde estaba y recuperó la sonrisa mientras le mostraba a Lee con un gesto los platos cuadrados que contenían el pescado crudo.

—Nunca me han gustado esas cosas —dijo la tripulante del Thalion.

—Eso es porque nunca las has comido aquí, en el Bellagio. Jamás has probado nada parecido. Acércate.

Lee se acercó con una precaución que se reveló excesivamente en su rostro. Pero Costil no intentó volver a abrazarla. En lugar de eso agarró hábilmente un trozo de aleta de tiburón con los palillos y se lo llevó a Lee a la boca, ella estiró un poco el cuello para cogerlo y lo comió con pocas esperanzas. Costil se sintió compensado por lo del abrazo cuando vio a Índigo Kid tragar y sonreír.

—Delicioso —dijo la chica, aunque le había sabido a rayos—. ¿Trata así de bien a todas sus chicas, señor Costil?

—Sólo a las más especiales, Lee.

Ahora fue ella la que agarró un par de palillos y con maestría aprendida en el mundo oriental de Ganímedes, ofreció un teriyaki de salmón al gordo asqueroso. Mientras lo degustaba Lee se decidió a entrar en materia, tendría que hacerlo sin Lene, qué remedio.

—Todo esto parece muy caro, señor Costil. No sabía que el negocio de los clubes fuera tan rentable.

Costil volvió a convulsionarse con su risa. Lee creyó que se atragantaría y escupiría el pescado, ver las migajas en la boca del gordo ya era bastante asqueroso, pero si se le caían al agua no podría fingir más. Sólo esperaba aguantarse las ganas de vomitar.

—Hay mucho dinero que corre por Venusburgo —dijo la masa de grasa cuando se calmó.

—Sí, pero no tanto como para pagar todo esto durante mucho tiempo. Usted vive aquí, si no me equivoco.

Costil no dijo nada, pero sonrió mientras cogía un makizushi de algas azules venusianas. Lee tuvo que acercarse más para que el gordo depositara el bocado dentro de su boca con su propios dedos.

—¿Y a una fulana como tú qué más le da eso? —le dijo al oído mientras ella masticaba.

Con una mano en su cintura la atrajo hacía sí, pero ella consiguió evitar el sentarse a horcajadas sobre él. Aunque el gordo llevaba puesto el bañador, Lee no tenía demasiadas ganas de sentarse sobre el duro bulto que intuía en su entrepierna. Se sentó a lo amazona y respondió:

—Ascender en la escala social. El negocio es más seguro en tierra que saltando de carguero en carguero. He oído que usted tiene... Contactos.

Costil rió, pero está vez no estalló en convulsiones. Lee sintió su cercanía de forma amenazante. La estaba mirando de cerca, tanto que la asfixiaba. Ella no se atrevía a girar el cuello y enfrentarse a él, veía la vegetación y el borde de la piscina.

—¿Quieres saber lo del gas, verdad? —susurró el desagradable tipejo.

El corazón comenzó a latirle con fuerza a la chica de diecisiete años. La última pregunta, el tono con el que la había dicho... Costil sabía que Lee era una agente de la CM, lo había averiguado. Quizá sus matones la vieron con Lene, quizá alguien se había ido de la lengua. Pero la intrépida pirata no tuvo tiempo de inventarse una excusa; Costil comenzó a acariciarle los labios con su pulgar a la vez que decía:

—Esa información tiene un precio.

Los recursos de Lee se agotaron cuando Costil introdujo el dedo pulgar en su boca y ella lo lamió de arriba a bajo con los ojos cerrados. Era posible que Costil simplemente pensara que Lee quería una parte del negocio, o una participación. De cualquier modo no podía arriesgarse a salirse de su papel. No con todos esos tipos protegiendo a su jefe.

—Puedo pagarlo —dijo Lee abriendo somnolientamente los ojos.

—Claro que puedes. Sólo tú puedes —replicó el mafioso mientras seguía acariciando la boca de Lee.

Usó el mismo dedo para hacer girar la cara de la jovencita, y toda la mano para acercarla a su propia boca. Lee dejó que la lengua de Costil apretara la suya mientras rodeaba su cuello con el brazo. La mano de Costil se apresuró a trasladarse al seno pequeño y respingón de Lee, que apretó hasta que ella se apartó de su boca y lanzó un suspiro entre queja de dolor y jadeo de placer.

Costil no se detuvo ahí. Índigo Kid miró con incredulidad como el traficante de gas introducía la mano en el agua y comenzaba a desatarse el nudo del cordón del bañador. Eso era demasiado. Se asustó, pero el miedo le hizo reaccionar. De pronto se enfureció por haber permitido que ese seboso la tocara. No se iba a acostar con ese cerdo ni muerta, antes se liaba a puñetazos con aquellos matones una cabeza más altos que ella. Así que agarró las manos de Costil.

—No —dijo, y consiguió volver a mirarle a los ojos.

—¿Cómo? —preguntó el mafioso.

Lee apenas estaba más serena; notaba como el sudor estaba a punto de resbalarle por la cara, su respiración seguía agitada por la excitación anterior.

—Primero lo del gas.

Costil rió maliciosamente y siguió con el cordón. Lee reaccionó con la velocidad del pensamiento. El gordo se paralizó al sentir un palillo entrar en su oído. Todos los guardaespaldas extrajeron sus armas a la vez y apuntaron a la chiquilla desnuda.

—Un solo movimiento y te hago sushi, baboso hijo de puta.

Todo rastro de sonrisa se secó en la cara de Doru Costil.

—Puede, y puede que mis hombres te dejen seca antes de moverte.

Fue Lee la que sonrió como una colegiala traviesa:

—¿Sííí? ¿Has olvidado quién soy?

La rapidez y habilidad de Lee eran legendarias en todo el Sistema Solar. La furia deformó el rostro de Costil, enrojeció y los bultos palpitaron. Con un golpe brutal se quitó a Lee de encima. Era evidente que sus planes no habían resultado como planeaba. ¿Y que planeaba? Aprovecharse de Lee y luego matarla. Mientras procuraba recobrar el equilibrio la pirata lo comprendió. Bueno, pensó bajo el agua, al menos una de las dos cosas no la vas a conseguir. Costil sabía que era una agente infiltrada, ya no había duda, pero si Lee Zalduendo salía de ésta, si no la mataban allí mismo, alguien iba a pagar cara su traición.

La chica del pelo añil se pudo de pie en el baño estilo romano y esgrimió el palillo como una espada. Calculó que podía acertar a uno de los matones en un ojo y luego saltar a un lado, con la esperanza de que fallaran sus disparos. Pero nadie se movió. Costil todavía estaba saliendo del agua; parecía una morsa incapaz de levantar su propio peso. Nadie atacó a Lee. El gordo se puso su albornoz y ordenó a sus matones:

—¡Subidla a la suite!

Y a continuación dijo inclinándose sobre la joven:

—Muy bien, pequeña puta. Pensaba quedarme contigo como juguete, pero veo que te gusta hacer las cosas por las malas. Ahora tendrás más información de la que puedas digerir.


Creado: 12 de febrero de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio