LEE
Tanto jaleo la estaba apabullando. Se sentía realmente como una estrella del rock, y en aquellos momentos le hubiera gustado que, igual que las estrellas, hubiera allí algunos guardaespaldas que la sacaran del apuro. Y sin embargo estaba feliz. ¡Con lo que había rezongado y protestado un día antes! No era por haberse quitado la ropa, por supuesto, era porque le había salido bien. Ella nunca había bailado y con apenas unas horas de ensayo había conseguido que una sala con más de mil hombres se rindiera a sus pies. Y había disfrutado con el baile en sí, tanto que pensaba que el corazón estaba apunto de estallarle en el pecho de emoción. Le había gustado bailar, le había gustado mucho.
Recogió el cinturón que le devolvía un hombre, se tapó la entrepierna con él inconscientemente, y echó a correr escaleras arriba. Cuando atravesó la puerta al backstage, todas las chicas se apresuraron a felicitarla y abrazarla. Muchas de ellas eran nuevas, pero las veteranas también le dedicaron halagos. A casi todas les impresionaba que Lee nunca hubiese bailado antes.
Con la felicidad retratada en la faz, Lee fue a su camerino y se desplomó en su sillón. Respiró profundamente durante un rato y sonrió sin querer. Enseguida se levantó y buscó entre sus cosas. El camerino no era muy grande, pero era un lujo que la mayoría de sus compañeras no tenían y que le habían otorgado sin haberlo pedido. El gerente tenía una buena expectativa comercial de la presencia de la famosa pirata espacial.
Apenas tuvo tiempo de ponerse su propio tanga cuando llamaron a la puerta. Era Bruno, el gerente. Se trataba de un hombre bajo y rubicundo con un delgado bigote que aumentaba todavía más, si eso era posible, su amaneramiento. No esperó a ser invitado a pasar; entró sin más:
—Lee, querida —dijo— eres la nueva reina de Venusburgo. Has estado luminosa.
El mariquita cogió las manos de Lee como para echarla un vistazo. Ella sonrió tímidamente.
—Gracias, gracias —dijo.
—Has impresionado mucho al señor Costil —continuó Bruno sin prestar atención—, ya sabes que ayer teníamos muchas dudas sobre tu capacidad. Pero ahora está convencido, realmente convencido. Tanto que quiere verte en sus habitaciones esta misma noche.
Eso era lo que Lee estaba esperando. Cuando llegó el momento de lanzar el tanga apenas había sido capaz de recordar que debía hacerlo, tan concentrada estaba en la danza. Pero recordó en el último segundo y lo consiguió. Ahora iba a colarse en sus habitaciones privadas. Las intenciones de Costil eran claras, incluso alguna de las veteranas le había advertido sobre el gusto del desagradable mafioso de acostarse con sus nuevas relaciones públicas. Lee no podía aceptar sin más:
—¿Qué quieres decir, Bruno? Ya os dije que yo sólo vengo a bailar. Me buscan en el Sector Exterior y necesito pasta, pero no tanto como para ir más allá.
Bruno chasqueó la lengua.
—Nena, nena, Por favor no seas así. El señor Costil tiene muy mal genio. No tienes que hacer nada más que bailar para él en privado. Mira todo esto: un camerino sólo para ti, y eso sin tener experiencia. Y un solo número por noche, ¿qué chica tiene un contrato como ese? Y además no haces privados. Ahora mismo tengo a todos los chicos calmando a los clientes que te han solicitado para las salas VIP.
Lee fingió que se avergonzaba y bajó la cabeza.
—¿Me prometes que sólo tendré que bailar, nada mas?
—Te lo prometo, princesa.
Bruno le dio un beso en la frente a Lee. Ella levantó la vista y dijo con una mirada inocente.
—Entonces acepto. No te preocupes más.
Bruno le dio una palmadita en una de sus manos.
—Muy bien. Dúchate, y mandaré a alguien para que te peine y te maquille. El señor Costil se aloja en el Bellagio.
Un pinchazo de alerta volteó el corazón de Lee. Eso no estaba en el plan. Tenía que encontrarse con Lene y contarle todo esto. Había que preparar un operativo con marines y cerrar las calles para que Costil no pudiera escapar.
—¿Cómo? ¿Esta misma noche? Necesito ir antes a casa.
El gerente de El Oro Azul negó moviendo un dedo.
—Tiene que ser esta noche. No seas una niña mala y haz lo que te digo.
LENE
—¿Cómo que no recibe visitas?
—Eso es lo que me han dicho, señorita.
Lene movió un billete de cien delante de los ojos de la camarera.
—¿No podríamos arreglar eso?
La chica, una rubia con implantes de silicona sonrió pero negó con la cabeza.
—Me temo que en este caso no se hacen excepciones.
Lene se detuvo un momento a reflexionar antes de dejar el dinero sobre la mesita y salir de allí. Había muchos hombres en la entrada de El Oro Azul subiéndose a sus coches o aguardando la llegada de taxis que los transportaran de vuelta a sus hoteles. Los hombres de seguridad estaban muy ocupados con aquellos que se habían ofendido cuando se les dijo que Índigo Kid no aceptaba sesiones privadas de baile. Uno o dos alborotadores habían necesitado vigilancia y tenían cerca de un grupo de matones.
Era ahora o nunca.
Lene debía averiguar dónde estaba Lee, y por qué no se le permitía recibir regalos ni visitas. Rodeó el local lo más discretamente posible, se subió a una maceta de exuberantes plantas y de allí saltó al tejado. Se quitó los zapatos de tacón y se arrastró hasta la parte trasera. Odiaba tratar así uno de sus mejores vestidos pero no quedaba otra solución.
Detrás de El Oro Azul había un pequeño aparcamiento privado. En ese momento algunas de las chicas salían del local para subirse a sus propios automóviles y regresar a sus casas. Lee no estaba entre ellas. Lene tuvo que aguardar a que todo el mundo se hubiese ido, pegada al tejado del club bajo la noche artificial, para ver salir a su compañera. Era muy extraño: iba vestida como para una fiesta, con un corto vestido rojo brillante y un largo pañuelo del mismo color rodeando su delgado cuello, medias de rejilla, altos tacones y ningún lugar donde esconder sus armas. Tres hombres fornidos la acompañaban y entraron con ella en una limusina negra. Poco después salió el director del club. Parecía un secuestro. Quizá iban a establecer contacto con Costil antes de lo previsto, Lee no estaba armada.
El coche arrancó y se fue en dirección a Venusburgo. Había que actuar rápido.