Bienvenida

El Serial

SABAS

Merrin Sabas consultaba los datos sobre tensión y elasticidad de materiales que mostraba su ordenador portátil. Algo iba mal. La base era buena, en teoría deberían poder encontrar lo que estaban buscando. Más allá de la mesa donde se encontraba sentado había un quedo ajetreo científico. Hombres vestidos con batas consultaban instrumentos o manejaban complejos aparatos. Todavía más allá se veía un gran ventanal y tras él una ingente cantidad de maquinaria. Un grupo de científicos observaba la gran máquina y discutían acaloradamente.

Sabas se levantó del asiento y llegó hasta ellos a través de pasarelas y equipos de investigación.

—¿Y bien? —preguntó con impaciencia.

Uno de los hombres de bata blanca le contestó:

—Se rompe, irremediablemente se resquebraja.

Ahora Sabas alzó la voz, furioso:

—¿¡Pero por qué!? ¿¡Por qué!?

El científico, algo amedrentado, levantó las palmas de las manos como para pedir calma y continuó:

—No lo sabemos, señor Sabas. El error tiene que estar en la base del experimento, en el cultivo de nanotubos. Este sistema no sirve, necesitamos empezar de nuevo.

—¡Maldita sea! —gruñó Sabas—. Sabe tan bien como yo que quizá no tengamos tiempo para volver a empezar. Se nos echa encima una guerra, y los dirigentes de este planeta son unos malditos tiranos. Si descubren lo que estamos intentando aquí será el fin. Entérese, nos matarán a todos por este material.

—Podríamos hacerlo con ferrita de la Tierra.

—¿Sí? ¿Y cómo trasladamos todo el laboratorio hasta allí? Discurra, hombre.

El científico puso cara de estar muy ofendido, pero era peor para Sabas. Sabía que el bloqueo no podía durar, tarde o temprano alguien actuaría y la guerra caería allí mismo, sobre sus cabezas. Habían fusilado a casi todo el mundo en Valle Marineris, sólo se habían librado los investigadores de Solares Enterprises porque Rubirak pensaba obtener algún provecho de ellos. Borrar todos los datos retrasaría el proyecto tanto como ser atacados por marines marcianos. Sabas estaba contra la espada y la pared, pero además no quería morir.

Quizá era el momento de contactar con la Confederación y contarles lo que se estaba cocinando sobre el cielo rosado de Marte: las obras en la nave interplanetaria Huor y el rumor que estaba en boca de todos: la invasión de otro mundo. Enseguida Sabas se calmó y desechó la idea por ahora. Podría aguantar un poco más, sólo un poco más y luego es posible que pudiera escapar, él solo. Sí, en una cápsula de rescate Solaris. Era posible, si Rubirak no entraba en el laboratorio pegando tiros a diestro y siniestro. Era posible.

Sabas se quedó mirando a la enorme maquinaria destinada a crear presión artificial sobre los materiales. Los ingenieros retiraban de los soportes los últimos intentos fallidos de cultivar nanobastones de ferrodiamante.

LENE

El negro vestido de noche se ajustaba cálidamente a su cuerpo de cintura para arriba, se deslizaba fugazmente sobre sus caderas y caía a plomo en dos paños separados por largas aberturas a ambos lados de sus muslos. El chofer de la limusina que la recogió inclinó excesivamente la cabeza para evitar mirarla de arriba abajo. Cuando bajó del automóvil en la puerta del Club de Caballeros el Oro Azul todos se le quedaron mirando. Era la única mujer entre cientos de hombres, y era una mujer hermosa de ojos verdes rasgados, rasgos semiasiáticos y movimientos de felino a punto de devorar a su presa.

Los matones que habían sido tan quisquillosos el día normalizado anterior casi hicieron una reverencia para dejarla pasar. El murmullo de los demás clientes al verla era constante. Lene dejó atras los dos tercios de cúpula esférica que se elevaban kilómetros sobre el Oro Azul para fingir la noche y entró en el club.

No era ningún antro de mala muerte. Un poco cursi, como todo lo de Venusburgo, pero en absoluto pobre o viejo. Tenía un aspecto reluciente y lujoso. Lene caminó por un gran pasillo que lucía columnas azules transparentes con cuerpos de mujer holográficos en su interior, y llegó a un amplio recibidor donde algunos hombres charlaban y fumaban, embutidos en sus trajes caros, como vividores de la época victoriana. Algunos sonrieron confundiéndola con una de las bailarinas. En el centró del recibidor, iluminada por lásers azules y violetas había una fuente de lapislázuli. Ese era el tema de todo el club; el auténtico oro azul del Sistema, la substancia más valiosa: el agua. La dueña del Nautilus pasó de allí a la sala principal. Ésta era casi sobrecogedora, no en vano el Oro Azul se publicitaba como el Mayor Club de Caballeros del Universo.

Había dos largas barras, en una se sentaban hombres para beber mientras atendían al espectáculo. La otra estaba dedicada exclusivamente a las guapas camareras que sin cesar llevaban y traían vasos llenos y vacíos, cervezas de importación terrestre y botellas de whiskey de malta del norte de Venus. El ajetreo sólo se calmaba un poco durante alguno de los números más esperados, y en esos momentos las chicas corrían a apoyarse en la barra, agotadas. Ellas no alternaban con los clientes, el Oro Azul era un club serio. Y azul, completamente azul, de arriba abajo. Las pequeñas mesitas de madera estaban rodeadas por unos sillones situados en una formación triangular y tapizados en varios tonos de azul. En las paredes se veían puntos luminosos como estrellas aceradas y carteles con el nombre del local que brillaban en el color predominante. Tras las barras, lámparas de luz negra hacían cobrar vida a la penumbra. El escenario era enorme, corría a cinco metros de altura y descendía en dos tramos de escaleras hasta la pasarela central, rematada en un círculo con un poste vertical en el centro. Alrededor de este altar algunos clientes afortunados se sentaban en butacas circulares. Sobre la pasarela elevada, el descansillo entre tramos y sobre el remate circular había grupos de luces espectaculares. Varias cataratas caían a los largo de este montaje para las bailarinas. El suelo enmoquetado brillaba con delgadas líneas carmesíes, prácticamente lo único que no era azulado.

Lene se sentó en una de las mesitas, sola. Descuidadamente echó un vistazo a su alrededor. Casi todos eran hombres de negocios y ejecutivos de empresas que estaban unos días en Venusburgo de vacaciones. Distinguió también a un par de actores famosos, al delegado de Solaris Enterprises en Venus, al que conocía por la prensa y a algunos mafiosos locales. Tardó un poco en encontrar a quien buscaba, justo cuando apareció la camarera.

—¿Qué va a tomar? —dijo una joven rubia de veinte años vestida elegantemente con un trajecito azul.

—Una Trois Pistoles, servida en copa helada.

—Enseguida.

Lene volvió a observar a su objetivo. Había divisado al matón que la había echado la tarde anterior. Estaba de pie junto a una de las mesas con butacas redondas haciendo triángulo a su alrededor, en una buena posición para ver el espectáculo, pero no excesivamente expuesta. Sentado a su lado había un hombre grueso con la cara picada, seguramente el premio por ser un pionero de Venus cuando algunos virus todavía mutaban hacia formas malignas. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta y un enorme zafiro en un ostentoso anillo de oro. Había otro hombre sentado a su mesa que se inclinaba constantemente sobre él y le echaba nerviosas sonrisas. Lene comprendió que la masa de grasa y carne era Doru Costil, y el otro, un tipo rubio con un fino bigote, debía de ser el director o administrador del Oro Azul. Probablemente estaba intentando halagar a su jefe anunciándole por anticipado el contenido del número fuerte de aquella noche. Un contenido que levantaría al público de sus asientos. Costil parecía tranquilo y respondía al parloteo de su empleado con lacónicos monosílabos.

La camarera regresó con la negra cerveza canadiense en su copa, todavía recubierta de una película de agua helada.

—Por favor, disfrútela —dijo y se fue.

Los clientes comenzaron a ocupar sus puestos en sus mesas. Una rubia acababa de terminar su baile y se acercaba la hora del espectáculo central. Lene se acomodó en su sitio con una irónica sonrisa. Era la única entre todo el público que no se sorprendió cuando el presentador cogió un micrófono y se plantó en el círculo de la pasarela.

—¡Señoras y señores! —anunció alegremente el hombre—. Esta noche van a tener la oportunidad de presenciar un espectáculo único en el Sistema. Llegada de los recónditos confines del Sector Exterior, después de mil aventuras y peripecias, el Club de Caballeros El Oro Azul se complace en presentar en exclusiva, en primicia solo para sus ojos, a la pirata más buscada y hermosa, la incomparable salteadora del pelo añil, con ustedes... ¡Índigo Kid!

La audiencia se quedó muda. El silencio fue total excepto por un cretino al que se le ocurrió reírse. ¡Qué idea más absurda! ¡Índigo Kid en un lugar como ese! Nadie, en realidad, creyó que se decía la verdad. Lene miraba a unos y otros y leía la incredulidad en las caras.

La luz de apagó en toda la sala, y despertó débil y azul en lo alto de la pasarela. Habían vestido a Lee como a una pirata sexy de cine. Lucía unas botas altas de cuero con hebillas en los tobillos y dobladas en su parte superior, un pañuelo en la cabeza con tibias y calaveras, un cinturón con una gran hebilla del que colgaba un sable de abordaje con la empuñadura dorada, un pequeño tanga negro rodeado de finas correas de cuero con pinchos que caían ligeras sobre sus caderas, una camiseta negra con la calavera superponiéndose a las tibias, enormes aros de oro en las orejas, brazaletes de formas retorcidas en los brazos, un tatuaje de una calavera negra ardiendo sobre dos espadas justo encima del pubis y un loro. Efectivamente, un loro que se mantenía posado en su puño cerrado mientras ella empezaba a andar por la pasarela.

El número de baile no podía ser demasiado difícil. Lene había procurado enseñar a Lee algunos movimientos en su hotel, pero, aunque la chica era realmente grácil y tenía un don especial para los movimientos acrobáticos, no tenía mucha experiencia en discotecas o bares, es decir, que nunca había bailado. Al fin y al cabo era una pirata.

Lee avanzó con el brazo del loro extendido, y cuando llego al comienzo del primer tramo de escaleras lo echó a volar. El pájaro hizo varios círculos rasantes sobre la cabeza de los espectadores que levantaron murmullos de admiración. Comenzó a sonar una música rítmica que algún idiota había pensado que tenía algo que ver con los mares del Sur. El loro se posó en la barandilla de la pasarela en el rellano. Lee bajó lentamente los escalones. Cuando la luz iluminó verdaderamente su rostro la algarabía y los aplausos fueron estruendosos. ¡Era ella de verdad! Lene miró a Costil y vio que sonreía complacido.

Lee bajó hasta su loro, éste saltó a su puño y ella le dio un ligero beso en el pico. Entonces comenzó a moverse. Giraba sus caderas mientras se cambiaba tres veces el loro de mano extendiendo los brazos en cruz. Lene estaba sorprendida, el coreógrafo del club hacía maravillas o esa chica era un talento.

Lee arrojó su loro al aire a la vez que, con una voltereta, bajaba el segundo tramo de escaleras y se plantaba justo delante del pequeño escenario circular. El loro no volvió, pero Lee realizó algunas posturas de suelo: extendió los brazos y levantó las caderas, giró en el suelo, levantó las piernas y las cruzó. Luego practicó una voltereta hasta hacer el pino, y, con excesivo cuidado, cayó al lado de la barra vertical. Miró sensualmente al tipo que tenía delante y se arrancó la camiseta negra. Por supuesto estaba trucada con velcro. El hombre bizqueó al mirar los brillantes aros que pendían de los pezones de Lee. La camiseta fue a parar a otro cliente, y una de las camareras se acercó corriendo a recuperarla.

Ahora Lee, de rodillas, comenzó a montar un toro mecánico imaginario. Al principio lentamente, luego con movimientos compulsivos. Se quitó el pañuelo de la cabeza, dejó su melena oscura en libertad y agitó el pañuelo en el aire. Hubo un estruendo de aplausos, algunos hombres lanzaban bravos. Los más afortunados introdujeron dólares venusianos en el tanga.

La joven de diecisiete años se puso en pie y se agarró a la barra vertical. Realizó un par de giros, dio un salto y rodeó la barra en el aire. Luego se agachó hasta ponerse en cuclillas y volvió a levantarse para restregar su espalda contra la barra. A continuación se acercó a otro de los hombres que estaban en el círculo, se quitó el cinturón con la espada y se lo tendió. El hombre lo levantó como un trofeo y miró hacia el resto de clientes, que lo jalearon.

Llegaba el final: Lee volvió a agarrarse del poste y se dobló por la cintura. Se bajó las cintas del tanga, giró para ponerse de frente al público y lo dejó caer con unos movimientos de cadera. Lene estaba especialmente interesada en ese gesto, mucho dependía de él. La pequeña pieza de ropa se deslizó casi hasta el suelo y con un gesto eléctrico del pie, Lee lo lanzó hasta la mesa que ocupaba Doru Costil. Ya sólo llevaba las correas encima. Se arrodillo de nuevo y dobló su pequeño cuerpo hasta que su cabeza tocó el suelo. La música se desvaneció, la luz se apagó. El silencio que se hizo era espeso. Hasta que se encendieron todas las luces enfocando a la nueva estrella, y el público estalló en aplausos.

Lee, que se había puesto de pie y se tapaba tímidamente el pubis depilado, estaba alucinada. Todos aquellos hombres la aplaudían a ella. Lene también aplaudía, por disimular. La jovencita saludó al público con rubor en la mirada mientras su jefa observaba detenidamente al traficante de gas. Parecía que todo iba a salir rodado. El matón se inclinaba sobre Costil y asentía al recibir sus instrucciones. El gerente del local aplaudía a rabiar y miraba a su amo con gestos que decían: ¿ve como ya se lo decía yo? Y tenía razón, el Oro Azul se había asegurado el lleno durante lo que restaba del día y toda la larga noche Venusiana. Contando con que Lee actuara allí todo ese tiempo. Sólo Lene sabía que era una actuación única y que no se iba a repetir.


Creado: 29 de enero de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio