Bienvenida

El Serial

LENE

Lee, como siempre, había preferido quedarse fuera a la hora de presentar informes. El Cuartel del Mando Táctico en Nueva Egea no parecía realmente un cuartel, era un edificio cuadriculado de color blanco y con enormes ventanas rectangulares todas iguales. Grandes jardines verdes se extendían a su alrededor, y todo estaba rodeado por una muralla baja limpiamente encalada. Daban más ganas de tumbarse a tomar el sol que de ponerse a hacer informes de misiones encubiertas. Lo único que indicaba el carácter militar del complejo eran los uniformes negros de los marines y los grises de los marineros, aparte de las pequeñas pero potentes antenas que se proyectaban desde el tejado arquitrabado del edificio.

Después de identificarse, las tripulantes del Thalion habían sido conducidas por un guardiamarina hasta el centro de comunicaciones. Allí se habían separado: Lee se había quedado en el pasillo mirando sin emoción los cuadros al óleo de las antiguas criaturas marinas de Venus, seres que evolucionaron rápidamente y se extinguieron igual de rápido al comienzo de la terraformación.

Lene entró en una cabina de comunicación segura, no más grande que un ascensor de lujo, cilíndrica y con una gran pantalla y una placa de hologramas. Al parecer Eleonora Visq era más partidaria de la pantalla, porque ésta se iluminó y la veterana militar sonrió como una abuelita de la alta sociedad.

—¿Cómo está usted, Comandante?

Lene contestó con seriedad:

—Estamos físicamente bien, si se refiere a eso.

—Tiene algo de qué informar.

—Así es. Hemos descubierto el intermediario de Rubirak y los piratas. Es un tal Doru Costil, que regenta un club hortera allá en Venusburgo. También hemos podido averiguar que Qubul Motolinía podría estar detrás de los asaltos a cargueros de gas H.

Visq seguía manteniendo un atisbo de sonrisa.

—Era algo que sospechábamos —dijo.

—Puede haber algo más. Mis fuentes aseguran que todo el gas robado no llega ni para mantener el bloqueo, mucho menos para iniciar una campaña militar. Creo que romperán el bloqueo.

—Ya lo hemos previsto, Comandante Shinh. ¿Qué se propone hacer a continuación?

Ahora fue Lene la que sonrió.

—Vamos a tener una charla con ese Costil.

—Actúe discretamente. Si realmente sabe algo podremos anticiparnos a los planes del general Rubirak. Daré órdenes a nuestro destacamento en Zentrópolis para que le den cobertura.

—Gracias.

—Buen trabajo, Comandante, manténgame informada.

—Sí, Almirante.

La pantalla se desvaneció.

Lene se levantó de su silla y esperó un minuto hasta que se comprobaron los permisos de seguridad y se abrieron las puertas cilíndricas. Lee estaba sentada en uno de los pequeños sofás que habían plantado en el pasillo que conducía a las cabinas. Levantó la vista al sentir a Lene, ésta enarcó las cejas.

LEE

Era una pena no llegar a Zentrópolis de noche. Las grandes casas a orillas del mar se habrían convertido en pequeñas luces antes de una franja de oscuridad que separaba las tierras bajas de la meseta donde habían levantado Zentrópolis. La ciudad perfectamente ordenada y llena de líneas rectas habría dejado paso a un abigarramiento de luces de colores, un resplandor que se alzaría hasta el cielo. A Lee le habían contado que las kilométricas pantallas que cubrían el centro de Venusburgo para imitar la noche a voluntad podían verse desde el espacio, y que mostraban luminosos mensajes de bienvenida, publicidad de los casinos y locales de copas así como programas de las actividades y actuaciones estelares de la temporada.

Venusburgo era un barrio de Zentrópolis, pero por entonces era ya más grande que el centro urbano. Zentrópolis había quedado reducida a una ciudad de servicios para aquellos ricos que podían permitirse una de las mansiones de la costa, y un complejo turístico de primera con la playa por un lado y Venusburgo por otro. La enorme conurbación era conocida como El Burdel del Universo; el mal gusto, la corrupción y el despliegue de ostentación hacían palidecer a Las Vegas, pero además tanto la prostitución como el consumo de numerosas drogas era legal en Venusburgo.

Incluso de día el ajetreo era constante. En el mismo avión de Lene y Lee viajaban varias convenciones: una de cirujanos plásticos y otra de vendedores de telefonía. Para cualquiera hubiese resultado obvio que no venían a trabajar. Se pasaron todo el viaje bebiendo y persiguiendo a las azafatas. Las calles de Venusburgo no eran menos entretenidas: había tiendas de ropa de grandes marcas frecuentadas por mujeres de negocios y ricas herederas, bares abiertos 5.832 horas al día, famosos que paseaban en llamativos automóviles... Incluso Lee pasó desapercibida. Nunca había estado en Venus y jamás la habían visto en persona, aun así alguna mirada se volvía hacia ella de vez en cuando, y el nombre Índigo Kid se oía en un murmullo.

Lene las registró en un hotel-casino, el White Coast que tenía el mismo nombre que la zona de costa de las grandes mansiones. Era un lugar lujoso pero más recatado que el resto de establecimientos. Estaba compuesto por un edificio principal para el juego y la recepción, y las habitaciones eran pequeñas casitas blancas que imitaban las encaladas casas de los pueblos del Sur de España. En cuanto el recepcionista se dirigió a Lene como señorita Shinh Lee comprendió que no era la primera vez que se alojaba allí. Seguramente Lonneke tenía algo que ver.

—Dime, Qarl —dijo Lene al enjuto hombre del hotel—, ¿conoces el Oro Azul?

—Claro, señorita Shinh. Pero no creo que le guste, es un club sólo para hombres.

—¿Y su dueño, Doru Costil?

—No le conozco personalmente. Sé que tiene otros, como decirlo, medios de ingresos aparte del club. Aunque va por allí a menudo.

—Gracias, Qarl.

La Comandante deslizó unos billetes dentro del libro de registro donde había firmado. El hombrecillo sonrió con amabilidad:

—Es un placer volver a tenerla en nuestro establecimiento.

Después de instalarse Lene decidió acudir directamente a El Oro Azul, el local del traficante de gas. Tuvieron que coger un taxi, pues en Venusburgo el transporte público era apenas apreciable.

—¿Qué hacemos? —preguntó Lee mientras esperaban en el vestíbulo.

—¿Cómo? Esperar al taxi, preciosa.

—Nunca he cogido un taxi.

En el sector exterior los trenes subterráneos eran casi el único transporte posible en las ciudades, excepto barcos y lanchas. El taxi le pareció estupendo a Lee; podía ver las calles bajo la potente luz del sol cosa que podía ser hasta peligrosa en lugares como Titán.

El Oro Azul era un local casi en las afueras, cercano a otros bares de strip-tease que se habían implantado algo alejados de los grandes casinos. Se trataba de una casa baja y de líneas horizontales, con un pórtico trapezoidal bajo el cual se detenían los coches con los clientes y un cartel vertical de formas similares al tejado. A ambos lados de la puerta caían pequeñas cascadas sobre piedra azulada. Lene mandó al taxi detenerse unos metros antes de llegar al local. Bajaron y caminaron hasta el cartel luminoso. En él se podía ver otras cascadas de agua y con unas sencillas letras redondas el título: El Oro Azul, y debajo: club de caballeros.

—Mira —dijo Lee.

Delante de la puerta había un grupo de cuatro o cinco hombres fornidos y vestidos con elegantes trajes.

—Ya veo. Parece que está cerrado. Espérame aquí.

Lene abandono a su estupefacta compañera y caminó hasta la puerta. Uno de los gigantones se le encaró.

—¿Vienes a la prueba?

Lene miró al tipo de arriba abajo, como si estuviera sopesando la forma de derribarlo.

—Nada de eso. Quiero ver al señor Costil.

—Nadie puede ver al señor Costil. Está reunido.

Lene empleó su sonrisa más seductora y extrajo del bolsillo de sus tejanos unos cuantos billetes; alrededor de 100 dólares venusianos.

—Venga, ¿por qué no me dejas pasar?

Otro de los grandullones se acercó a apoyar a su compañero.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.

El otro se volvió, ambos se miraron a las gafas de sol que llevaban puestas.

—Quiere ver al jefe, pero no viene a la audición.

El segundo matón se dirigió directamente a la chica:

—El señor Costil no recibe a nadie que no conozca sin cita previa.

—¿Y cómo puedo conseguir una cita?

El muchachote no sonrió:

—No puedes. Hueles a Confe desde kilómetros.

Lene se guardó los billetes. Llevaba su acreditación de la CM y podría haberla esgrimido para poder entrar. Nadie se atrevería a negarle la entrada a una Comandante de la Confederación de Mundos. Pero lo único que hizo fue guiñarle un ojo al matón jefe y preguntar:

—¿Para qué son las audiciones?

—Baile exótico.

Luego se dio media vuelta y se volvió con la antigua pirata. Lee esperaba explicaciones pero no obtuvo ninguna. Lene se puso a buscar un taxi con la mirada, al ver uno silbó con fuerza. Lee ya no supo callarse.

—¿Qué has hecho? Podríamos haber entrado. Somos de la Confederación.

—Esos matones no querían dejarme entrar, al parecer el gran hombre está dentro, haciendo pruebas a nuevas bailarinas. Tenemos que ser discretas. Si entramos valiéndonos de la ley pondremos a Costil en guardia. Y lo que necesitamos es que se relaje, que se relaje y hable.

El taxi se detuvo y ellas entraron. Lene dio la dirección del White Coast.

—Pero necesitamos entrar allí y hablar con ese tipo. ¿Qué vamos a hacer ahora?

Lene miró tranquilamente por la ventanilla y dijo:

—Nos infiltraremos.

Lee parecía un poco desesperada, lo cierto es que no veía salida:

—Ya me contarás cómo.

El taxi recorrió raudo el trayecto hasta el hotel. Antes de abrir la puerta Lene miró a Lee:

—¿Sabes bailar? —preguntó.

Lee no entendió el sentido de la pregunta:

—Pues no muy bien, la verdad.

Lene salió del taxi y se inclinó para ver a Lee que seguía en el asiento.

—Bueno, creo que tenemos tiempo al menos hasta mañana. Seguro que puedo enseñarte algo.

Lee salió por su puerta bastante confundida, Lene ya había echado a andar hacia la puerta del White Coast. La joven del pelo añil se apoyó con ambos antebrazos en el techo del coche:

—¿Enseñarme qué? ¿Para qué tenemos tiempo?

La Comandante no respondió, siguió caminando como una pantera. De pronto un relámpago de comprensión iluminó la mente de Lee, abrió la boca para protestar pero no emitió ningún sonido. En lugar de eso echó a correr detrás de su jefa diciendo:

—¡Ah no! ¡Eso no! ¡No voy a hacerlo! ¡Lene, ven aquí! ¡No quiero hacerlo, no puedes obligarme!

LONNEKE

Un corto tono musical indicó que acababa de llegar otro mensaje telefónico. Sin duda sería otra vez de Aras, y volvería a repetir las mismas palabras que le había estado enviando todo el día: perdón, estamos muy avergonzados, nos arrepentimos de haberlo hecho, por favor contesta, borraremos todos los archivos de vídeo, no lo haremos más… Bueno, podía hacerles sufrir un poco más.

—Eso es todo —dijo la rubia platino—, todos los diagnósticos del sistema son positivos, y la prueba del otro día asegura el buen funcionamiento de la planta de fusión y el MIM.

El Vicealmirante Scotton mostró su perfecta hilera de dientes:

—Ha trabajado bien, Navegante Sivilay. De hecho lo ha hecho tan bien que ha terminado antes del plazo.

Lonneke apenas gesticuló para mostrar su sorpresa.

—No sabía que teníamos un plazo.

Scotton casi la deslumbra otra vez con su sonrisa:

—El plazo es el tiempo que sus compañeras tarden en traer la información que necesitamos. En cuanto estén de vuelta, espero que sanas y salvas, comenzará la auténtica misión del Thalion.

Lonneke, que tenía la mirada fija sobre la mesa de la sala de juntas donde se encontraban, levantó ligeramente los ojos. Tenía esa forma natural de ser seductora sin ser coqueta, además había preocupación en aquella mirada.

—¿Tiene usted noticias? ¿Están bien?

—Sí, están bien. No creo que les quede mucho más tiempo de misión. Suponemos que Rubirak intentará romper el bloqueo, con lo que el espionaje llegará a su fin y hablarán los cañones. Ahora que el Thalion es una nave poderosa quizá ustedes también tengan que luchar.

—No me importa, no tengo miedo.

Sus ojos se habían transmutado en frío acero azul. Aun así Scotton volvió a sonreírle. Era algo natural en los hombres que estaban en su compañía; se les escapaba la sonrisa de forma nerviosa, pero la del Vicealmirante era sincera, una sonrisa de camaradería antes que de paternalismo. Esta vez no mostró sus blancos dientes y asintió con lentitud.

—¿Debo preparar algo para la primera misión? —preguntó Lonneke.

—No, haremos una gran presentación intermundial. La gente de la televisión está impaciente por saber qué estamos haciendo aquí. Las cámaras se alegrarán mucho de verlas a ustedes el día de la presentación, no me cabe duda.

Lonneke obvió la inconsciente respuesta machista del veterano militar.

—¿Y la misión en sí?

Scotton se apoyó en la gran mesa de madera genuina.

—Será muy corta. No queremos tenerlas lejos por si las necesitamos en la guerra que se avecina. Trasladarán ustedes un equipo científico y militar a Exotierra. Irán con las bodegas llenas y sin el Nautilus ni la lanzadera de iones. En lugar de la corbeta llevarán allí una mini plataforma espacial: la primera pieza de la estación que vamos a montar. Proporcionará respaldo y refugio a los hombres que bajan a tierra. Para subir y bajar llevarán una lanzadera, modificada para aterrizar en terrenos agrestes. El equipo está compuesto por unos treinta hombres, diez de ellos infantes de marina; su misión consistirá en establecer un campamento permanente en Exotierra y asegurar un perímetro que evite el ataque de los bichos. Deberán ser autónomos hasta que podamos permitirnos prescindir de ustedes, el conflicto termine o podamos construir otra nave con motor MIM.


Creado: 23 de enero de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio