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El Serial

LENE

Desde la IIC, Freya parecía una grúa enorme abandonada en el espacio. Más allá estaba el nuevo mundo de Venus; blanco donde reinaba la nubosidad, negro donde sus enormes océanos eran visibles. Lene maniobraba su pequeña nave de transporte interplanetario hacía los muelles de la estación espacial en construcción.

Freya era la diosa del amor para los antiguos habitantes del lejano Norte de Europa. Se la representaba como una hermosa mujer que viajaba en un carro tirado por gatos. Su belleza era tal que cuando le pidió a los enanos que le entregaran el Brisingame, el collar de oro, estos pusieron como condición que la diosa pasase una noche con cada uno de ellos. Freya aceptó, y el collar fue suyo. Su nombre estaba muy relacionado con la química ya que también se la llamaba Vanadis, de donde viene el elemento Vanadio.

Esta Freya no era nada hermosa. Se trataba de un gran brazo prefabricado donde se hallaban los anclajes de las naves. A lo largo de ese brazo corría un tubo, era poco más que eso, que se dirigía al único módulo realmente habitable, situado al extremo del brazo. Aquí había dos salidas para lanzaderas. Todo lo demás eran estructuras metálicas esperando a ser montadas o completadas. Dentro de unos meses Freya sería tan importante y lujosa como Amistad, dispuesta a recibir a los enormes transportes colonizadores desde la Tierra, y los vuelos de la estación al planeta partirían cada media hora. Pero hasta entonces la inacabada estación era apenas un muelle de atraque para las naves interplanetarias.

Lene no tuvo problemas para completar la maniobra y corrió a vestirse. Como deseaban pasar desapercibidas eligió ropa de calle en lugar del uniforme de la Marina Mercante. El clima de Venus era prácticamente terrestre, pero con ciertas peculiaridades. Para empezar el día de Venus duraba más que su año, es decir, su periodo de rotación era mayor que el de traslación. De esta manera un año en Venus duraba 225 días normalizados, mientras que un día venusiano duraba 243 días normalizados. Faltaban 44 días normalizados para que llegara la noche a Zentrópolis, la ciudad donde debían desembarcar, por lo que Lene escogió algunas ropas de verano para descender. Vivir en Venus era siempre raro excepto para los que habitaban allí. El Sol salía por el Oeste, apenas había estaciones; el otoño y la primavera sólo llegaban a las latitudes habitables más extremas, y había que irse a dormir respetando estrictamente los turnos marcados por el gobierno. Los ciclos del día y la noche eran demasiado lentos. Los animales habían sido modificados genéticamente para adaptarse a esta vida, pero los seres humanos debían regularse por sí solos. Por ello existían los foros; grandes centros comerciales y de reunión; auténticas ciudades subterráneas donde el día y la noche eran fingidos. En este maravilloso nuevo mundo verde, la gente se veía obligada a pasar gran parte de su tiempo bajo techo.

Pero aún así la vida era muy tranquila por aquel entonces en la joya del Sistema Solar, y las personas no tenían grandes dificultades para habituarse a un ritmo artificial de sueño. Sin embargo ya se hablaba de un carácter único venusiano; una extraña mezcla de disciplina en los biorritmos y hedonismo social. Lene no prestaba mucha atención a estas nuevas teorías sociológicas. No daba la impresión de que Venus fuera a desarrollar un nacionalismo de estilo marciano, dada su gran amplitud de espacio y grandes riquezas naturales. Existía un brillante futuro para el nuevo mundo.

Lee no se retrasó esta vez en el desembarco. A Lene todavía le asombraba la decisión con la que la había besado apenas una hora antes. Personalidad no le faltaba. Su equipaje consistía en una única bolsa de deportes que la Comandante suponía repleta de prendas de cuero, descosidas, recortadas y bisutería metálica de todo tipo. En esos instantes iba vestida con sus botas militares, una minifalda tableada y un sujetador de cuero y metal debajo de una cazadora de cuero llena de gruesas cremalleras. Lene había preferido unos tejanos sin caderas y una camiseta de manga corta.

Atravesar Freya era una experiencia compleja para aquellos que no estaban acostumbrados a la gravedad cero. El tubo de los muelles de atraque era amplio, pero esa característica era más perjudicial que beneficiosa. Los pasajeros tenían que volar hasta el modulo habitable, pero muchos de ellos perdían asidero y se quedaban flotando hasta que alguien se detenía a ayudarles. Había cómicas maniobras de personas que caían hacia arriba, marineros que habían atracado al revés su nave y caminaban por el techo, personas que iban de la mano de otros y no se atrevían a abrir los ojos para no intuir Venus a través de las paredes translúcidas del pseudoplástico, etc. Lene y Lee cruzaron el tubo evitando chocar con los patosos inmigrantes y enseguida llegaron a los muelles de las lanzaderas. Tuvieron que esperar más de dos horas en las que Lee se quedó en el único bar-cafetería de los muelles, aguardando a que Lene terminara de entenderse con los funcionarios de la Confederación para obtener el permiso para bajar a tierra sus armas personales. El tipo de la aduana era un teniente muy amable, pero que tuvo que comprobar que todo estaba en orden dos veces. La meticulosidad del joven oficial acabó impacientando a Lene, pero para Lee la espera, allí varada, fue un auténtico aburrimiento. En Freya no había tiendas sin impuestos, ni gravedad, ni bares. Sólo la cafetería y un kiosco de prensa.

Cuando al fin salieron para la superficie iban en primera clase, el teniente era pesado pero eficiente, y pudieron relajarse bastante. Lene observó las noticias en una minipantalla personal. Las cosas en Marte parecían estabilizadas. Los periodistas apostaban por un conflicto frío pero largo, donde la situación de bloqueo iba a ser mantenida durante años. Lee estuvo muy silenciosa, se había aburrido mucho en Freya, y se limitó a mirar el paisaje que se le iba aproximando.

Éste no era muy distinto del de una aproximación al planeta Tierra. Una de las primeras cosas que se había conseguido con la terraformación era el aligeramiento de la atmósfera venusiana. Gran parte de los gases venenosos de las zonas bajas de la atmósfera habían sido transformados en agua mediante bacterias artificiales, producto de la más avanzada nanotecnología, diseñadas para respirar ácido sulfúrico y monóxido de carbono. Una vez acabado su ciclo vital estaban programadas para descomponerse en el aire. Toda esa parte de la atmósfera cayó al suelo y conformó los primeros mares de un mundo que llegaría a tener categoría oceánica. El dióxido de carbono y el oxígeno de las capas altas de la atmósfera fueron aprovechados por otros nanobots, bacterias y algas microscópicas manufacturadas para iniciar un proceso de vida microbiana muy rica y productora de gases atmosféricos más adecuados para la vida terrestre. En poco más de cincuenta años la composición química de la atmósfera fue similar a la del planeta madre de la especie humana. Entonces llegaron las nuevas bacterias, también artificiales, de desarrollo acelerado que evolucionaron de lo unicelular a los mamíferos en apenas veinte años. Las nuevas especies no eran exactamente alienígenas, pero sí curiosas. Por supuesto había vida vegetal, sobre todo largas extensiones de hierba donde vivían conejos marsupiales sujetos a largos procesos de hibernación, bayas y frutos secos casi idénticos a los de la Tierra y enormes bosques de coníferas gigantes. Hubo felinos pequeños y feroces, aves carroñeras enormes que aprovechaban las corrientes gemelas hasta los polos y sus torbellinos, peces de muchas formas y colores, algas, cactus que almacenaban ingentes cantidades de agua, cabras lanudas que pastaban en las planicies, insectos y arácnidos que se devoraban entre sí.

Pero todo estaba en peligro. Venus apenas poseía un campo magnético que desviara las peligrosas radiaciones solares. Todas esas especies eran sólo temporales porque todo podía venirse abajo si no allanaban el terreno para los que vendrían después. Entonces se instalaron las macroantenas de iones y los sistemas de macroimanes cerca de los polos y alrededor del ecuador en grandes plataformas oceánicas. Un nuevo campo magnético artificial sustentado por las plantas de fusión nuclear más eficientes jamás construidas. Muchas de las especies primigenias fueron extinguiéndose una vez cumplida su misión. Otras se adaptaron y mutaron. El agua se trajo en ciclópeos cargueros desde Europa y se lanzó contra la atmósfera.

El planeta ya estaba listo, los científicos salieron de sus bases subterráneas y los primeros pioneros llegaron a la Tierra de Ishtar. El campamento llamado Ishtar-8 pasó a conocerse como Nueva Egea y su puerto de mar imitó a las antiguas construcciones griegas. Allí se instaló el gobierno y toda la industria, todavía incipiente. Al Sur, en el nuevo continente Tierra de Afrodita, llegaron grandes cantidades de ricos hombres de negocios para tener allí su segunda residencia. En la ciudad de Zentrópolis. Grandes plantaciones, granjas, llanuras repletas de caballos modificados por ingeniería genética, mansiones con playas privadas, blancos veleros de estrellas del cine que exploraban las nuevas islas y les ponían nombre por diversión… Y por último llegó Venusburgo, el Burdel del Universo.

Muy al norte, bajo el enorme Monte Maxwell quedó Ishtar-1, el primer campamento, cerrado a cal y canto. Allí se desarrollaron muchas de las bacterias y virus que habrían de ayudar en la terraformación y allí fueron enterradas con todos su secretos. Los demás campamentos también fueron cerrándose. La naturaleza se hizo dueña de casi todo el planeta, y la población aumentó lentamente, a la espera de la gran emigración. Nacieron los primeros venusianos verdaderos y en las poderosas familias de terratenientes, de actores y actrices, de ricos industriales casados con modelos, de estrellas del rock y el pop, artistas famosos y exitosos escritores, no se extrañaron de que sus hijos fueran extremadamente hermosos, sin malformaciones ni enfermedades: fuertes y delicados como bailarines o bellas y radiantes como estrellas del celuloide. Puede que fueran menos ágiles que los marcianos, pero eran más altos y robustos, curiosamente dotados para el arte y la música. Se creo un mito en torno a la psicología de los habitantes extraterrestres: los marcianos, guerreros; los venusianos, amantes. Pero había muchas más colonias exteriores alrededor de los mundos gaseosos, así que esa teoría, muy atrayente pero carente de fundamento, pasó a ser una especie de arquetipo en lo más profundo del imaginario colectivo. De vez en cuando aparecía alguien como Lonneke, que venía a apoyarla aparentemente, pero aquellos que se inclinaban por esta forma de pensamiento tendían a olvidar, quizá a propósito, que gente como Lonneke era en fruto del matrimonio entre un atleta olímpico devenido en criador de caballos venusianos y una modelo de alta costura. Mientras que los marcianos con los que se la comparaba eran gente hecha a sí misma que habían buscado el éxito en la minería de arena marciana, en la vida científica de Valle Marineris o en las fuerzas armadas.

Lee era el caso opuesto a Lonneke. Una belleza morena de ojos color azabache. Nacida en el sector Exterior, era lo bastante pequeña y hábil para ser una marciana, pero tenía la misma femineidad y belleza de una terrestre o una venusiana. Acaparaba portadas en revistas para hombres y tenía clubs de fans por todo el Sistema a pesar de ser una delincuente. Eso no casaba con ningún estereotipo.

La lanzadera atravesó cúmulos de nubes blancas. Su trayectoria y los nuevos materiales cerámicos evitaban de forma eficiente que el rozamiento del reingreso fuese traumático para los pasajeros. Su destino era el espaciopuerto Buzz Aldrin, en Nueva Egea, con lo que las tripulantes del Nautilus aún tendrían que tomar otro medio de transporte hasta Zentrópolis. Poco después la lanzadera, gracias a sus dobles sistemas de propulsión, por motor de iones y por reactores, se posó con tranquilidad en Venus y rodó por la pista del Buzz Aldrin como cualquier avión de línea regular en la Tierra habría hecho al llegar al aeropuerto.

Después de haber visitado Titán y sus vientos de hidrocarburos Venus le parecería un paraíso a cualquiera. Lene no podía evitar que le recordara vivamente a Lonneke. Se preguntó qué estaría haciendo ella en aquellos instantes.

El cielo era total y profundamente azul. Sólo algunos estratocúmulos flotaban en la distancia. El aire era fresco, muchos colonos e inmigrantes solían asegurar a los funcionarios que registraban su admisión como nuevos ciudadanos del planeta, que olía a verdor, a bosques de pinos. Esto era imposible, ya que los gigantescos bosques de coníferas, con algunas especies autóctonas incluidas, supervivientes de la vida introducida primeramente, estaban mucho más al Norte y al Sur, en zonas de clima más frío.

La mayor parte de Venus tenía un clima tropical, con una temporada de lluvias y otra de calor. Esta zona ocupaba la mayor parte del nuevo mundo extendiéndose desde el ecuador. Luego estaban las zonas templadas, donde eran posibles el otoño y la primavera, éstas eran las franjas más pequeñas; y por último dos casquetes polares muy amplios donde se desarrollaban grandes extensiones de taiga, tundra y nieves perpetuas, en este orden. Pero había pequeñas excepciones, lugares resguardados y microclimas. Uno de estos era el caso de Nueva Egea; rodeada de temperaturas tropicales, pero también de mar y beneficiaria de una singular corriente marina fría procedente del norte. Alrededor de la antigua Tellus Regio, hoy Isla de Tellus se había formado un oasis mediterráneo de temperaturas suaves y precipitaciones moderadas.

Cuando descendieron de la lanzadera, Lene sabía el efecto que Venus iba a provocar en Lee, como en todos los que estaban acostumbrados a las ciudades subterráneas del Sector Exterior, así que la dejó admirar el cielo y el mar durante un rato, mientras ella misma se fijaba en su rostro: sus rasgos conservaban todavía la suavidad de la adolescencia a pesar de una mandíbula más cuadrada que triangular; tenía los labios gruesos, los pómulos salientes, la nariz respingona, las cejas casi rectas y dos ojos redondos un poco oblicuos y totalmente negros. En un mundo como Venus su belleza encajaba perfectamente. Lene sonrió al notar la emoción de la chica que estaba descubriendo un planeta virgen.


Creado: 8 de enero de 2007
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio