LEE
La Cantina Encke era un bar de oxígeno. Ricos comerciantes de gas y ejecutivos de empresas mineras se tumbaban junto a los propios mineros y técnicos, que se gastaban la paga del mes en un día. Alineados en largas filas de hamacas, inhalaban aire puro a través de tubos de pseudoplástico desechables, o fumaban en pipa de agua nanobots limpiadores de las vías respiratorias. Entre los trabajadores de las plataformas flotantes de Júpiter y Saturno se había difundido la leyenda urbana de que estos lujos restauraban la salud mejor que cualquier tratamiento de los balnearios del Sector Interior, por lo que muchos alargaban su jornada de trabajo en las extractoras de gas más allá de lo conveniente, dándose de vez en cuando paseos a las lunas de los gigantes para fumar un rato. El resultado eran diversos cánceres, tanto de piel como de pulmón, algunos de ellos incurables. Pero los mineros seguían haciéndolo.
Lene estaba tumbada en una especie de diván de estilo antiguo. Su espada española se apoyaba en la pared, mientras ella parecía agotada y desvalida con un brazo sobre la frente. Lee se fue hacia ella directamente, ignorando las miradas de los musculosos guardas de seguridad, seguramente mercenarios marcianos, que no parecían muy satisfechos con su indumentaria.
—Eh —dijo lacónicamente.
Lene no se movió, parecía dormida. Lee se sentó en el borde del diván e intentó parecer segura de sí misma; aquel no era el ambiente que ella solía frecuentar. Había una gran luminosidad que parecía salir de ninguna parte, muchos hombres vestidos con trajes que habían dejado a su lado un ordenador cuántico portátil, mujeres en traje de noche ataviadas de cristales de carbono puro… Lee sentía que todos la observaban, aunque lo cierto es que nadie se había fijado en ella, excepto los vigilantes. Así, distraída, tardó un poco en reaccionar cuando sintió una caricia en la mejilla. Lene se había incorporado y le estaba apartando el pelo. Lee la miró incómoda y la Comandante apartó la mano. Con una lenta sonrisa le dijo:
—¿Quieres un poco?
Lee bajo los ojos y miró el tubito de pseudoplástico que iba hasta las fosas nasales de su compañera. Negó con la cabeza. Lene volvió a tumbarse lánguidamente y se quitó el respirador. Permaneció así relajada por unos cinco minutos, y luego habló:
—Tenemos que regresar de inmediato al Nautilus e informar a Scotton. ¿Has averiguado algo?
Lee la miró.
—Bastante. Sé quien es el intermediario con los terroristas.
Lene sonrió, se incorporó otra vez y besó a Lee en la mejilla muy lentamente sujetando su cabeza con ambas manos. La jovencita no reaccionó. Lene todavía parecía algo atontada o mareada.
—Esa es mi chica —dijo—. Vamos, hay que salir de aquí.
La morena de los ojos verdes se sentó en el diván y puso su dedo pulgar sobre un pequeño escáner situado sobre un pebetero a la cabecera del cómodo asiento. El lector automático comprobó su identidad y envió una orden a VISA para un pago a crédito, los ahorros de Lene estaban en la Tierra. Se confirmó la transacción con un alegre sonido polifónico y las tripulantes del Thalion pudieron salir de la Cantina Encke.
JACK
Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin antes utilizarle al máximo y extraerle hasta el último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus principios morales.
/root/jack/in/ todo esto es muy interesante, pero por alguna razón no estoy utilizando el 100% de mis recursos. algo me ralentiza. pero, de nuevo, no encuentro ningún fallo en mi sistema.
/root/jack/in/ creo que entiendo lo que aras deseaba transmitirme. los principios morales, los valores éticos. muchos seres humanos los han trastornado a su antojo a lo largo de la historia. hombres como zoltan rubirak. creo, sí, que hay que detenerle. pero me surgen dudas. ¿cuál es la manera adecuada de impedir su actuación?
/root/jack/in/ vaya. aquí veo algo. frankl, víctor-hitler, adolf-speer, albert-arquitectos-arquitectura-lecorbusier-niemeyer, oscar-lloyd wright, frank-sullivan, louis henri-foster, norman.
/root/jack/in/ cuidado. aquí llega aras.
ARAS
—Hola Jack.
La cabeza se formó en la pantalla. Estaba sonriente, demasiado sonriente. Aras se dio cuenta de que había hecho algo. ¿Sería posible que el rostro que representaba al nuevo ser también representara sus emociones íntimas incluso inconscientemente?
—Hola Aras.
El profesor de informática ocupó el sillón delante de la consola del ordenador.
—Bien. ¿Has echado un vistazo a las referencias que te di?
—Hasta ahora he revisado 2.156.789 filtros.
¿ Sólo? pensó el ser humano, pero dijo:
—Eso está muy bien, pero ¿has obtenido algún provecho? ¿Sacas alguna conclusión que no esté fundamentada sólo en funciones o guarismos?
—Sí, he sacado varias.
—Dime.
El rostro, que se había vuelto algo más nítido desde la última vez que hablaron, se lo pensó un momento antes de contestar. Viéndole, los silencios que tanto habían impresionado a Lene cuando interactuó con él la primera vez, cobraban pleno significado. No era una máquina que daba la solución a una fórmula matemática excesivamente compleja; era un ser vivo dotado de su propia consciencia.
—He deducido que la vida humana es un valor en sí mismo, aunque hay otros principios que rodean a éste como los pétalos de una flor.
—Has hecho una metáfora, impresionante.
—Gracias. Puede que la haya leído. Para algunos la vida es sagrada porque proviene de Dios.
—¿Compartes esa opinión?
—No lo sé. No puedo dilucidar la existencia de Dios.
—¿No puedes? Haz una aproximación estadística.
El busto parlante volvió a meditar.
—Eso no sería adecuado. No nos daría una respuesta. Tampoco me creo capaz de encontrar los elementos estadísticos adecuados. No parece que la existencia de Dios tenga una respuesta estadística. Quizá matemática, algún día.
—¿Matemática? Tu mente es capaz de las operaciones matemáticas más complejas posibles. ¿No crees que puedas arrojar un poco de luz?
—No, no puedo. No hay ninguna fórmula para Dios.
—Invéntala.
—¿Con qué? No sabría por donde empezar.
Ahora fue Aras el que estuvo digiriendo la información un rato.
—Dime, ¿alguna otra conclusión?
—Sí, he concluido que debemos detener al General Rubirak.
—¿Por qué medio?
—Lo ignoro.
—Aconséjame.
—No puedo, en todo caso alguien debería aconsejarme a mí. No me siento capaz de decidir si debe haber una guerra o no. Y no deseo decidirlo.
—Bueno, si la Confederación supiese de tu existencia, lo primero que te preguntarían es si deben o no empezar esa guerra. ¿Qué respuesta podrías darles?
—Podría decirles que necesitaban la ayuda de un sacerdote o un filósofo.
—¿Nada más?
—Podría simular un conflicto, ejecutando todas las variables reconocibles posibles.
—Hazlo ahora. ¿Extraes alguna conclusión?
—Sí, la Confederación ganaría la guerra en un 94% de los casos.
Aras se sobresaltó. Ya estaba acostumbrado a los parones de Jack, esos tiempos muertos que se tomaba para pensar, y ahora no lo había hecho. Había examinado la situación en milésimas de segundo y había extraído esas conclusiones que tanto le costaban con otras preguntas.
—Teniendo en cuenta esto, ¿aconsejarías ahora a la Confederación?
La cabeza meditó unos instantes. Aras hizo lo imposible por no parecer asombrado. ¿Qué le ocurría a Jack? ¿Por qué unas decisiones le costaban tanto y otras tan poco?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Por qué? Tienes una seguridad enorme en tus cálculos.
—Pero sólo son datos estadísticos simulados. ¿Se puede decidir la vida de un hombre a través de una simulación? ¿No son preciosas todas las vidas? No deseo ser responsable de la muerte de nadie.
—Y sin embargo estás convencido de que es necesario impedir los planes de Rubirak. ¿Puedes explicar esta paradoja?
—No, no puedo. Quizá simplemente no sea mi función decidir sobre cosas como la guerra. O como Dios. Para eso están los políticos, militares y religiosos. ¿No es así?
—Pero tú sabes más que todos los políticos y militares juntos.
De nuevo una pausa.
—No lo creo. Puede que tenga más datos, pero yo no sé nada sobre guerras.
—Muy bien. ¿Tienes alguna pregunta?
—Sí.
—Adelante.
—¿Por qué estoy vivo? ¿Por qué yo y no otro? ¿Por qué ha ocurrido; lo he hecho yo o ha sido…?
—¿Dios? —Aras sonrió—. Esas preguntas nos las hacemos desde el principio de la existencia humana. No hemos hallado una respuesta plenamente satisfactoria y aceptada por todos como valida.
—Quizá si me hago de alguna religión encuentre una respuesta.
Aras se puso en pie de un salto.
—Está bien. Esa será tu tarea para mañana. Indaga en las religiones, lee los libros sagrados, aprende a diferenciar macrorrelatos. Pero me temo que si nosotros no hemos podido encontrar una respuesta tampoco tú lo harás.