Bienvenida

El Serial

LEE

—Te veo muy bien —dijo Grispard.

Lee le dejó rodearla con el brazo. Al fin y al cabo para eso había venido.

—¿Cómo estás Emilien?

—Mucho mejor desde que te veo —respondió el negro con una enorme sonrisa—. ¿Has venido en el Venganza?

—Ya no trabajo para Motolinía. Ese cerdo intentó liquidarme.

El dueño del Babilonia volvió a soltar una carcajada y a continuación besó a Lee con una boca demasiado grande para la chica. Ella no pareció corresponderle con demasiada vehemencia, simplemente se dejó hacer. Cuando Grispard quedó satisfecho se apartó y le dijo:

—Algo había oído. Sé que te habían empaquetado para el Sector Interior. ¿Qué ocurrió?

—A ti qué te importa. Vamos a tu habitación.

Grispard vivía en una buhardilla bastante amplia encima del Babilonia. Allí había un sistema de realidad virtual, un ordenador cuántico y una videoconsola holográfica de última generación. La cocina sólo se separaba del resto por una barra y tres escalones, algunos posters de Bunny Wailer y Bob Marley pendían malamente de las paredes, y en una cama redonda de sábanas rojas había una chica rubia. Grispard la echó con malos modos mientras empezaba a desabrocharle el pantalón a Lee sentado en la propia cama. Luego besó su vientre durante un rato, buscando los rincones más inaccesibles con el pantalón todavía puesto. Ella misma se quitó la camiseta y dejó caer a un lado las vainas de los cuchillos y las picas. Mientras se bajaba los pantalones él se quitó la lamentable camiseta de hombreras que llevaba.

Lee se sintió segura al ser abrazada de nuevo por aquellos musculosos brazos de ébano. No era la primera vez, ni la segunda. Emilien era su primer y único amante desde que le conoció en cierta ocasión que Qubul Motolinía, el Capitán del Venganza, hacía un trato pequeño e ilegal con él. La chica se había dejado seducir por el carácter abierto de Grispard, acostumbrada a la dureza de vivir entre piratas de gas, y éste había conseguido de ella lo que la mitad de los hombres del Sector Exterior se contentaban con soñar. Él siempre había dejado claro que todo aquello era algo pasajero, decía que la familia era Babilonia. Lee no lo entendía, pero había acudido a él una y otra vez en cuanto se acercaba a Titán. Por supuesto Grispard siempre estaba encantado de verla.

Desnudo sobre ella, la llevó hasta el orgasmo rápidamente. La conocía demasiado bien. Acto seguido se levantó, nada de caricias ni susurros entre las sábanas, se fue al frigorífico y se sirvió un vaso de una botella de ginebra del interior. No le ofreció a Lee. Ésta se quedó un rato más sobre la cama circular, saboreando las últimas sensaciones que la avaricia de su amante le había dejado como sobras.

Fue Emilien el que rompió el silencio, tras sentarse en un sofá similar a los que tenía en su bar.

—¿Y qué? —preguntó—. ¿Vas a volver al asunto del gas? ¿En qué nave has llegado?

Lee siguió sin abrir la boca. Grispard dio un sorbo a la ginebra y volvió a la carga.

—¿Vienes de Hiperión o te has quedado en órbita?

Nada, ni un suspiro. El negro dejó de mirar a la oscuridad de la cama y pareció concentrarse en beber la copa. Cuando se quiso dar cuenta tenía un cuchillo casi rozándole la yugular.

—¿Qué cojones…? —exclamó.

—Cállate —dijo Lee.

—¿Qué diablos pasa, nena? ¿Es que no te ha gustado el amor de Emilen?

—Quiero información. Y te ha tocado.

Emilien cambió el gesto. No se le veía loco de alegría.

—¿Qué quieres saber?

—Esos cabrones de Marte. Quién les pasa el gas.

—Cariño, no tengo ni idea. Eso es Babilonia.

El cuchillo apenas tocó la piel del negro y brotó una gotita de sangre: monofilamento de diamante afilado al máximo. No había ni que hacer presión. Grispard se agitó y unas gotas se derramaron de su vaso de diseño.

—Vale, vale. Digamos que he oído algo. ¿Qué gano yo?

—Seguirás vivo para echar otro polvo.

Ahora Emilien sudaba. Su sonrisa blanca se contraía nerviosamente.

—OK. Es un negocio muy grande. Muy grande. Esos marcianos, no deberías meterte con ellos. Sé que se lo compran todo a un tipo, pero no de aquí, de Venus. Se queda con todo lo que sale de Rea. No sé quien es el proveedor. Sólo sé que el venusiano compra. Conseguí que comprara lo de unos amigos, por eso lo sé.

—Dime el nombre del proveedor.

Grispard se agitó.

—¡Te juro que no lo sé! ¡Te lo juro! Créeme, nena, te quiero. No sé quienes son los piratas, además lo compra todo. Así la Confederación no pilla los envíos, por que vienen del Interior no del Exterior.

—Vale. ¿Quién es el intermediario?

—En un chulo. Se llama Doru Costil, tiene un sitio con chicas de primera allá en Venusburgo. El Oro Azul, se llama. No sé nada más. Te lo juro.

El cuchillo siguió unos segundos a un milímetro de la garganta de Grispard. La mano de Lee no temblaba lo más mínimo. El más leve estremecimiento cortaría la garganta del de las rastas. Por fin el filo se apartó con la voz de Lee:

—Vale, Emilien.

La chiquilla se alejó de su amante y éste pudo volver a relajarse mientras ella se vestía. Lee no hacía ruido alguno. Grispard dio otro trago a su ginebra y se tocó la garganta; la gotita de sangre que había brotado ya estaba seca sobre su piel. Bebió de nuevo.

—Podías haber preguntado —dijo—, te lo hubiera dicho.

Tras un instante más de silencio, Lee apareció vestida cerca de la puerta.

—No seas mentiroso, Emilien. Te quiero, pero sé que eres un traficante. Estás cubriendo tu inversión.

Grispard volvió a soltar su risa blanca y poderosa:

—Sólo un poquito, nena, sólo un poco. De vez en cuando algo cae en mis manos y yo se lo envío al que mejor me paga. Eso es todo.

—Mejor para ti si lo es.

Índigo Kid abrió la puerta y se marchó. Una pequeña sonrisa iluminó su carita cuando escuchó la despedida de Emilien.

—Yo también te quiero.

El negro permaneció un rato sentado con su copa. Luego volvió a reírse y meneó la cabeza con un gesto de: no se puede con ella. Luego se levantó, dejó la copa sobre la barra de la cocina y se sentó al ordenador.

—Ordenador, agenda, 57.

El ordenador personal iluminó su monitor con un programa de comunicación. Surgieron varios comandos que indicaban mensaje lumínico, prefijo de llamada interplanetaria, código de Rea y un número de teléfono. Dio varios tonos y por fin alguien descolgó al otro lado. Sobre una pequeña pantalla de grafito se formó una cabeza barbuda y melenuda, pero calva a pesar de ello. Cuando habló, el ordenador reflejó como pudo la presencia de un diente de oro con una especie de brillo artificial.

—¿Por qué me molestas, camello mal nacido? —dijo el holograma.

Grispard se rió.

—Jódete, viejo. Tengo información. ¿Pagas?

—Me estás haciendo perder el tiempo.

Grispard chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Habla —dijo el pirata.

—Primero el precio, Motolinía, no juegues conmigo.

El holograma mostró su diente de metal.

—Si me paso por tu fumadero de mierda jugaremos todos juntos; De Balboa, tú y yo. Estoy aquí cerca, en Rea.

Emilien Grispard tragó saliva. Esto era bastante peor que el cuchillo de Índigo Kid en su cuello. Aun así consiguió sonreír.

—¿A qué no adivinas a quien me he tirado hoy?

Motolinía se quedó un inmóvil, parecía sopesar si le estaban diciendo la verdad.

—Esa información sí tiene un precio —dijo al fin.

—Doscientas mil piezas de Titán.

El holograma asintió.

—No sé por qué vino aquí. Pero estuvo haciendo preguntas sobre los envíos de gas a Marte.

—¿Qué le dijiste?

Emilien mostró sus enormes y relucientes dientes.

—Bueno, esa salvaje me amenazó con un cuchillo, así que tuve que hablarle de Costil.

Motolinía rió de buena gana.

—Has hecho bien, cabrón. La próxima vez que mires tu cuenta verás un regalito.

—Sabía que te gustaría.

El holograma se apagó sin más.

LENE

La Comandante del Thalion regresó por donde había venido. Tampoco a ella le apetecía hacer un dispendio económico en un traje ambiental de usar y tirar. Para asegurarse de cómo estaba el tiempo pasó por la plaza Pioneros. Se trataba de un enorme espacio abierto cubierto por una cúpula transparente de cristalacero y ferrocristal de Marte. Mucha gente se reunía allí y nunca parecía llenarse la enorme plaza elíptica; todos miraban siempre hacia arriba para ver las nubes y comprobar si su tono era blanquecino o marrón. Si el caso era el segundo es que las lluvias de metano se acercaban y había que protegerse. Hoy era uno de esos días.

Lene, satisfecha con su decisión de moverse por la ciudad inferior de Prometeo, siguió su camino de vuelta al espaciopuerto. No tardó mucho en encontrar el lugar que buscaba: la Delegación Local de la Marina Mercante. Dentro estaría el hombre que buscaba, Boza Wurher, el agente al cargo.

La Delegación era un edificio pequeño pero moderno y, a todas luces, muy caro. Había una recepcionista joven y guapa en el recibidor, protegida por una enorme mesa de aluminio y cristal con el símbolo de un barco que navegaba entre dos mundos; la enseña de la Marina Mercante. Lene se acercó decidida a la chica:

—¿Dónde está el despacho de Wurher? —preguntó en tono imperioso.

La recepcionista, que se estaba mirando las largas y afiladas uñas, dio un saltito en la silla.

—¿Eh? En la tercera planta pero… Un momento, ¿quién es usted?

Lene no respondió a la pregunta.

—Dile que quiero verle.

La chica la miraba con gesto de aprensión.

—¿Cómo se llama?

—Tú dile que estoy aquí. Somos viejos amigos.

La recepcionista pulsó un botón plano de su consola y le habló al aire:

—¿Jefe? Hay aquí una….

La chica se detuvo como si escuchara a pesar de que no se veían cables ni auriculares cerca de su cabeza. Luego se dirigió a Lene.

—El señor Wurher está reunido en estos… ¡Eh!

Lene no había esperado a oír la frase completa, de un salto había llegado a la escalera, hecha también de aluminio, que estaba detrás de la recepción, y en dos zancadas había subido al segundo piso. La chica se quedó mirando la escena, luego se sentó y volvió a mirarse las uñas. Dada su indiferencia, podría haber sido perfectamente un androide, si no estuvieran prohibidos.

Lene ya estaba en el tercer piso. No tardó en localizar la puerta más ostentosa de todas, al final del pasillo. Entró sin llamar. Detrás de una gran mesa de madera, parece que el aluminio no iba con el estilo de Wurher, había un hombre bajo y gordo, vestido con un traje blanco; sin duda un nativo de Titán que se había excedido con frecuencia en el consumo de chuletones de cerdo genéticamente alterado para adaptarse a su nuevo hábitat.

—Vaya, Boza, veo que te has construido una choza nueva.

El gordo exhibió una enorme sonrisa y unos mofletes sonrosados.

—No puedo quejarme. Los negocios van muy bien en este lado del Sector Exterior.

—Ya veo. Pues hablemos de negocios.

Lene ocupó uno de los cómodos sillones de cuero que el gordo le señaló con la mano.

—Creían que te habían retirado —dijo Wurher—, oí que te habían pillado con la bodega llena de adormideras vitrificadas. Se dice que te habían caído veinte años por tráfico.

Lene sonrió maliciosamente.

—No he venido a hablar de mí, Wurher. Quiero información sobre el gas que se pierde y va a parar a Marte. Yo sé que tú vas a poder ayudarme.

La mole de grasa ni hizo ningún gesto.

—¿Y a ti qué te importa el gas que viaja a Marte?

—Eso es cosa mía.

Boza mostró las palmas de su mano a Lene y sonrió:

—Bueno tú sabrás. No he oído demasiado. Los piratas van y vienen y hablan poco. Sé que hay navíos piratas que han estado abordando cargueros en los tres últimos meses normalizados. Y sé que Motolinía, ese viejo pirata, está en el ajo. Hay muchos asaltos cometidos por el Venganza, pero no hay testigos; pasan a cuchillo a las tripulaciones.

—¿Entonces como estás tan seguro?

—Hubo una escaramuza entre la corbeta Ocris y el Venganza hace tres semanas normalizadas. Y siempre quedan grabaciones de seguridad.

—Sin embargo eso no es suficiente como para suministrar a un ejército. ¿De dónde lo sacan, Boza?

El Agente de la Marina Mercante se encogió de hombros.

—Ni idea. Ya no hacen negocios conmigo. El gobierno pone un control estricto a nuestras operaciones, por eso tuve que dejar de importar H de Rea. Han nacionalizado varios sectores que… Pero bueno, eso no te interesa. No busques por aquí Shinh, la Marina Mercante está limpia. Se avecina una guerra y no queremos perder nuestros privilegios.

Lene se recostó en el sillón.

—¿Dónde crees que atacarán?

—Te aseguro que será en Júpiter. Los europanos son mucho más permisivos, aquí los habrían borrado del mapa, o habría habido guerra entre Marte y Titán. Ahora dime, ¿qué leches se te ha perdido en todo esto?

—Ya veo que no eres de mucha ayuda.

Lene se levantó para irse y Wurher se reclinó en su sillón enorme. La miró caminar de espaldas con sus movimientos felinos y cuando estaba a punto de salir la llamó:

—¡Shinh!

Lene se giró levemente hacia él.

—Esa chica del pelo azul. La pequeña pirata. Está contigo, ¿verdad?

Lene no modificó su postura.

—¿Y qué si lo está?

Wurher cruzó sus dedos y apoyo las manos en la mesa.

—Tengo la sensación de que estás metida en algún lío. Pero el peor lío posible es esa niña. Motolinía la sigue buscando, y De Balboa, los mismos que van por el Sistema cargándose a las tripulaciones que asaltan. El Nautilus sólo lleva unas horas en Hiperión, pero las noticias corren como la pólvora. Deshazte de ella.

—No puedo.

—Pues ten mucho cuidado.

Lene no dijo nada y abandonó el despacho.


Creado: 11 de diciembre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio