Bienvenida

El Serial

LENE

La Comandante Lene Shinh caminaba atenta al menor movimiento sospechoso. Lee iba unos pasos por delante. Se había transformado en una estrella del rock, y sus fan no dejaban de mirarla y saludarla con la mano. Eso era bueno; nadie se fijaba en Lene. A la dueña del Nautilus no le gustaba demasiado pasearse por Titán. Había demasiados negocios sucios, demasiada gente dispuesta a disparar primero y preguntar después. Hiperión era el más claro exponente de esta filosofía. No era una plataforma espacial al uso; aparte de los muelles de atraque y del módulo giratorio magnético, la característica más notable de Hiperión era la ingente cantidad de cañones y tubos lanzatorpedos que se podían apreciar en su superficie.

Hiperión era poco más que una caja dando vueltas alrededor de una luna de Saturno. Pero era una caja muy especial; estaba curvada como un escudo, y dividida en tres módulos. Los dos de los extremos contenían una gran cantidad de muelles de atraque para naves interplanetarias, cada uno controlado por su propia torre de aproximación y combate, es decir que en cada cabina de cristalacero reforzado había un controlador de tránsito espacial y un artillero que manejaba un rayo de electrones. Nave que hacía una maniobra sospechosa, agujero en el casco. Por aquí y por allá se veían los cañones de misiles. Las malas lenguas decían que Hiperión estaba dotada con misiles de fisión, armamento completamente prohibido desde hacía más de trescientos años. También había agujeros que indicaban la presencia de lanzadores de torpedos. Era una perspectiva muy poco agradable para cualquier escuadra atacante ver como de pronto se disparaban cincuenta torpedos inteligentes, robots de cámaras remotas o misiles guiados por telequinesia artificial.

El módulo central era redondo, como el tambor de un revólver y giraba sobre campos magnéticos que impedían el rozamiento. Allí vivía la mayoría del personal, tanto militar como civil, que al ser esta una estación de combate, se reducía a los controladores de tránsito espacial y trabajadores del sector servicio: tiendas, restaurantes, etc. La seguridad de Hiperión era militar, y muy rigurosa.

Curiosamente sus armas no estaban sólo apuntadas hacia el exterior, sino también hacia el planeta mismo. La absoluta confianza en la imbatibilidad de Hiperión había llevado al alto estado mayor titanio a la siguiente deducción: en caso de conquista nuestro mejor recurso es dirigir el armamento de Hiperión contra el ejército invasor. De ahí los ominosos cañones que miraban a la población que, en principio, protegían.

Lee seguía atrayendo las miradas de los habitantes de la estación orbital. Caminaban por una gran sala en dirección a los puertos de las lanzaderas de iones. Era un sitio enorme, casi vacío de gente y carente de gravedad. Aun así las botas magnéticas se adherían débilmente al suelo, dando la impresión de que caminar era un ejercicio no sólo posible sino habitual. Lene dio un ligero salto y voló unos metros hasta alcanzar a Lee. Había decidido vengarse por lo de la ropa. Cuando cayó a su lado le susurró al oído:

—Si nos separamos ahí abajo nos encontraremos en la Cantina Encke, a las 0400 GMT. Vamos, nena, que tenemos prisa.

Y le dio una palmadita en el trasero.

Lee se detuvo de golpe, lo que provocó que rompiera el campo que la mantenía pegada a la superficie. Se elevó un centímetro y voló con su cuerpo en vertical un par de metros, mientras se recobraba del susto y se llevaba la mano a la zona del pequeño azote como para impedir que volviera a ocurrirle. Un viajero menos experimentado habría salido volando al hacer el brusco movimiento. Lee consiguió volver a pisar suelo y seguir caminando gracias al magnetismo de sus botas. Ahora era Lene la que marchaba por delante.

Cogieron la primera lanzadera que salía para evitar en lo posible llamar la atención. Los sucesos del Nautilus y el Thalion se habían mantenido en secreto cara al público, pero quién sabe qué informaciones podrían tener los comerciantes de Titán. Además Lee no pasaba desapercibida precisamente, y muchos la reconocían y la saludaban, o se le quedaban mirando con cierta prudencia.

Se sentaron en lugares separados. La lanzadera tenía todas las comodidades de un gran avión de línea, aunque uno no podía desabrocharse el cinturón. Sus motores de iones se conectaron sin hacer ruido y el morro no enfiló directamente hacia Titán, sino que prudentemente eligió entrar en la atmósfera con una trayectoria más oblicua. Lene, que tenía ventanilla, pudo admirar como la esfera color gris parduzco crecía hasta convertirse en el cielo.

Titán no estaba completamente terraformado a pesar de la enorme densidad de su atmósfera, elemento ideal para la supervivencia de las bacterias manipuladas genéticamente que constituían la base de cualquier proceso de colonización. El problema era que todo el Sistema deseaba que las grandes provisiones de hidrocarburos titanios quedasen inalteradas para su explotación, con lo que los terrenos realmente habitables se ceñían a Prometeo, la capital, y las otras dos ciudades; Tea y Ceo. Estos asentamientos eran islas de terraformación, de hecho Prometeo estaba totalmente rodeado por un mar de agua dulce. Sin embargo la inmensa mayoría de los días la población tenía que salir a la calle con trajes ambientales y de vez en cuando caían lluvias torrenciales de metano, que obligaban al reciclaje de todo el mar de Prometeo.

Pero Titán era un mundo importante, de hecho más importante que Europa desde hacía algún tiempo. Era la única entrada al planeta Saturno, y controlaba todo el comercio del gas de ese gigante, así como todo el mercado de hidrocarburos. Esto hacía a los titanios proteger vehementemente su independencia y neutralidad. Sólo deseaban enriquecerse con sus recursos naturales, sin que nadie se entrometiese. No eran belicosos como los marcianos, pero sí suspicaces, y llevaban sus asuntos internos en el mayor de los secretos.

Y luego estaba Rea. La Luna del Pirata. Todo el que no deseaba ser encontrado tras la Guerra de Independencia había acabado allí, y allí estaba también la base de todas y cada una de las mafias que existían en el Sistema. Se sabía que Titán otorgaba patentes de corso, pero aunque las compañías de seguros se quejaban cada cierto tiempo, había un precario equilibrio entre los asaltantes y las autoridades. La actividad pirata era relativamente pequeña, y salvo una o dos pequeñas excepciones los asaltos eran incruentos. Así que la Confederación los dejaba estar, y de vez en cuando capturaba algún bajel pirata que se pasaba de la raya. Era mucho mejor que tener que desarrollar toda una guerra contra un número indefinido de naves, y arriesgarse a un enfrentamiento directo con un miembro de la Confederación. Había otras cosas mucho más importantes que hacer, sobre todo una; la colonización de Venus. Es ahí donde se centraban los esfuerzos de las organizaciones intermundiales.

El hilo de los pensamientos de Lene se interrumpió cuando sintió la lanzadera chocar con la atmósfera y penetrarla. La capa de gas de Titán era ahora mucho menos densa de lo que había sido, y mucho más benigna para la salud humana. Las nubes de hidrocarburos habían sido congeladas en una inmensa mayoría, gracias a la acción de superantenas de iones situadas en puntos estratégicos; pero aun así el planeta distaba mucho de ser azul, y su cielo diurno tenía un aspecto gris o pardo, como si acumulara un exceso de polución.

La lanzadera maniobró con cuidado, buscando los cielos más libres de sustancias inflamables y pronto aterrizó en el espaciopuerto Leonid Kizim. Aquí siempre había ajetreo, las personas apenas alcanzaban el rango de hormigas enfundadas en trajes ambientales prácticamente iguales. Lene no necesitaba preguntarse por qué Hiperión estaba casi vacía mientras el puerto en tierra bullía de movimiento, todas las mercancías que llegaban a Hiperión eran inspeccionadas por las fuerzas armadas y estaban sujetas al cobro de aranceles. Muchos navíos de piratas permanecían en el espacio y enviaban pequeñas naves aire-espacio con las selectas mercancías. Otras muchas lanzaderas llegaban directamente de Rea. Y, aunque era ilegal, muchos cargamentos eran lanzados en contenedores y cápsulas desde órbita. Muchos estallaban en la reentrada ya que iban a parar a lugares más o menos inaccesibles y repletos de hidrocarburos.

Lee ya no llamaba tanto la atención aquí. No habían vuelto a hablar desde que embarcaran en la lanzadera. Era preciosa, la Comandante cada vez sentía más fuerte la necesidad de hacerla suya. Pero por el momento resistió la tentación de abrazarla y decidió perderse.

Pocos segundos después, cuando Lee se giró para buscar con la vista a su compañera, no la halló. Comprendió inmediatamente por qué Lene había establecido un punto y una hora de reunión y siguió a lo suyo.

Sin embargo Lene no se había largado. Estaba tras sus pasos.

La jovencita conocía Prometeo. Había gran número de vendedores de esquina y saldo que ofrecían trajes ambientales y máscaras. Lee las rechazó. Hizo bien, lo más probable es que sus filtros estuvieran gastados o fueran inexistentes. En lugar de eso se dirigió al metro. Todos los mundos exteriores contaban por fuerza con un buen sistema de metro magnético, que solía discurrir entre paredes de hielo. El aire de los subterráneos estaba siempre limpio, y las ciudades se extendían, allí donde era posible, más hacia abajo, buscando los núcleos rocosos, que hacia arriba.

Poco después Lee se apeó en Centro Prometeo, el barrio viejo y castizo de la capital de Titán. Y salió, sin oler una pizca de aire libre, a un establecimiento de vídeo juegos. Lene observó que también era un bar donde se vendía no sólo alcohol, sino otras sustancias más sugerentes y sobre todo prohibidas. Los jóvenes se acercaban con aire disimulado a sus camellos, que se ocultaban en mesas lejos de la luz y luego volvían a cómodos sofás a ras de suelo para ponerse a los mandos de una videoconsola, gafas o muñequeras de realidad virtual. Pastillas, cannabis, morfina, no era un local limpio. Se llamaba Babilonia.

Había un tipo de piel oscura y rastas en una esquina de la barra. Lene lo vio al seguir la mirada de Lee. La chica del pelo añil se detuvo como si dudase y luego se movió en arco alrededor del hombre de la barra, hasta casi llegar a ella. Lene necesitó sólo un instante para entender la maniobra: otro hombre se acercaba al primero. Era alto y delgado, y llevaba una gorra sobre la cabeza. Su rostro era invisible en la media luz del local. Si Lene era una pantera Lee debía de ser un gato callejero. El hombre de la gorra sacó una navaja automática de gran tamaño y en dos zancadas se puso detrás del de las rastas. Las manos de Lee hicieron algunos gestos demasiado rápidos para ser apreciados con claridad. No se vio nada, no se oyó nada, pero el de la visera soltó su navaja como si le diera calambre y su gorra voló hasta clavarse en una pared. El de las rastas se dio media vuelta en su asiento. El otro, al verse descubierto huyó lo más rápido que pudo entre la multitud del garito. Cuando alcanzó la puerta el negro se había olvidado de él y sonreía a Lee con dientes grandes separados y blancos.

Lene le dio un codazo a un tipo que tenía al lado.

—¿Quién es ese? —preguntó.

El otro la miró molesto por un instante y luego, al ver una chica guapa, le contestó con su mejor sonrisa:

—Es el dueño de esto. Grispard. Emilien Grispard.

Lene no necesitaba ver más. Lee se había acercado al tal Grispard y éste ponía una amistosa mano en su cadera en estos momentos. La chica iba a estar ocupada un buen rato allí. Tenía tiempo de sobra para visitar a su contacto. La Comandante del Thalion se fue del bar sin ni siquiera dirigirle otra mirada al hombre joven y gordinflón al que había interrogado. El pobre, que había pretendido alargar la charla, se quedó con cara de tonto, dio una calada a un porro de hachís y retornó a su videojuego.


Creado: 4 de diciembre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio