Bienvenida

El Serial

LEE

La hiperadrenalina la sacó de un sueño negro, y enseguida se dio cuenta de que estaban al final del trayecto. Era una sensación de serenidad, de trabajo cumplido, como si en lugar de haber viajado en un artefacto de fusión atómica a velocidades relativistas, hubiera viajado dentro de su propia mente y pudiese decidir como y cuando acelerar o detenerse. Supo sin consultar ningún sensor, que la aceleración en aquellos momentos era mínima, pero no estaban quietos.

El criosarcófago se abrió y ella se incorporó. De pronto vio a su izquierda a Lene levantarse bruscamente. Tenía el semblante demudado. Parecía a punto de chillar. Pero se calmó inmediatamente y se apartó la melena del ojo. Se volvió hacia Lee.

—¿Qué mira, Seguridad? —le espetó.

Lee apartó la mirada.

—Nada, Comandante.

Lene no se levantaba de buen humor de la Éxtasis, pero salió del criosarcófago de un salto y cogió su envase al vacío de zumo de naranja antes de desaparecer caminando como una pantera por el pasillo. Lee también dejó su lecho y corrió a beber su zumo. Tenía la boca reseca. Con su camiseta y su tanga negros caminó con tanta maestría como su Capitana hacia su camarote. Justo al llegar sintió el tirón de la aceleración. Lene estaba situando el Nautilus en órbita o atracando en Hiperión. Desde el mismo momento de despertar, y quizá incluso antes, Lee barruntaba problemas, así que no se detuvo a vestirse con el mono negro de los marines; en lugar de eso abrió su taquilla y extrajo las prendas que había preparado con verdadero esmero durante la última semana.

Mientras estuvieron en Amistad, Lee había tenido que asistir a una instrucción resumida que no le gustó nada y que no se le daba nada bien. Allí le habían explicado, entre otras cosas, que un infante de marina de la Confederación siempre hacía honor a su uniforme, y que eran conocidos en todo el Sistema como mantenedores de la paz. Lee había participado en alguna pelea tabernaria con alguno de estos mantenedores de la paz. No eran tipos peligrosos, ni camorristas, sólo un poco chulos, un poco creídos, sobre todo con las mujeres y ella había tenido que cerrar algunas bocas. Pero lo del uniforme era cierto. Si algo había en la Confederación era disciplina. Así que ella no podía ser menos, sólo que el uniforme era muy soso. Índigo kid no podía ir por ahí enfundada en un mono negro con pegatinas, así que había introducido unos pequeños cambios.

Primero cortó las camisetas por debajo del pecho. Eso le gustó, pero le pareció, una vez cortada la camiseta, que no podía llevarla con un sujetador. Había que elegir entre una prenda o la otra. Miró entre sus sujetadores, todos eran del tipo deportivo, así que se dio una vuelta por las tiendas gravedad cero de Amistad y escogió dos: un corto corsé (negro, por supuesto, había que honrar el uniforme) sin tirantes que terminaba en una especie de punta de lanza, y que estaba tachonado casi como la filigrana de un traje de luces desde el escote hasta la punta que señalaba su ombligo; y un pequeño (muy pequeño) sujetador hecho a base de aros de metal, todo menos los tirantes y las copas, que eran de cuero, negro, claro. También se compró un pañuelo y una badana rojos. Y ya que estaba unos pantalones de cuero para que hicieran juego con el sujetador, y una minifalda tableada y unas medias gruesas y otros pantalones de campaña que no le cubrían las caderas; estos eran los más parecidos a los de la Confederación. Cuando ya se iba vio una cazadora torera de cuero llena de cremalleras y se la compró también, sus cuchillos irían bien ocultos ahí. Todas las sonrisas que había desplegado entre vendedores, probadores y azafatas se las tragó al ver a Lene en la zona de Amistad que habitaban. Lee sólo tenía diecisiete años.

Todo esto lo colocó sobre la cama y pensó en a donde iba y a quien iba a ver. Sonrió sin querer y acabó por quitarse la camiseta y ponerse una de las que había cortado. Luego cambió el tanga negro por uno azul como su pelo y se puso los pantalones de media cadera con unas botas militares. Se miró en el espejo.

Decidió probar el efecto de su atuendo.

Lene estaba delante de la escotilla del Nautilus. Su rostro ardía de impaciencia y volvió a llamar a su Oficial de Seguridad a gritos:

—¡Lee! Ven de una vez, tenemos que desembarcar.

No hubo respuesta. Lene volvió a gritar:

—¡Seguridad! ¿Quieres venir de una vez? ¡No estamos de vacaciones!

Un tintineo anunció la llegada de Índigo Kid. Se había puesto una infinidad de pulseras en la muñeca izquierda, los shuriken en un cinto que se descolgaba de su cintura sobre las caderas apenas vestidas con las cuerdas azules del tanga; llevaba una badana sobre la cabeza, aros en las orejas, un brillante debajo del labio y una cadena con un crucifijo pendía sobre su pecho. Apenas quedaba nada de una de las camisetas de su uniforme, la había recortado por todos los lugares posibles, tanto que cubría sus senos a duras penas. En la muñeca derecha lucía una muñequera con tres picas lanzadoras, regalo de Scotton.

Lee pasó insinuante y sonriente delante de la estupefacta Lene, que no fue capaz de articular palabra. En cambio se fue detrás de ella, hipnotizada por el rítmico sonido de la chica al moverse por el puerto de atraque. La ex-pirata se sintió realmente satisfecha; era la ropa adecuada para la persona a la que iba a visitar.

RUBIRAK

—Nuestro hombre asegura que el Thalion está completamente reparado. Sólo esperan a que ese científico Ludoviqus, le dé el visto bueno al ordenador.

—Muy bien. Las órdenes son esperar. La nave interestelar no les supondrá ninguna ventaja si todo sale como he previsto.

El despacho de Rubirak en Tharsis tenía una superficie de cinco mil metros cuadrados. El teniente que le estaba informando se encontraba a cincuenta metros del dictador marciano, pero su voz se oía claramente gracias a la perfecta acústica de la inmensa estancia. El gesto de Rubirak era adusto, la mezcla de buenas y malas noticias no le entusiasmaba en absoluto.

La campaña de Marineris iba bien. Habían tomado la Universidad y la ciudad, pero algunos rebeldes se habían escondido entre los bosques de coníferas gigantes. Para disuadirles de luchar el general había hecho fusilar a la mitad del claustro y a todo el personal militar de la Ciudad-Estado, unas tres mil personas en total. Los rebeldes no habían abandonados sus escondrijos. Seguramente deseaban durar un día más en esta vida.

—Teniente, haga saber a nuestro hombre que ha de ceñirse al plan tal y como estaba indicado. La confianza es esencial. Tiene prohibido todo movimiento.

—¡A sus órdenes!

El joven oficial tardó unos minutos en recorrer el despacho y salió sin el más mínimo ruido. Rubirak cruzó los dedos bajo su mentón y se giró al instante. La gran pantalla que estaba tras él, le iluminó la faz a la vez que las luces de la habitación disminuían y las persianas de cristalacero polarizado ocultaban la noche de Marte.

—¿Lo habéis oído? —preguntó Rubirak.

—Sí —dijo una voz gutural de acento exótico.

—Esas jovenzuelas estúpidas no causarán ningún problema.

—Deseo informes sobre las tres. Informes completos, así como archivos de vídeo y todas las fotografías que sea capaz de reunir.

Rubirak lanzó una sonrisa llena de odio y repugnancia.

—No temáis. Cuando todo haya terminado, serán vuestras. Me encargaré personalmente de que no sufran daño alguno para vos. Si cumplís vuestra palabra.

La voz ronca se convirtió en un silbido.

—Es su palabra la que debe dar muestras de solvencia. La mía está respaldada.

—Pronto comprobaremos ese extremo.

—Sí, pronto. Cuando usted asegure nuestra cabeza de puente y el suministro de Hidrógeno, esa será su prueba del buen guerrero. Si cumple, si es leal de corazón, entonces contará usted con los refuerzos que acordamos. Y más, un ejército mayor de lo que cabe en su pequeño cerebro.

Rubirak rió siniestramente iluminado por la pantalla.

—¡Pequeño cerebro! Me he hecho con el planeta en menos de una semana. Nadie se atreverá a atacarme aquí, no esos hipócritas cobardes de la Confederación. Creen que tengo a mi amado planeta como rehén. ¡Locos! Esa será su perdición, mientras miran hacia aquí yo pongo mi mano allá. ¡La victoria es segura!

—La victoria es una amante infiel, decimos por aquí. No se confíe. Reuniremos nuestras fuerzas antes de dos meses. Eso derrotará a sus enemigos, el movimiento de pinza, no la soberbia. Sea paciente, General, y escuche el consejo de un guerrero mucho más veterano que usted: si no está seguro de mantener el suministro no lo malgaste. No divida sus fuerzas.

—Escucho vuestro consejo, pero mi estrategia es cosa mía. Eso era parte del trato.

La peculiar voz adquirió un tono pensativo.

—El trato, sí... Pronto comprobaremos nuestras lealtades. ¡Hasta que ese momento llegue!

—Sí, hasta que llegue.

Le apagó la pantalla y Rubirak se sumió en las tinieblas. De repente su voz atronó como si pudiera iluminar la enorme sala:

—¡Ya veremos si ese día necesito algún jodido trato!


Creado: 27 de noviembre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio