SCOTTON
—¿Entonces cree usted que planeaban soltar eso en… la Tierra?
Las palabras del Vicealmirante Helvar Scotton tuvieron un tono de asco comprensible ante el panorama que tenía delante: un insectoide conservado en un pequeño acuario, como una langosta esperando bien fresca al comensal. Aunque, al contrario que aquella, el insectoide estaba muerto.
—Eso indican los informes de inteligencia —dijo Eleonora Visq—, planeaba un genocidio a gran escala.
—Está loco.
—¿Loco? Posiblemente. Pero son muchas las fantasías que se han convertido en leyenda alrededor de Marte. Todavía hay personas, sobre todo en el ámbito nacionalista, que siguen creyendo en la existencia de artefactos alienígenas en aquel planeta, esculturas, instalaciones. ¿Sabía usted que durante siglos antes de la fusión fría, muchos terrestres de las antiguas naciones pensaban que los EEUU no habían conseguido llegar a la Luna? Creían que era un montaje, y estas afirmaciones a veces eran apoyadas y promovidas por oscuros grupos antidemocráticos. Pues esto es lo mismo. Rubirak es un racista, pero no porque una mañana se despertara y decidiera que era superior a los demás; es un hombre imbuido de una cultura que le ha enseñado a odiar todo lo que no es completamente endogámico de su planeta natal.
—¿Pretende justificarle, Almirante?
—De ningún modo, Scotton. Nadie tiene derecho a atacar a sus semejantes a traición, y menos usando el terrorismo, matando a civiles, a niños... Ni aunque su causa fuera verdaderamente justa tendría derecho. No. Lo que quiero expresarle, Vicealmirante, es que la locura de nuestro enemigo no implica estupidez. Al contrario, es como una serpiente acorralada: buscará todos los medios para envenenarnos.
El edificio de la Confederación de Mundos, cerca de Kiev, Ucrania, era un cilindro truncado de doscientos metros de altura en su lado más elevado. No había sufrido atentados, al contrario que la sede del otro gran órgano intermundial; la Organización de los Mundos Unidos, que se hallaba en Pekín. Visq y Scotton estaban a solas en uno de los laboratorios militares, el único que se alzaba sobre la superficie, en lugar de en las instalaciones subterráneas que llegaban hasta los dos kilómetros de profundidad. La máxima autoridad de defensa del Sistema se acercó elegantemente a una silla y se sentó vuelta hacia su colega. Scotton siguió mirando al bicho, esta expresión se había propagado con rapidez entre los militares a cargo del asunto, hasta que la pregunta que estaba reprimiendo no pudo esperar más:
—¿Volveremos a los tiempos de la Guerra de Independencia?
Visq sonrió con paternalismo; Scotton nunca comprendería los entresijos de la política, lo suyo era el mando de máquinas de guerra. En eso era el mejor soldado que había conocido.
—No, no lo creo. El único auténtico aliado que pueden encontrar es Titán, y no parece que los titanios estén dispuestos a echar por la borda estos años de independencia por ayudar a un dictador. Le prestarán un apoyo indirecto, a través de la venta de patentes de corso y haciendo la vista gorda ante el tráfico de gas de Rea. Europa se ha unido a nosotros, al igual que Ganímedes, y Calisto no posee flota espacial. Están solos. Y necesitan combustible.
Scotton vino a sentarse al lado de su vieja hermana de armas. La perspectiva de continuar el bloqueo en lugar de pasar a la acción no parecía hacerle muy feliz.
—Entonces, ¿no hacemos nada?
—Esperar, Helvar, esperar.
—¿Crees que tendrán éxito?
Visq perdió la sonrisa.
—¿Shinh y las otras? No lo sé, posiblemente sí. Esa chica, Zalduendo. La buscan la mitad de los piratas de Rea. O ella da con ellos o ellos dan con ella. Es cuestión de tiempo.
Ahora el que sonrió fue Scotton.
—Un cebo. Muy lista Eleonora. Pero me pareció un buen elemento, no la sacrifiquemos a la ligera.
—No tengo intención. Por eso la obligué a unirse a las otras. Shinh la protegerá, y mientras tanto darán con alguien que sepa cual es el plan de Rubirak para conseguir hidrógeno. Supongo que será un asalto a gran escala o al revés, una operación encubierta de asalto de alguna plataforma flotante de extracción, seguramente en Saturno. Me inclino por esto último. Es más silencioso, quizá incluso ya estén funcionando. ¿Crees que intentarán romper el bloqueo?
—No hasta que se aseguren una línea de suministros y necesiten protegerla. Tratarán de salir de la órbita en secreto. Hay que estar atentos a las aceleraciones en frío.
Se extendió el silencio como una marea creciente. Visq se dedicó a mirar por las ventanas, más allá del contenedor del insectoide, el paisaje nevado de Europa Oriental. Scotton apoyó los antebrazos sobre la mesa, inclinó ligeramente la cabeza y se sumió en sus pensamientos durante unos minutos. Se oía de fondo el ajetreo de oficinistas y científicos que pasaban por los cavernosos pasillos. Helvar Scotton estuvo sopesando los planes de su jefa y estimó sus posibilidades: habían capturado la Soberanía y la estaban reparando para usarla contra sus antiguos dueños. Así que les quedaba la Almirante Teodorov. Entre las otras naves pequeñas, capaces de burlar el bloqueo moviéndose lentamente y en silencio estaban las dos corbetas: la Aquiles y la Agamenón. Si mandaban esas tres fuera de la órbita aún les quedaría potencia de fuego como para resistir mucho tiempo. Poseían dos galeones, el Victoria y el Belerofonte, y sobre todo esos dos cruceros modificados; una mezcla entre el clásico crucero, una mera plataforma de disparo de misiles, y un gran galeón con sistemas de autodefensa y rayos de partículas. Los habían bautizado Desafío y Coloso.
Visq había desplegado la Primera Flota a una distancia prudencial de la órbita, en una esfera de doscientos kilómetros de radio más que la última órbita. Toda la flota estaba allí menos el Pedro Duque. El galeón Yuri Gagarin, y los cruceros Zamiantin IV y George Orwell cumplían funciones de estaciones de detección y control del tráfico. Si algo se movía avisaban a las naves menores; las dos hermanas Isaac, como las llamaba la tropa: la Asimov y la Newton o las tres corbetas: La David Deutsch, la Jonathan Lunine y la Frank Tipler.
Sabían que días atrás un gran objeto había aparecido cerca de Neto, la estación espacial, inteligencia creía que se trataba del Huor, la nave gemela del Thalion ya que no habían detectado restos de una estela de fusión ni localizado emisiones de radio o luz en movimiento frío. Esa maldita estación espacial también era un problema. Pero lo que más temía Scotton no era una batalla en el espacio, en caso de necesidad traerían la Tercera Flota desde Venus y algunas naves de la flota terrestre. No. El problema era la batalla en tierra. Habría que descender hasta allí y tomar las ciudades al asalto. Esas condenadas ciudades marcianas que eran como ratoneras, protegidas por cúpulas y pirámides de cristal. Y por si fuera poco estaba la ciudad-academia militar de Xparta. Scotton, Visq, todos habían estudiado allí. ¿Serían capaces de destruirla? Un asalto aerotransportado iba a ser una masacre ganase quien ganase.
—Mierda —suspiró Scotton por lo bajo.
—¿Decía? —preguntó Visq volviendo al tono militar.
Scotton disimuló:
—¿Qué han averiguado realmente de esas grabaciones del Thalion?
—Bastante. Nuestros expertos las han examinado. Son humanos, al menos las representaciones en relieve muestran humanos con una seguridad del 78%. Incluso los que aparecen representados con alas son humanos. Como nosotros.
—Pero, ¿cómo es eso posible?
Visq se encogió de hombros.
—No lo sabremos hasta que vayamos allí. Pero hay algo más. Los ordenadores han encontrado resultados inverosímiles al intentar comparar la arquitectura de Exotierra con la nuestra. Hay una coincidencia.
—Lo que faltaba.
—Un lugar en África, unas antiguas ruinas conocidas como Gran Zimbabwe. La coincidencia es del 82%.
—¿Son muy antiguas? Ya sabe lo que quiero decir, más de cinco mil años, algo tan viejo como Egipto al menos.
Visq se sorprendió. No recordaba el interés de Scotton por la Historia, pero el viejo soldado siempre había amado esa disciplina, al menos la Historia militar.
—Nada tan exótico. Parece que se construyó más o menos durante la Edad Media de Occidente. Eso sí, no se sabe quien lo hizo. Los nativos del África subsahariana no construían en piedra, pero estas ruinas son enormes, ciclópeas. Durante mucho tiempo se ha debatido su origen. Ahora debatirán mucho más.
—Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable. Si quieres que algo se demore eternamente, nombra una comisión.
Los dos altos oficiales de la Armada Espacial se miraron , se entendieron sin decir palabra y se carcajearon a gusto durante cinco minutos.