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El Serial

ARAS

Thalion. Curioso nombre para una nave espacial, pero había tantas cosas a las que poner nombre que el profesor Aras Ludoviqus no se extrañaba en absoluto de que los ingenieros recurrieran ahora a personajes de mitologías extrañas, incluso modernas. Thalion era el sobrenombre de Húrin, hijo de Galdor, un Señor de la Casa de Hador. Todos estos eran personajes literarios, surgidos de la imaginación de un antiquísimo escritor de fantasía llamado John Tolkien. Thalion significaba fuerte o firme. En aquellas viejas novelas era un héroe, capaz de grandes proezas, pero era capturado por sus enemigos, duendes, vampiros o cosas similares, y su familia se veía abocada a la tragedia y una historia de desdichas.

A Aras todos esos cuentos le parecían estupideces. Encerrado siempre en su laboratorio de computación del Instituto Max Planck, leyendo sobre el comportamiento de las partículas en el vacío, en la microgravedad, luchando por almacenar datos y datos en moléculas de calcio y otros elementos. Lo suyo era la computación cuántica y había sido alumno aventajado del profesor Friederich Long. Pero cuando éste regresó a su Marte natal, perdieron el contacto. Años antes Aras había ayudado a Long en su desarrollo del modelo Smart para IBM, aunque nadie sabía que el diseño estaba completado, ni que el doctor Long lo hubiera ocultado incluso a sus propios inversores y a la casa madre del ingenio. Cuando hacía menos de dos semanas IBM había sido llamada a declarar ante un tribunal militar, todo este complot había salido a la luz. La cosa era grave. La más antigua fabricante de ordenadores necesitaba limpiar su imagen, y había ofrecido un contrato millonario a Ludoviqus para que se hiciera cargo del Smart a bordo del Thalion.

Él había aceptado, habría dado cualquier cosa por disponer de esa espectacular máquina sólo para él. Pero había algo más, una disfunción de la interfaz humana del aparato, y un extraño aumento de la capacidad de proceso. El IBM había tenido un comportamiento anómalo, mostraba un exceso de emotividad, si eso era posible, incluso había afirmado que el profesor Long era su amigo. Es más, había sido capaz de rehacer su programación para salvaguardar la vida de Long, y luego impedir un crimen en la operación de rescate. Aras no sabía todavía qué le ocurría al ordenador, pero lo que imaginaba le llenaba al mismo tiempo de preocupación y admiración.

La Confederación había pedido un científico multidisciplinar, pero IBM les había convencido tras una generosa aportación económica, de que una vez que Aras Ludoviqus hubiese arreglado el Smart, el propio ordenador resultaría un equipo científico multidisciplinar mejor que cualquier ser humano. Por eso los militares habían acabado aceptando una plantilla tan reducida.

Aras no se había preparado para ningún tipo de reparaciones, en cambio había comprado y leído algunos clásicos de psicología y psiquiatría: Freud, Jung, Frankl... Luego había repasado con gran atención los informes de la tripulación de la nave interestelar, y por último se había informado sobre el funcionamiento del MIM y las teorías de Yonas Soto.

La tripulación parecía correcta, más que correcta. Al parecer la oficialidad del Thalion estaba compuesta exclusivamente de mujeres, y por las noticias que le habían llegado eran excepcionalmente bellas. Aras era uno de esos ratones de biblioteca que tenía en el fondo de escritorio de su ordenador a Lee Zalduendo. Le habían temblado las rodillas cuando supo que iba a conocerla, aunque tenía diez años más que la chica. Pero también le habían llegado noticias de la joven Navegante venusiana, de pelo rubio platino, ojos zarcos y expresión inocente.

Nada de lo que los militares de la Confederación le habían contado le hacía justicia. Estaba allí, de pie ante la entrada de amarre del Thalion al astillero, tan alta como él, delgada, elegante, atrayente. No se podía apartar la vista de su pelo plateado. Se asemejaba a la descripción de uno de esos elfos del escritor Tolkien. Nada más apropiado para dirigir los mandos del Thalion. Aras, con la cabeza en las nubes, trastabilló y todos los papeles y carpetas que portaba se fueron al suelo. El joven científico se arrodilló para recogerlos y ella se acercó para ayudarle. Aras se ruborizó.

—¿Es usted el profesor Ludoviqus? —preguntó con una voz suave y templada.

Aras no se atrevió a mirarla directamente.

—Si, sí, soy yo. No... No hace falta que me ayude.

—Oh, no es nada.

Terminaron de recoger los papeles y se pusieron en pie. Aras miró a la chica. Realmente era más que guapa. Era un sueño inalcanzable para cualquier hombre. Pero además tenía un gesto de permanente timidez, muy similar al del propio Aras. El profesor sintió todo su cuerpo relajarse y esbozó una sonrisa.

LONNEKE

Aras Ludovicus le cayó simpático enseguida. Había tropezado de manera bastante cómica al mirarla. Lonneke estaba acostumbrada a que los hombres se giraran al verla, y de vez en cuando alguno se daba de morros contra el alumbrado público y chocaba o caía de bruces. El aspecto de Aras era realmente inofensivo: no vestía a la moda y sus movimientos carecían de la gracia necesaria para caminar en microgravedad. Es posible que inconscientemente Lonneke le eliminara como un adversario por Lene, pero ella lo que sintió fue una simpatía automática, y no se preguntó por qué.

—Me llamo Lonneke Sivilay, soy la Navegante del Nau... Quiero decir, del Thalion. Me han mandado que le dé la bienvenida a bordo, así que... Bienvenido.

Antes de que Aras pudiera contestar se oyó un agudo silbido de admiración. Había otro hombre allí; un tipo alto y fuerte, de cabello moreno desordenado y barba de varios días. El silbido, por supuesto iba dirigido a Lonneke.

—Así que tú eres la famosa chica de Venus —dijo el tipo.

Lonneke se quedó desconcertada unos segundos mientras él la miraba de arriba a abajo. Luego le reconoció de la ficha; era el otro tripulante, el Ingeniero Joe Terho. Lonneke se había preguntado por qué habían incluido un tripulante de origen marciano en el Thalion. Cierto era que Joe había nacido y vivido en la Tierra, de ahí su altura y corpulencia, pero conservaba la delgadez y la agilidad de un ciudadano de Marte, y sus padres eran de allí. Sin embargo era uno de los elegidos para el proyecto militar de la Confederación para el motor MIM, y parecía que su lealtad era probada.

Lonneke no experimentó ninguna empatía hacia él, y mucho menos cuando se interpuso sin miramientos entre Aras y ella. Lonneke retrocedió dos pasos, parecía que Terho quería acorralarla contra el mamparo.

—Lo que decían era cierto —dijo el mecánico-ingeniero—, eres un caramelito.

Lonneke intentó guardar la compostura.

—¿Joe Terho? Soy Lonneke Sivilay, navegante del Thal.

—Estoy deseando navegar contigo.

Los ojos de Lonneke se abrieron como platos. Por un momento no supo qué hacer. ¿Qué pretendía el ingeniero? Afortunadamente una voz detuvo los avances del terrestre.

—¿El señor Terho? Soy Aras Ludoviqus, del Instituto Max Planck. He oído hablar de sus trabajos con motores de fusión.

La mano tendida de Aras apareció entre Joe y su presa. El mecánico miró al científico. Dada la estatura y anchura de Joe, no habría tenido dificultades para apartar de un empujón al enjuto Aras y seguir a lo suyo, pero después de unos segundos en los que pareció sopesar la posibilidad, decidió apretar la mano de su nuevo compañero.

—¿Y tú quien eres? —inquirió.

—Me llamo Aras Ludoviqus, soy...

Lonneke se sintió liberada. Los modales de Terho dejaban mucho que desear, y su estilo de seducción era más propio de la edad de las cavernas. Todas las alarmas de Lonneke se encendieron; no por ella, no sentía interés en ningún hombre, sino por Lene. Esa masculinidad exacerbada podía resultar una dura competencia llegado el momento, y una vez vistas las intenciones del ingeniero, Lonneke supo que no se haría esperar. Desde ese instante decidió no volver a tener la guardia baja con Joe Terho, nunca más.

Con el tono imperioso de una orden rabiosa enfiló hacía el Thalion.

—Señores, síganme, les mostraré sus camarotes y sus lugares de trabajo.

Aras se apresuró a seguir a Lonneke por el tubo del amarre, pero sin apenas ejercer fuerza Joe le paró con el brazo derecho y se coló. Dejó escapar otro leve silbido al ladear la cabeza para apreciar mejor el estilo de caminar de la venusiana que iba delante de él. Aras se quedó parado. Joe le había caído realmente gordo. ¿Qué pretendía con Sivilay? Esta clase de personas algún día darían mala fama a la humanidad en la galaxia. Aras no los soportaba, por eso se había inmiscuido entre él y la Navegante, aunque por un momento había pensado que Terho iba a golpearle.

Pero además estaba ese pasado oscuro, su ascendencia marciana. Joe Terho era un buen mecánico e ingeniero de motores de fusión. Estaba en el Thalion para hacerse cargo de los desperfectos y del mantenimiento de las plantas de fusión fría y los motores del Nautilus. Pero no metería las narices en el ordenador de Aras, eso ni pensarlo. El profesor se llenó de malos presagios con respecto a Joe, y decidió tomar algunas medidas de seguridad extra con el Smart. Inmediatamente siguió a sus nuevos compañeros de tripulación.


Creado: 6 de noviembre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio