Bienvenida

El Serial

RUBIRAK

El Palacio de Gobierno de la Confederación de Ciudades-Estado de Marte se hallaba en lo alto de la meseta de Tharsis. Un alto ventanal de exquisito vidrio marciano mostraba la imagen imponente del Monte Olimpo, el gran volcán extinto de veinticinco kilómetros de altura. Zoltan Rubirak caminaba hacia esa imagen. Solo. Sus pasos resonaban como grandilocuentes palabras en el enorme y lujoso pasillo. Se detuvo y observó largamente la mole que se elevaba sobre cientos de kilómetros de minas de hierro y silicatos. La parte alta de Tharsis, la que se encontraba sobre la meseta, tenía un aspecto muy característico: altísimas pirámides con bases poligonales de todos los tipos se alzaban en su único color esmeralda. Los primeros edificios de cristalacero. Desde que se levantara el primero se había ido mejorando la técnica, hasta que se construyó el Palacio: una pirámide de base cuadrangular de dos kilómetros de altura. Era la más cercana al Olimpo, la más espectacular.

La vidriera a la que parecía dirigirse Rubirak no era más que una pequeña ventana en la pared más cercana al monte de los dioses. Rubirak apenas necesitó musitar la orden:

—Ordenador, cierra la ventana.

Y el vidrio marciano se coloreó con alguna imagen de vidriera gótica, mientras el cristalacero de la pared exterior se polarizaba. Rubirak giró a la izquierda y entró en una habitación a través de unas lujosas puertas de ébano.

El ambiente se transformó como presa de un encantamiento. Esta sala era como un estudio o pequeña biblioteca. Tenía una mesita para el té, y oscuras estanterías con libros. Una ventana de estilo tradicional daba paso a la rosada luz ambiental de Marte. Había un pequeño fuego que apenas brillaba en una chimenea meramente decorativa y cuatro asientos con grandes orejones, tapizados de exquisitos paños. En una noche de tormenta, con el sonido de los truenos de fondo, Alan Poe se habría sentido satisfecho leyendo en la penumbra de aquel pequeño despacho.

Había dos hombres en la habitación, que se pusieron de pie al ver entrar al General. El más alto, un tipo de pelo ralo entrecano, cara de palo y arrugas profundas era Merrin Sabas, delegado de Solaris Incorporated para Marte. Había que tener cuidado con él. Solaris era la única compañía intermundial del Sistema. Su negocio era básicamente la extracción de Hidrógeno y Helio3 de las nubes de Júpiter y Saturno, así como la compra-venta de agua en las lunas más pequeñas. Pero en Marte mantenían no sólo el negocio del agua en los polos, sino también instalaciones científicas debajo del Olimpo. Nadie sabía exactamente qué hacían allí. Desde luego se dedicaban a la extracción y desarrollaban nuevas formas de vidrio y cristal de roca marciano. El ferrocristal era un producto exclusivo de Solaris, y aunque por ahora el uso de este material era más artístico que útil, Rubirak sospechaba que ahí abajo se estaba cocinando un proyecto mucho más importante de lo que la Confederación podía imaginarse.

El otro tipo era más bajo y fibroso, sin duda se trataba de un nativo del planeta de la guerra. Rubirak le conocía bien. Sergei Tayek era el presidente de Rostov Ltd., una empresa del estado que se había privatizado tras el fin de la Guerra de Independencia. El negocio minero de Marte era prácticamente un monopolio de su propiedad. Tanto el bello vidrio marciano como el indestructible cristalacero eran sus productos estrella. El General había recibido buenos informes de Tayek: era un devoto de la causa.

—Bien, señores, dijo Rubirak en su tono marcial—, no puedo dedicarles mucho tiempo, tengo asuntos que atender.

Sin más ceremonia los tres ocuparon sus lujosos sillones.

—General Rubirak —comenzó diciendo Tayek—, permítale felicitarle por su rápida victoria. Somos muchos los que creemos que la democracia no es el sistema de gobierno más adecuado a un planeta como el nuestro.

—Me alegro de oír sus palabras, Tayek. El nuevo nacionalismo socialista marciano es el culmen de nuestros esfuerzos. Desde hoy somos como un solo hombre, no, como un solo marciano. Todos somos iguales, nuestra sociedad es uniforme, no hay fisuras.

—Sin embargo —interrumpió Sabas con un peculiar tono sarcástico—, he oído que la Confederación ha mostrado ciertas reticencias a ser uniformada, y que sobre nuestras cabezas no sólo vuela la gloriosa Armada de Marte, sino también la Primera Flota.

Rubirak fulminó al comerciante con la mirada, pero se contuvo.

—Pronto romperemos el bloqueo e impondremos nuestra hegemonía en el Sistema. Los marcianos nacimos para este destino, dirigir una nueva raza humana hacía el futuro entre las estrellas. Estamos construyendo tres nuevas fragatas armadas con cañones de taquiones siguiendo un nuevo modelo de diseño marciano. Son las armas más nuevas, versátiles y rápidas.

—Lo celebro —dijo Sabas—, pero esas naves necesitarán combustible. Si hay un bloqueo, ¿de donde sacarán el Hidrógeno?

Rubirak no apartaba la mirada de Sabas:

—Bien, dígamelo usted.

El hombre de Solaris rió.

—General Rubirak, no esperará que nos alistemos para su causa. Nosotros estamos abiertos a cualquier transacción comercial, y hemos hecho oídos sordos ante las noticias de cargamentos de H y He3 que han venido desapareciendo de nuestras plataformas en Júpiter y sobre todo en Saturno. Pero esos envíos sumados a los eventuales ataques de piratas en el Sector Exterior apenas cubren un 30% de las necesidades de ustedes, sobre todo si pretenden mantener una gran flota durante un largo periodo de tiempo, no digamos si deciden emprender algún tipo de acción armada. Solaris no puede arriesgar sus negocios en todo el Sistema por un único planeta.

Rubirak replicó con agresividad.

—¿Eso es lo que me ofrece? Sin embargo Solaris mantiene sus instalaciones bajo el Olimpo. ¿Y si le digo que pienso nacionalizar toda la industria incluido su endemoniado laboratorio de arena?

Sabas se inclinó en el sillón.

—Le diría que nuestros virus de seguridad son los más efectivos del mercado. Y que nuestra información secreta está bien a salvo. Seguro que sus servicios de inteligencia le confirmarán este extremo. En nuestras instalaciones se llevan a cabo sutiles ensayos con arena marciana. Pero son nuestros. Si ustedes se interponen la Confederación conocerá inmediatamente sus fuentes de suministro de gas, incluidos los nombres de esos piratas con los que tiene tratos.

La tensión podía masticarse en la pequeña biblioteca. Sabas no lo sabía, pero podría haber muerto por esa desfachatez. Afortunadamente para él había una tercera persona en la sala. Tayek decidió apaciguar los ánimos.

—Calma, calma, amigos. General Rubirak, Rostov está a disposición del Movimiento para todo lo que éste solicite. Sabemos que los experimentos de Solaris pueden ser de gran importancia estratégica para el futuro de Marte. Pero al mismo tiempo los silicatos marcianos son la única materia prima con la que Solaris puede trabajar, ¿me equivoco?

Un sonriente Merrin Sabas cruzó los dedos a la altura de sus dientes y guardo silencio.

—Es, pues, conveniente que alcancemos un acuerdo. Garantice el General la seguridad de Solaris en la Confederación de Marte, y a la vez Solaris podría, quizá, ceder una exclusiva sobre algunas de sus patentes al Gobierno de la Confederación.

Sabas puso sus manos en los brazos del asiento:

—Suena razonable, aunque deberíamos discutir qué patentes pueden interesar a la Confederación de Marte. Nuestro proyecto es a muy largo plazo.

Rubirak decidió hacer un gesto melodramático. Se puso en pie y se acercó al hogar. Miró durante unos segundos a los crepitantes leños. Sabas tuvo que girarse para seguir sus movimientos. Tayek se acomodó contra el respaldo y cruzó las piernas.

—La Confederación de Ciudades-Estado de Marte ya no existe. La he disuelto esta mañana. He declarado el Gobierno Único de Marte, del que yo soy el Jefe.

—Pero, ¿y las Ciudades?

Rubirak se volvió hacia sus invitados:

—El sistema de confederación solo era un estadio previo, Tayek, una forma de hacer las cosas de un modo menos traumático. Pero nuestro objetivo siempre fue éste; La autodeterminación de nuestro gran pueblo unido bajo una sola voluntad colectiva. Las ciudades serán gobernadas por los subjefes de los Colectivos del Pueblo. He declarado a todos los miembros de los viejos partidos políticos fascistas reconocidos y enemigos del pueblo. Serán apresados y fusilados. Desde ahora somos una República Democrática Socialista, con un solo Movimiento y un solo Partido.

Los representantes de las empresas más grandes de Marte se miraron, intentando cada uno controlar sus propios gestos a la vez que trataba de averiguar qué podía leer en el rostro del otro. El General no prestó atención a sus esfuerzos:

—Sus términos son aceptables—concluyó—. Pronto dispondremos de una fuente inagotable de gas. Ahora si me disculpan….

Los empresarios abandonaron la salita. Tayek iba impresionado pero satisfecho, una media sonrisa se encendía y se apagaba a medida que se iba adentrando en sus pensamientos y olvidaba a su acompañante. Sabas, en cambio, le miró directamente a la cara, sin recibir ninguna señal. Todo lo que había oído era preocupante y negativo para los intereses comerciales de, no sólo su compañía, sino de todo el comercio intermundial. Pero de todo ello, lo que más le preocupaba era la última insinuación de Rubirak. ¿Iban a obtener gas de una nueva fuente? ¿O iban a piratear una fuente ya existente? Solaris conocía la existencia del Thalion, y Sabas estaba puntualmente informado. También sabían del Huor, la otra nave interestelar que en estos momentos estaba varada en los puertos de Neto. Sin embargo era imposible que esas naves de exploración, que apenas habían realizado tres o cuatro viajes cada una, pudieran haber instalado un sistema de extracción de gas en algún gigante de otro sistema solar. No, eso quedaba descartado. ¿Entonces qué? Una invasión. La conquista de un mundo cercano a Júpiter o Saturno, probablemente a Júpiter. Sabas apretó el paso y dejó atrás a su distraído compañero: los ejecutivos de la Solaris en la Tierra querrían conocer estas noticias cuanto antes.

LEE

El hangar Sur del Thalion se abría lentamente. Los mamparos se replegaban deslizándose hacia el Norte del navío. No todo el casquete polar se apartó, sólo los paneles necesarios para el paso del Nautilus. Un breve empellón mecánico dio la suficiente aceleración a la remodelada corbeta para abandonar el vientre de la nave interestelar. Lee iba sentada en el asiento del piloto, y Lene en el del copiloto. Había un incómodo silencio.

El motor de fusión ya estaba en funcionamiento. Cuando la distancia con respecto al Thalion fue la suficiente como para asegurarse de que la estela de plasma no dañaría a la nave nodriza, Lee abrió los campos electromagnéticos que cerraban el paso al ardiente hidrógeno y un temible fulgor anaranjado partió de la popa del Nautilus y lo impulso hacia delante. Lonneke había trazado el rumbo en el mapa tridimensional y había programado la aceleración y desaceleración. Lee apenas había tenido que hacer nada, incluso la configuración de guarismos le hizo sospechar que Lonneke estaba un poco celosa de ella.

No tenía por qué. Lee no sentía ni la más mínima gana de quedarse con su puesto como Navegante, ni tampoco con su lado en la cama de Lene. La Comandante era una presencia excesiva. Lee había empezado a sospechar de cada gesto, de cada mirada. Nunca había estado con una mujer, y no se sentía cómoda bajo la acometida de su oficial al mando. De ahí los prolongados silencios.

Ya no había nada que hacer. El Nautilus tardaría cuarenta y seis horas en llegar a la órbita de Titán. Hasta entonces se imponía un rato de sueño en la Sala de Éxtasis. La aceleración y el frenado de Lonneke eran muy suaves las dos primeras y las dos últimas horas, para que sus compañeras pudieran moverse sin excesivos problemas por la nave antes de entrar y después de salir de la Éxtasis.

—Bueno —dijo Lee, harta del silencio—, ¿ahora qué?

—Éxtasis. Asegúrate de que tienes todo amarrado en el camarote. Yo haré lo mismo. No quiero que ocurra ningún accidente mientras estamos durmiendo.

Lee se levantó de su puesto de mando y con mucha soltura a pesar de la inercia se dirigió a la puerta de la IIC. Lene la siguió con la mirada y cuando iba a atravesar la puerta dijo:

—Por cierto, trajeron algo para ti. Un obsequio del Vicealmirante Scotton.

—¿De Scotton?

—Sí. Creí que sólo Lonneke despertaba esas pasiones en el personal masculino, pero ya veo que me equivocaba.

A Lee se le escapó una sonrisa. Ese segundo de debilidad fue rápidamente visto por Lene, y aprovechado, pues dijo con su propia sonrisa y sus verdes ojos rasgados cortando el aire entre las dos mujeres:

—Voy a tener que prohibirlo. Me estoy poniendo celosa.

A Lee se le congeló la sonrisa y salió. No podía estar segura de que se refería a ella y no a Lonneke pero... Lee también había recibido las atenciones de los soldados y trabajadores de Amistad. Le leyenda de la bella y salvaje pirata atraía muchas miradas y comentarios, pero no podía compararse con la ingente cantidad de invitaciones, regalos y ruegos que Lonneke había tenido que rechazar. Decidió no pensar más en ello y se apresuró en llegar a su camarote, que antes había sido de Kaila Shatter. Sobre la cama, sujeta por las cintas del lecho, se hallaba una maleta plana y ancha. Lee sonrió, había reconocido el tipo de almacenaje.

La abrió lentamente, casi con deleite y se maravilló ante la nueva colección de armas arrojadizas que le había regalado Scotton. Eran armas de los cuerpos de élite. No había shuriken, pero sí dagas. Lee sostuvo una. El filo emitía un tembloroso reflejo. La chica comprendió en el acto:

—¡Monofilamento de diamante!

Scotton estaba preocupado por la efectividad de sus armas. Sus cuchillos no podían atravesar la mayoría de armaduras de combate, pero estos sí. El monofilamento de diamante cortaba casi cualquier cosa y no tenía los inconvenientes derivados de los materiales que se quiebran con facilidad. Eran ocho dagas; cuatro de quince centímetros y cuatro de veintitrés. Y dos muñequeras de picas arrojadizas con vértice de monofilamento y punta de titanio. Eran armas muy caras, no se fabricaban en serie. Contenta como una niña pequeña, aseguró los correajes y se desvistió.

Cuando llegó a la Sala de Éxtasis, Lene ya estaba allí preparando el centro robotizado. Ahora había cinco criosarcófagos allí, como medida de precaución si la tripulación al completo debía abandonar el Nautilus. Lene recordó que ese mismo día llegaban dos hombres: un ingeniero y un científico. ¿Qué pensaría de esto Lene? Ella solo quería llevar mujeres en sus tripulaciones. Lee supuso que no le importaría demasiado, Lene no parecía tener complejos al respecto del sexo. La miró mientras programaba el centro robótico, y a pesar de sí misma acarició la elegancia de pantera y el equilibrio de sus suaves formas con la mirada embelesada. Justo entonces Lene notó su presencia y la miró. Lee salió de la abstracción a toda prisa. Ninguna de las dos dijo nada, pero Lee estaba segura que algo así no podía haber escapado a la percepción de la experimentada viajera espacial.

Lee se acercó a los criosarcófagos.

—¿Cuál es el mío? —inquirió.

—Es ese.

Lee se inclino sobre el aparato y comprobó que los anclajes y correas estaban todos en buenas condiciones. De hecho los habían puesto nuevos durante la semana anterior.

—No necesitas revisarlo —dijo Lene—, ya lo he hecho yo.

Lee no se giró para contestar, no miró a su Comandante.

—Prefiero hacerlo. Me gusta asegurarme.

—Dime, Lee.

La jovencita se detuvo y miró a Lene.

—¿Alguna vez has compartido el criosarcófago durante el viaje?

Lee quiso tragar pero no pudo. Esos ojos verdes se clavaban en ella. La hipnotizaban como hacían las serpientes. En cualquier momento podía abalanzarse sobre ella y no podría rechazarla. Se sintió demasiado pequeña e inexperta. No supo qué decir.

—Es como un merecido descanso después de... Deberías probarlo.

Lee tragó ahora y replicó con una sonrisa nerviosa y falsa.

—Puede que sí. Algún día.


Creado: 30 de octubre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio