CAPITÁN DE FRAGATA ROSSOX
En el PMN de la Fragata Espacial de la Confederación Marciana Soberanía el capitán de navío Hu Rossox vio aproximarse el Thalion en las pantallas. Era grande, tan grande que el contacto visual había provocado exclamaciones de asombro entre la mayor parte de la tripulación. El capitán debía ser precavido, la mayoría de aquellos hombres y mujeres no sabían que eran parte de una conspiración contra los gobiernos intermundiales. Ni siquiera toda la oficialidad de la fragata era separatista. Maldito Rubirak, pensó, ¿a qué has estado jugando con ese mastodonte de metal?
Rossox había recibido órdenes directas pocas horas antes: encontrar y controlar una nave experimental perdida. La misión era imperativa para el triunfo de la revolución. Por si todo esto fuera poco, tenía que preparar un grupo de asalto de infantes de marina, al parecer toda la dichosa nave estaba infestada de organismos hostiles. Pero no acababa ahí la cosa: debían terminar la misión en el menos tiempo posible, ya que seguramente la Confederación estaba alertada de la existencia de la nave.
Rossox había estado maldiciendo durante quince minutos, y luego se había puesto manos a la obra. Estaban en máxima alerta, preparados para el combate, y se había asegurado de que los miembros no afines al Movimiento se encontraran en su turno de descanso. Y ahora, ahí estaba la cosa esa, la parte que el sol iluminaba parecía de planchas de metal, pero hubiese pasado por un asteroide o una pequeña luna de alguno de los gigantes gaseosos. A simple vista Rossox calculaba unos tres kilómetros de diámetro para la nave interestelar.
El Capitán de Fragata ocupó su asiento de mando en el PMN, una silla móvil con consolas a ambos lados, situada sobre la plataforma que servía de pasillo y dividía las dos secciones del Puente de Mando Normalizado.. Un complicado brazo robótico mantenía la silla firmemente colgada del techo, permitiendo además alcanzar cualquier otra consola del PMN. Los distintos oficiales de la nave se enfrentaban a sus paneles de control en las trincheras de ambos lados de la plataforma.
—Comunicaciones —llamó Rossox—, abra un canal con el Thalion.
Uno de los oficiales a sus pies pulsó los botones adecuados.
—Ya, está, señor.
—Atención Thalion, aquí el capitán Rossox, de la MCSF Soberanía. Cabo Shatter, ¿está usted ahí? ¿Pueden oírme?
La voz imperiosa del capitán de fragata llegó a una asqueada Lee Zalduendo en la sala de observación de la celda del Thalion. La adolescente miraba por la ventana el horror que los insectoides habían hecho con Lene y Lonneke. Ahora los bichos se habían retirado a un rincón. Sus instintos les decían que había que dejar a los huéspedes de sus huevos en paz. Ya habría tiempo de alimentarse cuando naciera la nueva camada. Lee había estado pensando qué hacer. Podía intentar coger el arma de partículas de la traidora Shatter y entrar a tiro limpio en la pequeña y acolchada celda. Pero le daba la impresión de que había demasiadas criaturas para ella sola. Luego pensó en abrir la puerta y dejar que se fueran, después en sacar el cadáver de Kaila y ponérselo de cebo, luego pensó en sentarse y esperar, pero todo el suelo estaba lleno de sangre, y quizá esas dos necesitaran ayuda. Le había resultado mucho más fácil la parte anterior; llegar hasta el PMN y enfrentarse a Kaila, pero ya se le habían acabado las ideas. Por eso no podía quitar los ojos del revoltijo de bichos horripilantes, ni fue capaz de moverse hasta que oyó el mensaje de Rossox.
¡Una fragata marciana! Puede que no fuera una estratega, pero tampoco era tan tonta como para dejar que unos marcianos entraran en la nave. Por lo que el ordenador le había contado, todo aquello tenía que ver con algún grupo separatista de ese planeta. Si entraban allí con un grupo de marines, era seguro que no iban a dejar cabos sueltos. Se le encendió el corazón con la idea de que les matarían sin más, y además se sentirían justificados por no-sé-qué noble causa que se trajeran entre manos, la libertad de los pueblos o lo que fuera. Así que le dio unos cuantos gritos al micrófono:
—¡Shatter está aquí, cabrón, pero no puede ponerse! ¡Coge tu fragata y métetela por el…!
Rossox, en la Soberanía, frunció el ceño pero no se alteró. Estaba preparado para que surgiera alguna contingencia inesperada. Ahora lo primero era averiguar quien estaba al mando de la nave y qué daño podía causarles.
—¿Quién habla? —preguntó con severidad—. ¿Dónde está Shatter?
La voz que llegó al otro lado usaba el lenguaje más sucio del Sistema:
—¡A esa zorra se le ha atragantado el cuchillo del desayuno! ¿¡Quieres venir tú a probar un bocadito, hijo de la gran…!?
Algunos de los oficiales del puente de mando hicieron comentarios. Otros esbozaron sonrisas; la voz era sin duda la de una chica joven.
—¿Quién es usted? ¿Con quién hablo? —insistió Rossox.
La respuesta levantó un auténtico murmullo de exclamaciones y comentarios asombrados. Algunos de los oficiales masculinos del puente intercambiaron significativas sonrisas.
—Soy Índigo Kid —dijo la voz.
Rossox volvió a maldecir, pero sólo en pensamiento. ¿Qué hacía allí esa pirata de gas hidrógeno? Era arriesgado, pero se atrevió a realizar una hipótesis: de alguna forma Índigo había neutralizado a la cabo Shatter y tomado el control. Pero no había naves cerca, excepto una pequeña corbeta de la Guerra de Independencia, unida al Thalion y rotando con él en el espacio. Ese debía ser el objetivo. Rossox sabía que el Thalion no llevaba armas, si conseguían destruir la vieja corbeta, la pirata, o los piratas, no podrían resistir.
—¡Zafarrancho de combate! —ordenó el capitán de fragata—. Preparen un torpedo, vamos a derribar esa antigualla que llevan a la rastra.
Lee se quedó de una pieza cuando la comunicación se cortó. Por un instante pensó que quizá los había intimidado con su lenguaraz vocabulario, pero enseguida se dio cuenta de que más bien habían decidido que el tiempo de charlar terminó. Bueno, pensó la pirata, espero que este trasto aguante.
—Ordenador —dijo—, ¿crees que van a atacarnos?
—Las probabilidades son de un 100% —dijo el IBM.
—¿No puedes hacer algo? ¿Mover el carguero por control remoto y contraatacar o algo así?
—No puedo agredir a humanos.
Lee pensó en salir de aquel sitio lleno de sangre y sentarse delante de alguna de las pantallas panorámicas del ordenador a ver como les disparaban. El Thalion era tan grande que bien podía resistir un buen rato, aunque lo más seguro es que antes de nada volaran el Nautilus en pedazos.
Estaba apunto de salir cuando una tercera voz entró en el canal.
Sentado en su propia silla el Vicealmirante Helvar Scotton vio claramente a la Soberanía acercarse en rumbo de ataque al Thalion. Lo primero que sospechó fue que querían borrar todas las huellas de su traición, pero cuando vio al pequeño Nautilus aparecer en el movimiento de rotación se dio cuenta: pensaban que la pequeña corbeta había abordado el Thalion y querían deshacerse de ella. Antes de ejercer su fuerza el Vicealmirante decidió usar la diplomacia.
—Atención Fragata Soberanía, aquí Helvar Scotton, Comandante del Galeón Espacial de la Confederación de Mundos Pedro Duque. Cesen inmediatamente toda hostilidad. Es una orden, repito, cesen toda hostilidad.
El Capitán Rossox casi se cae de su silla al ver aparecer en el cuadrante ni más ni menos que al Pedro Duque, la nave insignia de la Confederación, lanzado a toda velocidad contra ellos. No podía rendirse y seguramente tampoco podía ganar, pero si no lo intentaba iba listo; Rubirak lo haría fusilar nada más pisar Marte. Esta vez juró en voz alta.
—¡Mierda! ¡Los confederados! Navegante, 180º estribor, 20º cenit. ¡Gire, gire! ¡Démosle la popa!
El Pedro Duque era un enorme galeón modificado, una imponente mole gisacea que se acercaba de costado a gran velocidad a la fragata marciana, completamente pintada de rojo. Era obvio que el galeón tenía que frenar para iniciar el combate, pero Rossox sabía que el Duque era una de las mejores máquinas del sistema, la más moderna, la más grande, la mejor armada. Su módulo central giraba sobre campos magnéticos para generar inercia, tenía dos motores de fusión separados, catorce cañones, tres lanzatorpedos, dos armas de partículas… Además Scotton era una leyenda, veterano de la Guerra de Independencia, tenía tantas medallas que podría poner un museo y ahí seguía, en lugar de retirarse a un cómodo despacho. Sólo podía ganar si le daba la popa, si sus toberas de plasma se convertían en cuatro cañones irresistibles.
Scotton comandaba un puente similar al normalizado, pero mucho más grande. Decenas de oficiales se movían por allí, todos dedicados a una sola cosa, satisfacer a su Comandante. No había mejor premio que servir en el Pedro Duque, el arma más moderna del Sistema, ni mayor orgullo que seguir a un héroe como Helvar Scotton.
—Están virando, Comandante Scotton, quieren darnos la popa —dijo el Navegante sin separar la vista de sus pantallas.
—Pretenden conectar el motor de fusión y barrernos con un chorro de plasma. ¡Ingeniero! ¿Lo conseguirán?
El Ingeniero Jefe contestó al segundo:
—Casi, Comandante, llevan treinta y cinco segundos de retraso.
—Aun así no se lo pondremos fácil. ¡Atención lanzatorpedos de popa! ¡Fuego!
Dos brillantes luces partieron de los tubos lanzatorpedos del Duque en dirección a la Soberanía. Justo después el enorme galeón comenzó a frenar, expulsando chorros de plasma por sus toberas de proa. En la Soberanía los nervios estaban ya a flor de piel:
—¡Torpedos! —gritó el Oficial de Combate.
—¡Tiempo de colisión! —clamó el Capitán.
—Tres minutos dieciséis segundos —contestó el Navegante.
Rossox no necesita pensar:
—¡Contramedidas! ¡Artillero de popa! ¡A mi orden!
ARTILLERO DE POPA
A popa de la Soberanía, encerrado en una cabina reforzada de cristalacero marciano polarizado un hombre, un veterano, estaba a los mandos de una batería de proyectiles explosivos de 20 mm. Desde esa posición uno solía acostumbrarse a esperar la propia muerte de forma literal. Esta no fue una excepción, el artillero no tardó en localizar los dos puntos luminosos anaranjados que se le aproximaban. Sólo se preguntó qué tipo de torpedos serían y qué tipo de IA llevarían incorporada: buscadores de calor, de radiación, de sonido, cámaras inteligentes, nanobots devoradores de metal….
Bueno, qué más da.
—Sí, capitán —respondió con toda tranquilidad.
Luego vio partir la miríada de señuelos que eran las contramedidas. Algunos eran meramente radio señales, o encerraban un núcleo de radiación o plasma, otros eran bombas de calor o lásers autónomos que disparaban a los torpedos hasta descargarse o derribarlos.
Cuando los torpedos llegaron a la altura de las contramedidas comenzó el baile. El artillero observó las luces de los lásers y las explosiones de las bombas de calor. Uno de los torpedos esquivó todas las defensas moviéndose en zig-zag y siguió su camino hasta la fragata. El otro también era muy hábil, pero una de las bombas le tocó de lado y no pudo recuperar el rumbo, su propulsor se apagó y luego el mismo torpedo estalló en el vacío. El artillero supo que lo habían destruido por control remoto. Guerra civilizada, nada de basura explosiva en el espacio.
Quedaba un torpedo. En el puente el Navegante dio el tiempo a su capitán:
—¡Treinta segundos!
Y el capitán Rossox dio la orden al artillero:
—¡Artillero de popa! ¡Fuego!
Los seis cañones de 20 milímetros comenzaron a escupir balas explosivas de alta velocidad. El torpedo iba más rápido pero no importaba. El artillero disparaba de un lado a otro, de tal modo que si el torpedo esquivaba la primera andanada por un lado, quizá se encontrara la segunda por el otro, por arriba o por abajo, tanto daba. El torpedo comenzó a esquivar las enormes balas pero sin su compañero para apoyarle pronto todo el espacio delante de él estaba repleto de sucesivas oleadas de proyectiles. Cuando apenas le quedaban dieciséis segundos estalló. La onda que produjo la explosión llegó al artillero, pero el cristal blindado aguantó sin problemas.
El artillero sonrió un segundo, pero fue sólo un espejismo. Inmediatamente pudo ver al Duque emerger por su derecha. La Soberanía estaba girando para darle la espalda, pero no llegarían a tiempo. Estaba demasiado cerca: iban a entablar combate.
Rossox seguía repartiendo órdenes a diestro y siniestro. En el puente no habían podido celebrar la pequeña victoria contra los torpedos.
—Navegante, tiempo de maniobra.
—No vamos a llegar, señor, nos faltan treinta segundos.
—¡Armamento, cañones de babor!
Scotton estaba bastante más calmado en su puente de mando. Ya había mandado cargar los cañones, pero había visto la hazaña del artillero de popa, y le preocupaba. Aunque el Duque llegara antes de que la Soberanía completara el giro, esa cabina podía moverse y dispararles de un momento a otro. Había que eliminarla.
—Tiempo para pasada —pidió el vicealmirante.
—Treinta segundos.
—Bien, No esperemos a que ese artillero de la cola nos fría. ¡Cañón de cenit! Barra la popa del enemigo.
La orden se cumplió con prestancia. De la zona superior del Pedro Duque partió un azulado rayo de partículas. Como en la mejor tradición guerrera, el artillero de popa aguardó la muerte en silencio, mirando la luminosidad azul acercarse. Sólo fueron unos pocos segundos. Luego la cabina blindada estalló junto con toda su reserva de municiones. En el espacio no se oyó nada, pero un temblor siniestro recorrió el interior de la fragata Soberanía.
Se encendieron luces rojas, sonaron alarmas, se sellaron esclusas, pero no hubo ni un segundo que poder dedicar al camarada muerto.