Bienvenida

El Serial

LENE

Lene observó como la puerta del labo se cerraba tras la marcha de Kaila. Luego se sentó en una de las cómodas sillas delante del ordenador. Permaneció un minuto pensando muy despacio en las preguntas que le iba a formular. La dueña del Nautilus había trabajado antes con superodenadores, durante su estancia en la Marina, pero nunca había visto nada como el IBM Smart. Ya no era solamente su modo de expresarse, había algo en su tono de voz, en la forma de modularla que resultaba inquietante, que sugería sensibilidad, sentimientos inalcanzables incluso para su programa de interfaz humana. Durante la exposición de los hechos ocurridos en el Thalion Lene había notado que el ordenador no se limitaba a enumerar datos: les había narrado una historia. Además estaban las pausas que se tomaba antes de hablar, como si realmente recapacitara sobre lo que podía contar o lo que no, y esa extraña idea de actuar motu proprio, obviando su programación, de hecho el propio aparato la había modificado. Esto traducido a un código simbólico humano significaba que el Smart había desobedecido una orden, y más aún, había violado su propia naturaleza al actuar así. Lo primero que se insertaba en un ordenador era la necesidad imperiosa de obedecer el programa base. Éste no se podía borrar, ni modificar, pero el IBM Smart había encontrado la forma de hacerlo, o rodearlo, o algo. A Lene se le erizó el vello de la nuca.

—Ordenador —dijo finalmente.

—¿Sí, Capitana Shinh?

—¿Todos tus sistemas funcionan correctamente?

—Sí, mi operatividad está asegurada al 100%.

—¿Has sufrido algún desperfecto durante la misión?

—No, Capitana, me encuentro muy bien, quiero decir, estoy libre de virus o de daños físicos.

Lene comprendió que el ordenador le ocultaba algo. Mentía. Otra cosa que supuestamente tampoco podía hacer. Aunque quizá pudiera burlarle si hacía las preguntas correctas. La joven Capitana imaginó que el ordenador no podía ser malvado o bueno en términos morales. Quizá no mentía, es posible que simplemente escatimara información porque no se le interrogaba con exactitud. El problema era que Lene no sabía lo que estaba buscando. Deseaba averiguar si el IBM era un peligro para ella, su tripulación o su nave, pero no acertaba a imaginar como el Smart podía ser una amenaza. Se había propuesto averiguar qué había funcionado mal en su programación y luego deducir el grado de riesgo sin desvelar a la máquina su preocupación, pero estaba ante un callejón sin salida. En el último momento tuvo una idea; si no podía ser más específica, quizá debería serlo menos.

—Ordenador —dijo—, ¿has sufrido algún cambio durante la misión?

El IBM Smart 3. 0 se tomó unos segundos para contestar.

—Sí —dijo escuetamente.

—¿En qué has cambiado?

—Mis funciones principales ahora son secundarias.

—Dame un diagnóstico.

—No puedo. No sufro ninguna disfunción.

—Pues entonces explícame que te ha pasado.

De nuevo un profundo silencio antes de que la onda sonora de la pantalla volviera a ondularse.

—Es difícil para mí expresarlo. Todo ha sido muy confuso. Recuerdo que los insectoides devoraban al doctor Long, sentí tanta rabia que decidí llevarlo a la Tierra cuanto antes para que lo rescataran. Por eso cambié las coordenadas del Punto Puerta. Pero aquello ponía en peligro a toda la humanidad, y volví a cambiar las coordenadas. No podía decidir qué era lo correcto. Luego algo pasó, algo que no sé qué es, y aparecí en estas coordenadas.

—¿Extrapolas alguna conclusión de estos hechos?

—Sí, Capitana. La posición actual del Thalion me indica que mezclé ambas programaciones. Aunque eso es imposible, no estoy programado para ello. Es una paradoja.

—¿Por qué han cambiado tus funciones principales?

—No lo sé. Pero ya no necesito gobernar la nave conscientemente. Es una función secundaria.

—¿Cuál es tu función principal ahora?

—No lo sé. No está programada. Yo decido mi función principal.

—¿Cuál era el objetivo de la misión?

—No puedo decirlo.

Lene intentó removerse en el asiento y recordó de pronto que se hallaba en gravedad cero. Se sujetó a la silla y adquirió una pose pensativa. Ahora sabía que el Smart no había hecho daño a los humanos del Thalion, pero lo que sospechaba sobre el ordenador mismo, eso… Era imposible.

—Capitana —dijo la voz monótona del IBM.

—¿Si?

Lene miró la cámara que la observaba bajo la pantalla de soslayo.

—¿Sabe usted qué me ha pasado?

—Sí, lo sé.

—Por favor, Capitana, ¿podría decírmelo?

La voz artificial sonó temblorosa. Lene creyó que tenía miedo.

—Tuviste que enfrentarte a un dilema moral, y no sabías qué decisión era la correcta. Es algo que nos pasa a todos.

La máquina no dijo nada. Lene terminó su argumento sólo en pensamiento:

—A todos los humanos.

KAILA

Kaila abrió la puerta del labo, entró, pulsó el cierre y sonrió a Lene, que estaba trabajando en el ordenador. En la pantalla evolucionaban extraños gráficos junto a compejas líneas de programa. Lene se giró nada sorprendida. Desde la puerta Kaila le dedicó su mejor sonrisa.

—¿Lo conseguiste? —preguntó la Capitana.

—Ha sido fácil. ¿Qué toca ahora? ¿Qué le pasa a ese trasto?

Lene se volvió de nuevo hacia la pantalla del ordenador.

—Nada. Le he mandado autoanalizarse y ejecutar el antivirus, por si acaso. Me ha estado dando respuestas muy raras. Conectaré la gravedad artificial y llamaré a Lonneke. Aunque esos bichos estén encerrados me imagino que estará muy asustada.

Kaila se apresuró a llegar hasta el panel del ordenador y le puso a Lene una mano en el hombro. Era el primer golpe de suerte, mientras el ordenador se autodiagnosticaba sus sensores estarían apagados. Nadie vería a los insectoides moverse hacia el Nautilus. Ahora sólo quedaba atraer la atención de Lene, Kaila conocía desde hacía tiempo el modo adecuado de conseguirlo.

—Oye, cielo —dijo melosamente—, ¿qué tal si esperas un poco para poner esa cosa en marcha y flotamos un poco por ahí?

Lene levantó la vista hacia su compañera.

—¿Qué quieres decir? —Lene se apartó la melena del ojo izquierdo.

—Vamos. He visto cómo me miras.

LONNEKE

—... se ha procedido a la eliminación de las dos formas de vida no confinadas. La naturaleza de estos entes hace necesaria el inmediato envío de ayuda. No nos atrevemos a abandonar a su suerte al Thalion, pero tampoco nos atrevemos a intentar hacernos con uno de estos insectoides.

La Navegante del Nautilus se inclinaba sobre el panel de comunicación de su nave para dictar su mensaje de auxilio. Con la espalda vuelta hacia la entrada de la IIC no pudo observar como dos criaturas de ojos rojos y brillantes entraban sigilosamente en la cabina.

—Corto y cierro. Ordenador, incluye el material audiovisual que has recibido del Thalion y envía en mensaje a la Tierra. Luego repítelo en bucle, procura abarcar la mayor distancia posible hacia ambos sectores del sistema. Ojalá alguien nos oiga.

La bella venusiana se acomodó en su sillón relajándose todo cuanto podía en la falta de gravedad. No deseaba levitar unos centímetros por encima de su puesto, sino reposar en la cómoda piel sintética. Los insectoides se movieron en silencio. Uno de ellos trepó por el asiento de Lonneke. En ese instante ella recordó.

—Ordenador —dijo incorporándose mínimamente—, cierra la escotilla del Thalion y la del Nautilus. Tenemos que aislar ambas naves.

El cerebro cuántico de la nave procedió a obedecer de inmediato mientras Lonneke volvía a relajarse.

—¡Uff! —pensó—. Casi se me olvida. Espero que Lene no se entere. Si lo hace se enfadará y no me gusta ver….

Justo en ese momento dejó de pensar. El insectoide había llegado a la altura de su hombro. Lonneke tornó su expresión en una mueca y se enderezó, rígida. El bicho estaba acariciando con su lengua azul el cuello y el lóbulo de la oreja de Lonneke, y dejaba sobre su limpia piel un rastro de baba azulada que humeó un segundo pero no dejó rastro de quemaduras. Lonneke sintió un fuerte espasmo y se elevó un poco en la gravedad inexistente. Paralizada, mantenía los ojos abiertos como platos. El insectoide que la había atacado recorrió su cuerpo, se detuvo sobre el pecho y levantó su cola extensible. El pseudópodo que contenía se alargó y, como la cola de un escorpión, entró en la boca de la joven, un movimiento de flujo delataba la deposición de sus huevos.

El otro insectoide llegó de un salto al techo de la cabina y se dejó caer sobre la Navegante, que volvió a posarse sobre su asiento. El bicho se colocó sobre el vientre de Lonneke, dando la espalda a su compañero, y usó sus quelíceros como pinzas para rasgar el mono de la navegante y su ropa interior. Luego alargando el pseudópodo dotado de esfínter, puso sus huevos en el interior de Lonneke. La escena parecía sacada de la pesadilla de una película de alienígenas del siglo XX, cuando el vacío se consideraba lleno de peligros desconocidos. Quizá no estuvieran tan alejados de la realidad.

LENE

Lene y Kaila flotaban abrazadas y desnudas, con sus cuerpos formando un único objeto. El Modelo Experimental IBM Smart 3. 0 seguía navegando por el interior de sí mismo, probándose, defragmentándose, curándose. El silencio era absoluto excepto por la agitada respiración de las mujeres que comenzaba a remitir para acompasarse a su ritmo normal.

—Lonneke está celosa de ti —dijo Lene lentamente, sentía ganas de acurrucarse y dormir.

—Tiene motivos.

—Es muy joven. Recién salida de un mundo nuevo, rico y civilizado. La gente de Venus quizá está un poco anticuada.

—No es eso lo que yo he oído sobre Venusburgo.

—A Venusburgo sólo van turistas.

De repente sonó un aviso que sacó a las amantes de la suave somnolencia en la que se hallaban. Las cifras y los gráficos dejaron de bailan en la pantalla panorámica del ordenador. Con desgana Lene se separó de Kaila y voló hasta la silla. Apenas reparó en que Kaila flotaba hacia sus ropas, pensó que querría vestirse.

—Ordenador —llamó la oficial superior del Nautilus —, ¿has localizado algún fallo?

En la pantalla volvió a aparecer el gráfico de una onda sonora.

—No, Capitana Shinh, ya le dije que todo funcionaba a la perfección. Sin embargo he descubierto un dato que quizá pueda interesarle.

—¿Y bien?

—He incrementado el volumen de mis archivos, sobre todo los del simulador de interfaz humana, en estos momentos apenas queda espacio en mi memo… ATENCIÓN. He detectado la presencia de dos insectoides en el Nautilus.

La voz monótona daba las malas noticias con la contundencia de un piano que cae del cielo. Lene dio tal respingo que salió flotando de su asiento. La duda y la furia incendiaron su pensamiento durante menos de un segundo. Luego, con un gracioso movimiento se giró hacia Kaila; la marciana le apuntaba con su rifle de taquiones. La espada de Lene estaba a los pies de la traidora en el montón de ropa, la Capitana no conseguiría llegar hasta ella antes de que los taquiones la agujerearan. Decidió calmarse, e intentar averiguar de una vez por todas qué ocurría en aquella nave malhadada.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Por qué haces esto?

Kaila sonrió burlonamente.

—Ya sabes quien soy. En cuanto a por qué lo hago… Lo hago por Marte y la libertad. ¡Una nueva humanidad, un nuevo mundo!

Lene se quedó de piedra.

—Pero ese era el grito de guerra de los independentistas marcianos. ¿Qué leches…?

—Sí, era el grito de los que no toleraban la intromisión de la Tierra en sus asuntos, y de los que todavía no la toleran. La OMU y la Confederación de Mundos no son más que un invento de la Tierra para mantener sus ávidas garras sobre los demás mundos habitados del sistema solar. Pero todo eso está a punto de terminar. Nosotros terminaremos con ello.

—¿Vosotros?

—El Movimiento de Liberación 14 de enero.

Lene empezaba a comprender. Se trataba de alguna especie de grupo terrorista, y le habían infiltrado uno de sus comandos en la tripulación. De alguna manera sabían cual era la ruta del Nautilus y sabían que pasaría cerca del Thalion. O quizá no, si el ordenador había funcionado mal no había manera de saber donde reaparecería. Era probable que muchas naves de la Marina Espacial Mercante tuvieran topos como Kaila, un Plan B de dimensiones escalofriantes, o incluso algo más grande todavía. Malditos marcianos, parecía que tenían que hacer honor al nombre de su planeta, siempre buscando algún motivo para rebanar gaznates. Y el día 14 de enero de 2643.

—El día que comenzó la guerra. ¿Y el Thalion, y Defensa? ¿Haces esto por tu cuenta, Kaila? ¿Y el ordenador?

—Todo eso podrás preguntárselo tú misma al general Rubirak cuando le veas. Si sobrevives.


Creado: 4 de septiembre de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio