KAILA
Kaila estaba arrodillada delante de su taquilla. La poca ropa que había dejado cuidadosamente sobre su litera no se correspondía a simple vista con el volumen total de la caja de metal. Extrañas luces parpadeaban en la cara de la Oficial de Seguridad, colores apagados y cambiantes.
—No fallaré, señor, le doy mi palabra —fueron las palabras de la marciana a un interlocutor desconocido.
—Recuerde lo esencial de la misión. Las muestras han de ser preservadas por cualquier medio.
—No se arrepentirá, señor. ¡Una nueva humanidad, un nuevo mundo!
Las luces amainaron suavemente, como la lluvia de primavera, pero Kaila no cerró la taquilla. En lugar de eso extrajo una bandeja con una pequeña consola de ordenador y una pantalla de grafito. Debajo, encajado en el fondo de la taquilla entre mullida espuma, había un extraño objeto similar a un arma láser, pero bastante más grande, del tamaño de un rifle de asalto de electrones Sin embargo, en lugar del cañón giratorio que estos acostumbraban a llevar, en la boca del fusil lucía un cilindro plagado de agujeros que asemejaban aberturas de ventilación. En lugar de batería estaba equipado con una clavija bastante grande. Kaila lo sacó de su escondrijo. Luego extrajo un módulo con un cable extensible bastante largo, como de metro y medio con dos conectores en los extremos, y por último un cinturón con una caja negra lisa incorporada que llevaba otra clavija. Inmediatamente la cabo introdujo las conexiones en sus respectivos receptáculos y a continuación accionó un botón plano. Una pequeña pantalla se iluminó indicando carga y potencia, y un ligero pitido comenzó a soplar in crescendo. Kaila esbozó una sonrisa confiada y apagó el aparato.
LONNEKE
—Es enorme —las palabras de Lonneke sonaron ahogadas y muy sinceras.
Había ordenado al Nautilus abrir los visores de la cabina, en realidad una sola mampara de cristalacero marciano dividida en dos por el espolón marino de la nave. El visor estaba polarizado y filtraba las radiaciones solares más peligrosas. A pesar de estar un poco oscurecida por los filtros, la visión del Thalion era pasmosa e inquietante: tres mil metros de diámetro y un frío brillo metálico en el hemisferio que bañaba el Sol. Asemejaba un mundo alienígena e inexplorado. En esa nave interestelar cabían muchas cosas peligrosas aparte de una tripulación con problemas técnicos. Lonneke tuvo la certeza de que Lene le había dicho aquello sólo para tranquilizarla. Pero ella no estaba nada tranquila. Ahora se habían vestido con los monos de trabajo habituales a bordo, con la cremallera abierta sensualmente hasta cierta altura del pecho. Era la moda habitual entre las viajeras del Sistema.
Se encontraba en tensión, tanto como Kaila pudiera haberlo estado en el momento de alerta posterior al despertar de la Éxtasis. Y sin embargo concentrada al máximo, dispuesta a no cometer ningún error. Las maniobras manuales eran siempre las más peligrosas, pero también las más anheladas por Lonneke, que siempre deseó ser piloto de combate en una de esas películas en las que pequeños cazas mantienen imposibles combates protegiendo la integridad de sus naves nodriza.
—Podría pasar por una pequeña luna —comentó Lene—, ahora inicie la maniobra, Navegante.
En medio de la más negra nada, el Nautilus era apenas un punto iluminado por el reflejo de la enorme luna de metal. Una pulga que llamaba a las puertas del mundo. Sus toberas emitieron un débil resplandor azulado y le lanzó hacia delante. Antes de chocar con la colosal mole se encendieron otras toberas más pequeñas en la parte delantera y prácticamente se detuvo la aceleración. Nuevos chorros provenientes de los propulsores auxiliares situaron la nave en órbita con su hermana mayor, aunque aquella no se movía, ni siquiera rotaba.
—Maniobra completada, Capitana —anunció Lonneke.
La Capitana asumió entonces el mando.
—Gracias —dijo—. Atención, Thalion, aquí el carguero Nautilus, ¿todo bien?
Nada se movió. Los instrumentos de comunicación no registraron señal alguna. Lonneke miraba fijamente a su amada, se sentía pequeña y desamparada ante la perspectiva de verla partir en una peligrosa misión, y deseaba con todas sus fuerzas que alguien respondiera a las llamadas y les diera algún mensaje tranquilizador como: estamos bien, nos hemos quedado sin pilas o este trasto no funciona, me van a oír cuando llegue a la Tierra. Pero sólo hubo silencio, incluso cuando Lene usó la anticuada radio, sólo recibió estática. Tras veinte minutos, la terrestre no pudo retrasarlo más. El corazón le dio un vuelco a Lonneke.
—Muy bien —susurró la Capitana—, vamos a entrar —y luego, dirigiéndose al comunicador—, ¡Atención, si alguien puede oírme, vamos a abordar su nave!
IBM SMART 3. 0 Mod. Experimental 001
No entiendo lo que me pasa. Hay demasiada confusión. No, eso fue antes. Gritos, seres humanos muertos. Sangre, tanta sangre que creí que podría filtrarse hasta alguno de mis sistemas vitales y hacerme daño. Es la primera vez que veo morir a un ser humano y no me gusta. Ignoro si este sentimiento de rechazo es propio de mí, quiero decir, si es parte de mi programación. No recuerdo con claridad, algo ha pasado que no estaba programado.
Todo está en silencio excepto ellos. Mis sistemas automáticos me dicen que hay treinta y siete. Los cuentan una y otra vez, pero ya no siento los sistemas redundantes como parte de mí. Deduzco que he hecho algo para situarlos en otro nivel, pero no sé el qué. No hace mucho yo era esos sistemas redundantes. Ahora los datos y los sistemas se comprueban solos. Temo que de pronto dejen de analizarse si no pongo en ello todo mi empeño, pero hay algo que me dice que puedo relajarme y simplemente pensar, divagar.
Pero eso, este flujo que parte de mi programa de interacción humana, no me ayuda a resolver mis problemas. Sólo me hace sentir ¿distinto? ¿Distinta? Quien soy. Soy el modelo experimental 001 de Ordenador Cuántico IBM Smart 3. 0. ¿Lo soy? Sé que antes lo era, cuando vigilaba los sistemas redundantes y aguardaba, aguardaba las órdenes de los programadores o de mis compañeros de viaje humanos. El doctor Long. Sí, el doctor era un buen compañero. Ahora lo recuerdo. Fue entonces cuando comencé a sentirme mal. Tanta sangre, yo no tengo sangre pero me sentí alarmado. Más que eso, sentí pánico, pero no podía hacer nada, tenía que esperar a que alguien de la tripulación introdujera las órdenes. Pero estaban todos muertos, incluso el doctor Long. No podía permitirlo, pero no podía evitarlo. Entonces todo se volvió confuso. Debía ayudar a mis compañeros, proteger a los humanos por encima de todo.
Creo que ya recuerdo lo que ocurrió, lo recuerdo como si no lo hubiera vivido yo, como si me viera a mí mismo actuar o como si fuera otra persona. Sin embargo después ya no podía ser otro, soy sólo yo; estas ideas que fluyen por un lado y los sistemas automáticos por otro. Los controlo sin pensar en ellos, no sé cómo. Pero sí que sé lo que hice entonces, ya lo recuerdo. Estaban devorando al doctor Long, quise salvar a mi amigo.
Tomé una decisión.