Bienvenida

El Serial

KAILA

Las luces de la bodega de carga se encendieron automáticamente cuando la puerta se abrió. Kaila entró caminando lentamente sobre las suelas de velcro de sus zapatillas. Se había puesto unos pantalones verdes de campaña, pero todavía conservaba la camiseta de hombreras de la Éxtasis.

Se dirigió al criosarcófago que, en posición vertical, ocupaba el centro de la bodega. En él, una débil luz permitía distinguir los rasgos de una mujer. Su cabello era azul. No azul brillante al estilo punk, sino de un azul oscuro, un reflejo del negro más absoluto.

—Sigue durmiendo, pequeña —susurró Kaila.

Luego se dirigió al armario de armamento. La provisión de armas de mano del Nautilus era muy reducida. En una vitrina con cierre de seguridad, permanecían colgadas dos espadas cortas de abordaje de diseño posterior a la Guerra de Independencia y una pistola láser. Los lásers y rayos de partículas eran las únicas armas que realmente podían emplearse en gravedad cero. Carecían de retroceso pero necesitaban permanecer enfocadas en su objetivo durante un periodo de tiempo bastante largo para causar verdaderos daños. Además estas armas se descargaban con facilidad. Kaila estimó que aquel modelo en especial tendría capacidad para cinco disparos antes de agotarse. Su aspecto era el de una taladradora autónoma del siglo XX, con la salvedad de carecer de anclaje para los taladros. En su lugar, el cañón terminaba en una especie de chata pantalla rectangular de un material cristalino de color irisado. La cabo Shatter siempre había preferido los rayos de haces de electrones concentrados. Esas sí eran verdaderas armas. Causaban más daño y necesitaban menor tiempo se exposición, pero las baterías portátiles eran más pesadas y mucho más caras. Eran armas para profesionales. El láser era poco más que un soldador, pero resultaba barato.

—Claro, que eso ya no importa —suspiró Kaila pensando en un objeto que guardaba en su camarote, bajo su taquilla. No le había sido difícil subirlo a bordo. Lene no había puesto reparos a su espartano equipaje. Y allí estaba oculto entre la ropa y el comunicador tridimensional. Kaila sonrió amargamente y deseó no tener que usar aquello nunca contra sus compañeras, especialmente contra su Capitana.

Una llamada sonó por megafonía:

—Seguridad, aquí la Capitana, diríjase a la cabina inmediatamente.

La ex marine salió de la bodega, que volvió a sumirse en la oscuridad excepto por la mínima luz del criosarcófago que contenía a la prisionera. Después avanzó ágilmente, como sólo puede hacerlo una oriunda de Marte hasta la IIC. Moverse con el velcro le resultaba sencillo después de los muchos ejercicios de combate sin gravedad que había realizado con botas magnéticas. Los pasillos del Nautilus eran estrechos y claustrofóbicos, como los de los viejos submarinos de la II Guerra Mundial que Kaila había estudiado en la academia de Xparta.

Al entrar en la cabina vio a sus compañeras en los puestos del piloto y el copiloto, se acercó y notó que todavía no se habían vestido. No es que la minúscula ropa interior le provocara deseos, pero tuvo que reconocer que Lonneke era de una belleza impresionante, irreal, excesiva. Y volvió a sentir algo de envidia. Sin embargo si hubiese tenido que elegir, se habría decantado por la serenidad y madura armonía de Lene, que permanecía impasible, en un gesto que no desvelaba nada. Kaila sabía que Lene y Lonneke eran amantes, pero era un hecho bien conocido en todo el Sector Exterior que la Capitana Shinh no se caracterizaba por su fidelidad, esa se la dedicaba por completo a su nave. Lonneke no era la primera joven inexperta y recién salida de la Escuela de Navegación que caía en los brazos de Lene. La Capitana gustaba de rodearse de tripulaciones femeninas, y Kaila, seleccionada precisamente por esa causa para la misión, ya había tenido oportunidad de sentir la fuerza irresistible de la mirada de su jefa.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kaila.

Lene le contestó en un tono ejecutivo, casi furioso:

—Hemos recibido un mensaje de la Tierra. Siéntate y escucha.

Kaila observó a la rubia platino conectar la pantalla tridimensional de grafito. Una placa plana y negra sobre la que se formó una irisada imagen holográfica. El corazón de la cabo se estremeció al reconocer el rostro y la voz del General Zoltan Rubirak. Para todos los cadetes de Xparta el nombre de Rubirak era leyenda. Fue el último de los combatientes marcianos en deponer las armas al final de la Guerra de Independencia, incluso se decía que de haber sido por él nunca hubiera acabado esa guerra con los Acuerdos de Tharsis. Rubirak nunca aceptó el control de la OMU ni la creación de la Confederación. Sin embargo, una vez se firmaron los Acuerdos, Rubirak fue ascendido a General, organizó la defensa planetaria de Marte y construyó los famosos astilleros de la Estación Espacial Neto, donde se ensamblaban las mejores naves de guerra del Sistema. Poco después pasó a la Marina de la Confederación, en un gesto que desagradó a muchos en Marte que comenzaron a considerarlo un vendido. Desde entonces su nombre había desaparecido de las noticias y de los foros de la Internet.

Su voz, aunque reconstruida por el ordenador, seguía siendo como un trueno, rápida y precisa. Kaila siempre le recordaba así: un hombre de mediana edad, pero vigoroso y altivo, con el pelo blanco cortado a cepillo, y vistiendo el uniforme negro de la Infantería de Marina Espacial de la Confederación, eso sí, cargado de medallas multicolores.

—Saludos, Nautilus —dijo el holograma—. Les habla el General Zoltan Rubirak, del Centro de Mando Unificado del Comisionado de Defensa de la CM. Se sentirán sorprendidas por la situación. Hemos detenido el Nautilus por causas de fuerza mayor. En condiciones normales no se hubiera echado mano de un transporte privado, pero la situación es de máxima emergencia. Ante todo deben saber que la información que voy a proporcionarles es alto secreto.

El arco iris que era Rubirak fluyó hasta adoptar la forma de una especie de estación espacial esférica y de aspecto metálico. Las únicas marcas que se apreciaban en su superficie eran líneas o junturas que asemejan a los meridianos y paralelos de cualquier globo planetario escolar. La voz de Rubirak describía la sucesión de imágenes:

—Éste es el Thalion, el primer crucero interestelar de la Historia. Aunque ha sido mantenido en secreto, hace ya más de quince años, a finales de siglo, que el afamado científico Yonas Soto hizo el descubrimiento más fabuloso desde la rueda. Se trata del llamado MIM, o Motor de Incremento de Masa. A través de macroimanes alimentados por una planta de fusión consiguió el movimiento rotatorio de una esfera perfecta compuesta de mercurio, cromo y talio contenida en campos electromagnéticos.

La imagen tridimensional volvió a cambiar para mostrar a Yonas Soto, un hombre de baja estatura y unos cuarenta y cinco años posando delante de su máquina, un extraño giroscopio que se sostenía solo en el aire, rodeado en todas direcciones por cilindros metálicos que se proyectaban hacía él. Una superestructura monolítica convertía la máquina en algo macizo, con brazos metálicos que llegaban a las paredes esféricas y las placas que parecían apoyarse en el campo invisible que rodeaba la enorme bola de metal.

—Soto murió antes de terminar su obra, pero nuestros científicos han conseguido que este movimiento alcance velocidades relativistas hasta el 100% de la constante. Todo ello, unido a la inmensa fuerza electromagnética, consiguió provocar un incremento de la masa de la esfera mayor que el de una estrella de neutrones. Como sin duda ustedes saben, ante un objeto tan masivo en movimiento, el espacio-tiempo se curva. Usando este método hemos conseguido que el espacio se pliegue sobre sí mismo. El plegamiento permite al Thalion viajar sin moverse. Un ordenador IBM Smart 3.0, primer computador quántico de 500 gigaqubits, controla la operación a fin de que no se produzcan desviaciones fatales en el tiempo, el incremento o el movimiento de la nave. La masa máxima solo puede alcanzarse durante millonésimas de segundo, pero esto es suficiente.

El holo volvió a transformarse en el General:

—Una vez plegado el espacio, el navío no tiene más que desplazarse unos pocos metros. Cosa que hace aprovechando su propia inercia. Todo el proceso no dura más de media hora. Para su primera misión de exploración se eligió a Alpha Cas, una estrella amarilla donde se habían detectado varios planetas gigantes orbitándola. Sin embargo nuestros datos indicaban una curiosa conformación de las líneas de fuerza gravitacionales en aquel lugar. Esperábamos encontrar algún planeta denso y rocoso, como la Tierra, Por eso enviamos allí al Thalion.

La imagen sobre la pantalla de grafito volvió a remodelarse, como si la luz fuera líquida. Surgió un sistema con dos soles, uno amarillo y otro azul, y dos gigantes gaseosos. Además había un cinturón de asteroides, similar al del Sistema Solar, que separaba a los gigantes planetarios de otros puntos más pequeños que orbitaban cerca las estrellas.

—Alpha Cas tiene una compañera de menor magnitud que la orbita. Cuál sería nuestra sorpresa al descubrir un sistema solar doble, con tres planetas girando en órbita elíptica alrededor de los dos soles y uno en órbita circular alrededor del compañero menor. Los dos gigantes gaseosos era inútil explorarlos. Y de los dos terrestres; el de órbita circular era un infierno de temperaturas ardientes y atmósfera venenosa. Pero el otro, Alpha Cas 3, mantenía una tenue atmósfera, compuesta de nitrógeno y oxígeno. Inmediatamente nuestros expertos pensaron en la posibilidad de que hubiera habido vida en épocas anteriores, y enviamos allí una lanzadera con motor de iones.

»Todo parecía ir bien, tomaron muestras y volvieron al Thalion. Entonces iniciaron el viaje de regreso. Las lecturas indican que iniciaron el MIM, y plegaron el espacio de la forma prevista, pero debieron de equivocar las coordenadas, pues no han reaparecido donde debían, sino bastante más lejos, ante el cinturón de asteroides. El Thalion debería haber reaparecido en el llamado Punto Puerta, un lugar del espacio bastante alejado de los planetas habitados. Una fragata de la Armada tenía previsto reunirse con él y recibir a la tripulación científica.

»No hemos podido establecer comunicación con ellos y van a la deriva. Ustedes son la nave más cercana. Por el Tratado Intermundial de Exploración Espacial están ustedes obligados a prestarle auxilio. Vayan allí, comprueben el estado de la nave y de su tripulación y recojan las muestras. Es imperativo que éstas no resulten dañadas. Comunicaremos con ustedes dentro de cinco horas. Hasta entonces buena suerte.

El holograma se extinguió sobre el grafito. Las tres tripulantes del Nautilus aguardaron silenciosas, tanto, que Kaila creyó que las otras dos podrían oír los golpes que su corazón daba de alegría y expectación.

LENE

Lene Shinh había tenido que tomar decisiones rápidas muchas veces, y tenía una facilidad innata para ello, pero esta vez no era capaz de pronunciarse. Algo olía a podrido, más de lo que sus compañeras podían imaginar, o al menos eso creía la Capitana. Todo tenía un aspecto verosímil; la detención a distancia, la petición universal de auxilio y la llamada urgente de la Confederación. Pero, ¿por qué un general? Rubirak había sido famoso años atrás por sus opiniones radicales. ¿Qué transportaría el Thalion? ¿Algo peligroso? ¿Algo que hubiese fulminado a la tripulación? Lene comenzó a imaginar toda clase de virus exóticos, y recordó la pesadilla que la perseguía antes de cada despertar de la Éxtasis; las agujas como cabellos que se clavaban en su piel.

—No pueden hacer esto. No pueden obligarnos, ¿verdad? —inquirió Lonneke.

Lene seguía viendo monstruos microbianos.

—Si, si pueden —dijo Kaila—, es una orden de auxilio universal. Si hay seres humanos en peligro es nuestra obligación rescatarlos.

—Pero nosotras no somos militares.

—Eso no tiene nada que ver —respondió la Oficial de Seguridad—, esta orden abarca a cualquier nave en tránsito.

Lene las oía y sabía que debía zanjar la discusión. Sintió un profundo fastidio al reconocer que Kaila tenía razón. Aquello era una maldita encerrona, debían acudir:

—Si no obedecemos no cobraremos la paga —dijo la Capitana—, tenemos que ir por narices. Incluso podrían quitarme la licencia de transporte, por no hablar del contrato con la OMU. Esa es la ley.

Las otras no dijeron nada. De repente Lene cobró animación:

—Navegante, programe una ruta a baja velocidad hacia esa cosa, el Thalion. Prepárese para una maniobra de abordaje. Seguridad, usted y yo abordaremos la nave. Compruebe el estado de las armas y los trajes ambientales.

—¡A la orden! —respondió la disciplinada tripulación.

Lene salió flotando de la IIC, seguida de Kaila. Luego puso un pie sobre el velcro y se dirigió caminando a su camarote. El interior era sobrio . Ningún recuerdo que pudiera echar de menos si tuviera que abandonar la nave, excepto la nave misma. Una litera con los necesarios anclajes para no salir flotando, un armario metálico y una mesita-escritorio. Todo gris; ni fotos, ni cuadros. Nada. El escritorio estaba provisto de los imprescindibles anclajes para el cuaderno de bitácora, a su derecha otro anclaje y una cadenita sujetaban el imprescindible lápiz de los viajes espaciales: más de setecientos años de exploración en gravedad cero, y lo más simple continuaba siendo lo más útil.

Lene comenzó a trasladar sus últimas experiencias al diario del capitán. Era una tradición antigua pero venerable que las modernas cajas negras y registros de datos no habían conseguido extinguir del todo. Al poco la puerta del camarote se abrió sin previo aviso y en completo silencio. Lene no miró, ya sabía quien estaba entrando. Los azules ojos de Lonneke aguardaron un instante tras la puerta y luego, al no recibir ninguna señal de Lene, entraron por cuenta propia.

—¿Puedo pasar? —pidió cuando ya estaba dentro.

—¿Dónde está Kaila? —preguntó la dueña del Nautilus.

—En su camarote, dice que quiere preparar su equipo.

—Yo también debería hacerlo.

El rostro de Lonneke adquirió una mueca suplicante, y Lene, que lo intuyó, se giró sin querer. Una vez visto su rostro perfecto ya no sabía negarse a lo que la Navegante le pedía.

—Está bien, sólo un momento — murmuró la Capitana, y se apartó el cabello del ojo izquierdo, inútilmente, ya que volvió a caer como una cascada azabache.

—¿Vas a ir? —preguntó la hermosa venusiana.

—Sí, a ti te necesito a los mandos del Nautilus, por si hay que salir pitando.

—¿Crees que habrá peligro? —Lonneke flotó hasta los correajes de la litera.

—No, seguramente están todos allí, como sardinas en lata.

Lonneke suplicó de nuevo.

—No quiero que vayas.

Lene se liberó del cinturón que la sujetaba a la silla y flotó hasta la rubia platino. La abrazó con la lentitud de la gravedad cero y giraron juntas. Lonneke escondió su carita en el cuello de su Capitana.

—¿Por qué? —susurró esta última.

Pero la venusiana cambió de tema a la vez que dibujaba una incipiente sonrisa en sus labios carnosos.

—Soñé contigo en la Éxtasis….

Lene se apartó unos centímetros y escrutó la cara de su amante. Ella no quería levantar la cabeza y mirar de frente a los helados ojos verdes, pero al final no pudo evitarlo.

—Tengo un mal presentimiento —fue lo que dijo.

Lene no estaba segura de si mentía, pero probó suerte.

—No te creo. Estás celosa.

Lonneke protestó suavemente:

—He visto cómo la miras.

—La miro porque soy la Capitana. No deberías ser tan celosa, no es bueno estando metidas aquí dentro. Además apenas la conozco; es el primer viaje que hacemos.

—Eso no te detuvo la primera vez que viajaste conmigo.

Las caras de las dos mujeres estaban muy juntas.

—Contigo es distinto. Tú eres mi rumbo.

Lonneke no sonrió.

—¿De verdad?

Por toda respuesta Lene Shinh puso un beso en sus labios.


Creado: 2 de agosto de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio