Bienvenida

El Serial

NAUTILUS

Revisión Redundante de Sistemas: completada. Iniciando Revisión Redundante de Sistemas. Vector y velocidad: correctos, no encuentro fallos aquí. La travesía es rutinaria y tranquila. Soporte Vital Automático: funcionando a pleno rendimiento. Apenas consumo energía cuando toda la tripulación está en Éxtasis. Eso me satisface, deseo ahorrar. Piloto Automático: conectado. Me agrada la navegación monótona que me programa la Navegante, pero a veces, sólo a veces, tengo la tentación de hacer un giro o un bucle. Nunca podría hacerlo, no está programado. ATENCIÓN. Recibiendo transmisión. EMERGENCIA. Código de Excepción en Ruta: 8657790003RT9034L. Esta orden tiene prioridad. Debo suspender la Éxtasis. Proceso de Suspensión de Éxtasis: conectado. Programación Centro Robot de Éxtasis: enviando, un mililitro de hiperadrenalina al cuarenta por ciento. Deben despertar rápido. Programación Centro Robot Cocina: enviando. Tres zumos de naranja en sus envases herméticos, para Sala de Éxtasis. Planta de Fusión Fría: funcionando al veinte por ciento. Apenas necesita producir energía cuando la tripulación está en Éxtasis. Eso me satisface, deseo ahorrar. Motor de Fusión Fría: apagado. Revisión Redundante de Sistemas: completada. Iniciando Revisión Redundante de Sistemas.

LONNEKE

Estoy despierta. Es lo primero que pensó la Navegante de primer grado Lonneke Sivilay cuando la hiperadrenalina hizo acelerar el ritmo de su corazón y la trajo de vuelta a la consciencia. Sintió el antifaz sobre sus párpados y recordó que no debía abrir los ojos nada más quitárselo. Por otra parte los síntomas de Lonneke eran los comunes de todos aquellos que abandonaban la Éxtasis Temporal: desorientación, debilidad, deshidratación, malestar general... Pero a pesar de todo ello, la mente de Lonneke enseguida comenzó a funcionar lógicamente: si nos han despertado es que hemos llegado a la Tierra. Pero su intuición le dijo que algo iba mal. Su experiencia como Navegante espacial, todas esas horas delante del mapa tridimensional calculando tiempo, obstáculos, trayectorias coincidentes y rumbos, habían generado en ella, como en casi todos los Navegantes, una especie de intuición que les permitía calcular aproximadamente el tiempo real de viaje, incluso a velocidades relativistas. Las habían despertado demasiado pronto. ¿Las? Quizá él ordenador sólo le había despertado a ella. Se incorporó en su criosarcófago, se quitó el antifaz, lentamente abrió los ojos y miró a su derecha, casi a su espalda. Allí estaba quien ella esperaba ver: la Capitana del Nautilus, Lene Shinh. Le pareció que estaba preciosa estirándose como un gatito que acaba de despertar, o más bien, una pantera. Lene llevaba el pelo corto negro peinado de tal modo que el flequillo le caía sobre el ojo izquierdo. Esos ojos rasgados, orientales y sin embargo verdes y transparentes como los mares de la Tierra que Lonneke había visto en películas antiguas. Las sensuales curvas del cuerpo de la dueña de la nave embelesaron la mirada de la joven Navegante, hasta tal punto que se distrajo y, pronosticando futuras atenciones y caricias, se quedó como alucinada, hasta que Lene la sacó de su fantasía:

—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada? Le he preguntado si hemos llegado ya. Vaya de inmediato a la IIC y compruebe posición y rumbo.

LENE

A Lene Shinh los despertares de Éxtasis siempre le provocaban pesadillas. Todas empezaban igual; una delgada aguja se le clavaba en el cuello, su cuerpo reacciona a la hiperadrenalina y despierta, pero no puede moverse. Sólo abre los ojos y siente como miles de pequeñas agujas finas como cabellos penetran en su cuerpo por todas partes. Lene no puede moverse ni quejarse, únicamente siente como se acerca el agudo dolor. Y al final dos agujas se proyectan hacia los ojos y ella, impotente, grita y grita.

El dolor era tan real que la Capitana del Nautilus se despertaba de golpe, completamente alerta. Este caso no fue distinto; se incorporó de golpe y se arrancó el antifaz de la cara. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la blanca luz de la Sala de Éxtasis. Inmediatamente notó el malestar que sigue al sueño espacial y se esforzó en enfocar la mirada y leer los datos que el ordenador de a bordo ofrecía en la consola más cercana. La desorientación no le impidió comprender que algo iba mal, aunque sus sentidos tardaron un poco en reaccionar. La pantalla mostraba una posición incorrecta; todavía no habían llegado a la Tierra. Acto seguido se le ocurrió la solución más peligrosa al enigma: sabotaje, la prisionera había escapado. Miró alrededor, no había nadie apuntándolas con un arma, además el ordenador habría dado la alarma y todo estaría lleno de pitidos y luces rojas. No, Índigo no había escapado. Era otra cosa.

Se estiró y observó con el rabillo del ojo que Lonneke la estaba mirando.

—Buenos, días, Navegante. ¿Hemos llegado ya?

Lonneke no respondió, simplemente la miraba con sus enormes y soñadores ojos azules, con aquella expresión inocente y hermosa de su rostro enmarcado por el pelo rubio, casi blanco que llevaba peinado con raya en medio. Era imposible ser más delicada, suave, sugerente. En otras circunstancias le habría hecho señas, y Lonneke habría saltado al criosarcófago de Lene para dejarse quitar la ajustada camiseta de hombreras color vino que distinguía a la Marina Mercante Espacial, y el pequeño tanga a juego, y luego pasarse un buen rato repasando, como en una mapa estelar, todos los contornos de su cuerpo de veinticuatro años.

Pero hoy no.

—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada? Le he preguntado si hemos llegado ya. Vaya de inmediato a la IIC y compruebe posición y rumbo.

KAILA

Kaila Shatter siguió los dictados intuitivos con los que su entrenamiento en Xparta había condicionado su vida para siempre. Esperó tensa y alerta dentro de su criosarcófago a recibir órdenes. Se sentía bien, a pesar de la reanimación del Éxtasis Temporal. Demasiado bien. Dedujo que le habían inyectado una gran cantidad de hiperadrenalina, y eso sólo podía significar una cosa: problemas.

Escuchó. La Navegante, esa jovencita recién salida de la Escuela de Navegación Espacial, se estaba haciendo la remolona dentro de su cápsula de Éxtasis. ¿Por qué todas las venusianas eran invariablemente hermosas? Mucho más hermosas de lo que las marcianas podían aspirar a ser. Altas, delgadas, proporcionadas y dotadas de sinuosas curvas. Sus cuerpos eran suaves, curvilíneos. En cambio, las marcianas como ella misma, eran más bajas y delgadas, pero más cuadradas, sus músculos se marcaban por todo su cuerpo, su estructura ósea era más fuerte, desde la mandíbula hasta los tobillos. Más ágiles, más resistentes. Un soldado marciano era una garantía en gravedad cero. Sin embargo sobre la superficie de los grandes planetas rocosos del Sector Interior del Sistema Solar resultaban débiles para el cuerpo a cuerpo, aunque difícilmente se cansaban en esas atmósferas saturadas que resultaban un elixir para los que, desde niños, habían respirado el aire enrarecido de Marte. En el Sector Exterior los piratas de Rea solían recitar un refrán copiado de un antiquísimo dicho inglés sobre las virtudes guerreras de los españoles con la espada: Marcianos en tierra quiero que si es en el espacio el Cielo nos proteja.

Aun así Kaila sentía cierta envidia de las bellas venusianas y pensaba que era una especie de castigo poético de Dios, o quien fuera que lo había ordenado así, que los seres humanos nacidos en Marte estuvieran hechos para la guerra, mientras los de Venus parecían haber nacido para los placeres más hedonistas del Sistema Solar.

No menos atractiva le resultaba Lene Shinh, la Capitana de la antigua corbeta Nautilus, a pesar de haber nacido en la Tierra. Era más alta, más fuerte y más curvada que la Navegante, la cual a veces le parecía cobrar la apariencia de un elfo legendario, de una princesa de las hadas. Los rasgos de Lene, apenas pasada la treintena, eran más afilados y su mirada estaba engarzada de dos frías esmeraldas. Sin embargo era una gran mujer, había servido en las postrimerías de la Guerra de Independencia Planetaria, cuando sólo era una jovencita, y sólo con gran esfuerzo y haciendo quién sabe qué tipo de trabajos, consiguió reunir el capital suficiente para adquirir la nave de su corazón: el Nautilus. Una vieja corbeta que estaba desahuciada desde el fin de la Guerra de Independencia. Ahora cualquier navío de combate era más grande y estaba indudablemente mejor armado. Pero Lene había servido en el Nautilus, y su fidelidad a esta pequeña nave era algo que Kaila sabía admirar. Le había hecho muchas reformas desde entonces: un motor diferenciado de la planta de fusión, una nueva sala de Éxtasis, una bodega de carga que incluía algunas portezuelas discretas para ciertas mercancías, una IIC y un nuevo ordenador cuántico con IA.

Sí, Lene Shinh era una gran Capitana. Lástima que ella, Kaila, debiera su lealtad a otros fines. Más altos y comprometidos, que seguramente la hermosa Capitana no podría entender.

—¡Navegante! ¿Qué hace ahí pasmada?

Kaila se levantó como un resorte. Definitivamente algo no iba como debía en aquella travesía. Debían transportar una prisionera peligrosa a la Tierra, para que la juzgaran allí. Era un buen contrato para el Nautilus, un contrato con la OMU que garantizaría años de trabajo y pagas más que razonables que nunca se retrasaban más allá del día 3 de cada mes normalizado. Quizá la prisionera había escapado, pero no. En ese caso la alarma estaría destrozándoles los tímpanos. Era otra cosa. Kaila sintió una emoción inconfesable y un temor casi morboso cuando imaginó de qué podía tratarse. Los meses de trabajo a bordo del Nautilus estaban a punto de dar sus frutos.

Kaila observó a Lonneke salir del criosarcófago con expresión triste, después de la regañina de Lene.

—¡Seguridad! —exclamó Lene—. Baje a la bodega de carga y compruebe que la prisionera sigue donde debe. Extreme las precauciones.

—¡A sus órdenes! —respondió Kaila.

LENE

La IIC era el resultado de un largo proceso de normalización de instrumentos de vuelo espacial que comenzó con la Guerra de Independencia Interplanetaria. La IIC se usaba en naves de tamaño pequeño y mediano, hasta doscientos cincuenta metros de eslora. Constaba de un panel para el piloto y otro para el copiloto con los instrumentos y palancas duplicados. En el del piloto se incluía el Mapa Tridimensional donde el Navegante trazaba los rumbos y derrotas de la nave espacial. Al lado del copiloto, a la izquierda, se hallaba el Panel de Combate, que incluía daños e integridad de la nave. Al lado del piloto estaba el Panel de Soporte Vital, en el que se repetían los datos sobre integridad más la presión y habitabilidad. Todo estaba al alcance de un brazo extendido, con los tripulantes perfectamente amarrados a sus sillones y protegidos de las grandes aceleraciones de los motores de plasma.

Aunque el Nautilus ya no era un arma de guerra, conservaba Panel de Combate, por si las moscas. Lene había suprimido los cañones de proyectiles macizos de los laterales de la nave para agrandar la bodega, pero había dejado la ametralladora de proyectiles explosivos de veinte milímetros de la proa. Ese era el único arma del Nautilus. Pero además contaba con dos ventajas: su doble planta de fusión le permitía generar suficiente energía como para competir en aceleración y velocidad con las más modernas fragatas. Además sus conductos magnéticos, las toberas de plasma, habían sido duplicadas sagazmente por un ingeniero chino de Ganímedes, de tal forma que su velocidad de maniobra solía volver locos a los escasos piratas reanianos que se atrevían a perseguirles.

Sin embargo, en los últimos meses normalizados las preocupaciones de Lene se habían multiplicado. Había una enorme actividad pirata en el Sector Exterior, pero los asaltantes de cargueros de hidrógeno cada vez se aventuraban más hacia el Sector Interior, principalmente hacia Marte. Y se hablaba de algunos encontronazos desagradables entre bajeles piratas y navíos de guerra de la Confederación de Mundos. Por esa razón había contratado a Kaila Shatter, una ex marine marciana, joven pero con suficiente experiencia en el cuerpo a cuerpo en gravedad cero, como Oficial de Seguridad del Nautilus.

Al entrar en la IIC, Lene sintió una punzada de arrepentimiento al ver a Lonneke en el puesto del piloto. Sabía que era muy sensible y que los gritos que le había dedicado minutos antes en la Sala de Éxtasis probablemente le habían afectado.

Tiene que endurecerse, tiene que aprender a sobrevivir —pensó Lene.

Pero eso no le ayudó a sentirse mejor. Permaneció unos segundos mirando su cabello brillante y pálido, sin poder discernir si simplemente la deseaba, con mayor ansia de la que había sentido por ninguna de sus anteriores amantes, o si en verdad era capaz de amarla como ella, su dulzura, su corazón, le exigían.

—¿Y bien, Navegante?

En ese instante Lonneke se percató de su presencia en la IIC. Se giró brevemente, le echó una mirada como un triste reproche y volvió a mirar sus pantallas.

—No lo entiendo —dijo Lonneke—, estamos a mitad de camino. Ni siquiera hemos pasado al Sector Interior. El Soporte está bien, No hay sabotaje ni hemos sufrido una colisión.

Lene se aproximó flotando y se sentó en el puesto del copiloto. No se miraron.

—Entonces, ¿por qué nos hemos detenido?

—Aquí hay algo —dijo la Navegante—, una transmisión. ¡Un código de seguridad que no conozco! Han detenido el Nautilus a distancia.

—¿Desde Europa?

—No, es de la Tierra.

—¿Cuál es el mensaje? ¿Qué quiere la OMU?

—No hay mensaje. Sólo el código. Y no proviene de la Organización de Mundos Unidos, es de la Confederación. Es un código militar.


Creado: 27 de julio de 2006
Última actualización: 09 de septiembre de 2007 a las 09:08  Bienvenida  Mapa del Sitio