¡Oh, noche del domingo, cuántos divergentes sentimientos engendras!
Los jóvenes tratan de aprovecharte al máximo, sacar de ti la última gota que calmará su sed de aventuras hasta el próximo fin de semana. Y pasarán ésta recordándote a cada momento. Los maduros, en cambio, te odian. Sin disimular la rabia miran al reloj como si éste, en vez de sólo medirlo, fuera el culpable del paso del tiempo y murmuran se acabó el fin de semana, mañana otra vez a lo mismo.
Algo similar a esto último pasaba por la mente de Humberto esa noche, exceptuando lo de la rabia, que raramente afloraba en él. Tranquilo como monje buda, en compañía de su esposa Regina miraba en la TV un programa acerca de supuestas visitas de extraterrestres a nuestro planeta. Con placer sonreía viendo a los dos científicos entrevistados casi irse a las manos a causa de sus diametralmente opuestas opiniones acerca del tema.
Al terminar el programa, Regina se despide de su esposo con un beso y se dirige al dormitorio del matrimonio.
-Me voy a acostar ya, ¿vienes o no?
-No, ' mima', voy a esperar la película. A ver si hoy no es ' un paquete '. El domingo pasado pusieron una que estaba buena, pero…
-Los domingos siempre ponen comedias -corta Regina, ya desde la cama.
-A lo mejor hoy es buena -murmura él, casi inaudiblemente.
Como esperar el filme de marras significa en realidad sufrir varios programas intermedios de muy poco interés para él, Humberto toma un libro que llevaba dos meses leyendo, instado por su hijo, se trata de PARADISO, de José Lezama Lima. Abriólo por la página donde se quedó, la diecisiete y se concentró en la lectura.
Dos párrafos más tarde sus cerrados párpados y un leve ronquido son la señal de lo apasionante que le resulta la novela. Sumergido en un sueño inquieto, lleno de imágenes y sonidos fugaces, Humberto ve una mujer de esas que sólo aparecen en sueños diciéndole:
-Humberto Bonsembiante Deodato, la Humanidad está en peligro. Necesitamos tu ayuda para conjurarlo.
-Sí, mi amor, lo que tú quieras, ¿qué tengo que hacer? -en sueños Humberto era otro Humberto.
-Debido a tus cualidades excepcionales has sido elegido defensor de nuestro Universo. Ve a este sitio -una imagen conocida llega a su mente- y allí…
¡Prácata! Resbala de sus manos el voluminoso libro y cae golpeando con su duro lomo el dedo del medio del pie derecho. El dolor, tan intenso como pesada la novela, hizo a Humberto lanzar una imprecación. Aturdido aún, miró al televisor, sin señal en la pantalla y luego al reloj de cuco sobre él.
-¿Las dos y media? -se pregunta asombrado.
Sin darse cuenta, obedeciendo órdenes como un autómata, sale, en pantalones cortos, camiseta y alpargatas, a la calle. ¡Apúrate!, siente un imperioso grito en su mente y comienza a correr en un ligero trote.
Sudando como mulo de carretón basurero a pesar de la fresca madrugada, llega Humberto al estadio de pelota. Por suerte, el custodio duerme, sonrisa y apagado tabaco en sus labios, arrebujado en un viejo abrigo militar. Entra por una de las puertas, sube a las gradas y mira a todos lados. Nada. De repente recuerda que no había orinado antes de salir de casa y se dirige al baño.
-Espero que aún no haya llegado -murmura para sí, sin saber precisar qué o quién debía llegar.

Detecta la cercanía de los baños gracias al tremebundo olor que de éstos emana. Sube los bajos de sus pantalones y, en puntillas, entra al baño masculino… Allí está, tres cuartas partes de su reptil cuerpo reposan en el piso, justo en el charco de orina, lo cual no parecía importarle mucho, mientras su cabeza y seis brazos se alzaban a la altura de las puertas de los excusados.
La punta de su cola se alza, Humberto distingue claramente tres ojos, dispuestos horizontalmente, que le miran atentamente unos segundos, luego regresa la cola a su posición original, salpicando a Humberto con el líquido del charco.
-¡Tu madre! -dice éste con mal disimulada rabia.
-¡Oh!, ella está muy bien, recién ayer la visité -dice con siseante voz el, para Humberto, majá con brazos -. Zukñeer, El Estricto, un placer -saluda. Luego señala para unos garabatos escritos en la parte interior de la puerta que tanto le interesaba-. ¿Qué significa {censurado}?
-Eso es cuando un hombre {censurado también}. ¿Dónde aprendiste nuestro idioma? -le pregunta Humberto, sin prestarle atención al tuteo.
-En la Escuela Nocturna de Idiomas, ¿por qué me lo preguntas, se me nota algún dejo extranjero? Mira que nuestros profesores son muy buenos. Nos enseñaron que si logras una pronunciación y dominio casi perfectos de un idioma puedes pasar inadvertido entre los naturales.
Vuelve Zukñeer a escudriñar la portezuela, al parecer fascinado con los dibujos y frases que suelen dejar allí algunos de los usuarios de estos lugares públicos. Una de sus manos se desplazaba suavemente por la superficie, siguiendo correctamente el sentido de la escritura. Minutos después rompe el silencio para, sin mirarlo, decir a Humberto:
-Mis hijos me pidieron que les llevara algún recuerdo de vuestra especie antes que comience su extinción. ¿Te parece bien este libro? -señala la portezuela.
A punto estuvo Humberto de decirle No, mejor llévate a mi suegra, mas una repentina sensación de frío le erizó todos los pelos de su cuerpo.
-¿Extinción? ¿Dijiste ex…tin…ción? -alarga la palabra para que el otro le entienda, esperanzado en que sea una equivocación.
-Sí, dije extinción. Extinción: Cese de algo que ha ido desapareciendo gradualmente.
Las piernas de Humberto comienzan a simular el comportamiento de dos barras de mantequillas puestas al sol.
-Cu…cu… ¿cuándo será eso? -tartamudea nervioso al materializarse las predicciones de la mujer del sueño.
-Pronto -responde Zukñeer-, ya deben estar finalizando los cálculos… Ven, acerquémonos.
Con los sinuosos movimientos típicos de los ofidios, se desplaza hacia la pared a su derecha, levantando olas en el charco, olas que alcanzan los zapatos de Humberto, trepan hasta sus tobillos y penetran hasta sus antes resguardados pies.
-Ven -le llama otra vez, al notar que tarda Humberto.
Éste, paralizado por el asco, no atina a coordinar sus pensamientos, entonces Zukñeer enrosca la punta de su cola alrededor de la cintura de Humberto, le alza y trae a su lado. Atónito aún, él mira lo que parecía un recipiente metálico para basura y al extraterrestre manipulando frenético un pequeño objeto rectangular en una de sus manos.
-Me han dado un control remoto con una versión vieja, los malditos tacaños éstos, ahora tengo que introducir el triple de comandos para lograr lo mismo que con uno actualizado -se queja el visitante. Sus escamas cambian de color debido al esfuerzo que realiza.
La queja trae a la mente del cubano fragmentos de conversaciones del grupo de amistades de su hija. Hipnotizado, no aparta su mirada de los diversos patrones de color que se suceden unos a otros en la piel de Zukñeer. Los complicados mosaicos y arabescos dignos de las más relevantes obras del surrealismo arroban a Humberto y pueblan su mente con oníricas sensaciones.
-¡Ya! Ya terminó -Zukñeer le interrumpe sus ensoñaciones y añade con evidente tono de alivio-, al fin comenzará la misión.
-¿Cuál misión? -pregunta Humberto.
-¿Cómo que cuál? A mí me fue encargada una sola misión: instalar el Diseminador y dejarlo funcionando.
Humberto echa una mirada de terror al aparato:
-¿Qué hace eso? ¿Va a explotar? -inquiere, al borde del llanto.
-Es un diseminador, no una bomba -responde impertérrito el extraterrestre-, no puede explotar y de ninguna forma lo hará -añade concluyente-. Su funcionamiento es muy sencillo: una vez activado cambiará, primero sutil y luego aceleradamente, la información genética de toda especie superior cuyo raciocinio iguale o supere determinado nivel (acabo de prefijarlo en el mínimo posible), de manera tal que ésta deje de comportarse con la lógica natural de convivencia necesaria para la evolución y se torne agresiva consigo misma. Esto es fácil de lograr -adopta una pose y tono de voz como si impartiera una conferencia o demostración científica-, con sólo incidir en los patrones de egoísmo, autocomplacencia, control de la respuesta a las emociones, conducta sexo-reproductiva, etc., etc., lo cual tiene, como quedará demostrado, directa influencia en la violencia individual e inter-especies. A medida que transcurra el tiempo, una generación tras otra, el incremento de los comportamientos negativos, irrazonables e innaturales llevará a esta especie a la destrucción de su hábitat y, por ende, a su propio exterminio. El Diseminador es un invento mío -infla su pecho- patentado con todas las de la ley y el Consejo me concedió el honor de efectuar la primera prueba aquí en tu planeta.
-¡Ñoj! -el asombro pone los ojos de Humberto como un par de lunas llenas y da una cómica expresión a su rostro. Poco le dura, no obstante, pues una pequeña inquietud sacude su cerebro-. ¿Dices que por primera vez? -pregunta al extraterrestre.
-Exactamente, por primera vez en la historia del universo cognoscible.
-Pues no lo necesitamos. Viniste en vano.
-¿Cómo? Explícate.
-Que todos los síntomas que provoca el aparato ya los poseemos -responde al ahora atónito visitante.
-Imposible.
-¿Qué no? Pues mira, para que tengas una idea aproximada…
Durante los siguientes veinte minutos Humberto ofrece a Zukñeer una síntesis del decursar del hombre desde que le huía a los felinos que le consideraban una fácil de conseguir fuente de proteínas hasta nuestros días, pasando por aquel casi-mono que tiró el hueso hacia arriba en cámara lenta y las principales civilizaciones mundiales que se entretenían en matarse unas a otras. Apoyado en lo que había aprendido en sus veintiséis años de matrimonio con una profesora de Historia Universal, no deja un detalle por mencionar, balanceando logros y pérdidas, ciencia y guerra, sociedad e individuo.
Al finalizar, el extraterrestre tiene una expresión de desaliento en su rostro.
-Alguien se me adelantó -dijo en un susurro.
-Te juro que no -trata de levantarle el ánimo Humberto- no hay evidencias de visitas extraterrestres.
-Es que ninguna especie racional puede comportarse así de forma natural -replica el otro.
-Nosotros sí, es nuestra particularidad.
Callan ambos, sumergidos ambos en sus propias cavilaciones. Al rato, Zukñeer dice resueltamente:
-Entonces regreso ahora mismo y el tiempo que me queda lo cojo para descansar en casa.
-¿En qué rayos viniste? -le pregunta Humberto, aún alterado, de forma descompuesta.

-En los de las 7:32 -contesta Zukñeer con naturalidad-, nunca vienen con retraso y además -pone una mano en el hombro de Humberto, levanta su cola para observar a todos lados, acerca su rostro al del terrícola, quien aleja el suyo instintivamente y, en plan confianza, le cuchichea- el conductor es esposo de una de mis hermanas, la doceava de la segunda camada, así que no me cobra el pasaje y ese dinerito lo dejo para comprar regalos.
-Tu familia se alegrará de verte regresar tan pronto.
-Sí, ellos se preocupan mucho cada vez que viajo, hay tantos irresponsables por ahí provocando accidentes… Adiós.
-Adiós, hermano.
Manipula Zukñeer otro aparatito con sus manos inferiores, éste emite un silbido y, en medio de un intenso destello amarillo, desaparece junto con su dueño.
Humberto queda pensativo:
Debía haberle invitado a dar un paseo por ahí. Me da lástima haberle pintado un cuadro tan pesimista de la Humanidad, pero no se puede tapar el sol con un dedo.
Su mirada vaga por el local, sin objetivo definido, hasta que enfoca el Diseminador.
¡Mi madre!... ¡Dejó la bomba!... Mal rayo me parta, tengo que sacarla de aquí antes que un curioso la eche a andar.
Otra mirada en derredor:
¡Guao!... Y se llevó la puerta del baño.
Carga el aparato en su hombro derecho, asombrado y aliviado al mismo tiempo por su poco peso. Sale de los baños, sube las escaleras, comprueba que el guardián sigue dormido y en casi media hora llega a su casa.
Luchando contra el sueño, silenciosamente se desviste y se acomoda, luces apagadas, junto a su esposa sólo para saltar al instante con el timbre del despertador.
¡Mierda! ¡Me cago en todas las galaxias!
Y se levanta para ir a trabajar.